Introducción
El concepto de estrés fue introducido por Selye (2015), en el contexto del Síndrome de Adaptación General (SAG), y desde entonces ha evolucionado hacia una comprensión más amplia. Actualmente, se reconoce que el estrés no es exclusivamente negativo, sino una respuesta fisiológica natural del organismo ante estímulos que requieren adaptación, sean estos adversos o agradables. En este sentido, el estrés cumple una función adaptativa esencial en la vida cotidiana.
A lo largo del tiempo, el término se ha incorporado al lenguaje común, siendo considerado un rasgo distintivo del siglo XX debido a su asociación con el malestar personal y diversas enfermedades. No obstante, como señalan García (2006), el estrés forma parte inherente de la existencia humana y no puede ser completamente evitado, ya que puede originarse tanto por eventos negativos como por experiencias positivas.
El estrés es un fenómeno ampliamente estudiado desde que Selye (2012) lo introdujo en 1926 dentro del marco del Síndrome de Adaptación General (SAG), conceptualizándolo como una respuesta del organismo ante demandas externas. Aunque inicialmente fue considerado un elemento negativo, investigaciones posteriores han demostrado que también cumple una función adaptativa, al potenciar el rendimiento y la motivación en determinadas circunstancias.
Desde una perspectiva más actual, la American Psychological Association (2018) lo define como una experiencia emocional desagradable, caracterizada por sensaciones de agobio, preocupación y agotamiento, acompañadas de cambios bioquímicos, fisiológicos y conductuales. En este sentido, Renán (2021) lo describe como una tensión física o emocional provocada por cualquier situación o pensamiento desafiante, la cual puede afectar la salud física y mental si no se gestiona adecuadamente.
Para Ávila (2014) complementa esta visión al destacar que el estrés es una reacción fisiológica del organismo frente a situaciones complejas, que con el tiempo puede alterar diversas funciones corporales. No obstante, también subraya que puede controlarse mediante un estilo de vida equilibrado y organizado, lo que abre la posibilidad de tratamiento y prevención. El estrés puede clasificarse según su naturaleza e impacto en el individuo, distinguiéndose entre estrés físico y psíquico. El primero surge cuando las condiciones del entorno o las exigencias diarias afectan el bienestar corporal, reduciendo el rendimiento. En cambio, el estrés psíquico está relacionado con la autoexigencia y puede disminuir tanto el desempeño académico como la motivación personal (Meza, Ramos, & López, 2019).
De acuerdo con estos autores, el estrés también se divide en distress y eustress. El distress tiene efectos negativos como ansiedad, agotamiento y dificultad para adaptarse, mientras que el eustress representa un estrés positivo que estimula el crecimiento personal, facilita la adaptación a los retos y promueve el logro de objetivos.
Además, Valestegui (2023), clasifica el estrés académico según su duración en tres tipos: agudo, episódico y crónico. El estrés agudo es breve y se manifiesta en situaciones específicas como exámenes; el estrés episódico ocurre con frecuencia en personas con múltiples responsabilidades o crisis constantes, y puede requerir apoyo profesional por varios meses. Por último, el estrés crónico persiste durante años, deteriora la salud física y mental, y suele requerir intervención médica y conductual para su tratamiento (Russek, 2013).
Dentro de este ámbito educativo, el estrés académico se entiende como la respuesta física, emocional y psicológica del estudiante ante las exigencias del aprendizaje Ruvalcaba (2020). Este tipo de estrés, también llamado universitario, implica malestar o preocupación derivados de las actividades académicas, y representa un fenómeno particularmente relevante por su impacto en el desempeño y bienestar de los estudiantes.
En este contexto, autores como Tapia, Avilés y Pesántez (2024), el estrés puede ejercer tanto una influencia positiva como negativa en el rendimiento académico. Cuando es gestionado de manera adecuada, puede actuar como un motor de motivación y mejorar la capacidad de aprendizaje. Sin embargo, un nivel excesivo de estrés puede generar consecuencias perjudiciales, afectando la memoria y la retención de conocimientos.
Las principales causas y factores del estrés académico el cual se ve influido principalmente por la sobrecarga de tareas, la presión por alcanzar altos rendimientos y la desconexión entre los contenidos teóricos y su aplicación práctica en el proceso educativo. La mayoría de los factores estresores en estudiantes provienen directamente del ámbito académico. Según Rearte (2013), los cinco eventos más estresantes incluyen la dificultad para comprender a los docentes, asistir a clases poco estimulantes, el exceso de responsabilidades, la presión por cumplir con entregas y el esfuerzo constante por obtener buenos resultados. La acumulación de estas condiciones genera un entorno tenso y agotador, en el que el cansancio físico y mental se vuelve cada vez más evidente.
Otros estudios sobre el contexto del estrés académico y el consumo de sustancias psicoactivas han mencionado que, a nivel internacional, diversos estudios han identificado al estrés académico como un problema de salud pública que afecta de forma significativa a la población estudiantil. Se ha observado su relación con síntomas físicos (como trastornos del sueño, dolores de cabeza o afecciones gastrointestinales), así como con malestares psicológicos que incluyen ansiedad, depresión e irritabilidad. Además, durante la pandemia de COVID-19, el cambio hacia modalidades educativas remotas o híbridas implicó mayores exigencias tecnológicas, adaptaciones rápidas y aumento de carga académica, lo que intensificó los niveles de estrés entre los estudiantes. En China, Corea del Sur, Europa y Norteamérica, la presión académica ha sido vinculada con una disminución del rendimiento, menor motivación y efectos adversos en la salud mental general.
