
Se hará más evidente este proceso en la tercera oscilación, el ascenso del modelo lingüístico y su correspondiente región simbólica. De hecho, este desplazamiento intensificó la transformación inaugurada en los años 30: la vinculación cognitiva que la historia estableció con el conjunto de la investigación social. Tal conexión fue implementada mediante el traslado de teorías, sistemas conceptuales, modelos categoriales y métodos de las diferentes disciplinas sociales hacia campo de la investigación histórica. Dos efectos visibles de ello se presentaron a lo largo del siglo XX: la continua ampliación de la base disciplinaria y una correlativa pérdida de fundamentación teórica. La primera es posible caracterizarla como una dispersión paradigmática, y se manifiesta en la aparición de una gran diversidad de ramas de investigación sumamente especializadas. Estas vertientes historiográficas se consideran como modalidades epistémicas que instituyen una gran variedad de objetos y problemas de investigación, temáticas y métodos de tratamiento.28 Lo que resalta en este punto es que no guardan continuidad entre sí, tanto en términos de procesos cognitivos como en cuestiones metodológicas. Por tanto, la disciplina no se delimita a partir de una suerte de unidad metodológica que le dé coherencia, pero tampoco en cuanto al tipo de conocimientos que produce. La segunda consecuencia está planteada en términos negativos, es decir, como pérdida. Lo que involucra una perspectiva que tiende a considerar que la identidad disciplinaria se encuentra comprometida. Sin embargo, las implicaciones van en sentido contrario. La fundamentación anterior se planteaba como una labor que presuponía una coherencia de principio en sus perfiles epistemológicos. La variante reflexiva conocida como teoría de la historia desarrollaba esta presuposición, pero bajo el entendido de que la historia era materia de justificación formal sólo a partir de la singularidad que presentaba frente a las ciencias nomológicas o empíricas.