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Anales de antropología

versão On-line ISSN 2448-6221versão impressa ISSN 0185-1225

An. antropol. vol.58 no.1 Ciudad de México Jan./Jun. 2024  Epub 20-Out-2025

https://doi.org/10.22201/iia.24486221e.2024.58.1.87621 

Reseñas

Alex Mahoudeau (2022). La panique woke. Anatomie d'une offensive réactionnaire, vol 1, Petite encyclopédie critique, Essais et documents. Paris: Textuel

*Universidad del País Vasco Facultad de Relaciones Laborales y Trabajo Social Departamento de Sociología y Trabajo Social eguzki.urteaga@ehu.eus

Mahoudeau, Alex. 2022. La panique woke. Anatomie d’une offensive réactionnaire. vol. 1. Petite encyclopédie critique, Essais et documents, Paris: Textuel, 2022. 159p. ISBN: 978-2-84597-900-0.


Alex Mahoudeau acaba de publicar su obra, titulada La panique woke. Anatomie d’une offensive réactionnaire, en la editorial Textuel. Desde la introducción, el autor indica que el término woke encuentra su origen en

una forma de lengua inglesa practicada por [personas negras] en Estados Unidos, el African American Vernacular English, en el cual significa estar despierto […] El término es ampliamente empleado en un sentido social o político a partir del siglo XIX (Mahoudeau 2022: 9-10).

A lo largo del siglo xx emerge de nuevo con la “reactivación de las movilizaciones antirracistas durante el segundo mandato de Barack Obama, marcado por la creación del movimiento y de la organización Black Lives Matter (BLM)” (10). Invitando las personas a no perder de vista las discriminaciones que padecen ciertas minorías, “se convierte rápidamente en una expresión popular a nivel artístico y entra en el lenguaje corriente, sinónimo de una forma de militancia” (10).

Esta noción adquiere un sentido más nebuloso a partir de mediados de los años 2010. Tanto para la izquierda como para la derecha, el término woke se convierte rápidamente en un cajón de sastre, utilizado como una manera de

describir el progresismo político para la izquierda y como una manera de desdeñar la cultura de izquierdas para la derecha […] Una serie de anécdotas, más o menos exageradas o inventadas, viene alimentar la sensación de una amenaza tangible e importante. […] En general, su origen geográfico está identificado en los campus universitarios (11).

En el Hexágono, especialmente “tras la publicación de una nota dedicada por Fondapol, laboratorio de ideas de la derecha de gobierno francés, el año 2021 ve el término woke sustituir unos [vocablos] que habían ocupado el mismo lugar años atrás” (12). La palabra woke se añade a los términos indigenismo, cancel culture, islamo-izquierdismo, comunitarismo, políticamente correcto o neofeminismo interseccional (13). La noción woke se expande rápidamente, “tanto como objeto de debates intelectuales y políticos como de análisis publicados en artículos y libros”, y se invita incluso en la campaña presidencial gala de 2022 (13). Asimismo, ese vocablo se convierte en “un objeto de acción pública” (13).

Varias teorías ofrecen una interpretación del wokismo.

  • Para algunos, su origen se encontraría en un problema psicológico de los jóvenes. Estiman que sería el efecto

de una modificación del comportamiento de los padres hacia una generación ansiosa y deprimida [que, asociado a otros fenómenos, conduciría]a la emergencia en la juventud de una ideología de la seguridad a cualquier precio que lo conduciría a la intolerancia y al extremismo (14).

  • Otros aluden a una historia ideológica. “Ven en el fenómeno el desarrollo de una ideología insidiosa, el posmodernismo, que se habría desarrollado en el mundo educativo antes de infiltrar el resto del mundo social” (14).

  • Para los últimos, “el wokismo correspondería a una nueva forma de religión, sustituyendo las antiguas creencias por un culto […] de la diversidad, de la victimización o del pensamiento único” (14).