En México y Latinoamérica, investigaciones recientes muestran que el confinamiento y la transición a la educación en línea exacerbó el estrés académico, evidenciándose también síntomas como ansiedad, depresión y apoyo social insuficiente. En Puebla, por ejemplo, se encontró que estudiantes del nivel superior presentaron síntomas de estrés académico que se asociaban con el uso inapropiado del internet y de redes sociales, aunque no con la procrastinarían académica. Otros estudios en México han explorado cómo factores socioeconómicos, el apoyo familiar y las estrategias de afrontamiento modulan los efectos de la pandemia sobre el bienestar emocional de los alumnos. (Arteaga, 2024).
A nivel internacional, el control de las sustancias psicoactivas se ha estructurado mediante convenios como la Convención Única sobre Estupefacientes de 1961 y el Convenio sobre Sustancias Sicotrópicas de 1971, los cuales clasifican las drogas según su potencial de abuso, riesgo para la salud y valor terapéutico. Sin embargo, estas clasificaciones han estado influenciadas con frecuencia por criterios políticos e históricos más que por evidencia científica, lo que ha generado inconsistencias, como la menor regulación de sustancias legalmente aceptadas pero nocivas, como el alcohol y el tabaco. En décadas recientes, el surgimiento de nuevas sustancias psicoactivas ha desafiado los mecanismos tradicionales de control, impulsando recomendaciones de organismos internacionales, como la OMS, para una regulación basada en evidencia y con enfoque en reducción de riesgos. En el contexto nacional, particularmente en México, el consumo de sustancias psicoactivas constituye un problema de salud pública relevante entre adolescentes y jóvenes universitarios, destacando el uso de alcohol, tabaco, marihuana y otras drogas ilegales. Las políticas mexicanas han sido históricamente de carácter prohibitivo y punitivo, aunque recientemente se han implementado estrategias más integrales que incluyen prevención, tratamiento y reducción de daños. Sin embargo, el país enfrenta desafíos ante la rápida introducción de nuevas sustancias y la necesidad de adaptar sus políticas a contextos locales, respetando los marcos internacionales, pero fundamentándose en evidencia científica y enfoques de salud pública. (Solís, 2015).
Al iniciar la universidad, los jóvenes enfrentan mayores responsabilidades, como cumplir con múltiples tareas exigentes en cada asignatura, responder a la presión docente y familiar, y mantener un rendimiento adecuado como forma de corresponder al apoyo de sus familias, y manifestándose en tres fases: la percepción de demandas como estresores, la aparición de un desequilibrio que genera síntomas, y la aplicación de estrategias de afrontamiento para recuperar el equilibrio.
En cuanto a su influencia en el aprendizaje, el estrés puede ser positivo (eustrés) o negativo (distrés). El eustrés potencia el rendimiento cognitivo, mientras que el distrés lo disminuye. El estrés beneficioso estimula el procesamiento de la información y la construcción del conocimiento, aunque también puede afectar negativamente la memoria y el aprendizaje dependiendo del contexto y la intensidad.
El estrés genera múltiples consecuencias a nivel físico, emocional y académico. En el plano físico, puede provocar respuestas como taquicardia, insomnio, dolores musculares y alteraciones en los sistemas digestivo e inmunológico, reflejando el impacto directo del estrés sobre el cuerpo (Beltrán, 2014). En lo emocional, se manifiesta en forma de ansiedad, irritabilidad, depresión y cambios bruscos de ánimo, lo que afecta tanto el equilibrio interno del individuo como sus relaciones sociales. En el ámbito académico, el estrés afecta negativamente el rendimiento estudiantil al reducir la concentración, disminuir la motivación y provocar un bajo desempeño general (Pulido, 2018).
Durante el ingreso a la universidad, los jóvenes atraviesan una etapa de transición marcada por presiones internas y externas, ya que se encuentran entre la adolescencia y la adultez emergente, lo que suele generar inestabilidad emocional y una búsqueda de identidad. Por lo que los universitarios enfrentan dificultades emocionales, psicológicas, físicas e interpersonales que pueden afectar seriamente su rendimiento e incluso llevar al abandono de los estudios. Entre los principales factores estresantes destacan la sobrecarga de tareas, evaluaciones exigentes, presión social, desorganización y compromisos extracurriculares (Águila & Calcines, 2015).
Desde tiempos remotos, el ser humano ha recurrido al consumo de sustancias psicoactivas (SPA) con propósitos rituales, terapéuticos y de esparcimiento. No obstante, debido a los efectos negativos que estas generan en la salud pública, se han implementado diversas estrategias orientadas a su regulación y prevención. Este análisis aborda el uso de SPA desde enfoques históricos, biológicos, sociales y académicos, examinando sus efectos en el cuerpo y la mente, su clasificación legal, así como las políticas de control vigentes. Además, se incluyen propuestas de prevención dirigidas principalmente a adolescentes y jóvenes, quienes constituyen los grupos más vulnerables.
En la actualidad, el uso de SPA representa una problemática social relevante, sobre todo entre adolescentes. La alta disponibilidad de estas sustancias obliga a los jóvenes a enfrentarse a decisiones relacionadas con su consumo o rechazo. Esta susceptibilidad se origina en un conjunto de factores sociales, culturales, políticos y económicos que, en el contexto global, promueven conductas de riesgo (Caravaca, Noh, Hamilton, Brands, Gastaldo, Miotto, 2015).
El uso de SPA, ha acompañado a la humanidad desde sus primeras expresiones culturales, desempeñando un papel importante en contextos religiosos, espirituales y de transformación de la percepción (Escohotado, 2006). A lo largo de la historia, diferentes culturas las han empleado con fines médicos, rituales y recreativos, lo que demuestra su relevancia social. Sin embargo, en la actualidad, su uso tradicional ha sido distorsionado por el enfoque consumista de las sociedades capitalistas, donde se les trata como simples mercancías sin considerar su valor simbólico. La regulación de estas sustancias ha cambiado con el tiempo, influida por avances científicos, factores políticos y preocupaciones de salud pública.
