Introducción
La agresión escolar es un fenómeno persistente y multifacético que constituye una de las problemáticas más relevantes en el ámbito educativo. A pesar de que con frecuencia se minimiza o se normaliza bajo la forma de juegos o bromas pesadas, se trata de una dinámica sistémica con efectos significativos en la trayectoria académica y el desarrollo socioemocional de los estudiantes. En las escuelas primarias públicas mexicanas, esta problemática tiende a intensificarse debido a la alta densidad de alumnos por aula, lo que dificulta la supervisión docente y limita la atención individualizada. Las manifestaciones de violencia, las cuales pueden ser físicas, verbales o relacionales, no solo afectan a las víctimas, sino que también deterioran el clima escolar, generando un ambiente tenso que obstaculiza el proceso de enseñanza-aprendizaje (Luo y Bussey, 2023).
Es importante destacar que las conductas de agresión en el ámbito escolar no son eventos aislados, sino manifestaciones de problemáticas subyacentes en los estudiantes, como dificultades en la regulación emocional o déficits en el aprendizaje de habilidades sociales (Adynski et al., 2024). Las interacciones que ocurren en espacios informales, como pasillos o áreas de recreo, tampoco son insignificantes, ya que estos entornos influyen significativamente en la dinámica de la agresión al facilitar su expresión y escalamiento (Francis et al., 2022). La exposición prolongada a estas experiencias tiene consecuencias duraderas sobre el desarrollo, afectando el ajuste social, el bienestar emocional y el rendimiento académico de los estudiantes, con posibles repercusiones que se extienden más allá de su vida escolar (Li & Wang., 2025).
Un constructo central para comprender cómo los niños justifican conductas agresivas es la desconexión moral. Bandura (1999) señala que las personas pueden suspender temporalmente sus principios éticos para permitirse llevar a cabo comportamientos dañinos. Este mecanismo no opera de manera aislada, sino que se expresa mediante distintos procesos, tales como el desplazamiento de la responsabilidad hacia otros, la minimización de la gravedad del acto, la comparación con transgresiones consideradas más severas o la deshumanización de la víctima. En el contexto infantil, esto implica que un niño que agrede a otro puede justificar su acción atribuyendo a la víctima características o circunstancias que, desde su perspectiva, legitiman la transgresión y la eximen de consecuencias sociales. Expresiones como él lo provocó, todos lo hacen o se lo merece, son ejemplos de este proceso cognitivo. Lejos de ser explicaciones inocentes, estas racionalizaciones facilitan la repetición de la conducta agresiva al reducir o eliminar la experiencia de culpa.
La literatura reciente ha documentado, de manera consistente, el papel de la desconexión moral como predictor de la violencia entre pares. Dueñas-Casado et al. (2025) identificaron, en estudiantes de primaria involucrados en dinámicas de bullying y ciberbullying, la presencia de este mecanismo cognitivo en diferentes niveles de intensidad. De forma complementaria, Méndez et al. (2020), en un estudio realizado con población infantil en Italia, describieron cómo los escolares recurren a procesos de justificación moral para legitimar conductas violentas en el ámbito educativo. La recurrencia de estos hallazgos en diversos contextos socioculturales sugiere que no se trata de un fenómeno circunscrito a una cultura específica, sino de una dinámica psicológica generalizable con implicaciones transnacionales para la comprensión e intervención del comportamiento agresivo.
De acuerdo con la evidencia presentada anteriormente, la desconexión moral no solo opera como un factor explicativo de la agresión entre pares, sino que también contribuye a la estabilidad y persistencia de conductas violentas a lo largo del desarrollo. Diversas investigaciones longitudinales han demostrado que los individuos que recurren de manera reiterada a procesos de justificación moral presentan una mayor probabilidad de mantener patrones agresivos durante la adolescencia e incluso en la adultez (Gini et al., 2014; Orue & Calvete, 2012). Este hallazgo refuerza la noción de que la desconexión moral funciona como un mecanismo de largo alcance, con efectos que trascienden el contexto escolar inmediato y se proyectan hacia trayectorias conductuales posteriores.
