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CONfines de relaciones internacionales y ciencia política

versão impressa ISSN 1870-3569

CONfines relacion. internaci. ciencia política vol.20 no.39 Monterrey Ago./Dez. 2024  Epub 05-Maio-2025

https://doi.org/10.46530/cf.vi39/cnfns.n39.p33-4533 

Dossier

Alfonso Reyes y el Jardín Botánico de Río de Janeiro: Laranjeiras, estatuas y plantas como estrategia de diplomacia cultural

Alfonso Reyes and the Botanical Garden of Rio de Janeiro: Laranjeiras, statues and plants as a cultural diplomacy strategy

Mayra Jocelin Martínez Martínez1 

1Universidad Autónoma de Nuevo León


Resumen:

Como embajador de México en Brasil entre 1930 y 1936, Alfonso Reyes desplegó una actividad diplomática notable que ha sido estudiada desde distintos ángulos políticos. Sin embargo, sabemos menos de otras estrategias, especialmente de diplomacia cultural, empleadas por el escritor mexicano. En este artículo muestro cómo durante su residencia en Rio de Janeiro, Reyes empleó elementos representativos de la naturaleza mexicana, tales como la amapola silvestre (Papaver rhoeas) y el peyote (Lophophora williamsii), o la donación de la estatua del dios Xochipilli al jardín botánico de esa ciudad, para fomentar el acercamiento entre ambas naciones. En tres fases, este artículo propone primero revisar la historia de la relación diplomática entre México y Brasil antes de la llegada de Reyes; posteriormente, mostrar su interés en la naturaleza como elemento formativo de ambas naciones, y finalmente, analizar sus estrategias para utilizar ese conocimiento mediante la diplomacia cultural.

Palabras clave: Alfonso Reyes; México; Brasil; diplomacia cultural; naturaleza

Abstract:

As Mexican ambassador to Brazil between 1930 and 1936, Alfonso Reyes deployed a remarkable diplomatic activity that has been studied from different political angles. However, we know less about other strategies, especially cultural diplomacy, employed by the Mexican writer. In this article, I show how during his residence in Rio de Janeiro, Reyes used elements representative of Mexican nature, such as the amapola and peyote, or the donation of the statue of the god Xochipilli to the Botanical Garden of that city, to foster rapprochement between the two nations. In three phases, this article proposes first to review the history of the diplomatic relationship between Mexico and Brazil before the arrival of Reyes; subsequently, to show his interest in nature as a formative element of both nations, and finally, to analyze his strategies to use that knowledge through cultural diplomacy.

Keywords :  Alfonso Reyes; México; Brazil; cultural diplomacy; nature

Introducción

En el edificio de la Rua das Laranjeiras 397, ubicada en Río de Janeiro, existe hoy en día la Escuela Municipal José de Alencar, antes Colegio Álvaro Reis. Esa misma dirección, hace casi cien años, albergó la célebre residencia de otro “Reis” cuando ahí se encontró instalada la casa de la Embajada de México, en donde Alfonso Reyes vivió entre 1930 y 1936. Mucha tinta corrió por ese espacio donde desfilaron algunos de los grandes intelectuales brasileños y americanos de su tiempo. En esa casa, rodeada de vegetación y de fauna autóctona, Reyes produjo más de cincuenta ensayos sobre Brasil (Lopes, 2013, p. 17), entre los que se destacan “Ubérrima Urbe” y “As laranjeiras”, que se compilaron en História Natural das Laranjeiras, o “Las estatuas y el pueblo”, “Ofrenda al Jardín Botánico de Riojaneiro” y “Salutación al Brasil” en Norte y Sur (Reyes, 1996).

Los textos antes mencionados destacan la exuberante naturaleza de Río de Janeiro que, como señaló Reyes, también desempeñó un papel crucial en la formación de la identidad de Brasil. Según Regina Horta, los gobiernos brasileños de los años treinta tenían ya una tradición que enfatizaba no solo la necesidad de ocupar el territorio y transformar el medio ambiente mediante la acción humana, sino que también promovían la idea de que la naturaleza debía ser preservada, misión que se fortaleció con numerosas instituciones científicas de investigación y conservación, entre ellas el Jardín Botánico de Río de Janeiro (Horta Duarte, 2003).

En este contexto, este artículo se enfoca en analizar cómo Reyes empleó ciertos elementos de la naturaleza mexicana para dialogar con esa preocupación y estrechar sus vínculos con Brasil a través de la diplomacia cultural. En particular, me centraré en cómo el envío de flora mexicana, amapola y peyote, y la donación de la estatua del dios Xochipilli al Jardín Botánico de Río de Janeiro buscaron promover la cordialidad y la amistad entre las dos naciones. Para ello, recurro a la definición clásica de la diplomacia cultural, cuyo principio fundamental es la búsqueda de entendimiento mutuo entre países a través de las manifestaciones culturales que representan a la nación (Rodríguez Barba, 2015 p. 42,).

