
Desde luego, los misioneros de la Nueva Inglaterra no mostraban el mismo interés por esta segunda opción. John Eliot incluso la descartó deliberadamente y así lo anunció de entrada, desde 1647, cuando informó a sus corresponsales ingleses acerca del resultado de sus primeras prédicas ante los indios. Citando la primera epístola a los Corintios, en la que Pablo comenta a Isaías, consideraba inútiles los dones sobrenaturales y las señales milagrosas: en su opinión, la única señal efectiva era la lengua, es decir, la predicación.30 Por ende, recomendaba a los predicadores estar listos para debatir, pues "los ministros que predican entre los indios deben ser mucho más eruditos que aquellos que se dirigen a los ingleses o a los buenos cristianos, pues [los indios] ponen muchas objeciones filosóficas".31 De hecho, ante las epidemias mortíferas que diezmaban a las poblaciones indígenas, John Eliot no reaccionó de la misma manera que los religiosos en México. Estos últimos organizaban ceremonias públicas de expiación, con la esperanza de apaciguar la ira divina; recitaban Evangelios sobre la cabeza de los enfermos o hacían circular el agua bendita. Por su parte, John Eliot se negaba a recurrir a la intervención milagrosa del Señor, y se conformaba con organizar un tiempo de arrepentimiento, invitando a los indios a aceptar la voluntad de Dios y formulando además un deseo muy significativo: el de ver desarrollarse rápidamente la medicina occidental en aquellas regiones desheredadas. Al expresar ese deseo, renunciaba por completo a intentar cambiar la determinación divina, limitando la acción humana al ámbito de la acción positiva sobre las causas naturales.32 No obstante, una vez más, la oposición es menos tajante de lo que parece, ya que no todos los pares de Eliot compartían su punto de vista. No muy lejos de allí, en idénticas condiciones, el ministro separatista Thomas Mayhew adoptó una estrategia infinitamente más ambigua que, al parecer, dio frutos con rapidez. En su correspondencia, describe los primeros pasos de su misión en Martha's Vineyard Island mediante la sucesión de una serie de conversiones espectaculares obtenidas gracias a puestas en escena que le permitían demostrar la superioridad de su Dios por sobre las fuerzas manipuladas por los chamanes indígenas. Así, cuenta por ejemplo cómo acudió en auxilio de un anciano indio, abandonado por sus semejantes, cuyos brujos habían sido incapaces de curarlo. Su intervención y sus oraciones le permitieron triunfar allí donde sus rivales habían fracasado. Sin embargo, en ocasiones, recurrió a planes mucho más sofisticados para impresionar más poderosamente aún a los indios. Logró su cometido asociando las prácticas médicas occidentales de aquel tiempo y la oración cristiana. Su acción, según la presenta él mismo, difiere notablemente de la de Eliot; en cambio, trae a la memoria aspectos observados a menudo en la Nueva España.33