INTRODUCCIÓN
En el ámbito de la investigación migratoria, se ha prestado atención significativa a los aspectos demográficos y a los flujos migratorios (Jáuregui Díaz y Ávila Sánchez, 2009); sin embargo, se ha descuidado la infraestructura que alberga esta movilidad. Esta omisión revela la necesidad de explorar cómo los espacios urbanos que se transitan durante el trayecto no solo facilitan, sino que también configuran los movimientos migratorios, y a su vez, transforman los entornos que habitan. Adoptar una perspectiva etnográfica para estas situaciones puede proporcionar una comprensión más profunda de los aspectos olvidados en los principales relatos sobre migración: las experiencias de vulnerabilidad y resistencia. Tras revisar la literatura, es evidente que los migrantes a menudo enfrentan violencia y despojo. Las experiencias de migrantes en tránsito han sido narradas desde la academia como vivencias circunscritas a la violencia (Vogt, 2018; Barja Coria, 2019).
En este punto, la vulnerabilidad humana se manifiesta temporalmente a través de la resistencia, según propone Mezzadra (2005) en su idea de investigación militante, que busca integrar las experiencias de lucha y autoorganización de los propios migrantes en el desafío a los poderes establecidos y la búsqueda de libertad de movimiento y el derecho de fuga. A esta condición inherente de la experiencia migratoria se le suma una lucha por unas condiciones dignas de infraestructura (Butler, 2018), demandando aquellas que son habitables (Doncel de la Colina, Gabarrot Arenas e Irazuzta, 2021). Es crucial comprender cómo los sistemas de poder influyen en la configuración de estos espacios y sujetos, abordándolos desde una perspectiva etnográfica y un compromiso ético que resguarde la vida y el tránsito de los migrantes, cuestionando así los regímenes de movilidad y fronteras.
Inscrita en una investigación que busca contribuir al conocimiento de las formas en que los migrantes habitan y transforman los espacios migratorios en tránsito en el Área Metropolitana de Monterrey, esta una reflexión metodológica sobre las formas de captar y adaptar el trabajo de campo a un objeto de estudio caracterizado por su condición móvil. El texto se divide en dos apartados. En el primero se define teóricamente la noción de movilidad en tres puntos: espacio, sujeto y práctica. Aquí se introduce un modelo de observación in situ móvil (Fouquet e Irazuzta, 2015) que implica observar y transitar. En el segundo apartado, se comparten experiencias de esta observación en las que destaca mi posicionamiento como investigador de acuerdo con los componentes de la práctica móvil. A modo de cierre, se desarrolla una propuesta de observación denominada “semáforo de la movilidad” y su implicación con el ritmoanálisis con el objetivo de captar las formas en que los migrantes "habitan el tránsito".
LA NOCIÓN DE MOVILIDAD EN LA MIGRACIÓN DE TRÁNSITO
Para comprender la movilidad en los procesos migratorios contemporáneos es esencial abordar la noción de movimiento. Según Cresswell y Merriman (2011), los patrones implican una interrelación entre origen, destino y voluntad de moverse. Esta dimensión no puede separarse de la noción del tiempo sobre el espacio ni de los espacios creados en correspondencia con el movimiento capturado desde las prácticas, contenido, y relación construida alrededor de los sujetos (Harvey, 1980). En otras palabras, los sujetos y los espacios se influyen mutuamente en la configuración de la movilidad, tanto el sujeto al espacio como este al sujeto.
Las decisiones tomadas durante el desplazamiento crean espacios para el descanso o la movilidad. En la migración de tránsito, estos espacios incluyen estaciones de transporte, plazas y albergues improvisados, entre otros. La observación en movimiento captura la experiencia fluida y multifacética de los migrantes, constantemente en busca de refugio, servicios básicos, trabajo o transporte.
Al observar in situ estos lugares de migración urbanos móviles, se puede anticipar cómo su transitoriedad y heterogeneidad pueden afectar la percepción de los migrantes sobre el tiempo, el espacio y la seguridad. Esto se debe a la infraestructura producida por la gestión de la migración, que caracteriza espacios migratorios como “no lugares” y “dispositivos de frontera”. Augé (2020) define los “no lugares” como espacios donde se fomenta el consumo y el control, en lugar de la creación de identidad. En estos espacios transitorios, los migrantes son vistos como usuarios y pasajeros enfrentando una espera incierta; esta concepción puede invisibilizar dinámicas y formas de resistencia.