El artículo se divide en tres partes. En la primera, realizo una revisión de la primera centuria de la historia de la relación diplomática entre México y Brasil hasta la llegada de Reyes a Río de Janeiro. En la segunda, muestro un panorama del interés de Alfonso Reyes en la naturaleza brasileña a través de sus ensayos, en un contexto en el que la imagen de la relación entre México y Brasil estaba en conflicto. En la última parte, centro mi interés en el envío de flora de México al Jardín Botánico de Río de Janeiro, así como en la donación de una estatua del dios Xochipilli como parte de las actividades de diplomacia cultural implementadas por Reyes en Brasil. Para llevar a cabo este trabajo, recurrí a la consulta de la correspondencia oficial entre Alfonso Reyes y la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, a su archivo personal resguardado en la Capilla Alfonsina del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura de México, así como a sus ensayos “brasileñistas” escritos en Río de Janeiro entre 1930 y 1936.

Los primeros cien años de la relación bilateral entre México y Brasil

El ensayista, escritor, diplomático y humanista Alfonso Reyes nació en Monterrey, Nuevo León, México, en mayo de 1889, siendo hijo del general porfirista Bernardo Reyes, quien gobernó ese estado en distintas ocasiones. En 1913, mientras el joven Alfonso completaba su formación como abogado, enfrentó la muerte de su padre, quien participó en el golpe de Estado en contra del gobierno revolucionario de Francisco I. Madero. Este revés en la vida familiar llevó a Reyes a salir del país en 1913, adonde volvería hasta 1939, luego de más de 25 años dedicado al servicio exterior (Garciadiego Dantan, 2023).

En primer lugar, Reyes desempeñó diversos cargos diplomáticos en España y Francia entre los años de 1913 y 1927. Luego de 14 años en Europa, Reyes regresó a América Latina tras ser nombrado embajador de México en Argentina. Finalmente, en 1930 le sería asignada la embajada de México en Brasil, un país que, a diferencia de los anteriores, le resultaba más lejano. A su llegada, Reyes presenció una profunda transformación política y cultural del Brasil: el fin de la llamada República Velha y el inicio de la Era Vargas, así como el paso entre la Semana de Arte Moderno y el nacionalismo cultural (Ellison, 2000; Enríquez Perea, 2009). Su actividad diplomática estuvo centrada en tender puentes entre un México que comenzaba a institucionalizarse después de su revolución y un Brasil que renovaba su rumbo político.

Cuando Reyes inició su cargo en 1930, la relación México-Brasil, aunque interrumpida en algunos momentos, tenía casi cien años. Su punto de partida había sido el inicio de la vida independiente tanto del Imperio brasileño, en 1822, como de la República mexicana en 1824. Como diplomático, Reyes se interesó por conocer esta larga historia. Así lo muestra, entre otras cosas, su correspondencia con el intelectual brasileño Renato Almeida, donde deja evidencia de su curiosidad por los primeros personajes enviados como ministros plenipotenciarios a ambos países.1

En un inicio, el Imperio de Brasil y la República mexicana establecieron tibias comunicaciones que se limitaban a nombrar enviados extraordinarios o de negocios, pero tales nombramientos se quedaron en eso, pues rara vez estos llegaron a pisar suelo mexicano o brasileño. Como todo gobierno naciente, ambos buscaban el reconocimiento político de las potencias de la época, sobre todo de Inglaterra (Campos Sánchez, 2000 p. 19,). Durante casi todo el siglo XIX, la relación bilateral entre México y Brasil fue meramente protocolaria o “virtual” (Palacios, 2020). El primer ministro plenipotenciario nombrado por el gobierno mexicano ante Brasil fue Juan de Dios Cañedo entre 1831 y 1838, sin embargo, nunca viajó a tierras cariocas; en el caso brasileño, se trató de Duarte da Ponte Ribeiro, quien presentó credenciales a Antonio López de Santa Anna el 30 de mayo de 1834, y duraría solo un año en su cargo. Luego de ese episodio, Brasil no tuvo representación en México de 1835 a 1891 (Campos Sánchez, 2000, p. 43).