Hoy en día, el consumo de SPA se entiende como un fenómeno complejo que involucra dimensiones biológicas, psicológicas, sociales, culturales, éticas y económicas, afectando tanto a las personas como a los sistemas de salud y economía (Organización Panamericana de la Salud OPS, 2021). Este comportamiento ha pasado de ser visto como un tema personal a reconocerse como una problemática de salud pública que requiere un abordaje integral (Carrasquilla, 2015). Por ello, es esencial que los profesionales de la salud ofrezcan un acompañamiento adecuado para disminuir su prevalencia y mitigar consecuencias como la morbilidad y la mortalidad (Chamorro, 2010) y de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), las SPA son compuestos químicos que modifican la actividad del sistema nervioso central, impactando la mente. A partir del siglo XIX, la medicina y la química permitieron aislar los principios activos de plantas psicoactivas, revelando tanto sus efectos terapéuticos como los riesgos. No obstante, el aumento del uso recreativo y los efectos adversos de sustancias como la cocaína, la heroína y la marihuana a principios del siglo XX generaron preocupación social y propiciaron la creación de las primeras leyes para su control (Organizacion Panamericana de la Salud, 2025).
Las SPA, también llamadas drogas psicoactivas, son compuestos que, al ser ingeridos, pueden alterar la conciencia, el estado emocional o los procesos mentales del individuo (Organización Mundial de la Salud, 2004). Su consumo constituye un grave problema de salud pública, con impacto en diversas áreas como la salud física y mental, las relaciones sociales, la economía e incluso la estabilidad política.
Estas sustancias, al entrar en el organismo, producen efectos inmediatos que afectan la vida cotidiana del consumidor al modificar sus funciones cognitivas, emocionales y conductuales (Calvo, 2015). Según la Organización de las Naciones Unidas, las SPA comprenden desde drogas ilegales hasta sustancias permitidas como el alcohol y el tabaco, ya que todas ellas pueden influir en la manera en que una persona piensa, siente o actúa (ONU, 2002). Según Fernández (2016) advierte que el uso continuado de estas sustancias puede derivar en dependencia y adicción, afectando negativamente aspectos clave de la vida del individuo, como sus actividades diarias, relaciones familiares, rendimiento académico, desempeño laboral y tiempo libre.
A nivel global, el abuso de SPA ha impulsado la creación de políticas de regulación, prevención e intervención. No obstante, estos esfuerzos enfrentan obstáculos importantes, particularmente en América Latina, donde factores sociopolíticos han facilitado su producción, tráfico y consumo. La situación es especialmente preocupante entre adolescentes y jóvenes menores de 24 años, ya que el consumo en esta etapa crítica puede aumentar el riesgo de trastornos mentales y comprometer su bienestar y futuro.
El consumo de SPA, impacta de manera significativa la vida de los jóvenes en todas las sociedades actuales, ya que suele estar relacionado con contextos conflictivos que incrementan el riesgo de un uso excesivo. Bajo los efectos de estas sustancias, las personas pueden perder el control sobre su comportamiento, ver alterada su capacidad para tomar decisiones y adoptar conductas que afectan negativamente su desarrollo personal, como el abandono escolar y comportamientos disruptivos, lo que genera consecuencias para el individuo, su entorno familiar y la comunidad en general.
El consumo de drogas, tanto legales como ilegales, implica diversos factores de riesgo y protección, especialmente durante la adolescencia, una etapa clave en la formación de hábitos y conductas (Preciado & Rivas, 2017). Uno de los casos más preocupantes es el del alcohol, cuyo consumo excesivo es común entre adolescentes y conlleva graves consecuencias médicas y sociales. En países como Colombia, se presenta una contradicción, ya que el Estado produce licores mientras promueve políticas de salud pública. El alcohol está vinculado a situaciones como homicidios, violencia intrafamiliar, maltrato infantil y es la principal causa de discapacidad mental congénita en recién nacidos por el síndrome de alcoholismo fetal (Estudio Nacional Sobre Consumo de SPA, 2021).
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2022), las sustancias psicoactivas se clasifican según su efecto en el sistema nervioso central (SNC). Las sustancias depresoras reducen la actividad cerebral, provocando relajación o somnolencia, e incluyen el alcohol, los opioides como la morfina y heroína, y las benzodiacepinas, usadas para tratar ansiedad e insomnio. En contraste, las sustancias estimulantes aumentan la actividad del SNC, generando mayor alerta y energía. Entre ellas se encuentran la cafeína (presente en bebidas como el café), la nicotina del tabaco, la cocaína y las anfetaminas, estas últimas con usos médicos y recreativos.
Villatoro (2016), indica que entre los adolescentes las sustancias más consumidas son aquellas que son fáciles de conseguir y ampliamente aceptadas socialmente. El alcohol es la sustancia más común, debido a su accesibilidad y a que su consumo está normalizado en ambientes familiares y sociales. Le sigue el tabaco, cuyo uso suele estar relacionado con la presión del grupo y la influencia de la publicidad. En los últimos años, también ha aumentado el uso de marihuana, ya que muchos jóvenes la consideran una droga de bajo riesgo. Además, en contextos de alta vulnerabilidad, es frecuente el consumo de inhalables como solventes y pegamentos, por su bajo costo y disponibilidad.
Respecto a los estudiantes universitarios Pedroza (2009), señala que el patrón de consumo varía en comparación con los adolescentes, ya que en esta etapa influye más el ambiente social y la presión académica. El alcohol y el tabaco siguen siendo las sustancias más comunes, sobre todo en eventos sociales. La marihuana también es utilizada con fines recreativos y para aliviar el estrés.
En el entorno académico, algunos universitarios recurren a drogas que potencien su rendimiento. Las anfetaminas, como Adderall y Ritalin, son utilizadas para mejorar la concentración y reducir el cansancio, especialmente en periodos de exámenes. Asimismo, sustancias como los benzodiacepinas (clonazepam y alprazolam) se emplean para mitigar la ansiedad o el insomnio relacionados con la vida universitaria.