La panique woke, en lugar de interrogarse sobre la definición y las causas del wokismo, propone analizar “lo que significa políticamente semejante [interés] por una categoría” que encuentra un eco limitado en la ciudadanía (14-15). Se trata sobre todo de una noción que interesa a los periodistas, intelectuales y responsables políticos (15). Nos dice el autor, el debate en torno al wokismo traduce la lucha por la hegemonía cultural, sabiendo que una parte de la derecha ha incorporado esa idea desde hace tiempo, tanto en Francia como en Estados Unidos.

En 1992, el polemista norteamericano, Pat Buchanan, describía la elección presidencial venidera

como anunciadora de la división de su país en dos bandos. Por un lado, el Partido Republicano, [y], por otro, el de Bill Clinton que representa el feminismo, el aborto, la homosexualidad y las persecuciones religiosas anti-cristianas (19).

Estimaba que los Estados Unidos estaban inmersos en una guerra cultural, en referencia a los trabajos de Hunter (1991) que aludían a las esferas políticas y mediáticas. “La estrategia consistía en emplear retos simbólicos para movilizar a [su] base electoral” (19). Las guerras culturales han permitido,

en los Estados Unidos, la constitución de un cuerpo político conservador movilizable. Pero, las guerras culturales no son un estilo reservado a América del norte, [ya que juegan] un rol importante en la reconfiguración de la militancia de derechas en Francia (20).

Esto pasa frecuentemente por “la construcción de estados de pánico morales”, sabiendo que ese término

designa la manera en la cual emergen, especialmente a través de los medios de comunicación de masas, episodios de inquietud colectiva alejados de la realidad de la amenaza en cuestión, acompañados de la demonización de un grupo identificado como hostil (21).

Si el wokismo es difícilmente observable como tal,

la ofensiva reaccionaria que se apoya en ese término, en cambio, es fácilmente identificable. Por lo tanto, se trata de analizar los que hablan del wokismo, la manera en que lo hacen, la historia en la cual se inscriben o las conclusiones que extraen de él (22).

En el primer capítulo, titulado “A la raíz del estado de pánico woke”, el autor constata que

la asociación de movimientos sociales y de reflexiones universitarias, y los riesgos que acarrearía para la estabilidad de la civilización occidental, preocupa a [algunos] comentaristas conservadores desde la primera mitad del siglo XX (23).

Ese tema se compagina con el miedo, desde los años 2010, de una

norteamericanización del debate público que pasaría, específicamente, por la importación de una izquierda posmoderna o racialista […] y a la cual convendría oponer una resistencia patriótica, que rescataría el universalismo francés y el espíritu de la Ilustración (24).

La estructuración de discursos estereotipados sobre el wokismo, “a trevés de diversas redes sociales, y su interacción con los medios de comunicación tradicionales, ha contribuido […] a constituir una base sobre la cual puede construirse el estado de pánico moral” (24).

Si el término woke tiene una genealogía que precede el estado de pánico moral, esta noción conoce un éxito en el contexto de ese estado y es “utilizada de manera casi univoca [para abordar] el tema del peligro o de la amenaza” (26). Cambia de sentido, puesto que,

si el movimiento BLM se ha inicialmente desarrollado en la calle, a través de la acción de activistas negros, el wokismo es presentado generalmente como siendo de origen universitario y que concierne unos estudiantes blancos consumidos por la culpabilidad (26).

Lo cierto es que,

la noción de woke y su derivado ideológico, el wokismo, toman cuerpo en el debate público a finales de 2021 bajo dos formas bien establecidas: los términos son empleados como una denuncia por unos actores que desconfían de ellos o son empleados por unos actores acusados de importarlos, para reapropiarse el estigma o para criticar la palabra (27).

La idea según la cual

las universidades serían unos lugares particularmente afectados por los excesos de una militancia especialmente sensible a las cuestiones de identidad y a la racialidad, sobre todo de izquierdas, no es un tema nuevo en el discurso conservador, ni en Estados Unidos ni en Francia (28).

