Introducción
El libro Trayectorias y encrucijadas de las teorías del desarrollo en América Latina es una obra que emerge de interrogantes críticas acerca de la evolución del pensamiento económico en la región, particularmente a raíz de los desafíos suscitados por 40 años de transformaciones, desde la crisis de 1982 y el ocaso de los modelos de industrialización por sustitución de importaciones (ISI).
La obra está estructurada en cuatro capítulos, cada uno enfocado en una corriente de pensamiento distinta: el marxismo, el estructuralismo, el neoestructuralismo y el posdesarrollismo.
Estos capítulos reflejan las diferentes fases y transformaciones del pensamiento del desarrollo en América Latina, en una línea que presenta los orígenes y las adaptaciones, y concluye con “alternativas”.
El enfoque adoptado en este libro es esencialmente crítico y reflexivo: propone una revisión de las teorías tradicionales del desarrollo a la luz de las condiciones contemporáneas y los desafíos sistémicos, como el cambio climático y la globalización neoliberal. Esto subraya su relevancia para revisitar el pensamiento latinoamericano frente a los desafíos actuales en la región y el aparente cambio de marea en los gobiernos de nuestros países, donde destaca el caso de Argentina, además de los de Ecuador, Uruguay y El Salvador.
En el primer capítulo, “Industrializar la periferia: la crítica marxista al subdesarrollo”, Matari Pierre explora las raíces y la evolución de la teoría marxista de la dependencia en América Latina. El capítulo analiza cómo el marxismo ha entendido y criticado el subdesarrollo desde mediados del siglo XIX hasta 1982, al enfocarse en el desarrollo de la teoría marxista de la dependencia (TMD). Se exploran las complejidades de la acumulación primitiva y la industrialización en la periferia. La primera parte del capítulo se concentra en cómo la acumulación primitiva ha configurado la crítica del subdesarrollo. La segunda parte ahonda en antecedentes: se refieren las ideas de Marx, especialmente en su crítica al proteccionismo de Friedrich List y su debate con los populistas rusos. La tercera explora el contexto que dio lugar a la TMD, que sostiene que el intercambio desigual y las inversiones extranjeras son barreras para la industrialización y el desarrollo. Esta teoría propone que las estructuras de poder en las economías periféricas, incluyendo las clases dominantes y el Estado, están configuradas de tal manera que impiden resolver los problemas fundamentales del subdesarrollo dentro del capitalismo. El capítulo finaliza con una crítica a la noción de superexplotación de Marini -expuesta por Pierre como un “mecanismo estructural” de acumulación en la periferia- y a cómo esta idea ha delimitado el alcance y la influencia de la TMD. A través de esta revisión detallada, el autor invita a reconsiderar y profundizar en la comprensión del subdesarrollo, no sólo como un fenómeno económico, sino también como un problema estructural arraigado en la dinámica del capitalismo global. Las conclusiones del capítulo sintetizan cómo el capitalismo, al universalizar el desarrollo, subvierte todas las sociedades.
La estructura de la economía mundial, según Pierre, está marcada por una división internacional del trabajo que no sólo dicta la especialización comercial de cada país, sino que también guía los flujos de inversión extranjera directa, y así impacta directamente en las condiciones de acumulación primitiva en la periferia. Esta visión destaca la influencia ambivalente del mercado mundial sobre la industrialización periférica, al dividir la interpretación marxista en dos tendencias: una que ve el subdesarrollo como resultado de la explotación insuficiente de la periferia, y otra que lo atribuye a las restricciones impuestas por el imperialismo en el desarrollo de las fuerzas productivas. La TMD, según Pierre, emerge de esta segunda tendencia.
En conclusión, Pierre argumenta que la crítica marxista del subdesarrollo y la TMD han proporcionado herramientas valiosas para entender las complejas dinámicas del capitalismo en la periferia, aunque sus enfoques y conclusiones sigan siendo objeto de debate y revisión.