Con el establecimiento del Segundo Imperio mexicano entre 1863 y 1867, se pensaba que podía darse un acercamiento entre este y el Imperio brasileño, dado que Maximiliano I y Don Pedro II eran primos, hijos respectivamente de María Leopoldina y Francisco Carlos de Austria (Palacios, 2002). El gobierno monárquico mexicano procuró la simpatía del pueblo y el gobierno brasileño al otorgarle las insignias de la Orden Imperial del Águila Mexicana y de la Orden de San Carlos a Pedro II y a su esposa, Teresa Cristina de Borbón; Don Pedro, a su vez, respondió el gesto concediendo a Maximiliano y Carlota las Grandes Cruces de las Órdenes de Pedro I (Campos Sánchez, 2000 p. 88,); sin embargo, contra todo pronóstico, la relación bilateral no se concretó. Por ejemplo, Pedro de Escandón (1865-1866), ministro plenipotenciario del Imperio mexicano ante el Imperio de Brasil se presentó en Río de Janeiro con poco éxito. A decir de Campos (2000), Escandón recibió desplantes ante la organización de bailes y banquetes en esa ciudad (p. 87). Brasil probablemente mostraba resistencia en estrechar los lazos con el Imperio mexicano debido a que los Estados Unidos compraban la mitad de la producción de café al Imperio de Brasil y eso lo “obligaba a constituirse su satélite en la política continental” (Campos Sánchez, 2000, p. 91).

La proclamación de la República de Brasil en 1889 fue una nueva oportunidad para establecer lazos diplomáticos con la República Mexicana. El envío de representación de ambos países se llevó a cabo, pero no repercutió de manera decisiva en la relación bilateral. En esos años, aún con el régimen republicano, la relación diplomática entre ambos era intermitente. Brasil por su parte, nombró a Julio H. de Mello Alvim como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario, quien fue recibido por Porfirio Díaz en 1891 (Palacios, 2001 p. 68,). México, por otro lado, interrumpió la relación en 1893, por falta de dinero cerró la legación en Brasil. Ante estos acontecimientos, Brasil mantuvo su comitiva en México de 1893 a 1896 (Palacios, 2001, p. 70).

Otro de los momentos reseñables en la política exterior de ambos países es la que se dio durante la Revolución mexicana. Brasil se mantuvo reticente a los gobiernos nacidos de este conflicto armado, pues, a decir de Regina Crespo (2013), “los representantes diplomáticos del país vieron con aprensión el fin de un régimen cuyo lema ‘orden y progreso’, era compartido por su gobierno” (p. 142). Durante todo ese periodo, diversos diplomáticos brasileños intentaron comprender el complejo proceso revolucionario mexicano y las implicaciones que este tendría en la relación con Estados Unidos (Crespo, 2013, p. 152; Ferreira y Farias, 2021 p. 368,).

En 1922, el gobierno mexicano, interesado en consolidar su imagen en el resto del continente, intentó un nuevo acercamiento con el envío de una misión especial a las celebraciones del Primer Centenario de la Independencia del Brasil. Para lograr su propósito, el líder de la misión fue el Ministro de Educación José Vasconcelos, quien llevaría a nombre del país, una importante propaganda de las conquistas políticas, culturales y sociales de la Revolución (Crespo, 2003 p. 188,). Este plan propagandístico del gobierno mexicano, que comenzó durante la gestión de Venustiano Carranza y se proyectó hasta la presidencia de Álvaro Obregón, tenía como pretensión el que las representaciones diplomáticas funcionaran como centros culturales que promovieran al país en los medios locales (Crespo, 2003, p. 195). Posteriormente, pasado el conflicto armado de la Revolución mexicana y de la Guerra Cristera, México nombró a Aarón Sáenz -quien había sido embajador de México en Brasil en 1918- como canciller de la Secretaría de Relaciones Exteriores entre 1923 y 1927, y a Genaro Estrada como su sucesor entre 1927 y 1932. Estos dos cancilleres tuvieron a bien mostrar que México era más que armas y desorden (Dueñas Pulido, 1988 p. 11,).

Grandes personalidades de las letras y la vida cultural mexicana fueron parte de este proyecto: Amado Nervo en Uruguay; José Juan Tablada en Venezuela, Colombia y Ecuador; Enrique González Martínez en Chile y Argentina; Gilberto Owen en Perú; y el mismo Alfonso Reyes (Rodríguez Barba, 2019). Destacó también Palma Guillén, nombrada Ministra Plenipotenciaria de México en Colombia por el presidente Cárdenas, quien además en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial fue representante diplomática de México en la Liga de las Naciones (Bruno, Pita González y Alvarado, 2021; Zendejas, 1993 p. 408,).

Reyes, quien formaba parte de esa generación de intelectuales en la diplomacia, dejó la embajada de México en Argentina para llegar a la de Brasil en reemplazo de Pascual Ortiz Rubio, quien regresó a su país en 1929 para competir en las elecciones presidenciales. Junto a su homólogo brasileño en México, Abelardo Roças, Reyes se encargaría de mantener a flote las relaciones diplomáticas entre ambos países durante la tercera década del siglo pasado. En el siguiente apartado, retomaré la función diplomática del mexicano para ahondar en las estrategias de diplomacia cultural emprendidas durante su gestión. En particular, me centraré en el envío de flora mexicana y la donación de una estatua al Jardín Botánico de Río de Janeiro como un modo de estrechar los lazos entre ambos países.