Este mecanismo, una vez establecido, facilita la perpetuación de la agresión al mitigar los sentimientos de culpa o remordimiento, lo que permite al agresor continuar con la conducta sin experimentar las sanciones autoimpuestas de su sistema moral. Esta dinámica se ha observado también en el ciberacoso, donde los agresores justifican su comportamiento bajo la percepción de que las interacciones digitales son menos graves o carecen de consecuencias reales para las víctimas (Dueñas-Casado et al., 2025).
Si bien la desconexión moral permite comprender los mecanismos cognitivos que facilitan la agresión, la explicación de la violencia escolar no puede restringirse únicamente a este nivel. Resulta necesario incorporar la dimensión afectiva del fenómeno, donde la vergüenza ha adquirido un lugar central en la literatura reciente. Tangney y Dearing (2002) la definen como una experiencia emocional negativa que surge al no asumir la responsabilidad de una infracción y de asumirla solamente en presencia de un mediador. Su estudio es especialmente relevante debido a su carácter ambivalente: la vergüenza puede promover la reparación del daño y la conducta prosocial, pero también puede desencadenar respuestas defensivas asociadas con la hostilidad y la agresión. Este carácter dual la convierte en un factor esencial no solo para inhibir, sino también para intensificar comportamientos agresivos (Haro-Solis et al., 2013; Maggi et al., 2022), lo que amplía la comprensión del desarrollo de la violencia más allá de lo puramente cognitivo.
En el entorno escolar, la vergüenza suele emerger ante situaciones cotidianas tales como el fracaso en una participación pública, la amonestación docente frente al grupo o la exposición a la burla y victimización por parte de los pares. Para algunos estudiantes, estas experiencias pueden constituir un motivo para la reflexión y el ajuste conductual (Tangney & Dearing, 2002), mientras que, para otros, representan una amenaza directa a la autoestima que puede detonar reacciones agresivas como forma de defensa (Thornberg, 2013). Esta dualidad evidencia el papel ambivalente de la vergüenza en la conducta social, pues puede funcionar tanto como un inhibidor como un catalizador de la violencia, dependiendo de los recursos de afrontamiento y regulación emocional disponibles en el individuo (Ramírez-Zaragoza et al., 2015; Stuewig et al., 2015).
Estudios recientes han explorado el rol mediador de la vergüenza en la relación entre desconexión moral y agresión, aportando evidencia de que los procesos emocionales y cognitivos interactúan en la configuración de la conducta violenta. Aftab y Malik (2021) encontraron que la desconexión moral tiende a relacionarse con conductas negativas de forma más intensa cuando coexiste con experiencias de vergüenza no elaborada. De manera convergente, Seol et al. (2023) documentaron, en adolescentes, que la vergüenza internalizada mediaba la influencia del control parental sobre la agresión relacional, en interacción con los mecanismos de desconexión moral. Estas evidencias resaltan la importancia de examinar esta interdependencia durante la educación primaria, un periodo crítico en el que se consolidan las estrategias de regulación emocional y moral (Mendoza et al., 2024). Comprender esta dinámica en edades tempranas no solo permite anticipar trayectorias de riesgo, sino que justifica profundizar en su estudio para desarrollar intervenciones preventivas más precisas y contextualizadas.
Otro factor relevante para comprender la aparición y el mantenimiento de conductas agresivas en el contexto escolar es el sexo de los estudiantes. La literatura ha documentado de manera consistente diferencias en la manifestación de la agresión en función del sexo, tanto en México como en otros países. En general, los niños tienden a mostrar con mayor frecuencia comportamientos de agresión física, mientras que las niñas suelen emplear formas de agresión relacional, como la exclusión social o la propagación de rumores (Méndez et al., 2020). Estas distinciones sugieren que la agresión no opera de manera homogénea, sino que se expresa de forma diferenciada según las normas sociales de género y los repertorios conductuales disponibles.