El segundo capítulo, titulado “La teoría estructuralista del desarrollo en América Latina: aportes y enseñanzas”, escrito por Arturo Guillén, examina los primeros trabajos de Raúl Prebisch y Celso Furtado. El apartado de antecedentes se centra en el desarrollo temprano de las ideas estructuralistas, mucho antes de la publicación del “Manifiesto” de 1949 por Raúl Prebisch, que suele considerarse el punto de partida formal del estructuralismo en América Latina. Expone las primeras etapas de Prebisch en la década de los años veinte y afirma que, en ese momento, el autor ya desarrollaba ideas que serían fundamentales en el pensamiento estructuralista, de manera que niega con ello un Prebisch neoclásico antes de 1949. Furtado, por su parte, expone el autor, en sus estudios de la economía brasileña durante la época colonial, descubrió las causas ligadas a la división internacional del trabajo que condenaban a Brasil a ser un país primario-exportador. Se destacan la introducción de los conceptos de dualismo estructural por parte de Furtado y los planteamientos de ambos autores respecto de que el subdesarrollo es una “cualidad diferente, una especificidad del desarrollo del capitalismo en las periferias”.
En el apartado relativo al Manifiesto de 1949, el autor nos comparte la importancia de las ideas contenidas en este trabajo seminal. El autor destaca -retomando a Prebisch- la utilización del concepto de “centro-periferia” para explicar la desigualdad en las relaciones económicas internacionales y la heterogeneidad de las estructuras productivas internas. Además, se expone el desarrollo de la hipótesis del deterioro de los términos de intercambio que se atribuyó a diferencias estructurales e institucionales entre centro y periferia, asociado a la dinámica de los salarios reales, las elasticidades de la demanda y la relación de intercambio durante el ciclo económico. Arturo Guillén nos presenta las propuestas de la industrialización sustitutiva, la explícita necesidad de la intervención del Estado, el impulso a la acumulación y la integración regional. Estas propuestas, nos explica Guillén, rompían con la llamada teoría de la modernización y la teoría neoclásica del comercio internacional. En suma, Guillén establece cómo el Manifiesto de 1949 expuso los fundamentos de la teoría estructuralista del desarrollo en América Latina.
Considerando lo anterior, expone “El desarrollo del pensamiento estructuralista en la década de 1950”, donde puntualiza que durante estos años los principales países latinoamericanos avanzaron en la estrategia de industrialización propuesta por el estructuralismo, y los teóricos de esta corriente profundizaron y desarrollaron las tesis fundacionales presentadas en el Manifiesto de 1949. Entre los principales contribuyentes, se destaca al mexicano Juan Noyola Vázquez y el brasileño Celso Furtado, así como a Aníbal Pinto y Osvaldo Sunkel. Entre los temas principales de la época, se abordó el desequilibrio externo (Prebisch); Noyola amplió el análisis al contexto del proceso de industrialización sustitutiva de importaciones, al identificar un “desequilibrio de desarrollo” o “desequilibrio de fomento”, es decir, un desequilibrio estructural y de largo plazo ligado al crecimiento y a la industrialización. Se desarrolló un intenso debate entre los monetaristas y los estructuralistas sobre las causas de la inflación y los desequilibrios externos. De acuerdo con Guillén, estos temas construyeron las bases para el posterior desarrollo de la teoría de la dependencia.
El autor del capítulo subraya las contribuciones de Juan Noyola respecto del desequilibrio externo, con los trabajos de colaboración entre él, Furtado, Oscar Soberón y Osvaldo Sunkel sobre la economía mexicana, que reforzaron las tesis de Noyola sobre el carácter estructural del desequilibrio externo. Guillén considera que las contribuciones de Noyola y Furtado en la década de 1950 fueron fundamentales para el desarrollo del pensamiento estructuralista. Sus trabajos ayudaron a pasar del análisis de los límites del modelo primario-exportador a la comprensión de las contradicciones y las barreras del modelo de industrialización sustitutiva de importaciones. Además, acentúa, Noyola fue uno de los primeros en desarrollar una “teoría estructuralista de la inflación” al cuestionar el predominio del enfoque monetarista del Fondo Monetario Internacional.
En la década de 1990, nos dice Guillén, el Consenso de Washington adoptó un enfoque “heterodoxo” para controlar la inflación, al combinar políticas restrictivas con programas de estabilización basados en el control de precios y salarios, así como el uso del tipo de cambio como “ancla inflacionaria”. Este enfoque reconocía implícitamente la teoría estructuralista de que el desequilibrio externo y las devaluaciones son factores clave en la generación de presiones inflacionarias. Otra tesis que se enfatiza en el texto es la de Celso Furtado, que plantea una tendencia endógena al estancamiento económico debido a los obstáculos estructurales enfrentados durante la industrialización.