En el Hexágono, el debate sobre el wokismo ha sido precedido por la polémica sobre el islamo-izquierdismo y el racialismo. “Unos activistas de extrema-izquierda situados en los campus habrían abandonado el tema de la lucha de clases a favor de un enfoque acompasado de las minorías” (28). Posteriormente, “la cuestión de la cancel culture agita esencialmente a los mismos [núcleos]” (28). A inicios de los años 2010, es “el supuesto control de los departamentos de ciencias sociales por la teoría del género que habría suscitado ciertas inquietudes (29).

En Estados Unidos, tras el final del maccartismo, el movimiento conservador se reactiva durante la época Reagan “cuyas pretensiones políticas, desde los años 1960, están basadas en una política de gran dureza hacia el mundo estudiantil” (31). La derecha conservadora desconfía de los movimientos de protesta estudiantil de una generación supuestamente radicalizada que percibe como una amenaza para el país. “Aprende a los militantes conservadores a luchar por sus valores y les instila un fuerte sentimiento de comunidad” (32). Propaga un verdadero resentimiento hacia un antirracismo promovido por una burguesía intelectual que habría ido demasiado lejos en la denuncia de las discriminaciones padecidas por las minorías (33). Políticamente, la contra-revolución neoconservadora subraya los supuestos efectos perversos de las medidas tomadas para contrarrestar las desigualdades que sufren las minorías (35).

Pero, ese fenómeno no es propio de los Estados Unidos, puesto que,

después del choque de los años 1960, se [constata] la misma voluntad de contrataque en Europa y, particularmente, en Francia, en torno a la idea de una universidad perdida entre las manos de la izquierda radical y de la voluntad de reconstrucción, por la derecha, de una nueva hegemonía cultural (35).

Los años 1980 corresponden al “fortalecimiento del movimiento conservador en los Estados Unidos que pasa […] por la articulación de los temas del declive y de la necesidad de una remoralización social” (37). Los supuestos excesos del antirracismo y del feminismo están en el origen de una sensación de victimización que motiva los intelectuales conservadores, componen la base de una reactivación del backlash (37). A ese propósito, conviene indicar que

la noción de backlash ha conocido una gran popularidad para descubrir la manera en que los avances relativos al nivel de desigualdad, no solamente de los derechos y estatus, sino también a nivel económico, son seguidos de contrataques y de regresiones (37).

En general, este fenómeno es presentado “como una consecuencia natural, un movimiento pendular que viene corregir los excesos de los movimientos sociales, orquestados por unos grupos en declive en el equilibrio de poderes” (37-38). Así, “el baclash de los años Reagan ha sido cuidadosamente trabajado por una parte de las élites del movimiento conservador, encabezado por la nueva derecha religiosa” (38). Centra sus esfuerzos en el cuestionamiento de la igualdad de género, incidiendo en los supuestos efectos perversos del feminismo de los años 1970. Un fenómeno similar se produce paralelamente con el antirracismo (39). Los años Reagan corresponden a una contra-ofensiva ideológica. Los conservadores norteamericanos critican los supuestos excesos del antirracismo apoyándose en une serie de polémicas, especialmente a propósito de la política universitaria (40). Simultáneamente a la discriminación que los estudiantes blancos padecerían como consecuencia de las políticas de acción afirmativa, “las guerras culturales se focalizan en los peligros de un nuevo tipo de investigación en humanidades” de carácter posmoderno (41).

Los años 1990 corresponden a una crítica de lo políticamente correcto que conduciría a limitar la libertad de expresión y fortalecería la autocensura. Esto permite demonizar a la izquierda. “El tema se convierte muy rápidamente en objeto de una obsesión mediática [estatal] e internacional” (46).