La observación en tránsito resalta la experiencia única de los migrantes en estos espacios. Capturar la dinámica en tiempo real proporciona una comprensión más profunda de cómo la infraestructura y el entorno físico influyen en su experiencia y percepción y, en general, cómo se migra en tiempo real. La apropiación de los espacios se manifiesta y comunica a través de expresiones y sentimientos, ya sean verbales, corporales, gestuales, etc., constituyendo una fuente de información valiosa que debemos considerar (Heller, 1980). Es decisivo prestar atención a sus emociones, percepciones y comportamientos para comprender la práctica móvil y, en definitiva, qué es hoy migrar en esta parte del norte de América.
Cresswell (2006) vincula estrechamente la movilidad y la ciudadanía, ya que esta última se define en oposición a la no ciudadanía, implicando una regulación legal de la movilidad. Desde el marco establecido por la ciudadanía y el Estado-nación se considera legitima la práctica de movilidad. Torpey (2020) afirma que, para lograr “el monopolio estatal de los medios legítimos de movilidad”, es necesario equilibrar los intereses de los Estados y las poblaciones a las que gobiernan, como la distribución de documentos de identidad, por ejemplo los pasaportes.
La movilidad no respaldada por la ciudadanía deja sin protección legal, enfrentando obstáculos que restringen su libertad de movimiento, los sitúan en una posición vulnerable y los hacen sujetos a un régimen de deportabilidad, los migrantes han sido poseedores de una agencia política sin nombre en un clima de securitización extrema (De Genova, 2002, 2010). Esta condición los coloca en una situación “de lucha” contra los interdictos de fronteras a favor de la libre movilidad (Mezzadra, 2005; Mezzadra y Neilson, 2013). Cresswell (2006) analiza cómo la movilidad configura la ciudadanía en identidades, destacando que distintas movilidades coexisten y se entrelazan, lo que dificulta la observación debido a la ambigüedad de las identidades ciudadanas.
En las circunstancias históricas de la investigación, las prácticas de movilidad se centran -según Ibarra e Irazuzta (2021) se materializan- en la llamada “migración de tránsito”: las casas de migrante que brindan asistencia y refugio temporal a lo largo del trayecto. Como definen Irazuzta e Ibarra (2021), “En tránsito revela el movimiento y, a la vez, la incapacidad de registrar ese movimiento como un orden estable de mantenimiento de la identidad de quienes se mueven” (p.17). El tránsito representa un movimiento de fronteras.
Al observar el tránsito, buscamos delimitar este movimiento, identificando expresiones y comportamientos; por ejemplo, los gestos pueden ser imitados y manipulados para adoptar la postura adecuada. Es fundamental cuestionar la idea de un sujeto-ciudadano universal que subyace a la normativa de la movilidad. Según Cresswell (2006), una forma de contrastar este concepto es pensar que los cuerpos móviles se desplazan con ayuda de dispositivos protésicos. Esto tiene sentido porque la libertad de movimiento de los cuerpos migrantes no se limita al caminar, sino que se relaciona con derechos y ciudadanía que interactúan con instituciones y tecnologías dentro de la ciudad, que pueden habilitar o desactivar la movilidad.
Se deben considerar los dispositivos que influyen en la movilidad de los cuerpos migrantes, porque desde la ciudadanía no somos solo cuerpos separados del mundo, sino cuerpos sociales. Al observar la movilidad, nos encontramos con ciudadanos protésicos, cuyas capacidades de tránsito dependen de las limitaciones de la esfera pública. Esta interconexión entre el cuerpo y el mundo es el sujeto ciudadano protésico. Por tanto, al examinar la movilidad de los migrantes en espacios urbanos, es necesario considerar cómo los dispositivos y las regulaciones públicas moldean y restringen su capacidad para desplazarse y participar en la vida urbana, más allá de la condición de ciudadanía instituida en aquellos lugares por donde transitan quienes migran.
Cordero, Mezzadra y Varela (2019) argumentan que los estudios críticos sobre la migración en tránsito muestran violaciones continuas de derechos humanos y violencia. En el marco hegemónico neoliberal, las luchas de los migrantes son limitadas. En respuesta a esta realidad, la observación debe adoptar la perspectiva de la “autonomía de la migración”, que propone leer dicha violencia, dominación y explotación como un “exceso” de la migración (Mezzadra, 2005; Irazuzta e Ibarra, 2021). La condición de ser hipergobernado, que experimentan los migrantes en su vida cotidiana, se refiere a ser objeto de una vigilancia y control excesivos, así como de estudios y análisis constantes (Delgado, 2007).
