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En la Nueva España no queda más que el ejército. Del ejército proceden y procederán todos cuantos se glorian de ser capaces de sacar el carro del atolladero en que está hundido. La situación se torna entonces peligrosa también para ellos. Es bien sabido que tampoco las tropas pueden llevar el carro más lejos que los demás. Parece darse aquí, desde los tiempos antiguos, desde Mario y Sila, un constante relevo; caso por caso, se registra la dilapidación de un crédito de fe, de buena voluntad o simplemente de vitalidad. Usted oyó, querido amigo, podemos en este instante proclamar la independencia de esa América que tanto quiero, y proclamarnos dictador o Cesar, pero... acuérdese de lo que escribió Suetonio o mejor Tácito (p. 177).