
Buscando armar un diagnóstico de la situación en la que estamos, se destila la necesidad de mostrar los procesos complejos que han llevado al saber histórico a un emplazamiento de ruptura respecto a su fundación moderna en el siglo XIX. Si se opta por un enfoque puramente historiográfico, por supuesto en un sentido restringido del término, la explicación puede adscribirse a la tónica continuista de una misma tradición. De tal forma que las vertientes de investigación que aparecen en el siglo XX son materia de comprensión tomando como guía el desarrollo y la profundización de un impulso previo pero distinguible incluso en la superación del historicismo: por debajo de las diferencias notorias en las modalidades del hacer historiográfico, se reconoce un tronco común que alude a su definición como ciencia humana. En esta opción se hace notar una postura sustancialista, una suerte de invariante que marca toda reconstrucción historiográfica de la historia dado que supone una estructura unitaria que identifica a la historia como un existente previo a las formas diferenciadas en las que se expresa, esto es, prácticas de investigación que a pesar de sus diferencias remiten a esa estructura esencial. El enfoque que busco armar, por el contrario, toma a las prácticas de investigación como el núcleo mismo del saber histórico.