Después de la exposición de las tesis del estructuralismo en sus principales exponentes, el autor nos guía hacia la crítica del modelo de sustitución de importaciones (MSI) en el pensamiento estructuralista. Este apartado es relevante porque, contrario a la narrativa convencional, niega la ceguera del estructuralismo frente a las limitaciones del MSI. Guillén concluye que el MSI no se “agotó” como si fuera un recurso natural sobreexplotado. Las contradicciones del modelo podrían haberse enfrentado con reformas estructurales adecuadas, como la fiscal o agraria, políticas industriales adecuadas, y una revisión selectiva de los esquemas de protección. Sin embargo, nos indica, faltaron las condiciones políticas para llevar a cabo tales reformas.
En este contexto se expone al neoestructuralismo como un esfuerzo para reevaluar las limitaciones del abandonado MSI. Destaca el pensamiento de Fernando Fajnzylber y sus trabajos sobre la industrialización trunca de 1983 y las posteriores. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en esos momentos llegó a proponer una mayor apertura de la economía como medio para inducir aumentos en la productividad y estimular la incorporación del progreso técnico. En 1994, reseña Guillén, la CEPAL publicó El regionalismo abierto en América Latina y el Caribe: la integración económica al servicio de la transformación productiva con equidad; este informe, de acuerdo con el autor, representó un quiebre importante en las posiciones de la CEPAL, pues implicaba una aceptación tácita de los procesos de integración neoliberales inaugurados por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
En este contexto, concluye Arturo Guillén , el neoestructuralismo, aunque retoma y profundiza algunos problemas planteados por el estructuralismo, como la necesidad de alcanzar un desarrollo endógeno y constituir un núcleo de dinamización tecnológica, representa una ruptura con el pensamiento original.
En el tercer capítulo, “Neoestructuralismo, neodesarrollismo y socialdesarrollismo: notas a partir de sus similitudes y diferencias”, Monika Meireles explora tres corrientes contemporáneas del pensamiento económico latinoamericano y expone cómo cada una retoma, adapta y, en algunos casos, se aleja de los planteamientos del estructuralismo original de la CEPAL. El objetivo central, de acuerdo con la autora, es “mapear tensiones entre la existencia del legado teórico del estructuralismo latinoamericano en las tres corrientes”. Además, señala como “hipótesis auxiliar”, con excepción del socialdesarrollismo, “la percepción de que se pierde la convicción del Estado como agente rector de la economía mediante su acción de planeación para el desarrollo”.
El capítulo se divide en cuatro apartados principales. En el primero, Monika Meireles expone “continuidades y rupturas entre el estructuralismo y el neoestructuralismo”. En el renglón de las continuidades destacan el enfoque histórico-estructural y la relación centro-periferia que ambas corrientes sostienen. Mientras que, por un lado, respecto de rupturas, Meireles enfatiza la relación con el pensamiento económico ortodoxo, del cual el estructuralismo es antagónico, por el otro, el neoestructuralismo muestra mayor apertura al diálogo, que se expresa en estudios que priorizan fenómenos de corto plazo y limitan la intervención del Estado. La ruptura también se puntualiza en la consideración de las políticas proteccionistas como soporte del proceso de industrialización, como lo argumentó el pensamiento cepalino estructuralista, que consideraba un Estado fuerte y planificador. Por su parte, el neoestructuralismo, nos explica la autora, ha tendido a favorecer una mayor apertura comercial y financiera, en línea con las tendencias globalizadoras y los tratados de libre comercio, además de un papel del Estado más enfocado en la “regulación sectorial” y la programación indicativa.
Entre los exponentes del neoestructuralismo, Meireles destaca las aportaciones de Osvaldo Sunkel, Fernando Fajnzylber y Octavio Campos.
De Sunkel y G. Zuleta, se expone la estrategia de renovación del modelo de desarrollo “desde dentro”. Por otro lado, de Fernando Fajnzylber, se acentúa su propuesta en relación con la acumulación, el progreso técnico y la productividad, en el contexto de una mayor integración en los mercados internacionales. Los autores representan, señala Meireles, un esfuerzo por actualizar y revisar el enfoque estructuralista clásico frente a los desafíos del neoliberalismo y la globalización. Esto en coherencia con su origen como respuesta a la crisis de la deuda, la década perdida y la reevaluación del papel del Estado en el desarrollo.