Las presidencias de Bush y Obama se caracterizan por la prevalencia de las guerras culturales. Con Bush, “la derecha neoconservadora alcanza su apogeo y entra oficialmente en la Casa Blanca” (48). Reactiva la ofensiva contra los departamentos de letras y humanidades. El objetivo es doble: “imponer a las universidades una obligación de diversidad ideológica en sus políticas de contrata ción así como unos temas y unas lecturas conversadoras en el contenido de las enseñanzas” (48-49). Se trata, igualmente, de imponer a los docentes, que abordan un tema controvertido, presentar los contra- argumentos a la posición inicial, lo que implica exponer las tesis conservadoras (49). Asimismo, emerge la práctica que consiste en poner de manifiesto la experiencia de estudiantes conservadores que se sienten aislados, en unos entornos considerados como demasiado izquierdistas (50-51).

Durante la presidencia de Obama, dichas tesis encuentran un fuerte eco en un ecosistema mediático desarrollado a tal efecto, encabezado por Fox News, hasta el punto de dedicar una crónica a “la locura de los campus” (50). Discursos basados en la provocación y la victimización (51). Esto conduce a la elección de Donald Trump que critica abiertamente lo políticamente correcto (57).

En el Hexágono, los medios de comunicación han abordado ampliamente las polémicas sobre el wokismo, en pleno estado de pánico moral. “En un país constantemente inquieto de la importación de ideas anglosajonas, los debates sobre la supuesta locura de los campus son objeto de un interés renovado” (59-60). Los artículos son la cancel culture, el wokismo o lo políticamente correcto abundan, incluso en la prensa seria, a la imagen del periódico Le Monde (60).

Ese entorno es reforzado por la herencia de campañas anti-género que marcan el debate público europeo a inicios de la década, particularmente en el momento de la movilización contra la apertura del matrimonio a las parejas del mismo sexo (60).

En Francia, si la movilización contra el matrimonio homosexual no ha procurado una victoria al movimiento conservador, le ha proporcionado “un estandarte y unos representantes, a la vez, políticos y en el mundo intelectual y periodístico” (61). La aparición repentina de la temática del wokismo en el debate público se produce en semejante contexto mediático. Se trata de “la reaparición de un debate antiguo que ha conocido múltiples mutaciones” (61).

En el segundo capítulo, titulado “Identificar el estado de pánico woke”, el autor constata que los estados de pánico moral parecen a menudo ridículos e irracionales, incluso cuando sus efectos son graves (68). Para Goode y Ben-Yehuda (2009), varios elementos los caracterizan.

Están vinculados a un cierto grado de inquietud en cuanto al comportamiento de un grupo, que puede ser visto como dañino, hasta el punto de cuestionar el funcionamiento normal de una sociedad. Ese grupo es el blanco de discursos marcados por su volatilidad y puede […] ser objeto de estereotipos degradantes (Mahoudeau 2022: 69-70).

En ese sentido, “el estado de pánico es volátil [y] es objeto de una exageración” (70). Estos estados de pánico moral

no están ni [fabricados] por arriba al servicio de una élite monolítica y malintencionada, ni son un efecto de la irracionalidad de la muchedumbre. Son, ante todo, unos fenómenos políticos, caracterizados por la construcción de problemas públicos (71).

Calificar el discurso de estado de pánico moral no significa que sea una ficción. “Los acontecimientos fundadores del estado de pánico woke son reales, aunque la manera en que han sido presentados ha podido ser objeto de descripciones incompletas” (72). En otros términos, aunque unos incidentes hayan tenido lugar, estos acontecimientos “son seleccionados y presentados de una manera específica, destinada a confortar el ambiente de dramatización y demonización en el cual el estado de pánico se inserta” (72). Así, “las inquietudes en torno a las ciencias sociales se centran particularmente en su relación a la Ilustración y al universalismo, a las cuales se opondría, lo que es ampliamente cuestionable” (73). Esto se inscribe en el contexto de una crítica general de las ciencias sociales acusadas de justificar los fenómenos que intentan explicar. A su vez, ciertos sectores conservadores hacen un llamamiento a investigar el indigenismo, el descolonialismo, el islamo-izquierdismo o el wokismo. En cada caso, es cuestión de “identificar y apuntar a los enemigos y de representarlos como malvados” (75). Sus promotores estiman que existe un consenso sobre los estados de pánico moral, sabiendo que, para que un estado de pánico moral exista, “debe existir un acuerdo o un consenso sustancial sobre la realidad de la amenaza y [sobre el hecho de que] está causada por los miembros del grupo culpable y sus comportamientos” (78).

