
En el umbral de estos movimientos se hace notar un desplazamiento en la naturaleza del espacio epistemológico mismo: el despliegue de otras formas de saber que sólo encuentran condiciones para justificarse y expandirse en el siglo XX. En efecto, las ciencias sociales se desprenden del espacio epistemológico de las ciencias humanas cuando, a partir de Max Weber, rompen con el hombre como objeto de estudio y, al hacerlo, se desligan también de toda temática trascendental referida al estatuto del sujeto cognitivo. Si Foucault llevó a cabo un análisis histórico de las ciencias humanas tomando como elemento crítico su basamento antropológico, la noción contraciencias bien podría definir el estatuto de la investigación social. De tal manera que este desprendimiento se puede entender como una desantropologización aguda que, en mi opinión, alcanza también al saber histórico de forma incluso más determinante. Las ciencias sociales no son ciencias humanas, y no tanto porque se desentiendan del hombre y sus productos; en todo caso, esto no es sino efecto de algo más crucial. No lo son en tanto que su disposición epistémica no puede retomar la problemática que se encontraba en la base de las ciencias del espíritu: las relaciones e intercambios entre la conciencia del hombre y las representaciones de aquello que se localizaba del lado de su empiricidad.