El consumo de sustancias psicoactivas entre estudiantes, aunque genera controversia, responde a diferentes necesidades académicas, emocionales y sociales. En algunos casos, los jóvenes recurren a estos recursos buscando beneficios específicos, pese a los riesgos que implican.
Uno de los principales motivos es la búsqueda de un mejor rendimiento académico, Smith y Farah (2021), explican que ciertos estudiantes utilizan estimulantes como las anfetaminas para mejorar la concentración, la memoria y la resistencia durante largas jornadas de estudio. No obstante, aclaran que estos efectos positivos se observan principalmente en personas con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), y su efectividad en estudiantes sin este diagnóstico es limitada.
El estrés académico también influye notablemente en el consumo de sustancias. Según Volkow (2020), algunos estudiantes utilizan benzodiacepinas como el clonazepam y el alprazolam para aliviar la ansiedad provocada por exámenes, exceso de tareas o problemas personales. Estas sustancias pueden inducir relajación, aunque su uso inadecuado puede generar dependencia. En contextos sociales, el alcohol y el tabaco son comunes entre universitarios. Su consumo está asociado a la búsqueda de integración social, ya que muchos estudiantes los usan para reducir la timidez y facilitar la interacción con otros, especialmente en ambientes festivos.
Por otro lado, algunas drogas se emplean como mecanismo de afrontamiento emocional. Largo (2024), señala que el cannabis es usado por ciertos estudiantes para reducir el estrés y la angustia emocional. Aunque su efecto puede generar una sensación temporal de bienestar, su uso prolongado podría afectar la motivación y el rendimiento académico.
Las SPA, pueden clasificarse en tres grupos según su estatus socio-legal. En primer lugar, están las de uso médico, que requieren prescripción y se emplean en tratamientos específicos, como el metilfenidato para el TDAH, los opioides para el dolor, y los sedantes para trastornos del sueño o ansiedad. En segundo lugar, se encuentran las sustancias ilegales, cuyo consumo no médico está prohibido internacionalmente; estas incluyen el cannabis, los alucinógenos, la cocaína y otros estimulantes. Algunos países también agregan otras sustancias a sus listas de prohibición. Por último, existen sustancias legales o lícitas, como el alcohol, la nicotina y la cafeína, que se consumen libremente, aunque bajo ciertas regulaciones.
El costo y la disponibilidad influyen directamente en el consumo. Sustancias como el alcohol y el tabaco, por ser accesibles y económicas, son las más utilizadas entre los adolescentes. La marihuana ocupa un lugar intermedio, ya que su precio depende de la calidad y del acceso en el mercado ilegal. En cambio, drogas como la heroína, el éxtasis y la cocaína, debido a su alto costo y menor disponibilidad, tienen una prevalencia más baja, aunque sus efectos sobre la salud son más graves.
Estudios muestran que varias SPA como el alcohol, la cocaína, la marihuana, el tabaco y la heroína provocan daños significativos a múltiples órganos y sistemas del cuerpo, generando consecuencias tanto a corto como a largo plazo. Existen múltiples factores de riesgo asociados al consumo, entre ellos la baja autoestima, comportamientos agresivos, consumo parental de drogas, falta de supervisión y violencia familiar. En lo social, la escasa red de apoyo, la facilidad para acceder a estas sustancias y la exposición a contextos violentos agravan la problemática.
Desde el punto de vista económico, el consumo de SPA también repercute negativamente en las familias y en el sistema de salud. Los tratamientos de rehabilitación suelen ser costosos y poco accesibles, y el gasto constante en sustancias puede provocar dificultades financieras, especialmente en hogares con recursos limitados. En conjunto, todos estos elementos contribuyen a que el consumo de SPA en adolescentes sea una problemática social creciente y preocupante.
El consumo de sustancias psicoactivas (CSP) constituye un desafío relevante para la salud pública, dado que se ha documentado un inicio cada vez más temprano en la edad de consumo, lo que incrementa la probabilidad de desarrollar conductas adictivas y eleva los riesgos de mortalidad y morbilidad asociados. En la población adolescente, los factores de riesgo se manifiestan en distintos niveles. En el ámbito familiar, se destacan la presencia de conflictos, bajos niveles educativos y de supervisión parental, negligencia, limitaciones económicas, antecedentes de consumo en miembros del hogar y situaciones de violencia intrafamiliar. En el plano social, el entorno cercano ejerce una influencia significativa, particularmente a través de la presión de pares que consumen o tienen fácil acceso a drogas. Finalmente, en el nivel individual, se identifican factores como la propensión a la experimentación, la curiosidad, la rebeldía y la impulsividad, acompañados de baja autoestima, dificultades en la regulación emocional, presencia de síntomas depresivos o ansiosos, problemas conductuales, bajo rendimiento académico, experiencias previas con sustancias, escasa percepción del riesgo asociado al consumo y actitudes favorables hacia el uso de drogas sintéticas. Nawi et al. (2021).
El consumo de sustancias psicoactivas representa un problema crítico de salud pública, con impactos negativos que se extienden a individuos, grupos y comunidades de distintos estratos socioeconómicos. No obstante, su repercusión es particularmente significativa en poblaciones que presentan vulnerabilidades socioambientales y limitaciones en el acceso a programas de prevención y estrategias de rehabilitación. (Comisión Interamericana para el Control del Abuso, 2014).
La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDC, 2023) sostiene que el consumo entre 2011 y 2021, el número global de consumidores de drogas aumentó de 240 a 296 millones, lo que equivale al 5,8 % de la población mundial de 15 a 64 años, reflejando un incremento del 23 % en la última década. En 2019, aproximadamente 500.000 personas fallecieron debido al consumo de drogas, un 17,5 % más que en 2009, siendo las enfermedades asociadas a la hepatitis C la principal causa de muerte, seguidas por sobredosis, donde los opioides destacan como los más letales.
