
Un filósofo cuestiona las certezas de los historiadores. Aún más, las hace tambalear. El extranjero resulta un hombre inquietante para el nativo del territorio. El nativo se siente seguro en su propio lugar: el historiador se siente seguro haciendo historia, el sociólogo haciendo sociología, el físico haciendo física, y de la misma manera sucede en todos los saberes. Siempre es el que viene de fuera el que trae esa inquietante extrañeza. Y también siempre o casi siempre se le trata de eliminar. Ese trabajo de eliminación es muy simple: una frase es suficiente para aniquilarlo. "No hagas caso de lo que dice, pues no es un historiador, es decir, no es de los nuestros." Nosotros no debemos dudar de lo que hacemos; al contrario, debemos tener la certeza de que la historia como saber es posible y siempre lo será. La duda viene de fuera, o, mejor aún, hay que situarla siempre afuera. La duda no debe existir en nuestra fortaleza, dice el gremio de los historiadores. Pero basta con decir que el gusano de la duda lo traen los extraños, esto es, los outsiders. Sí, es y ha sido suficiente hacer eso para exorcizar la duda interior. El mal viene de afuera, los de adentro son todos buenos y creyentes. ¿Para qué escuchar al extranjero? Finalmente no tiene derechos legales para interpelarnos, pues él no hace historia. Podemos decir que carece de acta de nacimiento, es decir, de título de historiador. Lamentablemente, la argumentación ad hominem es débil y carece de fuerza. No es suficiente con adjetivar al que nos interpela con la palabra de extranjero. Se vuelve necesario responder a sus argumentos. Este ensayo quiere darles la voz a esos hombres que entran al lugar del otro y ponen todo a temblar. Darles su lugar a esos fantasmas que tanto tememos. Paul Ricœur no puede obviarse o dejar de escucharse por ser extranjero. El nos ha dicho con toda claridad que el saber histórico no es evidente.