Así, “habitar el tránsito” implica un juego complejo que contribuye a la producción del espacio social. Según Lefebvre (2013), el espacio no es simplemente un producto utilizado y consumido, sino también un medio de producción, que configura y es configurado por redes de cambio, flujos de materia prima y de energía. Esta perspectiva supera la dicotomía entre sujeto-objeto, alineándose con la idea de Marx y Engels sobre la producción.
En la migración en tránsito, el desplazamiento adquiere un significado particular dentro de un régimen de movilidad que vincula estrechamente espacios y sujetos. La práctica móvil se convierte en formas de habitar el tránsito, en espacios caracterizados por la espera y la incertidumbre. El ingreso irregular al territorio mexicano somete a los migrantes a una compleja realidad, con controles fronterizos desplazados y vigilancia constante por parte de los actores de la gobernanza migratoria (Doncel de la Colina, Gabarrot e Irazuzta, 2021). En este contexto, los cuerpos migrantes se convierten en manifestaciones tangibles de una movilidad restringida. Incluso las infraestructuras humanitarias, aunque buscan proporcionar cuidado y cubrir necesidades básicas, contribuyen a la implementación de modelos de gobernanza migratoria, que como dispositivos forman parte del modelo de régimen de confinamiento superado por el flujo migratorio (López Reyes y París Pombo, 2023).
Exploro los elementos de la movilidad: espacios y sujetos, que están interconectados e influyen mutuamente en la producción de la vida social en tránsito. Posteriormente, me enfoco en observar la práctica móvil, que comprende espacios y sujetos en movimiento, definidos en la propuesta de “habitar el tránsito”, que se refiere al ritmo de movimiento.
Según Cresswell (2010), la movilidad se caracteriza por el ritmo, definido en tres puntos: la fuerza aplicada para moverse, la velocidad asociada con la exclusividad de llegar de un lugar a otro y la medida específica a la que se ajustan los movimientos. Este ritmo se canaliza a través de conductos espaciales como infraestructuras, y cesa cuando termina la movilidad. La práctica móvil de los migrantes en tránsito implica una variedad de ritmos, en lugar de uno uniforme del tránsito migratorio.
En este contexto, Lefebvre (1992) establece la constitución de lo cotidiano al relacionar la repetición y la diferencia. La observación del ritmo se divide en categorías como polirritmia, euritmia y arritmia, reflejando la coexistencia de múltiples ritmos, su armonización y falta de concordancia; además, es tanto una imposición social sobre los cuerpos como una forma de resistencia a esa imposición. Los migrantes pueden vivir según ritmos dominantes o crear sus propios ritmos idiorrítmicos, según Cresswell (2023).
Desde esta perspectiva, la observación de la práctica móvil se realiza mediante el ritmoanálisis, identificando la repetición de movimientos y gestos, así como detectando interferencias en el tránsito. Imaginemos un grupo de migrantes cruzando la frontera terrestre en México, experimentan diversos ritmos en su movimiento; desde la polirritmia al interactuar con controles fronterizos y regulaciones de gobernanza migratoria, hasta la euritmia al adaptarse a cambios de horario en las ciudades. Sin embargo, pueden enfrentar situaciones de arritmia por cancelaciones en transporte o cambios en políticas migratorias.
La observación móvil in situ es útil, ya que el análisis del habitar el tránsito mediante el ritmoanálisis implica captar la repetición de movimientos; por ejemplo, al observar a migrantes en un punto de control de la frontera desplazada y analizar su respuesta a señales de seguridad, adaptándose a ritmos impuestos por las regulaciones migratorias o instituciones urbanas. Además, es a través de la observación y el transitar que podemos estudiar cómo los momentos de descanso o de interacción social en albergues temporales o campamentos siguen un ritmo cíclico marcado por el curso diario de actividades. Solo desde el transitar podríamos comprender cómo los migrantes se adaptan y responden a estos cambios en el ritmo.
REFLEXIVIDAD DEL INVESTIGADOR Y PRÁCTICA MÓVIL
Capturar cómo los cuerpos migrantes habitan el tránsito nos sumerge en el ritmo de su movilidad, influenciado por flujos sociales, políticos, económicos y culturales. Según Fassin (2016), la etnografía va más allá del trabajo de campo, también implica escribir desde la observación y el tránsito, comunicando desde la cercanía.
