Africonomics se centra en las intervenciones en África que ha tenido Occidente desde su propia racionalidad. En efecto, a lo largo de ocho capítulos, el libro muestra cómo las concepciones de lo que se considera racional han influido en dichas intervenciones en áreas como el comercio, la riqueza, el dinero, el libre mercado y el papel de las mujeres, entre otros aspectos. Everill cuestiona la premisa subyacente de que África debe ajustarse al modelo occidental y examina críticamente las ideas preconcebidas sobre ese continente. Su investigación desafía estas opiniones y promueve una comprensión más profunda de las realidades africanas. En última instancia, busca cambiar la narrativa al alejarla de la necesidad percibida de intervención occidental.
Entre los méritos de Everill destaca su habilidad para reconstruir personajes históricos a través de escritos y cartas que reflejan la racionalidad occidental en su intento de interpretar las realidades africanas. En el primer capítulo, “A King with Holey Stockings, or Measuring Wealth”, se debate la idea de lo que hace rico a un país a partir del testimonio de Anna Maria Falconbridge, una mujer de 21 años que viajó a Sierra Leona en 1790 con el objetivo de establecer una empresa abolicionista. Falconbridge compara la opulencia aparente del rey con el que viajaba -quien vestía una túnica bordada con detalles en oro y otros accesorios- con la modestia del rey de Naimbana -cuyas medias tenían agujeros- y la mujer que lo acompañaba -que no usaba zapatos ni medias-. Este cotejo subraya el pensamiento predominante en Occidente durante el siglo XVIII, influido por Adam Smith, que asociaba la riqueza al trabajo y al capital, en contraste con la acepción que se tenía en África Occidental: la riqueza basada en la acumulación de personas.
La racionalidad occidental, fundamentada en la generación de riqueza mediante el capital y el trabajo, legitimó la intervención en las economías africanas para reorientarlas con el propósito de trascender el comercio de esclavos. Este planteamiento se explora en el segundo capítulo, “Learning to be Farmers”, a través de Thomas Fowell Buxton, filántropo, antiesclavista y autor de The African Slave Trade and Its Remedy (1840), quien propuso que la agricultura debía ser el motor de la riqueza para dejar atrás la esclavitud, siempre que se establecieran derechos de propiedad. Buxton argumentaba que Gran Bretaña requería de materias primas y de mercados para sus productos, mientras que África necesitaba esos productos importados y un mercado para sus materias primas. Así, con base en la idea ricardiana de las ventajas comparativas y de que el trabajo y el capital debían ser libres para que las economías crecieran, Buxton propuso abrir África a la inversión comercial, ampliar la producción agrícola y liberar el trabajo. No obstante, como muestra la autora mediante el caso de Sokoto, en la actual Nigeria, la producción de algodón ya se había conformado a gran escala y no requería de la intervención que Buxton proclamaba.
Otro de los aciertos de Everill es desmitificar ideas asumidas como verdades, como en el caso de las sociedades africanas y su relación con el trabajo. En el tercer capítulo, “Getting People Back to Work”, la autora analiza la creencia de los europeos antiesclavistas de que los africanos eran perezosos y que el problema era cómo enseñarles a ser trabajadores industriales libres. A partir de una revisión del papel de las misiones religiosas promotoras de la disciplina laboral, ideas difundidas en Europa durante los siglos XVII y XVIII, se aborda la centralidad del trabajo duro en la construcción de sociedades industriales. No obstante, incluso tras la abolición de la esclavitud, el trabajo forzado continúo siendo esencial en la construcción de las infraestructuras en los gobiernos coloniales y su fomento también estaba relacionado con que los trabajadores debían pagar impuestos mediante dos modalidades: un mes de tareas no remuneradas o trabajo asalariado en las empresas coloniales o de los gobiernos europeos.
Otra verdad asumida que Everill desmiente es que África Occidental no estaba monetizada antes de que los gobiernos coloniales llegaran, como se examina en el cuarto capítulo, titulado “Money Problems”. La idea de que un Estado moderno debía usar dinero hacía necesaria, una vez más, la intervención occidental en África para monetizarla. Sin embargo, en la región ya se usaban ciertas formas de moneda antes de que llegaran los gobiernos coloniales, como las conchas de cauri, que eran catalogadas como trueque por la racionalidad occidental, y el oro en el reino de Asante, ubicado en la Costa de Oro, en la actual Ghana. Paralelamente, durante el siglo XIX, las nuevas formas de pensar el dinero y el valor comenzaron a ganar terreno, como la teoría subjetiva del valor de Jevons en 1871 y la ilusión monetaria de Irving Fisher en 1928, las cuales sentaron las bases para una concepción innovadora: el dinero podía generar más dinero, idea que comenzó a consolidarse hacia finales de la década de 1870.
