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En esta búsqueda del progreso traducido a la vida cotidiana, el buen gusto se convirtió en el adjetivo clave para denominar los actos cotidianos. El gusto, categorizado como "bueno", permitió a esta "elite cultivada" distinguirse de los demás estratos sociales y hacer de sus actos el ejemplo a seguir como emblema del régimen. Es decir, en términos de la elite, el buen gusto era lo adecuadamente practicado o deseado, pues correspondía al gusto que diferendaba a aquellos que eran distinguidos y refinados de aquellos que continuaban con prácticas démodés.