Este enfoque se refleja en la agenda de investigación de la CEPAL en la década de 1990, la cual, nos dice la autora, mientras reconocía la importancia del mercado, también enfatizaba la necesidad de una regulación estatal efectiva.
En el segundo apartado se presentan las contribuciones del neodesarrollismo y el socialdesarrollismo, que emergen, de acuerdo con la autora, en el contexto de la llamada “marea rosa” identificada con los gobiernos así llamados progresistas en 2003-2014. El neodesarrollismo, señala Meireles, se presenta como “tercer discurso” frente al Consenso de Washington. Se enfoca en fomentar el desarrollo de la industria nacional para mejorar la inserción internacional de los países latinoamericanos en el mercado mundial (tipo de cambio estable y competitivo y promoción en el incremento del valor agregado a las exportaciones, equilibrio fiscal y control inflacionario). Por otro lado, se expone que el socialdesarrollismo también promueve el desarrollo mediante la reactivación industrial, pero con un enfoque más marcado en la redistribución del ingreso y el fortalecimiento del mercado interno como medios para combatir la pobreza y reducir la desigualdad. Esta corriente está vinculada con el modelo económico adoptado durante el gobierno de Lula da Silva. Ambos enfoques se definen como respuesta a las críticas al modelo neoliberal. Las dos posturas, en la misma línea que el neoestructuralismo, “adaptan y actualizan” el pensamiento estructuralista.
En un ejercicio de crítica, con los argumentos de sus exponentes a modo de “fuego cruzado”, en el tercer apartado se identifican las limitaciones de los dos enfoques anteriores. En el neodesarrollismo los puntos de discusión son la enfermedad holandesa y las políticas monetaria, salarial y social. Y en el socialdesarrollismo, el mercado interno y las políticas redistributivas. El debate entre ambas corrientes, expone Meireles, critica al socialdesarrollismo la falta de estímulo a la competitividad externa y la amplia dependencia del gasto público; en dirección opuesta, se critica al neodesarrollismo, por no atender de manera suficiente la distribución del ingreso.
Monika Meireles concluye el capítulo reflexionando sobre la evolución del pensamiento económico latinoamericano, al hacer un balance crítico de las corrientes estructuralista, neoestructuralista, neodesarrollista y socialdesarrollista. Ella destaca que éstas se han planteado en respuesta a las dinámicas cambiantes del capitalismo y los desafíos particulares que enfrenta América Latina en su integración subordinada a la economía global. La autora nos invita a observar que, si bien estas corrientes emergentes presentan limitaciones, también ofrecen un amplio espacio para su desarrollo y discusión. Esto es relevante porque el capítulo sitúa la emergencia de dichas adaptaciones, evoluciones y respuestas al reconocimiento cambiante del contexto latinoamericano. Si bien el estructuralismo es la base teórica, conceptual y metodológica, es necesario sumar conocimientos complementarios frente a nuevos fenómenos, entre los que la autora destaca el papel de la financiarización y sus implicaciones en las economías latinoamericanas, lo cual demanda, de acuerdo con Monika Meireles, actualizar estas teorías sin perder su esencia y adaptar las contribuciones de las corrientes heterodoxas contemporáneas a la realidad latinoamericana.
En el capítulo cuarto, “El posdesarrollo: contribuciones y alcances de una crítica al paradigma del desarrollo” de Antonio Mendoza, se establece la idea de desarrollo como una categoría colonizadora y un medio de control occidental sobre el mundo “subdesarrollado”. Enfatiza la dimensión ideológica del desarrollo y su uso como herramienta de dominación. Propone un análisis crítico desde las periferias, especialmente en América Latina, para construir un nuevo paradigma que “recupere el sentido de la vida”.
El autor se propone en este capítulo sistematizar y analizar el contexto histórico y las contribuciones conceptuales del posdesarrollo. Presenta el capítulo en cuatro apartados principales: revisa el entorno histórico y las teorías sobre el desarrollo y el subdesarrollo posteriores a la segunda Guerra Mundial; discute los debates conceptuales y metodológicos importantes que reconocen el contenido cultural y las relaciones de poder en el desarrollo económico; examina las contribuciones y el alcance del posdesarrollo, y aborda los desafíos y los límites de éste, donde destaca las críticas y las potencialidades de tal enfoque en el contexto de una crisis hegemónica de los modelos de desarrollo en América Latina.
