
En síntesis, el algoritmo oculto que articula la relación de fuerzas entre las distintas dimensiones del movimiento social sería el que sigue: la dimensión cultural queda emplazada en el orden de la potencia, lo fluido; la política, en el orden del poder, de lo estable, de lo fijo; lo social, es la mediación entre ambos, el conmutador que traduce lo cultural en político la potencia en su actualización, la acción en institución mediante la institucionalización de pautas normativas (Parsons, 1988). Lo social tiene en su función de conmutador una doble virtualidad: es una suerte de limbo entre la cultura y la política, un espacio-tiempo transitorio que, o bien conserva al modo de un reservorio de creatividad (Melucci, 1996a; 1996b) la parte maldita de la cultura que, a la espera de mejores oportunidades, no ha dado el "salto" a la política, o bien moviliza la parte cultural asumible por la política mediante su traducción en roles, normas e instituciones. La cultura, entre tanto, se verá enfrentada a un futuro de incertidumbre entre la marginación (el ostracismo) o su desactivación como "gasto", y la promesa permanente de que, previo cumplimiento de determinados requisitos, pasará a articularse como cultura política tout court vía socialización política.