Reyes en la ubérrima urbe: la amapola silvestre y la mexicanización del Brasil

Como señalé en las primeras líneas de este artículo, Alfonso Reyes vivió en el viejo y céntrico barrio de Laranjeiras, que se encontraba cerca del río Carioca -principal fuente de agua dulce de la ciudad- y a los pies del valle del cual tomó su nombre. Precisamente por la Rua das Laranjeiras, en la tercera década del siglo XX, pasaba la ruta del tranvía que conectaba el Jardín Botánico con el centro de la ciudad. En “Ubérrima urbe”, Reyes (1996) confiesa al Dr. Paulo Campos Porto, director del Jardín Botánico, su afición por tal paseo:

Mi caro doctor Campos Porto: Desde mi llegada a Río, en 1930, he sido frecuentador del Jardín Botánico, y me ha cabido la honra de acompañar algunos actos públicos de esta institución: ora la inauguración de exposiciones o nuevas glorietas, ora el descubrimiento de bustos, conmemoraciones de otros tantos hitos en la historia de la botánica brasileña. Doy testimonio del inteligente afán con que V. E., con el apoyo de su ilustrado Gobierno, ayudado por colaboradores eminentes y siguiendo las huellas de sus preclaros antecesores, ha venido haciendo prosperar este admirable vivero, hasta convertirlo en un orgullo para la nación que tiene la dicha de poseerlo, y en un motivo de noble envidia para todas las naciones (p. 89).

Reyes, en su ensayo, no desaprovecha la oportunidad de enaltecer las funciones del jardín en términos de “orgullo nacional”. El predio donde hoy se encuentra el Jardín Botánico de Río de Janeiro tiene sus orígenes en el Brasil colonial: primero fue un espacio agrícola, que albergó un ingenio azucarero; luego un espacio industrial, con una fábrica de pólvora, y desde 1808 se convirtió en un área de investigación botánica y de recreo (De Lavôr, 1979 p. 275,). A pocos meses de la llegada de la familia real portuguesa en ese año, el Emperador João VI inauguró el Jardín Botánico de Río de Janeiro como un jardín de aclimatación.

La importancia de los jardines botánicos para el desarrollo de las economías de la época era fundamental. Por ello, su vocación principal era la de aclimatar la flora alóctona a los “nuevos territorios” con el fin de reproducir y sembrar plantas preciadas como la vainilla, la canela o la pimienta (Bediaga et al., 2008 p. 33,). En el caso del Jardín Botánico de Río de Janeiro, a lo largo de sus primeros cien años de existencia, prevaleció el interés en la mejora de plantas (Nova da Costa y Sampaio Pereira, 2008 p. 26,). Después de la Revolución de Octubre de 1930, el Jardín Botánico tuvo cambios significativos, por ejemplo, el de divulgar los conocimientos que generaba, con un lenguaje más accesible para el público en general y no solo para los expertos.

El surgimiento de la revista científica Rodriguésia en 1935, que sigue publicándose en la actualidad, es precisamente un indicador del cambio en el uso del Jardín Botánico como capital epistémico y de identidad nacional. Uno de los editores de dicha revista fue el naturalista Paulo Campos Porto quien laboraba en el jardín desde 1914 (Bediaga et al., 2008 p. 35,). Campos Porto fue un botánico especialista en cactáceas, pero también un importante promotor de la Estación Biológica de Itatiaia y de la formación del Instituto de Biología Vegetal. Durante la Era Vargas, Campos Porto fue director del Jardín Botánico en dos ocasiones, la primera de 1934 a 1938 y la segunda de 1951 a 1961 (Casazza, 2020 p. 414,).

La especialización de Campos Porto en cactáceas no fue indiferente para Alfonso Reyes, quien durante su estancia en Río se había familiarizado con las plantas y con la “naturaleza” de sus calles y alrededores. En “As Laranjeiras”, Reyes (1996) relata una “tarde cualquiera” en su casa y con aires fantásticos, señala:

Sea la antigua Rua das Laranjeiras; sea, en ella, el palacete imperial -con su aire todavía soledoso- en que nos ha tocado vivir y en cuyo espaciosísimo comedor Paul Morand me aconseja que haga atender mis banquetes por servidores a caballo. Sin salir de aquí, viene hasta nosotros la historia natural. Las flores de Nochebuena -las Estrellas Federales que, en Buenos Aires, se pagan a precio de oro entran hasta la cocina, y hay que cuidarse de no mezclarlas en la ensalada. Por el tajo de la montaña, al fondo, solemos organizar nocturnas cacerías de gambás. Tal vez encontramos un coralillo escondido bajo un guijarro. Al menor descuido, brota una planta en el salón o, en el tejado, un arbusto. Alzo ahora mismo los ojos: sobre el muro de mi biblioteca ha corrido una lagartija (p. 474).

