SciELO

CONfines de relaciones internacionales y ciencia política

Print version ISSN 1870-3569

CONfines relacion. internaci. ciencia política  vol. 13n. 24

Reseñas

Para combatir esta era

To Fight Against This Age

Gasperin Gasperin, Rafael Modesto De

Riemen, R. 2017. Para combatir esta era: consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo. Romero Tello, A. México: Penguin Random House Grupo Editorial,

No intentes nadar más rápido que el tiburón

Solo más aprisa del que va junto a ti

La Isla de Gilligan (1964)

Después de Nobleza de espíritu: una idea olvidada, publicado en el 2016, vio la luz en las entrañas de la imprenta de Taurus y gracias a la traducción de Romeo Tello A., el texto de Rob Riemen que presenta un reto para la comprensión del cambio en la época actual. Nos referimos al libro titulado Para combatir esta era: consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo.

El libro se divide en dos partes, la primera de ellas denominada “El eterno retorno del fascismo” que, a su vez, se subdivide en siete apartados; mientras que la segunda parte lleva por nombre “El regreso de Europa. Sus lágrimas, sueños y hazañas”. Ambas están subdivididas en dos secciones: “Et in Arcadia Ego” y “Las Hojas de diario”.

Se preguntará el lector de esta reseña, ¿por qué puede ser tan significativo un texto que narre la perspectiva del fascismo y del humanismo ante el cambio de era como fenómenos sociales que se entrelazan con los grupos de poder en la globalización? Y, ¿cómo esta manera de construir los “nuevos” paradigmas de convivencia humana se ven influenciados con pretensiones totalitarias en y desde el quehacer del poder glocal y global?

Una respuesta intuitiva y temerosa no se hace esperar cuando notamos que estamos frente a un cambio en el ejercicio del poder glocal y global que desdibuja la relación entre lo privado y público como la conocíamos con el fin de la Guerra Fría hacia finales del siglo XX.

El autor visualiza hoy lo que hace llamar “la ruta del eterno retorno del fascismo”. Anteceden a esta perspectiva, entre otras cosas, el recuerdo de los mediados del siglo XX en Europa y las dictaduras de la década de los 70 en América Latina.

Desde el título de la obra se vislumbra una profunda discusión en el discurso, ya que Riemen llamará fascismo a la advertencia de “aquello que no fue vencido” cuando la guerra terminó. Grito que, dicho sea de paso, Albert Camus y Thomas Mann pudieron entender y que hoy en día muchos politólogos son incapaces de admitir.

Por su recorrido académico como escritor, ensayista, filósofo y director del Instituto Nexus, el autor es apreciado entre los pensadores actuales que configuran una visión del mundo que asocia tanto el pensamiento individual como la cultura europea y los valores universales.

George Steiner menciona que con la narrativa de Riemen se es capaz de experimentar tanto angustia como esperanza. Vivimos, dice el autor, según Anne Applebaum, en una crisis de civilización que surge para convocar al nacimiento de las nuevas conveniencias sociales, políticas y económicas. Estas nuevas formas emanan como advenimientos de representaciones y se ponen en cuestión al trazar a la sociedad.

Bajo las formas del fascismo y el humanismo actual, emergen los matices y texturas de las nuevas formas para acceder -una vez más- a las instituciones que la posmodernidad desacralizó y, con ello, dar al ejercicio del poder público y privado un colorido aparentemente diferente en el siglo XXI.

El uso del término populista es tan solo una forma más, entre otras, de cómo cultivar la negación del fantasma del fascismo que amenaza nuevamente a las sociedades plurales y de negar el hecho de que las democracias liberales se han convertido en su contrario: democracias de masas privadas de su espíritu democrático. Volver los ojos a cómo se nos están apareciendo ahora “las cosas del poder” atisba -desde el humanismo- la distancia que se acrecienta cada día más entre los caminos de la tecnociencia y una visión completa del ser humano con sus instintos y deseos, virtudes y valores, mente y espíritu.

El debate cada día más presente de la construcción de sociedades e instituciones en donde la utopía de la justicia social se entrelaza con el triunfo meritocrático de algunos pocos, convierten al espíritu humanista del siglo XXI en una suerte de “mercado de oportunidades” para los y las guerreros(as) modernos(as) que van camino del progreso y el bienestar. El esfuerzo espiritual es innecesario. El hombre-masa es autoindulgente y se comporta como un niño malcriado. Escuchar, evaluar críticamente sus propias opiniones o actuar con consideración hacia los otros ya no es necesario. Todo esto refuerza su sentido de poder, su anhelo de control. El retorno, el eterno retorno.

