
Después de este rodeo necesario, ahora estamos en condiciones de aclarar qué entiende De Certeau por escritura. Primero, ésta, en sentido estricto, nace con la modernidad, pues depende de la separación entre presente y pasado; es decir, el pasado en tanto que tradición recibida deja de decir algo, en su inmediatez, al presente. En su inmediatez, la tradición es para la modernidad sólo oscuridad del cuerpo vivido (cúmulo de huellas sin sentido): inconsciente. Y por eso, la tradición ya objetivada y extirpada del mundo presente debe ser conquistada por la escritura de la historia. La tradición recibida, para nuestra sociedad, sólo adquiere sentido o, mejor dicho, se vuelve útil, si se transforma en texto producido. Por esto, desde que nace, la escritura en todas sus formas es ya escritura de la historia o para la historia; es decir, búsqueda interminable de la otredad que la funda (la voz, el pueblo, el pasado, el niño, la mujer, el salvaje, etcétera). La escritura se instituye como práctica debido a que ha perdido la otredad: lo real. Dicho de otro modo, la escritura es el deseo del ausente radical: el que ya se ha ido para siempre. Toda escritura, en tanto que práctica de la modernidad, es escritura de la historia: heterología. Por eso, para De Certeau la historia, más que una ciencia, es una erótica. La historia es el deseo en términos hegelianos del otro. Sólo entendiendo de esa manera la historia se comprende la frase con la que termina su introducción a La escritura de la historia: "Por eso, el historiador únicamente puede escribir, uniendo en esta práctica al otro que lo hace caminar y lo real que sólo representa en ficciones. Él es historiador. Endeudado por la experiencia que tengo de ella, yo quisiera rendir un homenaje a la escritura de la historia".42