
De hecho, para el siglo XIX la noción ciencias del espíritu se articula desde la historia, tomándola como elemento modélico de una clase de saber que establece su singularidad frente a las ciencias naturales o empíricas. Toda la discusión generada a partir de esta singularidad, por ejemplo, la asunción del dualismo metódico que se expresa en la contraposición ciencias naturales-ciencias del espíritu y su correlativa especificación como contraposición metodológica explicación versus comprensión, se aplicó sobre la historia como paradigma y se desprendió de un problema central de orden gnoseológico: la relación entre sujeto cognoscente y campo empírico. Desde esta orientación retomo ahora la pregunta sobre el lugar epistemológico de las ciencias humanas. Estas se presentan, ya lo he mencionado antes, como formas que surgen de la ascensión de esas nuevas empiricidades temporalizadas, la vida, el lenguaje y el trabajo. Derivación que se expresó en la introducción de una función diferente a la que presentaban esas ciencias que tomaron a su cargo los nuevos campos objetuales: la función de autocomprensión. Ni la economía política, ni la filología, menos aún la biología, presentaban rasgo alguno en términos de esa función, lo que explica que incluso la problemática de la representación les fuera totalmente ajena.