Asimismo,

la característica más reseñable de un estado de pánico moral es la de la desproporción, que puede ser identificada de diversas maneras. Pude tratarse de una inquietud exagerada ante un fenómeno que, aunque existe, es significativamente más anodino que los discursos […] a su propósito dejan entender [Puede tratarse de] una exageración del número de casos o de personas concernidas. Puede ser, igualmente, una exageración por omisión […] Al contrario, puede tratarse de una sobre-representación […] Por último, puede ser cuestión de claras mentiras e inventos o de la propagación de rumores y de informaciones infundadas […] El estado de pánico woke y sus inspiraciones estadounidenses nos ofrecen múltiples ejemplos de estas formas de exageración” (81).

La cual corresponde al sesgo de selectividad. Los acontecimientos que generan estos estados de pánico moral son volátiles, ya que se suceden a un ritmo acelerado, sabiendo que algunos de ellos se convierten en referencias. Aunque sean presentados como los síntomas de un mal más profundo, “están dotados de una esperanza de vida mediática muy corta” (86). Esa volatilidad “supera los episodios particulares que componen los estados de pánico moral, [ya que] se extienden a los propios estados de pánico”, como lo muestra la polémica sobre el islamo-izquierdismo en la universidad francesa (89). Es posible comprender semejante fenómeno por “la realidad material del periodismo que necesita una producción importante de contenido y que favorece así el trabajo de los fast thinkers” (90-91).

En el tercer capítulo, centrado en los discursos anti- woke, Mahoudeau pone de manifiesto el hecho de que estos discursos no están exentos de contradicciones. La principal respuesta propuesta por los progresistas consiste en poner de relieve los errores lógicos o factuales de los oponentes al wokismo (96). Esta estrategia resulta a menudo ineficaz, porque el neoconservadurismo actual se caracteriza por mantener una relación flexible a la verdad, aludiendo a la posverdad o a la verdad alternativa, pero juega sobre la oposición de identidades y una forma de política del resentimiento (97). De la misma forma, el movimiento neoconservador desarrolla una estrategia basada en la brillantez y la exageración retórica que esconde, a menudo, una pobreza teórica. Esto se acompaña de su capacidad de internautas afines a esta corriente política a “utilizar el humor, la ironía o el dicho ingenioso con fines de propaganda” (102). De ese modo, trata de caricaturizar, reducir o ridiculizar el propósito de sus contradictores.

Mientras que algunos utilizan el término wokismo para describir unas situaciones positivas y deseables, “como, por ejemplo, el desarrollo de un análisis más bien político que moral del racismo”; otros lo usan para dar cuenta de sit uaciones negativas y criticables, tal como “la decisión de utilizar el pretexto de la diversidad para justificar la no-renovación de un cierto número de contratos”; mientras que, los últimos, aluden a “asuntos que carecen completamente de importancia” (104-105). En todos los casos, la propensión a hablar del wokismo resulta de los cam bios acontecidos en la organización del trabajo en los medios de comunicación, las políticas de contratación, la puesta en com petencia entre cadenas públicas y privadas, la escasa formación y la dependencia hacia las fuentes. Resulta, asimismo, de la “circulación circular de la información” (Bourdieu, 2000).

Uno de los aspectos reseñables del discurso neoconservador sobre el wokismo consiste en “una forma de constructivismo nativo” (Mahoudeau 2022: 108). Recurre a un enfoque construc tivista “cuando trata de explicar el origen de lo que le disgusta” (109). Así, presenta el racismo, el sexismo, la distinción de clase o las desigualdades sociales como meras construcciones intelectuales elaboradas por investigadores en ciencias sociales (109). A su vez, las críticas neoconservadoras tienden a “reducir las posiciones de dominación o de marginación a unas posturas victimarias vinculadas a unos inventos lingüísticos en el seno de los departamentos de ciencias sociales” (112). Por ejemplo, Fondapol considera que “una de las explicaciones del wokismo se halla en la emergencia de una cultura de la victimización que fomenta la tendencia a sentirse ofendido” (112). Proclamarse víctima en razón de su pertenencia a una minoría oprimida sería una manera privilegiada de gozar de una “autoridad perversa” y de existir políticamente (112):

