
La obra de Momigliano, nos dice Ginzburg de manera autobiográfica, detonó en él un giro en su pensamiento. Dicha obra, como hemos visto brevemente, abocada a estudiar, a través de los anticuarios, humanistas y renacentistas, el florecimiento del uso de las citas y con ello la conciencia de que "nuestro conocimiento del pasado es inevitablemente incierto, discontinuo, lagunoso: basado sobre una base de fragmentos y ruinas",13 despertó en Ginzburg la conciencia de algo más: de que aún había un problema por analizar entre lo ficticio y lo verdadero. A pesar de la conclusión de Ginzburg de que evidencia y narración son compatibles hoy, pues "actualmente no hay historiador que pueda pensar valerse de la segunda como sucedánea de la primera",14 paradójicamente sigue siendo tema de discusión el divorcio entre forma y contenido, llegando incluso a expresarse como el problema de los límites entre lo ficticio y lo verdadero en los relatos históricos y en los relatos de ficción. De este problema tuvo plena conciencia, según él, al escribir el posfacio de la traducción al italiano del texto de Natalie Davis, El regreso de Martín Guerre, el cual se incluye en el apéndice del libro aquí reseñado, lo que refuerza la idea de que el hilo de su trabajo ha sido precisamente, desde el primer capítulo hasta el apéndice, la urdimbre de la verdad.