Su afición por el Jardín Botánico y por la naturaleza no solamente ocupó su tiempo como ensayista. Reyes también exploró, entre sus pesquisas histórico-diplomáticas, uno de los primeros intercambios naturales entre México y Brasil: la amapola silvestre. Con ayuda del diplomático Renato Almeida para consultar documentación oficial de Itamaraty, Reyes encontró que, en 1834, a Duarte Ponte Ribeiro, el primer Encargado de Negocios del Imperio del Brasil enviado a México, se le recomendó obtener una planta que curaba el “cólera morbo”. Ponte Ribeiro había padecido esta dolencia en Valparaíso durante 1833 y, por medio de la Sociedad de Medicina de Río de Janeiro, se le había indicado que:

Habiendo manifestado la Sociedad de Medicina de esta Corte la conveniencia de que se proceda al examen de la planta conocida en México por “amapola silvestre”, por constar que ella ha producido óptimos resultados en la curación del cólera-morbo, la Regencia, en nombre del Emperador, ha determinado que Vuestra Merced envíe por el conducto que le sea más cómodo un ejemplar de dicha planta con hojas, flores y frutos, o al menos un diseño de ella, a fin de que, conociéndola mejor, pueda averiguarse si existe en el suelo brasilero y entonces aprovechar su virtud (Reyes, 1996 p. 94,).

Para Reyes (1996) este interés era una clara prueba de que “(…) nuestra amapola silvestre [es] la primera flor de amistad cambiada entre México y el Brasil” (p. 193). Alfonso Reyes sabía que ese intercambio había sido fallido, pues, entre sus indagaciones encontró una nota en la que se le reclamaba a Ponte Ribeiro el no haber cumplido con tal misión. Aún con eso, consideraba que era suficiente el acto simbólico del interés en la flora mexicana para especular que, desde sus inicios, a pesar de las diferencias políticas o las dificultades del acercamiento, la relación entre ambos gobiernos era amistosa. Según Reyes (1996), este gesto, después fue “respondido” por Brasil con el envío a México de unas vacunas del Instituto Oswaldo Cruz, “cuartel general de la campaña contra las dolencias tropicales” (p. 94).

Como señalamos, para el regiomontano la amapola silvestre había fungido como símbolo de fraternidad entre brasileños y mexicanos durante el siglo XIX, y por lo mismo, propuso que para el siglo XX otra planta funcionara como puente entre ambos países, luego de que ambos tuvieran un pequeño conflicto de corte político. En efecto, en medio de fuertes tensiones entre el gobierno provisional de Vargas y las fuerzas opositoras, algunos vieron el riesgo de que la transformación política de Brasil derivara en una confrontación generalizada, que para ellos se asimilaría al proceso revolucionario en México. En marzo de 1932, João Alberto de Barros, un jefe militar de la revolución, realizó una declaración en el Diario da Noite:

A la prensa que se jugó por la revolución le cabe un papel importante en este momento en que se buscan acuerdos entre todas las fuerzas, por la misma razón de que ella tiene una parte de responsabilidad en la preparación del movimiento de octubre. Por ello, hago este llamamiento y le ruego transmitirlo a los colegas. Trabajar contra este punto de vista sería mexicanizar al Brasil.2

En ese sentido, “mexicanizar” significaba un proceso donde reinaba la violencia política y el caos institucional. Reyes, intranquilo por la mala imagen que tales declaraciones podrían causarle a su país, escribió al Ministro de Relaciones Exteriores del Brasil, Afranio de Mello Franco, para exigir una explicación. Reyes expuso también el caso a Manuel C. Téllez, sucesor de Genaro Estrada en la Secretaría de Relaciones Exteriores en México. En su comunicación del 18 de marzo con Téllez, Reyes compartió un recorte de periódico que contenía la declaración de João de Barros. El asunto no era grave, pero adquirió mayores proporciones cuando el 8 de abril de 1932, Barros fue designado por el mismo Vargas como jefe de policía de Río de Janeiro.3

Como Reyes ya había hecho la reclamación por vías oficiales, algunos días después Mello Franco le envió una nota en la que expresaba que Barros estaba apenado “por las frases imprudentes que se le atribuyeron sobre México” y aseguraba que fueron “una interpretación traviesa del reportero”. Añadió “que, en su actual transformación, el Brasil debía sacar provecho de la experiencia ya pasada por países que tienen ciertas semejanzas con él como México”. Alfonso Reyes consideró prudente que tal “disculpa era suficiente y que no convenía insistir más sobre el asunto”.4

Este momento áspero seguramente preocupó a Reyes, ya que apenas al día siguiente, comenzó las gestiones para propiciar un acercamiento entre ambas naciones “ofrendando” una planta de peyote al Jardín Botánico de Río de Janeiro, que remitía al caso de la amapola silvestre ocurrido durante el siglo XIX. En este caso, si la imagen de México tenía poca fuerza para presentar sus valores nacionales al exterior, Reyes optaría por desarrollar una diplomacia cultural mediante el uso de la naturaleza como símbolo de amistad.

