
Según la lectura de Ginzburg, el historiador antiguo, valiéndose del estilo, lograba comunicar la verdad colocándola ante los ojos de los receptores, "poniendo ante sus ojos una realidad invisible".6 La verdad, entonces, era indisoluble del efecto descriptivo que la hacía visible. "Podemos imaginar una secuencia de este tipo: relato histórico-descripción-vividez-verdad".7 Lo anterior no niega sino, por el contrario, amplía la idea de que la historiografía grecolatina nació de la relación de la verdad con la evidentia; ésta, según Ginzburg, es una noción latina equivalente a la de enaárgeía. De ahí que se pensara entonces que el problema fundamental de la verdad era el de la persuasión. Ginzburg, siguiendo a Momigliano, localiza el cambio decisivo entre esta determinación antigua de la verdad con respecto a la moderna en el siglo XVII. Lo hace ver como resultado del trabajo de la clasificación de las fuentes en primarias y secundarias realizado por los anticuarios. "[L]os anticuarios objetaron que medallas, monedas, estatuas, inscripciones ofrecían una masa de material documentario tanto más sólido, y tanto más atendible, que las fuentes narrativas corrompidas por errores, supersticiones, o mentiras".8 De acuerdo con la lectura de Momigliano, Ginzburg nos dice que humanistas y renacentistas como Speroni veían el uso de la enaárgeía de los historiadores grecolatinos como las pinturas que adornan los palacios y que "engañan al espectador con su espléndida, ilusoria evidencia",9 desviando al historiador de su deber con la verdad.