El cannabis continúa siendo la droga más consumida, con cerca de 219 millones de usuarios en 2021, seguido por opioides (60 millones), anfetaminas (36 millones), cocaína (22 millones) y éxtasis (20 millones). Se estima que casi 40 millones de personas presentan trastornos por consumo de drogas, aunque solo una de cada cinco recibe tratamiento, siendo las mujeres particularmente vulnerables debido al estigma social y a barreras de acceso.
La producción de cocaína alcanzó niveles históricos en 2021, superando las 2.300 toneladas de máxima pureza, con un aumento paralelo en incautaciones (2.026 toneladas), mientras que las drogas sintéticas experimentan un auge sin precedentes debido a su bajo costo, facilidad de producción y rápida disponibilidad, lo que favorece a los grupos criminales. En Estados Unidos, la epidemia de sobredosis continúa, con unas 80.000 muertes por opioides en 2021, principalmente por fentanilo, un opioide sintético altamente potente.
Adicionalmente, se reporta un incremento del consumo de opioides en África, particularmente de tramadol, que actúa como analgésico y estimulante, y un aprovechamiento de contextos de conflicto para la producción de drogas sintéticas en países como Afganistán, Siria y Ucrania. Las desigualdades económicas y de género agravan los efectos adversos del consumo de drogas, limitando el acceso a tratamientos y medicamentos esenciales, mientras que el 86 % de la población mundial vive en regiones con insuficiente disponibilidad de opioides para cuidados paliativos o reducción del dolor.
Según Barbieri et al. (2012), los jóvenes suelen iniciar el consumo de sustancias psicoactivas con alcohol o tabaco, y posteriormente experimentan combinaciones de sustancias legales e ilegales con el fin de potenciar y prolongar los efectos sobre el sistema nervioso central. Estas prácticas inducen modificaciones en las condiciones físicas y químicas del organismo, alterando su estructura y provocando disfunciones en el procesamiento cognitivo y en las funciones conductuales.
El consumo de drogas en estudiantes universitarios puede presentarse bajo diversas modalidades, incluyendo el uso experimental, social, regular, continuo, intermitente, intenso o compulsivo. En este grupo poblacional, los patrones de consumo suelen alternarse sin un orden lineal definido, pero, independientemente de su presentación, pueden conducir al desarrollo de dependencia, la cual depende directamente de la potencia, tipo, dosis y frecuencia de la sustancia. Asimismo, estas variables, en interacción con factores socioculturales, son capaces de inducir cambios físico-bioquímicos significativos en el cerebro, afectando de manera sustancial funciones psíquicas y neuronales. (Morera, 2015).
Diversas investigaciones sobre el consumo de sustancias psicoactivas en jóvenes universitarios se han centrado en caracterizar las prácticas de consumo. En Manizales, se ha reportado que la mayoría de los estudiantes consume alcohol, mientras que una proporción significativa fuma cigarrillos. En Colombia, se ha observado que aproximadamente la mitad de los jóvenes entre 16 y 25 años se considera consumidora moderada de alcohol. En España, un elevado porcentaje de estudiantes universitarios ha consumido alcohol en el último mes. En Costa Rica, casi la mitad de los estudiantes universitarios ha consumido alguna droga legal o ilegal en algún momento de su vida. De manera similar, en la ciudad de Cali, los estudios muestran que los jóvenes universitarios presentan hábitos poco saludables relacionados con el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas, siendo el licor y los cigarrillos las sustancias más frecuentes, especialmente entre los hombres. Duarte et al. (2012).
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Adicciones, instrumento oficial de México aproximadamente el 46 % de los estudiantes entre 16 y 24 años consume sustancias de abuso, de los cuales un 12 % presenta algún grado de dependencia. El alcohol se posiciona como la sustancia más utilizada, con un incremento de consumo que pasó del 35,6 % en 2022 al 43 % en la actualidad, siendo los varones quienes reportan mayor prevalencia. La situación resulta particularmente preocupante en adolescentes y jóvenes menores de 24 años, dado que las adicciones en este grupo etario se asocian con múltiples problemáticas de salud y sociales, entre ellas lesiones, accidentes, discapacidad, bajo rendimiento académico, violencia intrafamiliar, conductas antisociales, eventos traumáticos y trastornos psiquiátricos como ansiedad, depresión o déficit de atención con hiperactividad. (Universidad Autonoma Metropolitana, 2023).
El consumo de sustancias psicoactivas entre la población universitaria mexicana ha mostrado un incremento sostenido en los últimos años. Diversos estudios señalan que alrededor del 70% de los estudiantes ha experimentado con alcohol al menos una vez en su vida, lo que lo convierte en la sustancia de mayor prevalencia dentro de este sector. En el caso de las drogas legales, como el alcohol y el tabaco, no solo se observa un aumento en la frecuencia de uso, sino también una tendencia preocupante hacia la iniciación a edades cada vez más tempranas, lo cual incrementa el riesgo de desarrollar patrones de consumo problemático.
Además, investigaciones recientes en México destacan que los universitarios no solo recurren a estas sustancias en contextos recreativos o sociales, sino también como mecanismos de afrontamiento frente a factores como el estrés académico, la presión social o la búsqueda de rendimiento en los estudios. A esta situación se suma la creciente disponibilidad de drogas ilícitas, como la marihuana, que ocupa el primer lugar en consumo dentro de las sustancias ilegales en este grupo, seguida por los estimulantes y, en menor medida, los inhalables. Estas tendencias reflejan un desafío de salud pública, pues el uso temprano y frecuente de drogas puede derivar en consecuencias físicas, psicológicas y sociales que afectan tanto el desempeño académico como la calidad de vida de los estudiantes. (Ramirez, 2024).