Esta variabilidad también se refleja en el procesamiento emocional, particularmente en la experiencia de vergüenza. Diversas investigaciones reportan que los niños suelen externalizar esta emoción mediante expresiones de enojo u hostilidad, mientras que las niñas tienden a internalizarla, manifestándola a través del retraimiento o la agresión indirecta (Bautista et al., 2019; Quiroga-Garza & Cavalera, 2024; Maggi et al., 2022). En conjunto, estos hallazgos indican que el sexo no debe considerarse únicamente como una variable demográfica, sino como un moderador de la interacción entre los procesos cognitivos (como la desconexión moral) y los procesos emocionales (como la vergüenza) que configuran la conducta agresiva. Reconocer este papel moderador permite comprender de manera más precisa cómo se construyen trayectorias diferenciadas de violencia y subraya la importancia de incorporar la perspectiva de género en su estudio e intervención.
En México, la investigación sobre violencia escolar y sus mecanismos psicológicos se ha concentrado predominantemente en el nivel de educación secundaria (Aguilar, 2021; Alcantar et al., 2021; Montoya et al., 2025). Esta focalización ha generado un vacío notable en el estudio de la educación primaria, a pesar de que se trata de una etapa formativa vital en la que los estudiantes ya cuentan con habilidades básicas de razonamiento moral, pero sus normas sociales y valores continúan consolidándose. Explorar este nivel educativo resulta fundamental para comprender el origen y la evolución temprana de los procesos cognitivos y afectivos que subyacen a la agresión escolar.
Ignorar este periodo educativo implica perder la oportunidad de intervenir de manera preventiva antes de que los comportamientos agresivos se consoliden como patrones estables. Asimismo, el contexto escolar mexicano posee características particulares (como la alta densidad de alumnos por aula, las limitaciones de recursos y la diversidad sociocultural) que podrían influir en la manifestación y regulación de la agresión. Estas condiciones hacen aún más necesaria la generación de evidencia empírica específica en educación primaria, de modo que sea posible diseñar estrategias de prevención e intervención contextualizadas y acordes con la realidad nacional (Aréchiga et al., 2024; Pérez-Jorge et al., 2023).
Esta investigación se fundamenta en la premisa de que la agresión no debe ser abordada como un acto aislado, sino comprendida en función de las cogniciones que la justifican y las emociones que la acompañan (Swit & Harty, 2025). Bajo este enfoque, la desconexión moral permite entender los mecanismos cognitivos que racionalizan la violencia, mientras que la vergüenza constituye un componente emocional clave para explicar la vivencia subjetiva del acto agresivo. A su vez, el sexo del estudiantado se contempla como un factor que puede modificar la forma en que dichos procesos se manifiestan, lo cual es especialmente relevante en entornos educativos donde las expresiones de agresión pueden adquirir matices diferenciados entre niñas y niños. La articulación de estas dimensiones ofrece un marco integral para analizar la agresión en la infancia, con el potencial de contribuir al diseño de estrategias preventivas más pertinentes y contextualizadas para el nivel de educación primaria.
En concordancia con lo anterior, el objetivo de este estudio es analizar la relación entre la desconexión moral y las conductas agresivas en estudiantes de educación primaria, considerando el papel mediador de la vergüenza en dicha asociación. Asimismo, se explora si el sexo del estudiante modera estas relaciones, con el propósito de identificar posibles diferencias en el funcionamiento del modelo según el género. Esta aproximación permite no solo comprender de manera profunda los factores que sostienen la agresión infantil, sino también orientar la generación de intervenciones sensibles a las particularidades cognitivas, emocionales y sociodemográficas del alumnado.
Metodología
Tipo de estudio
El estudio empleo un diseño transversal con un enfoque cuantitativo y alcance explicativo (Babbie, 2021; Creswell y Creswell, 2018).
