I
Con este número, la revista cumple ya 189 emisiones de manera ininterrumpida. Además, la presente edición conmemora su sexagésimo aniversario. Es un periodo ya considerable y que da fe de la trayectoria sostenida y reputada de nuestra publicación, además de reivindicar su liderazgo en el campo de estudios sobre Asia y África.
Cuando nació lo que ahora conocemos como Centro de Estudios de Asia y África (CEAA), en 1964, era difícil predecir su destino. Sus primeros pasos se dieron como la Sección de Estudios Orientales del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Apenas dos años después nació su revista: Estudios Orientales. La Sección adquirió mayoría de edad muy pronto: en 1968, se convirtió en Centro de Estudios Orientales. El ascenso de esta unidad académica, pues, fue rápido y venturoso, aunque no carente de retos.
Los vientos de cambio y de reflexión epistemológica y política propios de las décadas de 1960 y 1970 influyeron en la manera de pensar las disciplinas que animaban al Centro. Así, el nombre del departamento cambió al de Centro de Estudios de Asia y África del Norte en 1974 (y, en 1980, a su nombre actual: Centro de Estudios de Asia y África). En 1975, esto también se reflejó en la revista, desde entonces llamada Estudios de Asia y África (EAA). En particular, la mutación de nomenclatura buscaba cuestionar los modelos heredados del orientalismo europeo, frecuentemente ligado a proyectos colonialistas (los artículos de Laura Carballido Coria, Priscila Magaña Huerta y Adrián Muñoz, en este número, tocan algunos aspectos relacionados con estas discusiones). Al mismo tiempo, se pretendía fomentar un espíritu iberoamericano que sembrara nuevos modos de estudiar estos dos continentes desde las sensibilidades latinoamericanas (un punto parcialmente tratado en la colaboración de Jorge Bayona y Matthew Galway), así como de entender las interconexiones entre ambos continentes, a la luz de la historia global (véase, por ejemplo, el artículo de Amaury A. García Rodríguez).
La revista se nutrió en sus primeros números de las aportaciones de los miembros de la joven planta docente del CEAA o de los especialistas que permanecieron temporalmente en el Centro en calidad de invitados. Muy pronto, también incluyó colaboraciones de reputados especialistas del extranjero (India, Kenia, Japón, Estados Unidos, Inglaterra…), que le infundieron un mayor ímpetu a la publicación. A la larga, EAA se convirtió en un lugar de prestigio para que los especialistas latinoamericanos en cuestiones de Asia y África publicaran sus investigaciones. Si en un inicio surgió, por necesidad, como un ejercicio endógamo, pronto se convirtió en un proyecto internacional.
Además del cambio de nombre, EAA ha experimentado un cambio de identidad visual: en 1975, en 1990 y, más recientemente, en 2025. El cambio también se ha percibido en adecuaciones técnicas que se refieren a los distintos procesos editoriales (que no se discutirán aquí) de la revista. EAA se publica cada cuatro meses y consta de cinco secciones: Artículos, Asia y África Actuales, Traducciones, Artículos Reseña y Reseñas. De manera excepcional, se han organizado números especiales y legajos, comúnmente conocidos como dossier. Actualmente, se publica sólo de manera electrónica y ha pasado a la modalidad de publicación continua, acorde con las tendencias más actuales de las publicaciones académicas. Por estas razones y por su consistencia, EAA figura en múltiples índices, directorios y portales de revistas científicas, tales como Latindex, Scopus, Redalyc o Web of Science.
Si bien han aparecido otras publicaciones en lengua hispana dedicadas a explorar académicamente una o varias regiones de Asia y África, EAA conserva una posición líder y, de algún modo, ha servido de modelo. Lo que se espera es que esta dinámica siga inspirando a que otros departamentos en Iberoamérica continúen nutriendo los estudios afroasiáticos en nuestra vasta región. La edición de revistas análogas en Venezuela o Costa Rica (por citar sólo dos ejemplos) se antoja como un bienvenido crecimiento de las vías de proyección para la comunidad de especialistas iberoamericanos en la historia, la cultura, las lenguas, la política y las sociedades de Asia y África.