Materiales y Métodos
La metodología utilizada fue de enfoque cuantitativo, orientado a la comprobación de la hipótesis general mediante el análisis de correlación de las variables con el coeficiente de correlación de Pearson, y un componente cualitativo centrado en la caracterización de las variables demográficas de los participantes. El diseño del estudio fue no experimental, de tipo transversal, y se llevó a cabo en el periodo comprendido entre el 7 y el 10 de abril de 2025. En el desarrollo del marco teórico se emplearon los métodos deductivo, analítico y sintético, los cuales permitieron estructurar de forma lógica y coherente los fundamentos conceptuales de la investigación.
Respecto a las técnicas de recolección de datos, se utilizaron la encuesta y la entrevista cara a cara. El muestreo fue no probabilístico por conveniencia, dado que la selección de los participantes no se realizó de forma aleatoria, sino considerando la disponibilidad de los estudiantes y la proporcionalidad de cada programa académico dentro de la población total. Las encuestas fueron aplicadas por dos estudiantes del octavo semestre de la Facultad de Administración de Empresas, previamente capacitados en metodología de la investigación.
La investigación se realizó en modalidad presencial, en turnos matutino y vespertino, utilizando como espacios las aulas, bibliotecas, cafeterías y áreas de descanso de la Facultad de Administración de Empresas, de una universidad pública ubicada en el centro de México. La unidad de análisis correspondió a dicha facultad, y los sujetos de estudio fueron estudiantes pertenecientes a las seis licenciaturas que en ella se imparten. La población total fue de 13,000 estudiantes matriculados. Para determinar el tamaño de la muestra se consideraron criterios de 95% de nivel de confianza, 5% de margen de error y una proporción esperada de respuesta del 50%, obteniendo así un tamaño muestral de 282 estudiantes.
El instrumento de medición estuvo compuesto por seis preguntas de carácter demográfico (licenciatura, semestre, género, edad, modalidad de estudio y turno), y 25 ítems estructurados en distintas dimensiones: factores escolares (ítems 1-6), reacciones físicas (ítems 7-9), reacciones psicológicas (ítems 10-11), reacciones comportamentales (ítems 12-14), estrategias de afrontamiento (ítems 15-18), consumo de sustancias psicoactivas (ítems 19-22) y variable dependiente (ítems 23-25). Todos los ítems fueron medidos mediante una escala tipo Likert de cinco opciones: (5) siempre, (4) casi siempre, (3) algunas veces, (2) rara vez y (1) nunca.
Para la elaboración del cuestionario fue basado en los modelos; SISCO de estrés académico por el autor Arturo Barraza Macías y el modelo Eurepean Shool Suvey Project on Alcohol and Other Drugs (ESPAD) por el autor Björn Hibell, quien figuró como coordinador del proyecto. La propuesta del modelo hibrido está conformado por cinco variables independientes; 1) factores escolares, 2) reacciones físicas, 3) reacciones psicológicas, 4) reacción de comportamiento y 5) estrategias de afrontamiento.
Este modelo presenta cortes con una puntuación de el instrumento SISCO (Sistema de Evaluación de Estrés Académico) permite medir los niveles de estrés en estudiantes mediante una serie de ítems evaluados generalmente en una escala tipo Likert, donde se valora la frecuencia con la que se experimentan situaciones de tensión académica. La interpretación se realiza sumando las puntuaciones de todos los ítems y clasificando el resultado en distintos niveles de estrés. Según los puntos de corte más utilizados, un puntaje total de 0 a 40 indica un estrés bajo, en el cual el estudiante percibe poca presión académica y su desempeño no se ve afectado; un puntaje de 41 a 70 refleja un estrés moderado, que puede afectar parcialmente el rendimiento y requiere estrategias preventivas; un puntaje de 71 a 100 señala un estrés alto, sugiriendo la necesidad de intervención para prevenir consecuencias en la salud y desempeño; finalmente, un puntaje de 101 a 120 representa un estrés muy alto o crítico, asociado a un impacto significativo en el bienestar y el desempeño académico, por lo que se recomienda atención psicológica especializada. De esta manera, el SISCO no solo permite cuantificar el estrés, sino también identificar de manera práctica a los estudiantes que podrían beneficiarse de apoyo o seguimiento.
El ESPAD (European School Survey Project on Alcohol and Other Drugs) evalúa el consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias psicoactivas en estudiantes, establece puntos de corte numéricos oficiales, los cuáles se clasifican en cuatro niveles: bajo, moderado, alto y muy alto. Para alcohol, un consumo nunca registrado correspondería a un nivel bajo; haber consumido alguna vez en la vida pero no en los últimos 12 meses se considera moderado; consumo en los últimos 12 meses o últimos 30 días indicaría un nivel alto; y consumo frecuente o diario reflejaría un nivel muy alto. Para tabaco y cannabis, se podría aplicar una lógica similar: nunca fumado o consumido = bajo; alguna vez en la vida = moderado; últimos 12 meses o últimos 30 días = alto; uso diario o frecuente = muy alto. Esta categorización permite identificar a los estudiantes que presentan riesgo bajo, moderado o alto de problemas asociados al consumo de sustancias y facilita la implementación de programas de prevención y seguimiento, aunque debe considerarse como una guía orientativa más que como un estándar oficial del ESPAD.
Para evaluar la confiabilidad del instrumento se aplicó el coeficiente Alpha de Cronbach a los 25 ítems principales, obteniéndose un valor de 0.786, lo cual indica una consistencia interna aceptable. Finalmente, para la comprobación de la hipótesis general se emplearon el coeficiente de correlación de Pearson y el coeficiente de Determinación, con el fin de analizar la fuerza y dirección de la relación entre las variables independiente y dependiente. Se utilizó para el procesamiento de datos estadísticos SPSS (Statistical Package for the Social Sciences) la versión 29, ya que es recomendado en en investigaciones sociales y de salud.
