
El cuadro que surgió frente a mí no era en manera alguna uno de una ciudad "inocente", sino de una ciudad que funcionaba normalmente (tanto en el sentido universal como en el del contexto de la Alemania nazi) que era extraordinaria por su belleza. Esto no quiere decir que haya que ir al otro extremo y afirmar que Dresde "merecía" ser destruida, sólo que era, de conformidad con los estándares del tiempo, un blanco militar legítimo. La cuestión es si ciudades enemigas, necesariamente habitadas por grandes números de civiles y con hermosas edificaciones, pero también con muchos establecimientos manufactureros vitales, comunicaciones y servicios de gran importancia para el esfuerzo bélico de aquella nación, debían ser bombardeadas a pesar de la elevada probabilidad de causar un alto número de bajas entre no combatientes. Esta cuestión permanece como una que puede y debe desencadenar apasionados argumentos morales y legales, incluso en la era de las denominadas "bombas inteligentes" (p. XIII).