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CONfines de relaciones internacionales y ciencia política

versão impressa ISSN 1870-3569

CONfines relacion. internaci. ciencia política vol.13 no.24 Monterrey Jan./Mai. 2017  Epub 27-Jan-2025

 

Artículos

Canadá y su relación con Latinoamérica: una cavilación hacia el futuro

Canada and its Relationship with Latin America: a Perspective for the Future

John Kirk1 

Oliver Santín Peña2 

1Universidad de Dalhousie, Nueva Escocia, Canadá.

2Centro de Investigaciones Sobre América del Norte de la Universidad Nacional Autónoma de México.


Resumen:

Este artículo aborda la compleja y problemática relación en años recientes entre Canadá y sus contrapartes latinoamericanos, tomando en consideración los elementos ideológicos, económicos y políticos internos en Canadá, sin los cuales no puede entenderse el rumbo que ha tomado esta relación. Así, mediante un estudio de los antecedentes históricos más visibles, señalaremos la dirección que tomó la política canadiense en el ámbito internacional bajo el gobierno del conservador Stephen Harper y el lugar que ocupó Latinoamérica en su agenda. De esta forma, haremos un balance de la importancia de América Latina para Canadá, al igual que identificaremos los probables rumbos que tomará esta relación bajo la administración liberal que asumió el poder en Canadá a finales de 2015, con el primer ministro Justin Trudeau.

Palabras clave: gobierno canadiense; Stephen Harper; relaciones internacionales; empresas mineras; Justin Trudeau

Abstract:

This article studies the complex and problematic relation which Canada has had in recent years with its Latin American counterparts, and considers the pertinent ideological, economic and internal political elements of Canada needed to understand the direction it has taken. Through an analysis of the most obvious historical antecedents, we assess the direction taken by the government of Conservative leader Stephen Harper, both in terms of Canadian foreign policy in general and Latin America. We study the importance that Latin America has had for Canada, while also identifying potential future directions to be taken by Prime Minister Justin Trudeau, leader of the Liberal party, which took power in late 2015.

Key words: Canadian government; Stephen Harper; Latin America; mining companies; Justin Trudeau

Algunos antecedentes a considerar

En octubre de 2015 se celebró la 42ª elección federal en Canadá, que dio como resultado la llegada de un nuevo gobierno liberal encabezado por Justin Trudeau, poniendo fin así a casi diez años de gobiernos conservadores, con Stephen Harper al frente. El nuevo primer ministro canadiense, Justin Trudeau, es hijo del célebre primer ministro, también de extracción liberal, Pierre Elliot Trudeau, quien gobernó durante los años sesenta, setenta y ochenta. Pierre Elliot Trudeau, quien por cierto hablaba castellano y se declaró en su oportunidad como un frecuente lector marxista, expresó en diversas ocasiones su simpatía y admiración por la revolución cubana. De hecho, en una visita de Estado a Cuba en 1976, Trudeau arengó a los asistentes al final de su discurso con un contundente “Viva Cuba, viva el comandante Fidel Castro”,1 que dejó consternados a los sectores más conservadores de Estados Unidos2 y a los de su propio país.

No obstante, este tipo de eventos que podrían interpretarse más como un ejercicio de reafirmación canadiense frente a los designios estadounidenses durante los años más difíciles de la Guerra Fría, lo cierto es que la presencia canadiense en Latinoamérica fue discreta y de bajo perfil, para evitar sobre todo entrar en conflicto con los intereses de Washington en la región. Así, el gobierno de Ottawa desplegó una estrategia multilateral y de búsqueda de consenso para la solución de conflictos, como fue durante los años ochenta en Centroamérica, en donde Canadá apoyó y colaboró con propuestas al Grupo Contadora, al tiempo en que urgió poner un alto al proceso de militarización. De hecho, Ottawa propuso verificar y monitorear el retiro progresivo de personal militar extranjero de toda la región (Lemco, 1991, p. 125), en alusión a los asesores militares estadounidenses que operaban sobre todo en Honduras y El Salvador. Esto último fue posible al amparo de la práctica canadiense como potencia media, término promovido por académicos como Kim Richard Nossal en los años ochenta y noventa.3

A pesar de estos episodios aislados, la relativa lejanía canadiense con el resto de la comunidad hemisférica continuó bajo la misma dinámica hasta el anuncio del ingreso de Canadá a la Organización de Estados Americanos (OEA) en octubre de 1989. En ese momento, el primer ministro conservador, Brian Mulroney, aseguró que la presencia de Canadá en foros continentales era un singo de la nueva dirección canadiense en sus relaciones con Latinoamérica (McKeena, 1993, p. 253). Incluso, el ministro de asuntos externos de Canadá en aquellos años, Joe Clark, expresó que, con el ingreso de Canadá a la OEA, se creaba un sentimiento de que su país ya formaba parte de la familia latinoamericana (McKeena, 1993, p. 257).

