
Desde su primera obra, Los benadanti. Brujería y cultos agrarios entre los siglos XVI y XVII (1966), Ginzburg buscó el rendimiento narrativo que unas actas de procesos inquisitoriales le pudieran dar. Como él mismo menciona, la "euforia" por las posibilidades narrativas de un tema como la brujería a partir de testimonios históricos se tornó en un impulso, pero también en un límite.3 En las actas inquisitoriales había una relación con la verdad que debía ser analizada y comunicada, pero ¿qué hacer para rastrear detrás de aquellos documentos la verdad y, una vez encontrada, poder producir con ella un relato histórico? Desde entonces los dilemas en torno de la frontera ente literatura e historia atrajeron la atención de este historiador. Todo ello, nos dice Ginzburg, es el antecedente prehistórico del libro aquí reseñado.