En esta modernidad tardía -donde el cogito ya ha sido herido- el miedo y el deseo rigen el comportamiento de masas. Recordemos que el siglo XXI es una cultura de masas muy diferente a la que aprendimos en el siglo XX, donde la televisión con sus mecanismos de manejo y control de la información generaba la opinión pública.

Ahora esto es mucho más complejo. Un video que se hace viral, un corto mensaje en Twitter, una imagen en Instagram, una suma de likes en Facebook o YouTube modifican el comportamiento de los mercados, mueven los epicentros del poder político, reajustan las cuentas entre lo público y lo privado, replantean los acuerdos para reposicionar los totalitarismos del siglo XXI.

Apoyado en un texto de Paul Valéry, escrito en la década de los 20 y que reflexiona sobre la crisis del espíritu humano, Riemen nos enfrenta a la paradoja de la felicidad, en la medida que, si bien los intentos de la ingeniería social no logran resolver las desigualdades, tampoco logran dar sentido a la individualidad.

Entrampados en el incumplimiento tanto del ser individual, como del deber ser social, el hombre-masa habita engañado en la envoltura de la democracia, vive los embates del totalitarismo de Estado o de mercado en plena huida con caída libre, como el topo que intenta salir en el escarpado precipio. Y es que el origen del fascismo está firmemente enraizado en el culto del resentimiento y en el vacío que este llena en la sociedad.

Sin embargo, nuevamente está manifestándose la inquietud humana… Al igual que aquel día de primavera, cuando el doctor encontró una rata muerta y tres más al día siguiente y cada día más, cuando todas las personas sensatas sabían que aquello era un nuevo brote de plaga, pero colectivamente negaban este hecho contundente, ahora, del mismo modo, podemos observar cómo lo que es evidentemente un resurgimiento del fascismo en nuestra sociedad simplemente aún no puede ser nombrado, pero se sienten sus efectos en las intuiciones colectivas del sinsabor existencial cotidiano del hombre-masa.

En el apartado IV del libro y con subtítulos provocativos, Riemen nos lleva por el viaje de los matices lingüísticos del fascismo y el humanismo reflexionando desde algunos de los fenómenos mediante los que está apareciendo.

Uno. Personajes que brotan con un sentido mesiánico para comunicar en la sociedad de masas formas únicas de cómo vivir y que son asimilados como verdaderos hombres del pueblo y que hablan su idioma. Estas proliferaciones de personajes moralizantes arropan en forma platónica un universalismo idealista que, en el orden práctico del poder público o privado, se torna en negación humanista y hábitos fascistas.

Dos. Los bárbaros al norte; los infieles al oriente y, ¿en Europa? El autor nos recuerda que las fábricas de la muerte se alzaron aquí [en Europa]. Donde el terror del totalitarismo se hizo carne y después fue admirado por los dictadores latinoamericanos. Fue en estas sociedades anegadas en odio que el miedo a la libertad y la resistencia a todo lo diferente se cultivó. Y, nuevamente, está cultivándose mediante asambleas democráticas representativas que son impuestas desde el poder político central de las organizaciones públicas o privadas, junto con el surgimiento de líderes que bajo esquemas de oportunidades emergen como un mercado meritocrático con aspiraciones de poder.

Tres. El autor, como filósofo holandés, refiere a la sociedad sumida en una profunda crisis cultural, que desconoce los valores espirituales comunes de su región, sin instrucción moral y referentes para la construcción de una sociedad ideal. Y ante esto se pregunta: ¿qué relación tiene el islam con todas estas crisis? La respuesta es: ninguna. Esta crisis cultural de la civilización es la verdadera amenaza a nuestros valores fundamentales, que debemos proteger y mantener para seguir siendo una sociedad civilizada. El terror está resurgiendo desde las exacerbaciones de un nacionalismo ignorante de sí mismo y circunstanciado en el orden global.