Ahora, pese a este tipo de declaraciones por parte de funcionarios del más alto nivel del gobierno de Ottawa, lo cierto fue que la primera acción oficial de Canadá en la OEA fue apoyar la invasión estadounidense a Panamá en diciembre del mismo año 1989, lo que, sin duda, generó una sensación contradictoria y de desconfianza entre la comunidad latinoamericana respecto de los verdaderos propósitos detrás del ingreso canadiense al organismo hemisférico.4

El paso de los años y la caída del bloque soviético permitió a Canadá intentar desplegar un poco más su presencia en la región y esta se circunscribió, sobre todo, al ámbito comercial y económico, en donde la firma y posterior puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio (TLC) con México -y desde luego Estados Unidos- a partir de 1994, sirvió para comenzar a adentrarse en los mercados latinoamericanos de manera más formal. Así, buena parte de la década de los años noventa y el primer lustro del siglo XXI, Canadá se colocó en una posición de vecino distante, pero interesado en colaborar con la promoción de la democracia y la estabilización de la región. Este tipo de apoyo se manifestó a través de distintos programas que impulsaron la ayuda y pacificación de Centroamérica, así como la difusión de programas académicos que estimulaban el conocimiento de Canadá en la región.

Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar en Canadá a partir de la llegada del conservador Stephen Harper como primer ministro en 2006. Con él, un nuevo estilo de hacer política se impuso en el país. En la arena internacional, la acostumbrada negociación y multilateralismo canadiense fueron dejándose a un lado y, en su lugar, una actitud desafiante, protagónica y selectiva fue predominando en las relaciones exteriores de Canadá, afectando su posición en América Latina.

De acuerdo con lo anterior, y considerando algunos antecedentes, este artículo intenta ofrecer un estudio de las dinámicas en la relación de Ottawa con América Latina. En este trabajo analizaremos, en primer lugar, la evolución de la política de Stephen Harper hacia Latinoamérica durante su gestión de 2006 a 2015. Asimismo, centraremos parte del análisis en ofrecer algunas interpretaciones sobre la dirección que habrá de tomar la política canadiense en la región bajo el mandato del primer ministro liberal Justin Trudeau, quien asumió su cargo a partir de noviembre de 2015. Dicho sea de paso, el gran reto de Trudeau será asumir una postura autónoma y diferenciada de la que ofrece Donald Trump respecto a México y el TLCAN, debido a los intereses canadienses desplegados en dicho país latinoamericano desde los años noventa que lo coloca como el principal socio comercial de Canadá en toda Iberoamérica.

Es preciso señalar que el análisis de la gestión conservadora de Harper ayudará al lector a identificar los principales intereses canadienses desplegados en América Latina, pues estos se constituirán como la base de las prioridades en la región de su sucesor Justin Trudeau.

Unos apuntes históricos

Antes de cavilar hacia el futuro, consideramos imprescindible analizar la realidad de la relación de Canadá con Latinoamérica y estudiar cómo ha ido desarrollándose en años recientes. Para eso es importante recordar que Stephen Harper gobernó nueve años con nueve meses, es decir, del 6 de febrero de 2006 al 4 de noviembre de 2015. Harper asumió el poder como primer ministro en 2006 encabezando un gobierno de minoría tras alcanzar 124 asientos de 308 en disputa. En octubre de 2008, luego de un nuevo proceso electoral adelantado, Harper y el Partido Conservador incrementaron su presencia parlamentaria al lograr 143 curules de los 308 en juego.5

Tres años después, en mayo de 2011, unas nuevas elecciones federales adelantadas se dieron en Canadá y, en esta ocasión, finalmente, Harper lograría alcanzar los asientos necesarios para encabezar un gobierno de mayoría con 166 de los 308 en disputa. Estas elecciones federales de 2011 serían particularmente históricas ya que la izquierda canadiense, representada por el Partido Neodemócrata -o New Democratic Party, cuyo acrónimo es NDP-, alcanzaría por primera ocasión el sitio de primera oposición tras obtener 103 asientos; el Partido Liberal sufriría su peor derrota tras alcanzar solamente 34 asientos; el Bloque Quebequense experimentaría su peor retroceso tras conseguir solo 4 curules; y el Partido Verde alcanzaría, por vez primera, un asiento parlamentario a nivel federal.