Resultados
Los hallazgos encontrados de los instrumentos del SISCO y el ESPAD, sobre la investigación que fue aplicada a 282 estudiantes de una facultad de administración en México, utilizó un modelo híbrido basado en el cuestionario SISCO para medir estrés académico y en el ESPAD para evaluar consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias psicoactivas.
Los resultados del SISCO evidencian que el estrés académico es un factor significativo en el consumo de sustancias psicoactivas. Se observó que las reacciones de comportamiento presentaron la mayor relación positiva con el consumo (r = 0.7; r² = 0.49), seguidas de las reacciones psicológicas (r = 0.4; r² = 0.16). Esto indica que casi la mitad de la variación en el consumo puede explicarse por conductas derivadas del estrés, como ansiedad, irritabilidad o cambios en hábitos de estudio. En contraste, los factores escolares (r = 0.11; r² = 0.0121) y las reacciones físicas (r = 0.10; r² = 0.01) mostraron una correlación positiva pero débil. Las estrategias de afrontamiento no presentaron correlación significativa (r = -0.6), revelando que las técnicas empleadas por los estudiantes no reducen de forma efectiva la relación entre estrés y consumo.
Por su parte, el modelo ESPAD permitió identificar que el alcohol es la sustancia más consumida, con mayor prevalencia en jóvenes de 18 a 20 años. Le siguen el vapeo y el tabaco, mientras que el uso de marihuana u otras drogas ilegales se reportó en menor medida. La mayoría de los estudiantes indicó haber consumido alcohol una o dos veces durante el ciclo escolar, en un patrón principalmente social y recreativo. Las licenciaturas con mayor índice de consumo fueron Administración de Empresas, Turismo y Negocios Internacionales, y los varones presentaron mayor prevalencia que las mujeres.
En conjunto, los hallazgos de ambos instrumentos demuestran que el estrés académico, especialmente en sus componentes emocionales y conductuales, influye de forma directa y positiva en el consumo de sustancias psicoactivas. Este vínculo sugiere la necesidad de programas de prevención y apoyo psicológico en el entorno universitario para reducir tanto los niveles de estrés como los riesgos de adicciones.
A continuación, se presentan los resultados obtenidos mediante la recolección de datos a través de encuestas organizados por categorías relevantes:
Del total de 282 encuestados, 65 pertenecen a la Licenciatura en Administración de Empresas, lo que representa el 23.04%. La misma cantidad de encuestados, 65 (23.04%), corresponde a la Licenciatura en Turismo. En la Licenciatura en Comercio se encuestaron 54 personas, equivalente al 19.14%, mientras que en la Licenciatura en Administración Pública participaron 43 encuestados, representando el 15.24%. Por su parte, 33 estudiantes de la Licenciatura en Gastronomía fueron encuestados, lo que equivale al 11.70%, y finalmente, la Licenciatura en Negocios Internacionales contó con 22 encuestados, correspondientes al 7.80%.
Para el apartado cuantitativo se presentan los resultados a través de la siguiente tabla 1, la cual se dividió en tres columnas, la primera de objetivos generales y objetivos específicos donde se determina la relación de los factores, además de una hipótesis general y las demás específicas, en la segunda columna se reflejan los resultados con el coeficiente de correlación de Pearson general y los demás específicos, con el coeficiente de determinación general y los demás específicos y la última columna es de comentarios en donde se describe si la correlación entre las variables es positiva o débil.
Tabla 1 Objetivos, hipótesis, resultados y comentarios.
| Objetivos e hipótesis | Resultados | Comentarios |
|---|---|---|
| O1: Determinar la relación de los factores escolares del estrés académico con el consumo de sustancias psicoactivas H1: Los factores escolares tienen una relación directa y positiva con el consumo de sustancias psicoactivas |
Coeficiente de correlación de Pearson igual a (r)= 0.11 Coeficiente de determinación igual a (r²) =0.0121 |
Los factores escolares explican el 1.21 % del consumo de sustancias psicoactivas. La correlación entre las variables es positiva débil y, por tanto, se acepta H1, con lo que demuestra una relación de causalidad, en la que los factores escolares del estrés inciden de forma directa y positiva en el consumo de sustancias psicoactivas. |
| O2: Determinar la relación de las reacciones físicas del estrés académico con el consumo de sustancias psicoactivas H2: Las reacciones físicas tienen una relación directa con el consumo de sustancias psicoactivas |
Coeficiente de correlación de Pearson igual a (r)= 0.10 Coeficiente de determinación igual a (r²) = 0.01 |
Las reacciones físicas explican el 1 % del consumo de sustancias psicoactivas. La correlación entre las variables es positiva débil y, por tanto, se acepta H2, con lo que demuestra una relación de causalidad, en la que las que las reacciones físicas del estrés inciden de forma directa y positiva en el consumo de sustancias psicoactivas. |
| O3: Determinar la relación de las reacciones psicológicas del estrés académico con el consumo de sustancias psicoactivas H3: Las reacciones psicológicas tienen una relación directa con el consumo de sustancias psicoactivas |
Coeficiente de correlación de Pearson igual a (r)= 0.4 Coeficiente de determinación igual a (r²) = 0.16 |
Las reacciones psicológicas explican el 16 % del consumo de sustancias psicoactivas. La correlación entre las variables es positiva débil y, por tanto, se acepta H3, con lo que demuestra una relación de causalidad, en la que las reacciones psicológicas del estrés inciden de forma directa y positiva en el consumo de sustancias psicoactivas. |
| O4: Determinar la relación de las reacciones del comportamiento del estrés académico con el consumo de sustancias psicoactivas H4: Las reacciones del comportamiento tienen una relación directa con el consumo de sustancias psicoactivas |
Coeficiente de correlación de Pearson igual a (r)= 0.7 Coeficiente de determinación igual a (r²) =0.49 |
Las reacciones de comportamiento explican el 49 % del consumo de sustancias psicoactivas. La correlación entre las variables es positiva considerable y, por tanto, se acepta H4, con lo que demuestra una relación de causalidad, en la que las reacciones de comportamiento del estrés inciden de forma directa y positiva en el consumo de sustancias psicoactivas. |
| O5: Determinar la relación de las estrategias de afrontamiento del estrés académico con el consumo de sustancias psicoactivas H5: Las estrategias de afrontamiento tienen una relación directa con el consumo de sustancias psicoactivas |
Coeficiente de correlación de Pearson igual a (r)= -0.6 Coeficiente de determinación igual a (r²) =-0.36 |
Las estrategias del afrontamiento no explican el 36 % del consumo de sustancias psicoactivas. La correlación entre las variables no existe y, por tanto, se acepta H4 es nula, con lo que no se demuestra una relación de causalidad, en la que las estrategias de afrontamiento del estrés inciden de forma negativa en el consumo de sustancias psicoactivas. |
Fuente: Elaboración propia en base a los resultados de correlación Pearson
Discusión
La problemática inicial de la presente investigación partió del contexto en que los últimos años los estudiantes universitarios. Para responder esta problemática se investigó la relación que existe entre el estrés académico y el consumo de sustancias psicoactivo en los estudiantes de la facultad de Administración de una universidad pública del centro de México.