Además de la propia dirección del CEAA, la revista no podría haber logrado esta exitosa trayectoria sin la atinada administración de sus directores. Valga este espacio para hacer mención de las personas que han desempeñado esa función. Después de un primer periodo en el que la revista estuvo a cargo de un consejo directivo, estuvieron al mando: Graciela de la Lama (1972-1973), Omar Martínez Legorreta (1973-1975), Manuel Ruiz (1975-1978, 1982-1983), José Thiago Cintra (1978-1981), Flora Botton (1983-1987), David N. Lorenzen (1987-1992), Guillermo Quartucci (1992-1994, 1996-1997), Jorge Silva (1997-1998), Romer Cornejo (1998-2000, 2009-2011), Hilda Varela (2000), Benjamín Preciado Solís (1994-1995, 2001-2006), Carlos Mondragón (2007-2008), Gilberto Conde (2012-2016), José Antonio Cervera (2017-2018), Adrián Muñoz (2018-2023) y Roberto E. García (2023-). Cada uno aportó orientación, visión y expansión a la revista, y veló por la calidad de sus contenidos y la rigurosidad de sus procesos. Para ello, se han apoyado en comités ad hoc.
La participación de las siguientes personas, asimismo, ha sido fundamental para dar puntual seguimiento a las actividades de la revista: María Magdalena Bobadilla (secretaria dedicada a EAA y a la coordinación editorial del CEAA desde 1982) y Cynthia Godoy (editora desde 2012). A partir de 1982 hubo otras editoras (Mariela Álvarez Peñaloza, Gabriela Lara Torres, Ixchel Barrera, Perla Martín Laguerenne y Olivia Villalpando), además de varias becarias de 2017 en adelante (Evelin Fuentes, Michelle A. Cosme Soto, Violeta Noyolcitlatzin Pérez, Indra Haritza Murillo y, actualmente, Mariana García Fuentes). Asimismo, Jannette Ramírez, encargada de Medios Digitales, ha brindado siempre su respaldo inestimable. La revista ha sido afortunada de contar con el apoyo de todas ellas.
II
Seis décadas estudiando Asia -el presente legajo conmemorativo- consta de siete piezas: cinco artículos y dos traducciones, con lo cual se subraya una de las características distintivas de la revista: la sección de Traducción. Ciertamente, la traducción ha sido un ejercicio continuo de El Colegio de México en general, y el CEAA ha sido un exponente principal de dicho oficio. El dossier se dedica de manera específica a discutir diversos temas relacionados con Asia (habrá otro dossier centrado en discutir cuestiones de África y Medio Oriente). La mayoría de los autores ha tenido una relación directa con el CEAA, ya sea en calidad de estudiantes de posgrado o como miembros de la planta docente.
Tomando en cuenta la importancia que nuestra revista ha tenido en la conformación de un corpus de estudios de Asia y África desde la perspectiva de estudiosas y estudiosos instalados sobre todo en América Latina, las líneas temáticas de este dossier desarrollan aspectos significativos de los estudios afroasiáticos desde la perspectiva de esta región. En este sentido, una de las líneas conductoras es el cúmulo de aportaciones del CEAA, a través tanto de EAA como de las investigaciones de su planta docente a lo largo de estas seis décadas.
Los invitados tuvieron la consigna de elegir libremente un tema que girara en torno a varios ejes fundamentales relacionados con el impacto de EAA, el CEAA o sus autores. Así, podían optar por escribir en función de: i) análisis de la obra de estudiosas o estudiosos influyentes, ii) discusión de nuevas tendencias de estudio y análisis, iii) propuestas metodológicas de novedad o bien destacadas, iv) revisiones bibliográficas críticas, v) análisis de continuidades y contrastes con los estudios realizados en otras regiones, o vi) revisión de las aportaciones de las publicaciones del CEAA en su conjunto. En general, todos los artículos tocan parcial o directamente estos ejes. Tres (los de Carballido Coria, Magaña Huerta, y Bayona y Galway) discuten de manera directa la obra y la influencia de especialistas del CEAA. Dos colaboradores (Phillips Rodríguez y Costantini) aportan al legado traductor de la revista (el rescate de fuentes primarias paradigmáticas, canónicas o de alto impacto), aunque el artículo de Bayona y Galway también incluye reflexiones interesantes acerca de la traducción de obras académicas.
Una de las primeras regiones de estudio del CEAA fue China. Entre las personas fundamentales para el desarrollo de la sinología en el CEAA han estadoFlora Botton (quien contribuye con un Artículo Reseña en este número), Romer Cornejo y John Page. En este dossier, Priscila Magaña Huerta discute lo que denomina sinología situada -una manera de “reivindicar el quehacer del estudio de China desde el propio cuerpo, experiencia, emociones, historia, intereses, redes y límites”-, como una lente para evaluar la trayectoria académica de Marisela Connelly, investigadora del CEAA dedicada a China moderna. Las líneas de investigación de Connelly a menudo han mirado hacia las relaciones del gigante asiático con Taiwán, Hong Kong y Estados Unidos. A partir de una epistemología feminista y la crítica de la posicionalidad, Magaña Huerta busca escudriñar las diversas barreras sociales y profesionales que las científicas sociales -con particular énfasis en las mujeres sinólogas- tienen que enfrentar durante su desempeño profesional. Así, su artículo ofrece una valiosa motivación para ensayar una historiografía de las sinólogas que ha habido en América Latina y el Caribe en un sentido más amplio.