Cuatro. No se puede confiar en un fascista. En 1938, cuando Il Duce convino congraciarse con el Führer, se implementaron leyes raciales en Italia. Ni siquiera los judíos fascistas escaparon a la muerte. El fascista opera desde trampas conceptuales totalitarias, no singulariza. Homogeniza el control para controlar lo homogéneo. Lo existencial es circunstancial, lo esencial en su mente de totalidad lo es todo según su propia razón sin circunstancia. Son los “científicos sociales” quienes, desde su razón, hacen de “lo real” una extensión de sí mismos en nombre de la evidencia.

Cinco. Quien pretenda ser un humanista amará al extranjero… Rechazará toda forma de fanatismo y aprenderá la cortesía del corazón y el arte de la conversación y el diálogo como lo enseñó Husserl, será capaz de poner entre paréntesis su propia concepción del mundo sabiendo que es incompleta y que la palabra del extranjero, aunque también incompleta como todas las palabras de todos los otros y sus narrativas, junto a las nuestras, serán un coro común en el encuentro dialógico que reconozca al fascista y sus instrumentos y lo devele.

Seis. Tan peligroso el voluntarismo como el intelectualismo, sobre todo si es moral. Esto lo sabemos desde la Apología de Sócrates narrada por Platón, pasando por la Ética a Nicómaco de Aristóteles, hasta llegar a los “dueños” de la inteligencia o la razón que juzgan universalizando y/o generalizando porque tienen la creencia de sí mismos, basada su virtud diánoética, esto es, su vida intelectual y con la que se sienten en el derecho sobre el otro. Efectivamente, dice Riemen, la traición de los intelectuales es un fenómeno eterno. El conformismo y la estupidez política parecen ser rasgos que muchos de nuestros amigos eruditos comparten.

Siete. Los hijos del hombre-masa viven en un mundo de incertidumbre y se manifiestan ausentes de los colectivos y próximos a lo individual, ejerciendo plácidamente el poder del mercado. Viven en un profundo anhelo de vacacionar al yo y en una profunda pasión por lo tóxico. Esta juventud ama la posibilidad en sí misma de perderse en la masa, y escapar así de la seriedad de la vida personal y sin tener que preocuparse mucho por el destino de la marcha de la misma masa que lo engendró.

Ocho. Volviendo los ojos hacia el siglo XX, podemos decir, junto con Alain Finkielkraut, Ortega y Gasset, Paul Valéry, Thomas Mann, Max Scheler, Emmanuel Mounier, entre otros, que el siglo XXI, o es un siglo del espíritu o no lo es. Los albores del 2000 así nos lo hicieron creer y esta ilusión duró un año y nueve meses. El delicado ego, como media de todas las cosas, no tolera la crítica de los otros y no conoce la autocrítica. Y es que el dicho popular (hombre-masa) de que lo único permanente es el cambio ha exacerbado paradójicamente la dictadura del cambio. No tenemos tiempo ni paciencia; estamos obsesionados con la velocidad de lo nuevo. La huida de nuestra propia alma ante el efecto placentero y bello sin verdaderamente generar la necesidad de lograrse, dicen los consumidores, reduciendo su identidad a la de cliente, votante, público o adicto al dinero. Veremos salir de entre las sombras el verdadero rostro del fascismo.

Nueve. El fascismo brotará en forma plural dentro del universo global, resurgirá dice Riemen, un fascismo contemporáneo y no debemos compararlo con el fascismo de finales del siglo XX, sino con los orígenes de aquel, con la acumulación de odios, rencores, malestares, insatisfacciones, vacíos, suicidios, que no tenían rasgos totalitarios, donde había acuerdos, asambleas, convenios, pactos y de los cuales el poder de los demagogos y charlatanes -ahora ignorantes y payasos- son alentados por el hombre-masa para consagrarse como líderes que, despolitizados e independientes, ejercen el poder político como entes salvíficos que desaparecen las instituciones democráticas de un plumazo.

Diez. En el siglo XXI, ningún fascista aceptaría ser llamado así. Sus modos populistas hacen creer al hombre-masa que está allí por su bienestar, para favorecer oportunidades, con “buenas intenciones sociales”.