Estar en México sin dejar de estar en el Brasil: el peyote y la estatua de Xochipilli

Los botánicos brasileños, en especial Campos Porto, conocían las cactáceas y los agaves mexicanos. Reyes, interesado en las propiedades físicas y alucinógenas del peyote, resolvió escribir a la Secretaría de Relaciones Exteriores de México para solicitar el envío de ejemplares y semillas de la planta a Brasil. Alfonso Reyes señaló en su petición que tanto el director del Jardín Botánico, el Dr. Achilles Lisboa, y el mismo Campos Porto tenían la intención de “hacer gestiones ante el Prefecto de Río para que les permita plantar alguna flora característica de México al pie del monumento a Cuauhtémoc, en vez de las plantas sin carácter que en la actualidad lo adornan”.5 Precisaba Reyes que el peyote sería estudiado y preservado en el Jardín Botánico en un espacio dedicado a México y que “estos puntos importan todos al mejor conocimiento de nuestro país en el Brasil y al desarrollo de las simpatías mutuas entre ambos pueblos”.6

Lo que Alfonso Reyes llamaba “desarrollo de las simpatías mutuas” no se daba como por arte de magia, sino que debía lograrse mediante la diplomacia cultural. Como mencioné al inicio, esta podría entenderse como:

El conjunto de estrategias y actividades llevadas a cabo por el Estado (y/o sus representantes) en el exterior a través de la cooperación cultural, educativa y científica […] con la finalidad de llevar a cabo los objetivos de política exterior, uno de los cuales es promover los valores y la cultura del país en el exterior, así como destacar una imagen positiva del país (Rodríguez Barba, 2015 p. 38,).

Algunos ejemplos de lo anterior pueden encontrarse en las misiones culturales de José Vasconcelos en su periplo iberoamericano de 1922 (Crespo, 2003; Fell, 1989) o en el trabajo realizado por Jaime Torres Bodet en Francia en los años cincuenta (Orozco Pozos, 2010). En el caso de Reyes, estas tareas tampoco le eran ajenas, pues ya desde su estancia en París entre 1924 y 1927 realizó algunas de estas actividades con relativa frecuencia (Toledo García, 2019). Inclusive, señala Itzel Toledo (2019), ya desde esa época los intercambios médicos, zoológicos, o entre jardines botánicos eran promovidos por el gobierno mexicano precisamente como una forma de proyectar a México en el mundo moderno (p. 86).

Luego de algunas gestiones y de la insistencia de Reyes, el 20 de mayo de 1932, desde la Casa del Lago del Bosque de Chapultepec, el Instituto de Biología envió, en valija diplomática, un ejemplar de peyote y una caja con semillas a la embajada en Río. Un par de meses después, el 12 de julio, Reyes acusó de recibir tal caja.7 En “Ofrenda al Jardín Botánico de Riojaneiro” Reyes nos deja saber que el peyote fue entregado y que para 1935 Campos Porto había cumplido con creces aquella intención de 1932:

Siempre manifestasteis, señor Director, el mayor interés por las cosas de la naturaleza mexicana. Fundasteis una colección de cactos mexicanos que no creo tenga igual en el mundo. Lograsteis con ella, no sólo un positivo enriquecimiento científico, sino también un milagro de la sensibilidad: transportar hasta Ríojaneiro algunos aspectos de nuestro paisaje del “altiplano”; al punto que yo, en mis paseos por esa región, me olvido a veces de que ando lejos de mi patria, siento que estoy en México sin dejar de estar en el Brasil, y me digo a mí mismo que, en esta tierra de la bondad y la cortesía, no sólo la voluntad, no sólo el corazón, sino también la ciencia y el pensamiento encuentran el modo de ser hospitalarios. Un día, para aumentar vuestro fondo de cactáceas, tuve el gusto de traeros, en nombre de la ciencia de mi país, algunas simientes del misterioso peyotl o peyote, la planta mágica de los indios tarahumaras, cuyas aplicaciones múltiples y portentosas apenas comienzan a estudiarse (…) La planta del peyotl, la planta sagrada del sol -extraño regulador de ese sujeto del verbo “ondular” que llamamos “éter”-, no engendra, según aseguran, hábito ni vicio; es, según dicen, medicina del dolor moral; y espera todavía los resultados de las pruebas a que la sujete la ciencia brasileña (Reyes, 1996 p. 90,).