Participantes
Se empleó un muestreo no probabilístico intencional, es decir, un tipo de muestreo en el que los participantes se seleccionan de manera deliberada con base en características específicas que son relevantes para el objetivo del estudio (Cohen et al., 2000). Con este procedimiento se seleccionó a 562 estudiantes de primarias públicas del estado de Sonora, México. Las escuelas se caracterizan por ser del turno matutino, ubicadas en la zona urbano. La distribución por grado escolar mostro que 265 estudiantes (47.2%) estaban en quinto grado, mientras que 297 (52.8%) cursaban sexto. Respecto al género, 319 participantes (56.8%) eran hombres y 243 (43.2%) mujeres, con edades comprendidas entre 10 y 12 años y una media de 10.70 años (DE= .065).
Agresiones
Para evaluar las agresiones, se empleó la escala desarrollada por Cima et al. (2013). Este instrumento consta de ocho ítems (ejemplo: " Lastimo a otros para ganar un juego."), que se responden en una escala tipo Likert con cinco opciones: 0 (Nunca) hasta 4 (Siempre). La validez de constructo se comprobó mediante un análisis factorial confirmatorio, cuyos resultados respaldaron la estructura del instrumento (X2 = 21.66, gl = 20, p = .187; CFI = .99; TLI = .98; AGFI = .98 RMSEA = .012, IC 90% [.000, .039]; SRMR= .031) indicando un ajuste adecuado para los datos. La confiabilidad se estimó con el coeficiente ω de McDonald, obteniéndose un valor de ω = .75.
Desconexión moral
Para evaluar la desconexión moral se empleó la Escala de Mecanismos de Desconexión Moral, originalmente desarrollada por Bandura et al. (1996), considerando la adaptación a población mexicana realizada por García et al. (2019). La escala final está compuesta por 24 ítems, distribuidos equitativamente en tres ítems por cada una de las ocho dimensiones: justificación moral, lenguaje eufemístico, comparación ventajosa, desplazamiento de responsabilidad, difusión de responsabilidad, distorsión de consecuencias, atribución de culpa y deshumanización. Las respuestas se calificaron en una escala Likert de 5 puntos (0 = Nunca, 4 = Siempre). La validez de constructo se verificó mediante un análisis factorial confirmatorio de segundo orden, que evalúa tanto la estructura general como las dimensiones específicas. Los resultados mostraron un ajuste adecuado para el modelo propuesto (X2 = 92.05, gl = 20, p = < .001; CFI = .93; TLI = .90; AGFI = .92 RMSEA = .080, IC 90% [0.064, 0.097]; SRMR= .046) cumpliendo con los criterios psicométricos establecidos para el número de variables observadas (Hair et al., 2019). Además, la escala demostró una confiabilidad aceptable en su medición global, con un coeficiente omega de McDonald de ω = .81 para la desconexión moral.
Vergüenza
Para evaluar la variable de vergüenza, se empleó una versión socializada del "Management of Shame State - Shame Acknowledgement and Shame Displacement" (MOSS-SASD), un instrumento diseñado originalmente por Ahmed (2001) y adaptado por Bautista et al. (2019). Esta escala está compuesta por cuatro ítems (ejemplo: Sientes que no puedes evitarlo porque forma parte de tu manera de ser), cuyas respuestas se calificaron en una escala Likert de cinco puntos (0 = Nunca hasta 4 = Siempre). El análisis factorial confirmatorio demostró un adecuado ajuste del modelo (χ2 = 6.698, gl = 2, p = .035; CFI = .99; TLI = .98; AGFI = .98; RMSEA = .050, IC 90% [0.011, 0.093]; SRMR = .022), confirmando su validez de constructo, mientras que la fiabilidad se estableció mediante un coeficiente omega de .73, indicando consistencia interna aceptable.
Procedimiento
El estudio inicio tras la aprobación del comité de ética institucional, tras lo cual se coordinó con directivos de diez escuelas primarias públicas para obtener los permisos necesarios. Se obtuvo el consentimiento informado de los padres, explicando los objetivos, confidencialidad, carácter voluntario y derecho a retirarse sin consecuencias. La aplicación de instrumentos se realizó en las escuelas con apoyo de investigadores capacitados, quienes brindaron instrucciones estandarizadas y resolvieron dudas durante el proceso, asegurando condiciones óptimas para los participantes.