Mis reflexiones sobre las prácticas móviles son esenciales para entender un contexto complejo como el mexicano, donde busco describir las condiciones de movilidad y denunciar cualquier régimen que perpetúe la violencia, diferenciación, separación e inmovilidad. Durante el período de julio a noviembre de 2023, me desempeñé como observador participante in situ móvil en la Central de Autobuses de Monterrey, enfocándome en el encuentro externo, el tránsito y el ritmo. El lugar se asemeja a una tierra de nadie, como propone Cresswell (2006), cuando teoriza sobre la movilidad global y la existencia de sitios que producen y son producidos por diversas formas de movilidad. Movimiento, significado y poder se unen.
Mi posición en los ámbitos del sujeto, espacio y movilidad se entrelaza con las experiencias de los migrantes. Sin limitaciones físicas, cognitivas o sensoriales, mi movilidad en Monterrey es privilegiada. Busco desafiar la dicotomía entre investigador e investigado, destacando cómo los migrantes negocian su movilidad durante el tránsito. Su condición de hipercontrol se refleja en una vigilancia constante. No pretendo reforzar estereotipos ni imponer autoridad, sino comprender y visibilizar la gobernanza “excesiva”. Reconozco que mi movilidad pasa desapercibida, puedo moverme sin necesidad de ocultar mi condición de observador o disimular mi condición de transeúnte. Mi interés es tanto intelectual como político y social, motivado por mi formación en sociología de cuerpos/emociones, que considero fundamental al cuestionar los regímenes fronterizos y mantener un compromiso ético para desvelar lo oculto.
La “crisis migratoria” revela conflictos internos, lo que inicialmente se percibió como una situación temporal ahora es prolongada. Según Vigh (2008), la incertidumbre es continua. Esta crisis no es aislada, sino parte de las geografías migratorias de México, como señalan Ríos y Gabarrot (2021), la gestión de esta crisis se vuelve crónica debido a la situación estructural de violencia y victimización que enfrentan los migrantes como sujetos en tránsito. En este contexto la vulnerabilidad se convierte en un aspecto central de la experiencia migratoria, y la urgencia de soluciones es cada vez más apremiante.
PROPUESTA DE OBSERVACIÓN: EL SEMÁFORO DE LA PRODUCCIÓN DE MOVILIDADES
A continuación, para captar las formas de habitar el tránsito mediante una observación participante móvil en tres niveles: como sujeto (cuerpo, transeúnte, participante), espacio, (usuario) y práctica móvil, elemento central de la propuesta del semáforo de la producción de movilidades. Estos espacios se consideran puntos de anclaje territoriales fijos y puertos de tránsito. La observación se realiza desde la movilidad. Los migrantes, a través de sus prácticas móviles, configuran los espacios según sus necesidades. Las actividades básicas como comer, dormir, recorrer, trabajar y comunicarse son fundamentales en su habitar, reflejando su agencia social de implicación al disponer, poseer, disputar, disfrutar, negociar y adaptarse a los distintos espacios.
La herramienta del semáforo de movilidad, que distingue entre lo concebido, percibido y vivido, surge de la observación en la central de autobuses y sirve como base para continuar la observación y el análisis. La movilidad de los migrantes en los espacios constituye su habitar en tránsito, caracterizado por desviaciones en la disposición de sus necesidades, lo que se refleja en la producción del espacio social mediante el ritmoanálisis.
Según Lefebvre (2013), el espacio concebido es la representación del lugar establecido por normas y cánones, mientras que el percibido se refiere a la práctica espacial del uso del tiempo y la realidad urbana, siendo la vida cotidiana que se aprecia empíricamente. Por último, el espacio vivido es aquel que se desea modificar (figura 1). La relación entre estos cambios de estado en la producción de la movilidad conforma la actividad humana. Mi propuesta es actuar como agente de tránsito, reconociendo que los colores del semáforo (rojo, amarillo o verde) no son representaciones únicas, sino que, al ser saberes relativos tienen un alcance práctico visible en la vida cotidiana, especialmente en el ritmo de la movilidad. Al analizar los usos del espacio, según las necesidades y disposiciones de los migrantes, la práctica móvil será concebida cuando estos sean sujetos políticos desde la gobernanza migratoria, percibida cuando la experiencia material de la vida sea natural y vivida, y represente una búsqueda de nuevas posibilidades dentro de esa realidad espacial.