El cactario del Jardín Botánico, inaugurado en 1934, fue un sello de Campos Porto (Bediaga y Pizarro Drummond, 2007, p. 24) y sin duda, la aportación de México acrecentó dicha colección. Este cactario, en el que a través de su flora México tenía una presencia importante, fue para Reyes, además de un paseo placentero en el que se “sentía en México sin salir del Brasil”, una oportunidad para hacer notorios los lazos fraternos entre ambos países.

Para complementar la presencia de México en Río de Janeiro, en 1935, Reyes (1996) cristalizó otra “ofrenda” al Brasil: una estatua de Xochipilli, el dios azteca de las flores.

Hoy, en nombre de mi gobierno y como una manifestación de la gratitud mexicana, os ofrezco la efigie de un antiguo dios azteca: el dios Xochipilli, por el cual vuestra infatigable curiosidad de sabio y de hombre se había interesado. Él reinará desde hoy en un rincón del parque (…) Su nombre mismo, Xochipilli, quiere decir “las cinco flores”; por donde -haciendo como hacen todos los mitólogos- tenemos derecho a suponer que simboliza igualmente la flor y la mano con sus cinco dedos. La mano y la flor: lo útil y lo dulce: la naturaleza que produce y el hombre que cosecha: el Brasil que vuelca sus flores y el Jardín Botánico que las organiza, clasifica y conserva. Verdaderamente, Xochipilli está aquí en su casa, está en su recinto natural. Y que sea para muchos años, en bien de la ciencia y de la belleza, en bien de las simpatías entre México y el Brasil que este ídolo significa (p. 91).

Esta estatua que simbolizaba las simpatías entre México y Brasil no era la única que habitaba Río de Janeiro. Desde 1922, una estatua de Cuauhtémoc era la pieza central de una rotonda en la playa de Botafogo. Llamada por los cariocas “O Emperador”, la figura fue un regalo de México a Brasil con motivo del festejo del centenario de su independencia (Crespo, 2003 p. 191,). Sin embargo, en su momento, también fue una estrategia para acercar a los gobiernos luego de un roce diplomático importante.

Como señalamos con anterioridad, la elevación unilateral de la legación a Embajada de México en Brasil provocó incomodidad y conflicto. Con la finalidad de resarcir el daño, al menos en términos simbólicos, México aprovechó la Misión Vasconcelos e hizo llegar la estatua de Cuauhtémoc como regalo al pueblo brasileño (Reyes, 1996 p. 490,). En su célebre discurso “Salutación al Brasil”, Reyes (1996) pone hincapié en el símbolo de “hermandad” de la estatua.

En Río de Janeiro, sobre la espléndida avenida marítima, al cobijo de una de aquellas graciosas colinas que bajan como dedos de la montaña a acariciar las calles y los parques de la ciudad, se enhiesta el soberbio bulto de bronce que México obsequió al Brasil en el Centenario de su Independencia: el inamovible Embajador Mexicano en la República hermana, la estatua de Cuauhtémoc, reproducción de la que admiramos en la Reforma (p. 183).

Para el regiomontano, la estatua de Cuauhtémoc era parte ya de la vida cotidiana de los cariocas y hasta era objeto de simpáticas supersticiones. Además de ser un símbolo, insistía Reyes (1996), de la “constante amistad” de México y Brasil.

Este emblema ha ganado también gradualmente el prestigio de una divinidad urbana, entre el vaho de la humanidad que lo circunda. Los cariocas se han habituado a él como a un accidente de su paisaje cotidiano. Es un punto de referencia en el diario tráfago; una presencia acostumbrada, un vecino más; una reiteración tácita y constante de la amistad que une a nuestros pueblos; y hasta un amable motivo de folklore. Porque una sencilla superstición asegura que cumple los deseos del que dé tres vueltas, descubierta la cabeza, en torno al severo monumento (p. 183).

Seguramente hoy en día los habitantes de Río de Janeiro desconocen los motivos de la presencia y permanencia de ambas estatuas en su ciudad. Quizá también ignoran el diálogo que Reyes (1996) imaginaba entre Cuauhtémoc y Xochipilli bajo el cielo de esa ubérrima urbe:

Entre los dos númenes mexicanos, el de la alegría y el de la guerra, el del gozo y el del sacrificio, me figuro que se entabla un diálogo inefable por sobre el murmullo de aquella ciudad de tierra y agua, cielo y fuego. Ambos ven desplegarse ante sus ojos extáticos la inmensa mole continental del Brasil, ardiente y anchurosa como fragua de humanidades futuras (p. 184).

Ambos personajes, insiste Reyes, son testigos del devenir histórico de un Brasil entremezclado con los ritmos de la naturaleza. Reyes, testigo mismo del proceso de conformación nacional brasileño, asocia indivisiblemente al Brasil con la naturaleza como símbolo y como identidad. Reyes refuerza la idea de que Cuauhtémoc y Xochipilli, así como la amapola y el peyote, son símbolos que estrechan los lazos culturales cordiales entre dos naciones.

