
Siendo "lo otro" o "el otro" el tema paradigmático que Ginzburg aborda a lo largo del libro para ejemplificar las relaciones entre los relatos históricos y los de ficción, el repertorio de sus personajes no puede dejar de incluir su contraparte, es decir, el extranjero, historiador o inquisidor. Son justamente sus testimonios los que permiten descubrir a los herejes, campesinos, brujas, salvajes y chamanes en la periferia del discurso, en la zona de silencio de las fuentes. Por ello, para descubrirlos no sólo se requiere de fuentes precisas; es indispensable además, nos dice Ginzburg, la lectura crítica, aquella que él denomina "a contrapelo". Esta lectura es indispensable para descubrir al otro detrás de la palabra del inquisidor y la mirada del extranjero. Esto es así, porque para Ginzburg las fuentes, antes que testimonios directos de la realidad, son relatos que entretejen lo ficticio con lo falso y lo verdadero. Por ello, antes de siquiera intentar deshilar estos elementos, habrá que ser muy conscientes de la operación del conocer al otro que opera en quienes dan testimonio. Tal parece ser el sentido del capítulo "Los europeos descubren (o redescubren) a los chamanes".