
El autoritarismo de Miguel de la Madrid fue un factor crucial para implantar reformas económicas que afectaron negativamente a los trabajadores y a la clase media, y en el mediano plazo significaron el desmantelamiento de la industria manufacturera nacional heredada del proteccionismo desarrollista. En este contexto, esgrimió el miedo político, tal como es entendido por David Corey.31 El vocabulario del ex presidente alimentaba el temor de quienes no se sometían a su autoridad, evocando consecuencias que eran descritas con palabras y frases como caos, debacle, golpe de estado, peligro de intervención extranjera, estallido social, insurrección, salida violenta, gobierno dictatorial, gobierno fascista, desorden, riesgo a la existencia de la clase propietaria, estallido de la violencia, desorden político y económico, turbulencia social, tensión, incertidumbre, desestabilización, entre otras. Buscaba abonar al consenso político con estas nociones, presentando su programa y a sí mismo como el único que podía sacar adelante al país, como el único que sabía cómo afrontar los peligros y resolver los problemas, una vez que la crisis económica segó la práctica de obtener legitimidad por la vía del gasto social.32 Insistió mucho en el sentido de emergencia para acorralar a la sociedad a aceptar medidas drásticas, como implantar límites al crecimiento de los salarios, reducir el gasto social y establecer una especie de plan de salvación nacional. Por su parte, el propio Presidente tenía miedo a no poder poner en práctica su proyecto económico y a que el predominio priísta finalizara, y presentaba este miedo como amenazas a la nación, a la permanencia de la patria, a la estabilidad social. En la expresión del ex mandatario prevalece una visión maniquea de los actores políticos, heredera del apotegma "el que no está conmigo, contra mí está", y resuenan levemente en su lenguaje los ecos de El príncipe, quien preferirá ser temido a ser amado.