En el quinto capítulo, “Unequal Development”, se analiza la idea persistente de que para generar crecimiento económico era necesaria la democracia y el libre mercado, y que se afianzó después de la Primera Guerra Mundial con los catorce puntos del presidente Wilson de Estados Unidos, quien proclamaba la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, luego de la Segunda Guerra Mundial se advirtió que África estaba sufriendo una crisis alimentaria, por lo que se promovió simultáneamente la autodeterminación africana y la intervención occidental con soluciones de mercado para combatir la inanición, que en realidad beneficiaban a agricultores estadounidenses y británicos al abrir nuevos mercados. Una vez reconstruida Europa, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) se propuso aplicar sus conocimientos en los países subdesarrollados.
Los movimientos independentistas que impulsaron la transformación de las sociedades africanas también legitimaron la intervención de la racionalidad occidental, tal como se expone en el sexto capítulo, “Financing Freedom”. En este contexto, se argumentaba que el crecimiento y el desarrollo no dependían únicamente de la infraestructura, sino también de la educación de calidad, el acceso a la salud, la tecnología y la industrialización, factores a los que hoy se suman la generación de energías renovables y la descarbonización de las economías. La autora pone en perspectiva el argumento de que, como el desarrollo implica gastos significativos, los países africanos debieron haber tenido la posibilidad de acceder al financiamiento internacional y al mismo tiempo mantener un flujo constante de ingresos fiscales para pagar sus deudas. Sin embargo, el apoyo financiero de las instituciones occidentales estuvo condicionado a criterios basados en su racionalidad, que promovía la especialización de las economías africanas en actividades con ventajas comparativas como vía para alcanzar el éxito económico.
El séptimo capítulo, “Helping You to Get Rich Quick”, razona sobre las soluciones de mercado para la pobreza, a partir de la verdad asumida de que los países africanos requieren industrializarse y, por ende, necesitan el apoyo de naciones ya industrializadas. La autora deja ver cómo la ayuda de los países de Occidente promueve la idea de que se puede ganar dinero haciendo el bien, lo cual termina por confundir un truco rápido para acabar con la pobreza con un truco rápido para hacerse rico.
Finalmente, en “Women are Nothing More Than Slaves”, el octavo capítulo, se aborda críticamente el papel de las mujeres durante el periodo colonial y en el contexto de una sociedad industrializada. El texto se centra en exponer cómo surgió la noción de que las mujeres africanas requerían ser rescatadas económicamente. La explicación se fundamenta en el establecimiento de un pacto patriarcal entre los abolicionistas y las élites africanas, predominantemente masculinas, que impulsaron la permanencia de las mujeres en labores domésticas no remuneradas. La autora subraya que, hasta la actualidad, las agendas de empoderamiento femenino no han logrado resolver la problemática de cuantificar el trabajo doméstico, ya que el enfoque principal de las economías industrializadas sigue siendo el desarrollo vinculado al trabajo industrial y al crecimiento, y relegan la valoración del trabajo no remunerado en el hogar.
A manera de conclusión, Africonomics cuestiona las suposiciones aplicadas a través de experimentos e intervenciones de Occidente en África desde la época colonial, las cuales, tras la descolonización a mediados del siglo XX, se consolidaron como verdades asumidas. El libro invita a repensarlas y a abandonar la visión de que ese continente necesita parecerse a Occidente. En ese contexto, el reciente fortalecimiento de las relaciones sino-africanas ha generado interrogantes sobre si estas dinámicas constituyen una forma de neocolonialismo o un endeudamiento intencional. Estas narrativas reflejan, una vez más, la racionalidad occidental sobre cómo debe funcionar una sociedad, ya que son las preocupaciones que predominan en Occidente, mientras que, para los países africanos, China representa otra opción frente a esa influencia.










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