Mendoza ubica el surgimiento y la evolución de la economía del desarrollo desde sus comienzos en el periodo de posguerra hasta las discusiones contemporáneas sobre el posdesarrollo. Identifica tres momentos clave del pensamiento económico heterodoxo sobre el desarrollo: teoría de la modernización (décadas de 1950 y 1960); estructuralismo y teoría de la dependencia (décadas de 1960 y 1970), cuando destaca la idea de que el subdesarrollo es una consecuencia directa del capitalismo global, y posdesarrollo (década de 1990), que se expone como ruptura radical con las metodologías y los conceptos tradicionales sobre el desarrollo y el subdesarrollo.
En el apartado “Debates conceptuales y metodológicos”, Antonio Mendoza aborda la interrelación entre el desarrollo y el subdesarrollo desde una perspectiva crítica, aquí enfatiza cómo las narrativas y las prácticas de desarrollo están enmarcadas dentro de estructuras de poder que perpetúan desigualdades coloniales y capitalistas.
Uno de los puntos que Mendoza destaca es la colonialidad del poder, un concepto propuesto por Aníbal Quijano que se refiere a la forma en que las estructuras de poder colonial continúan manifestándose en las prácticas contemporáneas de desarrollo. El autor también critica la manera en que el desarrollo ha sido promovido como una solución universal. En este marco, el debate sobre el desarrollo en América Latina, de acuerdo con el autor, se presenta no sólo como una discusión económica o política, sino como una cuestión “epistemológica y ética” que implica repensar y desafiar las bases mismas del conocimiento y las prácticas que definen qué significa progresar o ser moderno.
En el tercer apartado “Contribuciones y alcances”, el autor analiza la perspectiva del posdesarrollo como desveladora de la naturaleza del desarrollo como constructo cultural y discursivo, que no es la “verdad objetiva universal”, sino un “modelo impuesto”. Para Mendoza se requiere entender el fenómeno en un contexto que trasciende las limitaciones de la economía para incluir una diversidad de realidades humanas y culturales. Después de las contribuciones se presentan los “Desafíos y límites”, que sitúan los riesgos en la efectividad de sus propuestas y la romantización económica.
A finales del siglo XX, expone el autor, estos límites del posdesarrollo se convierten en desafíos para el pensamiento crítico latinoamericano; presentan una dicotomía entre el desarrollo alternativo y las alternativas al desarrollo. El primero, explica, busca ajustar el modelo existente para hacerlo “más humano y menos destructivo”, mientras que las segundas intentan romper completamente con los “paradigmas convencionales” de desarrollo económico. El reto, de acuerdo con el autor, es construir un paradigma que no sólo deconstruya el desarrollo, sino que también facilite “caminos proactivos hacia futuros sostenibles y justos”.
Las conclusiones de Mendoza se centran en destacar la relevancia del enfoque del posdesarrollo en el debate contemporáneo sobre las opciones de desarrollo en América Latina, de manera que enfatizan su potencial para desafiar el paradigma tradicional de desarrollo y proponer alternativas viables en el contexto de una crisis de los modelos existentes.
El libro Trayectorias y encrucijadas de las teorías del desarrollo en América Latina es una revisión actual y rigurosa de la evolución del pensamiento latinoamericano que considera el estructuralismo, la teoría marxista de la dependencia, sus correspondientes “neos” y sus “alternativas”. Su contenido y rigurosidad lo ubican como un libro de consulta al que seguramente estaremos volviendo una y otra vez. En un contexto global y regional en el que se aprecian nuevas tendencias proteccionistas en los países del centro, mientras que en América Latina, propuestas libertarias y radicales, contrarias al pensamiento aquí expuesto, este libro nos ofrece elementos teóricos, históricos y metodológicos que desde las ciencias sociales, particularmente las económicas, sirvan de herramientas robustas de análisis para seguir pensando el desarrollo y la prosperidad de nuestros países. Los invito a leerlo con entusiasmo y crítica.










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