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[...] el día de su muerte, notó que le llevaban con el chocolate menor cantidad de leche que de costumbre; reclamó que no le debían dar menos leche porque lo fueran a fusilar. Al caminar al paredón tras el hospital, se acordó que había dejado en su cuarto unos dulces, pidió cortésmente que fuesen por ellos y se detuvo a esperarlos. Luego comió algunos en el camino y repartió los demás a los soldados del pelotón (p. 257).