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Ahora bien, se trata de novelas históricas bastante peculiares. En Camino a Baján no hay ninguna trama paralela a la que se arma a partir de los acontecimientos históricos. Si bien hay un personaje de ficción de la invención de Meyer –Ángel Flores (prominente también en A la voz del rey)–, desempeña en la novela un papel más bien emblemático y de interlocutor de personajes históricos. Lo que hay es una especie de mosaico conformado por documentos, fragmentos de documentos y documentos alterados; fragmentos de clásicos de la historia de la Guerra de Independencia con algunas afectaciones; y segmentos de invención literaria, casi todos ellos relativos a las vivencias subjetivas –en ocasiones probablemente oníricas– de Hidalgo. El lector –cualquier lector– discierne de inmediato que estos últimos segmentos, así como todas –o prácticamente todas- las conversaciones entre los personajes, son invenciones del autor; y el que se encuentra algo avisado en lo concerniente a asuntos historiográficos, identifica también de inmediato el origen documental, cuando no el carácter de transcripción, de otros segmentos. Hay otras partes, empero, –y esto le confiere gran efectividad a la novela–, en las que aun ese lector algo avisado no sabe si se encuentra en el ámbito de lo documentalmente sustentable o en el de la invención literaria. Considerado el mosaico como un todo, más que un agregado de este tipo de componentes, acaba pareciendo más una amalgama de ellos. Las expresiones de "historia verídica" (A la voz del rey) y "novela no-ficción" (Camino a Baján) son en verdad acertadas. Pero todo lleva a plantear algunas preguntas un poco delicadas. En ninguna de las dos novelas se ofrece la más leve indicación sobre las fuentes de las que proceden los segmentos que no son de invención del autor. Hacerlo destruiría el efecto de amalgama al que nos hemos referido: la transformaría en un agregado con graves problemas en cuanto a la unidad del relato. Pero, ¿no merecerían algún reconocimiento las fuentes empleadas en la redacción de la "novela no-ficción", en particular cuando se trata de transcripciones con leves modificaciones de clásicos de la historiografía mexicana? ¿La unidad literaria del relato justifica la omisión de las fuentes a manera de "licencias literarias"? Vamos a considerar dos casos de lo que venimos diciendo.

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