La cara más “clásica” de China está cubierta por una traducción al español de Filippo Costantini, quien recupera dos densos e interesantes textos: la Inscripción del Oeste y la Inscripción del Este del filósofo Zhang Zai (siglo XI). Estas dos composiciones versan sobre filosofía y cosmología chinas. Sin embargo, apunta Costantini, no han recibido la debida atención de los especialistas. Afines a la filosofía confuciana, las dos inscripciones promueven el cultivo de la ética para erradicar la estupidez y lograr la adquisición de sabiduría, al mismo tiempo que parecen refutar algunas premisas del budismo y el daoísmo. De especial importancia es la noción de la interdependencia de los mundos natural y sobrenatural, así como la censura del autosabotaje durante la senda del crecimiento personal. La traducción está acompañada de una pertinente introducción más un comentario hermenéutico para cada texto.
Para continuar con la pesquisa en torno al este de Asia, se incluye un artículo de Amaury A. García Rodríguez, heredero de profesores como Michiko Tanaka, José Thiago Cintra o Guillermo Quartucci, quienes fortalecieron los estudios japoneses en El Colegio de México. Aquí se trata de un caso que, de hecho, rebasa el estudio de área convencional. Antes bien, supone reflexionar acerca de las complejas redes de intercambio y tránsito que conectan distintas regiones del mundo. En términos generales, García Rodríguez revisa y analiza la circulación y el consumo de la cultura material asiática en la historia moderna, pero se centra de manera particular en piezas artísticas japonesas que se comerciaron o coleccionaron en América Latina. Tras un rastreo de rutas de mercado y de política japonesas que controlaban las relaciones comerciales e internacionales, sobre todo del siglo XVI al XIX, este artículo revela los avatares de los acercamientos y la adquisición de piezas japonesas fuera de Asia, que a la postre derivaron en el coleccionismo latinoamericano de finales del siglo XIX e inicios del XX (piénsese en las “chinerías”). En este panorama, el japonismo y la figura de José Juan Tablada se erigen como paradigmas.
Otra de las regiones objeto de estudio de larga data en el CEAA es India. En algún momento, como parte de las reflexiones mentadas en la primera parte de este preámbulo y que derivaron en el cambio de nombre del centro, también se decidió cambiar la nomenclatura del área de especialización: de “India” pasó a denominarse “Sur de Asia”, como sucede en las principales universidades alrededor del mundo. Tradicionalmente, el área del Sur de Asia del CEAA ha ofrecido la enseñanza de dos lenguas: el sánscrito y el hindi, cuyos instructores durante mucho tiempo fueron Rasik Vihari Joshi y Uma Thukral, respectivamente. Aunque no de manera directa, con esto también se pone de relieve que esta área de especialización ha cultivado diferentes líneas que van desde estudios clásicos (a menudo dedicados a India antigua y textos sánscritos) hasta estudios modernos (por lo general centrados en el periodo poscolonial). David N. Lorenzen y Benjamín Preciado Solís han sido dos de los varios investigadores cruciales para ello (sin olvidar a Luis O. Gómez, reputado budólogo que también laboró en El Colegio). Todos estos aspectos han quedado bien reflejados en este legajo.
El artículo de Laura Carballido Coria se centra en el alcance de la obra de tres investigadores del CEAA dedicados al Sur de Asia. Se trata de Susana B. C. Devalle y el matrimonio conformado por Saurabh Dube e Ishita Banerjee. En particular, este artículo destaca el análisis que la obra de estos tres especialistas ha hecho de diferentes movimientos de resistencia en India, sobre todo de grupos tribales, durante el periodo colonial. Principalmente desde la historia y la antropología, Devalle, Dube y Banerjee -señala Carballido Coria- han desarrollado una labor académica que ilustra “cómo rastrear las fuentes primarias para las prácticas de resistencia de comunidades subalternas”. Ciertamente, Dube y Banerjee han sido importantes promotores de la corriente de los estudios subalternos. Para los tres investigadores, la religión popular ha sido un tema de especial interés, sobre todo para entender su papel como un espacio y vehículo en la articulación de la resistencia social.