Paso 1. Rojo
En este paso se explora el contexto histórico y estructural de la migración en tránsito, enfocándose en la producción de espacios concebidos creados por la gobernanza migratoria. Se analiza cómo las políticas migratorias y urbanas han influido en la configuración de los espacios usados por los migrantes en tránsito.
Mediante un enfoque histórico-descriptivo, se examina la evolución de los puntos de control migratorio, revisando documentos históricos, gubernamentales y académicos para comprender cómo las políticas migratorias influyen en la creación de refugios y otros espacios destinados específicamente para los migrantes. Se observa a nivel macro y micro, utilizando cartografía urbana para identificar los espacios relacionados.
Se describe el origen y funcionamiento de los actores de la gobernanza de la migración en tránsito: sociedad civil, actores gubernamentales, organismos internacionales y trabajadores humanitarios. El objetivo de explicar el papel de los sujetos dentro de la perspectiva de la gobernanza migratoria señala que como gestores de la gobernanza de la migración se produce una infraestructura de dispositivos de migración en tránsito, desde normas, reglas e instituciones materializados en una infraestructura que va desde casas de migrantes hasta los gestores de administración y de operación en distintos terrenos.
Paso 2. Amarillo
Aquí se profundiza en las condiciones materiales que enfrentan los migrantes en su día a día. La observación in situ adquiere relevancia, ya que tanto los lugares como los sujetos son móviles, convirtiendo la investigación en un proceso dinámico y fluido, donde la movilidad juega un papel central.
Se realizan recorridos por la ciudad siguiendo las rutas habituales de los migrantes, ya sea en transporte público o a pie, para comprender cómo se desplazan y qué lugares frecuentan. Se interactúa directamente con ellos, observando sus comportamientos y escuchando sus historias mientras se comparte el mismo espacio físico. Además, se utilizan herramientas digitales como aplicaciones de seguimiento (GPS o cámaras corporales) para registrar la infraestructura de la ciudad y obtener datos más detallados sobre sus trayectorias y actividades diarias. Esto permite hacer uso del contramapa para identificar los espacios reales utilizados por los migrantes, siempre interrelacionados con los espacios concebidos por la gobernanza migratoria (Casas-Cortés et al., 2017).
Adaptarse a los cambios del entorno implica flexibilidad en los métodos y estrategias de investigación, como entrevistas semiestructuradas o participación en actividades comunitarias. La recurrencia a los lugares es fundamental para visualizar la repetición y diferencia, útil en el ritmoanálisis posterior de los datos. El enfoque de mapeo se fundamenta en la política de movilidad propuestos por Cresswell (2010).
Es esencial considerar la interseccionalidad en la investigación migratoria, que abarca género, raza, clase y nacionalidad, operando en diferentes dominios: estructural, disciplinario, hegemónico e interpersonal, según Hill Collins (Ríos Infante, 2020). Esto revela opresiones que varían según la coyuntura, siendo crucial desestabilizar categorías analíticas y cuestionar representaciones sociales hegemónicas que silencian subjetividades subalternas. El dialogo sujeto-sujeto será vital para visibilizar todos los discursos interiorizados.
La propuesta de análisis y comunicación busca introducir la experiencia diaria de los migrantes para capturar el ritmo de la movilidad. La escritura priorizará el relato de acontecimientos sobre discursos abstractos, insertando argumentos teóricos en situaciones empíricas según lo propuesto por Fassin (2016) en la aplicación del arte de la narración a la monotonía de la rutina.
Paso 3. Verde
En este paso, se adentra en cómo los migrantes transforman los espacios de movilidad para satisfacer sus necesidades, utilizando la observación participante para entender cómo negocian y disputan el acceso a estos espacios. Este enfoque revela sus estrategias de resistencia y empoderamiento, profundizando en las prácticas de movilidad y su implicación al espacio vivido.
A diferencia del espacio concebido, el espacio vivido es dinámico y adaptable, construido desde las experiencias cotidianas de los migrantes. Es más subjetivo, influenciado por interacciones sociales, prácticas culturales y necesidades individuales, permitiendo a los migrantes reinterpretar y resignificar los espacios según sus vivencias y perspectivas, ejerciendo agencia sobre su entorno cambiante.
