
La evidencia empírica posibilita dar dos respuestas a la objeción citada. La primera, es que este tipo de visión tiende a exacerbar el peso real de la fragmentación partidaria, la que al momento de la medición matemática, no resulta ser extrema. En segundo lugar, el proceso político uruguayo nos muestra como un sistema partidario fraccionalizado ha trabado la adopción de medidas de gobierno, llegando en ciertas circunstancias al inmovilismo. De todas formas, la comparación del desempeño económico uruguayo respecto del argentino, tanto como en relación a los demás países de la región, nos muestra que las complicaciones en la adopción de decisiones no significan efectivamente ineficiencia. Uruguay ha realizado sus procesos de ajuste, con lentitud y expuesta a múltiples trabas. Sus resultados no fueron espectaculares, pero ha emergido de ellos con menor índice de pobreza y desempleo que otros países latinoamericanos (inclusive Argentina), con lo cual, los costes sociales del ajuste han sido más acotados. Hasta ha mejorado la distribución de los ingresos entre los sectores sociales más postergados, siendo hoy menos desigual desde el punto de vista distributivo que en 1984 (capítulo 4).