Once. Los fascistas no son tontos. Los fascistas contemporáneos son, en parte, reconocibles por lo que dicen; pero, también, por su forma de operar, arropados en formatos de inclusión, tolerancia, escucha activa, entre otros. El fascista contemporáneo es burdo en su trato, que, la mayoría del tiempo, matizará bajo los colores y texturas de la cultura en la que se desenvuelve. Están labrados con hacha, no depuran sus maneras y eso los hace populares y populistas; escogen a sus enemigos -que la mayoría de las veces son estos personajes ligados al entorno social, sensibles al humanismo y ajenos el mercado político o a las polis mercantilizadas-. Gustan de buscar líderes que los dirijan y, en forma sorpresiva, emergen ellos mismos como líderes. Son esperanzadores como los fascistas de los inicios de la Guerra Mundial, no totalizadores como las fascistas del final de la Guerra Mundial, por ello vuelven a cautivar; pero, ahora, al hombre-masa de las redes sociales.

Doce. En las manos de quienes se quedaron con el poder, y bajo la tutela de intelectuales universitarios instalados en sus cátedras y cubículos nihilistas dedicados al placer que produce el goce del pensamiento teórico, el fascismo puede crecer otra vez.

Trece. Con un grito de desesperación intelectual y compartiendo la traducción de Luis Echávarri, el autor menciona que los hombres y las mujeres de Europa “no creen ya lo que es, en el mundo y en el hombre viviente; el secreto de Europa es que no ama ya la vida”; por ello, ante el llamado a la vocación europea de los trascendentales -la verdad, el bien y la belleza- solo entonces y no antes, nos volveremos resistentes a ese bacilo mortal llamado fascismo.

En “El regreso de Europa. Sus lágrimas, sueños y hazañas”, segunda parte del libro, Riemen hace la presentación de Europa con una sencillez que cautiva, como la princesa fenicia que, según la tradición griega, fue seducida y secuestrada por Zeus bajo la apariencia de un toro, para después ser arrastrada por la marea, casi ahogada, a las costas de Creta donde se convertiría en la orgullosa madre e inspiración espiritual de una civilización de inmensa riqueza espiritual. Esa princesa quiere regresar a su lugar identitatario, quiere volver a ser ella, anhela sus orígenes fenicios y su llegada a Creta; pero, ahora, vive otra incautación, aún más compleja y quizá sin la posibilidad del eterno retorno del que tanto hablaba Nietzsche.

En el Valle de Sils María, “Europa” busca una habitación en el Gran Hotel Waldhaus, pero llega sin dinero apuntando al recepcionista que lo único que ella posee es “un alma” para poder habitar allí. Es este uno de los territorios de mayor representatividad identitataria europea en uno de los lugares más hermosos de la tierra, según lo declaraba Marcel Proust.

Europa no fue bienvenida con su espíritu. No regresará, dice Riemen, porque la cultura es conservadora e implica la retención de todo lo que tiene un valor espiritual y eterno, por lo que deberá ir a otro lugar. ¿Dónde allí mismo en Suiza?

Tendría que ser Davos, todo lo opuesto a Sils Maria. Sobre todo, en enero, cuando se torna esta localidad en el centro capital de vacío intelectual y el analfabetismo cultural.

Del Gran Hotel Waldhaus, pasé -dice Riemen- al Hotel Schloos Waldersee ubicado al fondo de un valle, rodeado por los Alpes Bávaros y en el que asistí a un congreso que giraba alrededor de la pregunta ¿qué cabe esperar de occidente?

Rodeado por un grupo de 20 intelectuales, este cuestionamiento resultó muy provocador,ya que terminó con la esperanza de la princesa hermosa y valiente. Llena de lágrimas, pero también de hazañas, llamada Europa.

La princesa tendrá que contar una nueva historia que recupere su dañada identidad cultural occidental y que ahora está ocupada desde su sistema respiratorio con una nueva función civilizatoria: la de los tecnoevangelitas. Todo lo que hoy está cambiando al mundo viene del occidente de Occidente, de California. Esta es la cuna de la nueva civilización y es que el autor reclama -como europeo- vivir en un mundo de civilización humanista con un orden social que siempre tiene que estar sujeto a las fuerzas bárbaras y de la brutalidad, pero no inmerso en una existencia regida por la ciencia y la tecnología.

Ser europeo es, ante todo, un estado mental -princesa- y un estado de ánimo. Europa nunca está acabada desde Heráclito, es el logos de la eterna incompletitud y por ello del eterno retorno.

Las consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo de Riemen son un baluarte intelectual para volver a pensar Europa y revestir a la princesa con nuevos y frescos aires donde los matices culturales de la tradición y la modernidad recobren sus texturas y permitan el nuevo encuentro con la espiritualidad occidental del siglo XXI.