El ritmoanálisis, como parte de la observación, ayuda a comprender cómo los migrantes experimentan los diferentes estados de los espacios urbanos representados por los colores del semáforo (figura 2). En el espacio concebido (rojo), se observa cómo las políticas migratorias y las normativas locales influyen en la velocidad y la dirección del movimiento. Como agente de tránsito, esto me ayuda a entender cómo se canaliza y regula el flujo de migrantes en la ciudad en función de estas políticas y normativas. En el espacio percibido (amarillo), captamos la fluidez y la adaptabilidad de la práctica móvil de los migrantes. Aquí puedo ver cómo las interacciones sociales y las experiencias individuales influyen en el ritmo y la intensidad de la movilidad de los migrantes. Por último, el espacio vivido (verde), ayuda a comprender cómo los migrantes reinterpretan y resignifican. Aquí puedo reconocer la diversidad de ritmos y patrones de movilidad que emergen cuando los migrantes tienen la capacidad de moldear activamente los espacios urbanos.
Entonces, el semáforo consiste en identificar y comprender los ritmos del tránsito migratorio, observando la repetición de movimiento, gestos y acciones a través de la observación in situ móvil, así como la adaptabilidad como respuesta a cambios en el ritmo de movimiento. Debemos pensarlos por separado y en conjunto; en el color rojo, posiblemente observaremos la repetición de ritmos específicos o la adaptación a ritmos impuestos por las normas, y en el amarillo veremos cómo estos ritmos pueden estar mezclándose e interactuando entre sí, para finalmente crear ritmos idiorrítmicos como formas concretas de la lucha de fronteras que encarnan las personas migrantes.
CONCLUSIÓN
El semáforo de movilidad en el contexto de la migración en tránsito proporciona una visión integral de cómo los migrantes interactúan con los espacios urbanos. Esta herramienta permite comprender la interacción entre el espacio concebido, percibido y vivido, centrándose en la práctica móvil migrante como objeto de estudio principal.
La observación in situ móvil y el ritmoanálisis emergen como herramientas fundamentales para estudiar la migración en tránsito. La capacidad de observar y transitar los espacios permite sumergirse en la experiencia de los migrantes, comprendiendo cómo se adaptan y transforman activamente los espacios urbanos para satisfacer sus necesidades. Queda en cuestión ¿De qué otras maneras podemos registrar el movimiento? Creo que debemos seguir el movimiento, implicándonos en él para observarlo y transitarlo.
El registro del movimiento se vuelve efectivo cuando se lleva cabo un trabajo de campo extenso que permita identificar y relacionar los ritmos entre sí. Respecto al orden de la observación, no es necesario seguir una secuencia fija. En mi caso, comencé con el espacio concebido y luego me involucré en una observación móvil, pero en contraparte se encuentra reconocer primero el espacio percibido e indagar sobre el espacio vivido, ambas pueden ser estrategias válidas. La interrelación no debe tener un orden predeterminado, como primero la norma, segundo la idea, tercero la acción.
El ritmo de la movilidad se ajusta día a día, lo que nos lleva a reflexionar sobre la migración de tránsito y sus enfoques de observación: habitar el tránsito o habitar en tránsito. La primera opción se refiere a la condición impuesta por la practica móvil concebida, mientras que la segunda implica la lógica de la práctica móvil percibida-vivida que abarca el proceso de ser sujetos hacientes y sintientes. Los protagonistas son los migrantes, quienes tienen cualidades propias como agentes de acción social, experimentan estados de ánimo, desencadenan reacciones y llevan a cabo iniciativas (Delgado, 2007).
Habitar en el tránsito es una experiencia atemporal en la que los sujetos coexisten con el trayecto. La propuesta busca entender una forma de habitar que, por su carácter transitorio no es percibida como propia de la ciudad. La vida de los sujetos por su condición migrante se halla en constante lucha con la norma que dispone lo fijo y estable. Investigar estas situaciones desafía la inercia característica del trabajo de campo.
Es importante estar abierto a las sorpresas y lo inesperado durante la investigación. Aunque la gobernanza migratoria impone un cierto orden en la práctica de movilidad, esta no considera la idea y la agencia de los migrantes. Considero que esto es fundamental, ya que el propósito del registro de movilidad es recuperar las luchas de la migración dentro de las ciudades y denunciar una infraestructura de movilidad que se adecúe a las necesidades de los migrantes.
El enfoque en la práctica móvil ofrece herramientas para comprender la migración en tránsito, permitiendo capturar los movimientos con la coexistencia de múltiples ritmos. En última instancia, abre la puerta a la reflexión sobre la movilidad humana como una práctica revolucionaria y cambiante que impacta en las normas de los espacios, ya sea para fortalecerlas o para eliminarlas.










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