Mediante la aplicación de un modelo hibrido que permitió la correlación de las cuatro variables: factores escolares, reacciones físicas, reacciones psicológicas y reacciones de comportamiento, siendo estás positivas y directas, excepto la variable de estrategias de afrontamiento la cual resultó negativa. Estos hallazgos coinciden con la investigación de Volkow (2020), donde señala que algunos estudiantes utilizan sustancias psicotrópicas para aliviar la ansiedad provocada por el estrés académico, especialmente en situaciones como exámenes o sobrecarga de tareas. A su vez, Largo (2024), menciona que la marihuana es usada por estudiantes como una forma de afrontar el estrés y la angustia emocional, aunque su uso prolongado puede afectar el rendimiento académico, también se concuerda lo que menciona Pedroza (2009), que indica que el patrón de consumo de sustancias en estudiantes universitarios está influido por el ambiente social y la presión académica, factores relacionados con el estrés. Mientras tanto Smith y Farah (2021), explican que algunos estudiantes consumen anfetaminas para mejorar la concentración y enfrentar largas jornadas de estudio, en muchos casos motivados por el estrés académico. Finalmente, se concuerda con Fernández (2016), que advierte que el uso continuo de sustancias puede derivar en adicción, y que muchos jóvenes recurren a ellas como una forma de afrontar situaciones estresantes, afectando su salud y rendimiento. La aplicación del modelo hibrido propuesto permitió determinar la correlación entre las variables independientes e independiente logrando así el objetivo general y la comprobación de la hipótesis.
Conclusión
En síntesis, la aplicación del modelo híbrido permitió identificar de manera efectiva la relación entre las variables de estrés académico y el consumo de sustancias psicoactivas en estudiantes universitarios. Los resultados obtenidos respaldan la hipótesis planteada, al mostrar que variables como las reacciones de comportamiento y las reacciones psicológicas tienen una mayor influencia directa en el consumo de estas sustancias. Por otro lado, los factores escolares y las reacciones físicas presentaron una relación débil, mientras que las estrategias de afrontamiento no mostraron correlación significativa. Estos hallazgos evidencian que el estrés académico, especialmente en sus componentes emocionales y conductuales, es un factor de riesgo importante que debe ser abordado mediante programas de prevención y apoyo psicológico en el entorno universitario.
El análisis del modelo reveló que, de un total de doscientos ochenta y dos estudiantes, ciento ochenta son hombres y ciento dos mujeres, y de estos doscientos cincuenta de ellos son foráneos, mientras que treinta y dos son locales. En cuanto al consumo de sustancias psicoactivas destaca que el alcohol es el más consumido por jóvenes de dieciocho a los veinte años, identificando que esta sustancia es la más consumida, seguido por el vapeo y el tabaco entre los estudiantes, los cuales afirman que han consumido entre una y dos veces durante el ciclo escolar, mientras que un grupo menor indicó no haberlo hecho nunca. Asimismo, se identificó que las licenciaturas con mayor número de estudiantes que consumen este tipo de sustancias psicoactivas son: Administración de empresas, Turismo y Negocios Internacionales.
Futuras líneas de investigación
Los hallazgos de esta investigación permiten identificar diversas líneas de estudio que pueden ser fortalecidas en futuras investigaciones, con el fin de profundizar en la comprensión del vínculo entre el estrés académico y el consumo de sustancias psicoactivas en contextos universitarios. En primer lugar, es necesario explorar con mayor detalle el papel de las estrategias de afrontamiento utilizadas por los estudiantes, considerando su tipología (afrontamiento activo, evitativo, emocional, entre otros) y su efectividad para mitigar el impacto del estrés en el comportamiento adictivo. La ausencia de una correlación significativa en este estudio sugiere la posibilidad de un uso inadecuado o ineficiente de estas estrategias, lo cual merece un análisis más exhaustivo.
Asimismo, se plantea como línea de interés la investigación sobre los componentes emocionales específicos del estrés como ansiedad, depresión o desesperanza y su relación directa con el consumo de sustancias, especialmente aquellas con prevalencia social como el alcohol y el tabaco. La identificación de estos factores permitiría diseñar intervenciones psicológicas más focalizadas.
Y por último Otra línea relevante es el análisis de los factores escolares como posibles moderadores del estrés, incluyendo variables como la carga académica, el clima institucional, el tipo de evaluación y la interacción docente-estudiante. Aunque en este estudio su influencia fue débil, su posible rol indirecto como facilitadores del estrés académico requiere mayor investigación.










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