El aspecto indológico más convencional, por así llamarlo, está cubierto con la colaboración de Wendy Phillips Rodríguez, quien presenta la traducción de una colección de poemas breves sánscritos tomados del Rasamañjarī, un florilegio sánscrito del siglo XVI. Estos encantadores poemas giran en torno a un tópico central de la estética sánscrita, a saber: la heroína, el coqueteo y la sensualidad. El aporte de esta contribución estriba en una reflexión acerca de los retos de traducir entre lenguas muy lejanas entre sí. En consecuencia, Phillips Rodríguez apuesta por idear un mecanismo de traducción que reproduzca el sentimiento y la eficacia de la brevedad de los originales, pero que tenga en consideración los recursos estilísticos de la tradición poética hispana. La motivación de la autora (“¿cómo procurar recrear tal resonancia en una cultura distinta?”) conduce a unas traducciones lúdicas, ágiles y sumamente efectivas.
En mi propio artículo, realizo una reflexión (o revisito, como suelen decir en inglés) sobre un tema de especial relevancia en las discusiones académicas, a saber: los usos y abusos del llamado orientalismo. El objetivo es mostrar que el orientalismo no es de una sola pieza, como comúnmente se concibe. Así, esta contribución busca desmenuzar el orientalismo británico para entender algunas de sus fases y reparar en los cambios epistémicos inherentes. Sugiere que la fase temprana del orientalismo inglés compartía una sensibilidad intelectual con el romanticismo, del que era contemporáneo. En este contexto se fundó la Sociedad Asiática. De maneras complicadas, este primer orientalismo mostraba simpatía sincera por su objeto de estudio, aunque no estuviera del todo desligado de los intereses de explotación comercial. Una vez desvanecido el movimiento romántico, los cambios estéticos e intelectuales también se hicieron notar en la empresa orientalista, que adquirió tintes mucho más utilitaristas y terminó por empalmarse con el proyecto imperialista británico.
Trasladándonos ahora al Sureste de Asia (la última área geocultural en ser incorporada al CEAA), tenemos la colaboración de Jorge Bayona y Matthew Galway. En este caso, el artículo se centra en algunos aspectos del budismo en Camboya y el sureste continental. De manera similar a lo que hace Priscila Magaña Huerta en su pieza, Bayona y Galway concentran esfuerzos para analizar la obra de John Marston, profesor del CEAA que recién se retiró. A los autores les interesa en especial rastrear la recepción (o localización, como la denominan) de la obra de Marston en lengua española. Sostienen que no es lo mismo la adaptación (en este caso, la traducción sin más) que la localización, lo cual supone una traslación funcional que permite la reinterpretación y la asimilación. Así, de manera ingeniosa, los autores evalúan las estrategias de traducción que, de manera consciente, añadieron o eliminaron información al verter del inglés al español la obra de Marston para ubicarla o situarla en su nuevo contexto lingüístico-cultural. Es de subrayar una reflexión: “Los autores que publican en un solo idioma con frecuencia lo dan por sentado y lo ven como una transmisión de significado uniforme, pero quienes operan en más de un mundo lingüístico deben analizar con cuidado la dimensión adicional que conlleva la interacción entre lengua y público, y cómo estas elecciones influyen en nuestra escritura”.
De este modo, las siete piezas de Seis décadas estudiando Asia proporcionan un panorama bastante amplio -y acorde con el alcance de EAA- de los intereses y las líneas temáticas que han nutrido al CEAA. Se discuten tópicos pertenecientes a los llamados estudios “clásicos”, pero también “modernos”, de las ciencias sociales y de las humanidades. Como se aprecia, la diferencia entre un aspecto y el otro no siempre es tan tajante. Asimismo, algunas de las contribuciones destacan los valiosos aportes que han arrojado las investigaciones de varias personas centrales en la vida académica del CEAA y, por extensión, evidencian la fuerte impronta que varios profesores y profesoras han dejado en sus otrora discípulos. Evidentemente, no era aquí el espacio para nombrar a todas las personas que forjaron los estudios asiáticos en el Centro ni a quienes han llegado después para seguir fortaleciéndolo. Por otro lado, reconozco cierto desequilibrio en este legajo, pues tres de las siete piezas se relacionan con el Sur de Asia. Confieso aquí que mi propia orientación académica propició esta tendencia al coordinar el dossier. Confío en la anuencia de los lectores.
Para concluir, quiero dar gracias especiales a Roberto E. García, coordinador editorial del Centro de Estudios de Asia y África, por extenderme la invitación a coordinar este significativo dossier. Asimismo, agradezco a su equipo, conformado por Cynthia Godoy y María Magdalena Bobadilla, colaboradoras siempre confiables y eficientes de esta revista. Por último, también valoro a los autores de cada una de las piezas, por haber aceptado con entusiasmo colaborar en este legajo y por atender los cambios señalados por nuestros dictaminadores, cuya participación, desde luego, también cabe reconocer.
Que sea un propicio 2026 y ¡larga vida a Estudios de Asia y África!
Ciudad de México, 22 de diciembre de 2025










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