Los discursos reaccionarios contemporáneos se apoyan así en una relación muy ambivalente a la victimización, que consiste en proceder a una inversión de la posición víctima-ofensor, al tiempo que asume una posición de ruptura de los tabúes (114).

En el cuarto capítulo, dedicado a las políticas de estado de pánico, el politólogo galo observa que los sondeos de opinión indican que la mayoría de la ciudadanía no ha oído hablar del wokismo y no sabe lo que significa (118). Lo más a menudo, la noción de wokismo ha sido empleada por los medios de comunicación y los comentaristas “para hablar de política, en el sentido de la actividad que aspira a conquistar el poder” (123). El wokismo es descrito como “un fenómeno político, en el sentido de la vida en sociedad” (123). Por último, sirve para designar determinadas políticas públicas, en referencia a las medidas tomadas por ciertas instituciones (123). En general, existen dos tendencias principales: la que consiste en transformar las indignaciones morales en temas de políticas públicas; y la que implica transformar unas políticas públicas en sujetos de indignación moral (124-132).

Lo cierto es que, aunque los estados de pánico moral son volátiles, sus efectos perduran en el tiempo. En primer lugar, el wokismo ha dado lugar a “una demonización de numerosas personas y movilizaciones” (133). En segundo lugar, incluso si el vocablo wokismo desaparece, “las medidas tomadas para combatirlo se inscribirán en unas políticas públicas, unos hábitos y unos campos de posibilidades mediáticas, creando unos precedentes” (p.134). En tercer lugar, “el propio término, como sus predecesores, así como los esquemas normativos concebidos a su alrededor, seguirán siendo unos recursos movilizables en la producción de un futuro estado de pánico moral” (134). En cuarto lugar, ciertas redes creadas a fin de luchar contra el wokismo perdurarán en el tiempo (134) y en quinto lugar, es preciso no olvidar las medidas tomadas por las administraciones públicas para limitar su influencia, especialmente en la universidad (135).

Al término de la lectura de la obra La panique woke. Anatomie d’une offensive réactionnaire, conviene subrayar la gran actualidad del tema abordado, la finura con la cual es analizado y la pertinencia de la interpretación propuesta, basada en el concepto de estado de pánico moral. Para ello, el autor hace gala de un profundo conocimiento de las realidades sociopolíticas estadounidenses y francesas, lo que permite tener una visión pormenorizada y comparativa, no solamente del wokismo, sino también de los discursos y de las actitudes de los sectores conservadores en su contra que intentan desacreditarlo y demonizarlo recurriendo a la exageración y a la mentira. Mahoudeau pone igualmente de manifiesto el carácter a veces contradictorio e ineficaz de ciertos planteamientos que intentan responder a los ataques contra el wokismo. Recurre, a lo largo del libro, a numerosos ejemplos mediante un estilo fluido y un lenguaje asequible, lo que convierte su lectura en un placer.

En definitiva, la lectura de esta obra es sumamente recomendable en un periodo marcado por el fortalecimiento del discurso conservador contra el wokismo.

Bibliografía

Bourdieu, P. (2000). Sur la télévision. Paris: Raisons d’agir. [ Links ]

Goode, E. y N. Ben-Yehuda (2009). Moral panics: the social construction of deviance. Malden: Wiley-Blackwell. [ Links ]

Hunter, J.D. (1991). Culture wars: the struggle to define America. Nueva York: BasicBooks. [ Links ]

Mahoudeau, A. (2022). La panique woke. Anatomie d’une offensive réactionnaire, vol. 1. Petite encyclopédie critique, Essais et documents. Paris, Textuel. [ Links ]

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