Análisis de datos
Los datos fueron analizados utilizando los programas SPSS 27 y AMOS, iniciando con el manejo de valores faltantes mediante la regresión ordinal (regresión logística ordinal) como técnica de imputación. Para verificar la validez de los instrumentos, se realizaron análisis factoriales confirmatorios, considerando como criterios de buen ajuste GFI ≥.90, SRMR ≤.05, TLI ≥.90, CFI ≥.95, AGFI ≥.90 y RMSEA ≤.05 (Valdés et al., 2019). El estudio empleó diversos enfoques estadísticos: las correlaciones de Pearson permitieron evaluar las asociaciones lineales entre las variables continuas; la prueba t de Student se utilizó para comparar las medias entre grupos; y finalmente, se implementó un análisis de mediación mediante PROCESS en JASP, el cual permitió examinar cómo la vergüenza media la relación entre desconexión moral y agresiones. Se incluyó una variable control en el análisis para aislar su influencia potencial en las relaciones estudiadas. Específicamente, se controló estadísticamente el sexo (0 = mujer; 1 = hombre) de los participantes, debido a que la literatura previa ha reportado diferencias significativas en la manifestación de conductas agresivas entre hombres y mujeres existe un sesgo cultural en la sociedad mexicana (Díaz-Guerrero, 2003; Díaz-Loving, 2019; Murillo et al., 2024).
Resultados
Estadísticos descriptivos
Se examinaron las características distribucionales de las variables agresión, desconexión moral y vergüenza mediante estadísticos descriptivos (media, desviación estándar, asimetría y curtosis). Los resultados mostraron que los valores de asimetría y curtosis se mantuvieron dentro del rango recomendado (-2 a +2), lo que sugiere una distribución parecida a la normal en los datos. Esta evidencia de normalidad justificó el uso posterior de pruebas paramétricas para los análisis inferenciales (George & Mallery, 2019; ver Tabla 1).
Correlaciones y comparación entre las variables
Para examinar las relaciones entre las variables se empleó el coeficiente de correlación de Pearson, cuyos resultados mostraron asociaciones positivas y estadísticamente significativas entre las conductas agresivas y las demás variables del estudio. Específicamente, se encontró una correlación débil pero significativa entre agresión y desconexión moral (r = .18), así como una relación de intensidad moderada-baja entre agresión y vergüenza (r = .33), indicando que a mayores niveles en estas variables corresponden mayores manifestaciones de conductas agresivas, aunque con diferente magnitud de asociación (ver Tabla 2).
Tabla 2 Correlación de agresiones con la desconexión moral y vergüenza
| 1 | 2 | 3 | |
|---|---|---|---|
| Agresiones | - | ||
| Desconexión moral | .18** | - | |
| Vergüenza | .33** | .26** | - |
Nota. ** p < .01
El análisis mediante pruebas t de Student para muestras independientes reveló diferencias significativas entre hombres y mujeres en las variables evaluadas, mostrando puntuaciones consistentemente más altas en el grupo masculino. Estas diferencias alcanzaron significación estadística en agresión (con un tamaño del efecto mediano) y desconexión moral (con un efecto pequeño), mientras que, en el caso de la vergüenza, aunque se mantuvo la tendencia de mayores puntuaciones en hombres, la diferencia no resultó estadísticamente significativa (ver Tabla 3).
Tabla 3 Prueba de comparación t de Student y tamaño del efecto para sexo y las variables del estudio
| Variable | Hombres | Mujeres | t | p | d de Cohen | ||
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Media | DE | Media | DE | ||||
| Agresiones | .32 | 0.26 | .21 | 0.22 | 5.13 | < .001 | .43 |
| Desconexión moral | .61 | 0.41 | .51 | 0.35 | 3.22 | .002 | .27 |
| Vergüenza | .99 | 1.01 | .85 | 1.05 | 1.60 | - | - |
Hombres n = 319; Mujeres n = 243.
