
Rastrear la historia del concepto de archivo es casi por definición una tarea imposible. Hacerlo, presupone ya la formación de un "archivo" previo. Y esta faena se pierde en el mito de los orígenes de sí mismo. Por eso estaré contento si consigo situar la evolución del término en el periodo de transición del antiguo régimen monárquico al constitucional. Lo hago bajo la premisa de que es durante este lapso (1750-1820) cuando las nociones de archivo e historia se fusionaron en un abrazo que determina su evolución posterior, misma que señala las pautas desde las cuales estamos pensando esa relación. Partimos entonces de la evidencia contemporánea de que los archivos están ahí -bien dispuestos y abiertos- para ser "investigados", constituidos en espacios privilegiados para conservar grandes o pequeños "tesoros documentales", que se asemejan irónicamente a veces a los lugares donde los muertos son enterrados.2