Apuntes finales

No hay duda de que la misión diplomática de Alfonso Reyes en Brasil, que comenzó hace más de noventa años, enfrentó momentos políticos complejos como el inicio de la Revolución de Octubre, al mismo tiempo que le dio la oportunidad de entablar amistad con escritores como Manuel Bandeira o Cecília Meireles e intercambiar con ellos libros, conferencias y proyectos (Martínez Martínez, 2023). Los estudios sobre Reyes en Brasil son vastísimos y se centran sobre todo en la labor política e intelectual del mexicano. Este artículo centra su atención en un lado más personal de Reyes que, sin embargo, estuvo profundamente ligado a su labor diplomática en pro de la proyección de la cultura mexicana en el mundo.

A través del estudio del rol que tenía la naturaleza en la identidad nacional de ambos países, el diplomático regiomontano encontró un camino para hacer crecer una semilla de cercanía y entendimiento entre dos naciones. El envío de amapola silvestre de México a Brasil durante el siglo XIX, que Reyes entendió como un símbolo de amistad entre los dos países, dio pie para que promoviera el envío de otra planta, el peyote, que resultaba de enorme interés para el Jardín Botánico de Brasil y su director, Campos Porto. Posteriormente, Reyes ofrendaría también una estatua del dios Xochipilli para ubicarla en el mismo lugar. Ambos gestos fueron parte de una diplomacia cultural que buscaba suavizar la deteriorada imagen que pesaba sobre el México posrevolucionario, al mismo tiempo que pretendía tender puentes entre dos gobiernos que en los años treinta del siglo XX estaban acelerando la transformación de sus sistemas políticos, al tiempo en el que conformaban sus discursos identitarios nacionales.

Incluso hoy en día podemos corroborar la persistencia de la relación entre naturaleza e identidad en la ilustración que acompaña la comunicación oficial del Año Dual México-Brasil 2023-2024. “Presencia de México en Brasil y de Brasil en México”: un jaguar/ocelote con un penacho elaborado con plumas de águila y hojas verdes. De las fauces del felino, emerge, a modo de lengua, una anaconda. La naturaleza exuberante, magnífica, que Reyes admiró, describió y disfrutó desde su casa en Rua das Laranjeiras sigue presente, casi cien años después, como motivo simbólico de diálogo y de fraternidad entre Brasil y México.

Si como señala Saddiki (2009), la diplomacia cultural no significa solamente la transmisión y la difusión de cultura y valores nacionales, sino también el hecho de escuchar a las demás naciones del mundo, comprender su propia forma de vida y buscar un terreno cultural común para compartirlo con ellos, podría considerarse que Reyes realizó esta labor. Ahora bien, en futuras investigaciones sería interesante ver la recepción que tuvieron estos “intercambios” en el gobierno o en la sociedad brasileña. Al final de cuentas, sabemos que Reyes era un diplomático experimentado, y sus versiones de los hechos son también las impresiones de su propio actuar, por lo que estas podrían contrastarse más detenidamente con otras miradas para valorar con mayor detalle el alcance de sus prácticas de diplomacia cultural.

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1 Correspondencia de Alfonso Reyes a Renato Almeida (31 de marzo de 1936), Capilla Alfonsina INBAL, sección Río de Janeiro, fs. 62.

2Carta Reservada de Alfonso Reyes al Secretario de Relaciones Exteriores (Río de Janeiro, 8 de abril de 1932), Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Expediente personal de Alfonso Reyes Ochoa, 1928-1935, t. III, Anexo 1: Diario da Noite, 14 de marzo de 1932.

3Carta Reservada de Alfonso Reyes al Secretario de Relaciones Exteriores (Río de Janeiro, 8 de abril de 1932), Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Expediente personal de Alfonso Reyes Ochoa, 1928-1935, t. III, fs. 4.

4Carta Reservada de Alfonso Reyes al Secretario de Relaciones Exteriores (Río de Janeiro, 19 de abril de 1932), Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Expediente personal de Alfonso Reyes Ochoa, 1928-1935, t. III, fs. 9.

5Carta Reservada de Alfonso Reyes al Secretario de Relaciones Exteriores (Río de Janeiro, 20 de abril de 1932), Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Expediente personal de Alfonso Reyes Ochoa, Arboricultura 1932, s/f.

6Carta Reservada de Alfonso Reyes al Secretario de Relaciones Exteriores (Río de Janeiro, 14 de mayo de 1932), Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Expediente personal de Alfonso Reyes Ochoa, Arboricultura 1932, s/f.

7Carta Reservada de Alfonso Reyes al Secretario de Relaciones Exteriores (Río de Janeiro, 12 de julio de 1932), Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Expediente personal de Alfonso Reyes Ochoa, Arboricultura 1932, s/f.

Recibido: 03 de Junio de 2024; Aprobado: 17 de Julio de 2024

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