Modelo de mediación
Se realizó un modelo de mediación para analizar la relación entre la desconexión moral y las agresiones entre estudiantes, considerando a la vergüenza como variable mediadora y controlando por el efecto del sexo. Los resultados indican que el modelo explica el 15% de la variabilidad en las agresiones, con todas las relaciones directas siendo estadísticamente significativas. Este enfoque permitió evaluar no solo los efectos directos e indirectos, sino también cómo el sexo variable control.
En cuanto a las relaciones directas, y tras controlar por el efecto del sexo, los resultados mostraron que la desconexión moral presentó una asociación positiva y significativa con las agresiones (β = .24, IC 95% [.10, .37]), lo que indica que, a mayor desconexión moral, mayor frecuencia de conductas agresivas. Asimismo, la desconexión moral se relacionó positivamente con la vergüenza (β = .26, IC 95% [.18, .34]), lo que implica que quienes presentan mayor desconexión moral también tienden a reportar mayores niveles de vergüenza. De manera similar, la vergüenza también mostró un efecto positivo, sobre las agresiones (β = .09, IC 95% [.01, .17]), sugiriendo que este incremento es debido a la aceptación o rechazo de la desconexión moral como explicación de la agresión, lo cual lleva a la vergüenza.
Respecto a los efectos indirectos, se identificó que la vergüenza media significativamente la relación entre la desconexión moral y las agresiones (β = .03, IC 95% [.01, .05]). Finalmente, la variable de control, mostró que ser hombre afecta de manera directa y significativamente sobre las agresiones (β = .33, IC 95% [.18, .49]). Por lo tanto, este resultado confirma que el sexo es un predictor relevante de la conducta agresiva, con una influencia independiente a la ejercida por la desconexión moral y la vergüenza en el modelo (ver Figura 1).
Discusión
Este estudio implementó un modelo mediador para examinar la influencia de la vergüenza en la relación entre la desconexión moral y la agresión infantil. Además, se incluyó la variable sexo como control en el análisis de la agresión. Se utilizó un modelo de medición orientado a la agresión proactiva, mediante el cual se evaluaron las manifestaciones de agresión en una muestra de niñas y niños de educación primaria, utilizando instrumentos de autoinforme. Los resultados aportaron nuevas perspectivas sobre el papel de los factores sociocognitivos y afectivos en la conducta agresiva en escolares. Puntualmente, esta investigación tuvo como objetivo analizar cómo la desconexión moral se relaciona con la agresividad en estudiantes de primaria, explorando el papel mediador de la vergüenza y el efecto de control de la variable sexo.
Los hallazgos permiten establecer que todas las variables analizadas se encuentran vinculadas con las conductas agresivas de los estudiantes. La primera evidencia de ello se observa en las correlaciones, donde la asociación de mayor magnitud corresponde a la variable vergüenza. Este resultado coincide con lo reportado en investigaciones previas, en las que variables de naturaleza similar han mostrado una relación directa con la agresión infantil (Swit & Harty, 2025; Jambon et al., 2019).
En cuanto a las diferencias por sexo, los resultados sugieren que la desconexión moral y las conductas agresivas tienden a presentarse con mayor frecuencia en los hombres. Este hallazgo es consistente con lo expuesto en la introducción, donde se señala que los niños suelen externalizar sus emociones mediante enojo y, con frecuencia, a través de formas directas de agresión (Quiroga-Garza & Cavalera, 2024; Maggi et al., 2022). Sin embargo, no se identificaron diferencias significativas entre niñas y niños en la variable vergüenza. Esta explicación puede ser que la experiencia de acoso entre pares y las interacciones cotidianas dentro y fuera del aula generan respuestas emocionales con matices complejos, lo que podría atenuar las diferencias esperadas entre ambos sexos (Stuewig et al., 2015).
De forma específica, la vergüenza se ha observado en intervenciones en las que se emplean estrategias de autorregulación emocional para modular su impacto en la agresión. Por ejemplo, Wang y Sang (2020) demostraron experimentalmente que inducir vergüenza en adolescentes y luego aplicar estrategias de autorregulación, como la autoculpa, aumentaba significativamente su agresividad explícita. Asimismo, Liang et al. (2024) identificaron que la externalización de la culpa y la hostilidad median la relación entre la propensión a la vergüenza y la agresión, destacando la importancia de intervenciones que aborden estos mecanismos, como la reestructuración cognitiva y el entrenamiento en regulación emocional, para mitigar conductas agresivas. Esto indica que la forma en que se regula la vergüenza es importante, debido a que la aplicación de intervenciones que promuevan estrategias adaptativas podría mitigar su efecto potenciador de la agresión. Por otro lado, Sullins et al. (2024) demostraron que la propensión a la vergüenza afecta negativamente la autorregulación y el aprendizaje, lo que refuerza la necesidad de implementar estrategias educativas que fomenten la autocompasión y la reevaluación atribucional, ayudando así a los estudiantes a manejar la vergüenza de manera constructiva y reducir su influencia en conductas disruptivas.
Finalmente, los resultados permiten establecer que las variables vinculadas con la agresión, las emociones y los procesos cognitivos ofrecen un marco explicativo relevante para comprender la dinámica de los comportamientos agresivos en el contexto escolar. Dado que los recursos socioemocionales de las niñas y los niños aún se encuentran en desarrollo, es posible interpretar que la vergüenza ejerce un efecto indirecto sobre las conductas agresivas entre pares, modulando la manera en que estas se expresan. Este hallazgo coincide con lo señalado por Aftab y Malik (2021), quienes documentan que la desconexión moral se vincula de forma más intensa con conductas negativas cuando coexiste con emociones como la vergüenza, especialmente en etapas tempranas del desarrollo, donde su comprensión y regulación aún son limitadas. Además, la mayor predicción de la agresión en los hombres podría explicarse por su tendencia a manifestar formas directas de agresión, a diferencia de las niñas, quienes suelen recurrir con mayor frecuencia a agresión relacional basada en la exclusión social o la difusión de rumores (Méndez et al., 2020).
Conclusiones y limitaciones
De esto último pueden derivarse un par de limitaciones del presente estudio. La primera es que la explicación de que los hombres orienten mayor beta, en relación con la explicación de las agresiones, podría deberse a que la escala de agresión utilizada muestra un sesgo hacia la agresión física lo cual genera diferencias entre el sexo. La segunda corresponde al tamaño de la población y que los sujetos presentan características específicas de la región por lo tanto los resultados son poco generalizables. Por lo que existe la necesidad de adaptar la escala de medida al contexto en el que se aplique. Además, dicha adaptación debe contemplar eventos o situaciones variadas que incluyan agresiones no necesariamente físicas ni directas (Rivera et al., 2022).
Ante esta situación, para futuras investigaciones se recomienda estudiar la agresión desde grupos etarios amplios. En este sentido, sería pertinente iniciar el análisis desde la cultura y el contexto escolar específico, incorporando los significados psicológicos y diversos de la población de estudio, así como los cambios temporales, de modo que sea posible evaluar también situaciones atemporales (González-Tapia & Reyes-Lagunes, 2019).
Como tercera limitación, se reconoce que el diseño transversal del estudio no permite establecer relaciones causales entre las variables analizadas. Futuras líneas de investigación podrían beneficiarse de implementar diseños longitudinales o experimentales que permitan un mayor control sobre las variables y una mejor comprensión de la dirección de las relaciones observadas entre desconexión moral, vergüenza y agresión.
Se concluye que este estudio evidencia una relación significativa entre la desconexión moral y la agresión infantil, y que la vergüenza desempeña un papel mediador en dicha relación. Este hallazgo refuerza la importancia de considerar factores sociocognitivos y afectivos al analizar la conducta agresiva en escolares, mostrando que las emociones no resueltas pueden intensificar los comportamientos agresivos, especialmente en contextos de interacción entre pares. Asimismo, se identificaron diferencias de género en las manifestaciones de agresión, con mayor presencia en los niños. Estos resultados señalan la necesidad de adaptar las métricas y escalas de evaluación al contexto escolar y cultural, incorporando diversas manifestaciones de agresión para lograr mediciones más precisas y pertinentes.










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