De este modo, amparado en un sistema parlamentario que a nivel político y electoral suele sobrerepresentar a los partidos políticos tradicionales en Canadá, liberales y conservadores, y al mismo tiempo, otorga un gran poder a sus primeros ministros, Stephen Harper fue capaz de tomar una serie de decisiones polémicas de alto impacto en la política canadiense a nivel interno y externo. Lo anterior pese a encabezar dos periodos de gobiernos minoritarios de 2006 a 2011. En este sentido, exprimeros ministros conservadores como Brian Mulroney o Joe Clark, se convirtieron en duros críticos del gobierno de Harper. Por ejemplo, Mulroney condenó las malas relaciones entre Stephen Harper y Barack Obama; su decisión de cerrar la Canadian International Development Agency en 2013; la aparente falta de interés en asuntos africanos; y, sobre todo, el hecho de que, en 2010, Alemania y Portugal le ganaran a Canadá la elección en la ONU para conseguir un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad. Por su parte, Joe Clark expresó abiertamente que Harper solía manifestar desprecio hacia el tradicional multilateralismo canadiense e, incluso, afirmaría:

Canadá ha estado deslizándose hacia un segundo plano en las organizaciones multilaterales formales y en tratados en los cuales nuestro país había jugado tradicionalmente un papel central… Canadá fue el primer país firmante del Protocolo de Kioto en desconocer dicho acuerdo. Para 2013, nosotros hemos sido también el único país de 194 miembros de la ONU en retirarnos de la Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación cuya creación fue dirigida por los gobiernos de Mulroney (conservador) y Chrétien (liberal). En esa ocasión abandonamos la convención -de acuerdo con el primer ministro- porque, no es una forma eficaz de gastar el dinero de los contribuyentes (Clark, 2012, pp. 89-90).

Es claro que Canadá fue experimentando algunos cambios de dirección en su política internacional bajo la administración de Harper, quien se empeñó en establecer una nueva forma de hacer política hacia el exterior. En este sentido, y respondiendo a los cuestionamientos acerca del activismo canadiense en favor de Israel, el ministro de asuntos externos conservador, John Baird, dijo: “Nosotros no somos árbitros, nosotros tenemos un lado, y ese lado está, enfáticamente, con Israel” (Clark, 2012, pp. 79-80).

Al final de cuentas es obvio que, durante un periodo de gobierno de casi diez años, la dirección política de un país pueda resentir de uno u otro modo la influencia de su gobernante, sobre todo si este goza de una mayoría parlamentaria durante su último periodo, como fue el caso de Harper de 2011 a 2015. Por ello señalamos que el primer ministro canadiense logró redireccionar de manera absoluta la política exterior de su país sin buscar siquiera un consenso al interior del Parlamento. Por eso es muy interesante conocer cuáles serán las estrategias que implementará su sucesor liberal, Justin Trudeau, para definir nuevas directrices en la política exterior canadiense.

La política internacional bajo el gobierno de Stephen Harper

Si algo puede afirmarse en cuanto a la política exterior del gobierno de Stephen Harper es que esta fue clara. Durante su periodo de gobierno pudieron apreciarse cuatro tendencias básicas: 1) apoyar al gobierno de Petro Potroshenko en Ucrania contra la política de Vladimir Putin, a quien ha criticado abiertamente y con frecuencia; 2) defender con pasión las políticas del gobierno de Benjamín Netanyahu, y en particular el derecho que tiene Israel a defenderse, al mismo tiempo en que ha buscado afectar los intereses palestinos; 3) una mala relación con el gobierno de Barack Obama, característica muy extraña para un primer ministro canadiense, dados los estrechos vínculos económicos, comerciales, políticos y militares entre ambos países; 4) apoyar la guerra contra el Estado islámico -o ISIS- con aviones, personal y asesoría militar.

Una vez identificadas estas cuatro tendencias de la política exterior de Harper, podemos afirmar que la política internacional de Canadá se basó en intereses de grupos locales bien identificados, y esta es una observación por demás relevante de nuestro artículo. Veamos por qué:

En lo que corresponde a la posición frontal de Harper en contra de los intereses rusos en Ucrania, y en particular en su beligerancia en contra del presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, destacó el hecho de la influencia que tenía y sigue teniendo la comunidad ucraniana en Canadá, sobre todo en la provincia de Alberta, tradicional base de apoyo conservadora, pues desde ahí se parapeta ideológicamente la derecha más conservadora del país a nivel nacional, así como sus principales bases electorales.

Por otra parte, el apoyo irrestricto de Harper al gobierno de Netenyahu en Israel respondió de igual modo a la influencia económica y política de la comunidad judía en Canadá, así como a las convicciones religiosas del propio Stephen Harper, quien profesa la religión evangélica y es un firme convencido de que la segunda venida de Cristo será posible solo en la medida en que el pueblo judío sea reunido de todos los confines del mundo en Israel (Engler, 2012, p. 114). Del mismo modo, el gobierno conservador canadiense hizo todo cuanto tuvo a su alcance para impedir que la Autoridad Nacional Palestina se incorporara como miembro con pleno derecho a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en 2011, o que se integrara como Estado observador a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 2012. En ambos intentos, Ottawa fracasó.

Respecto a las malas relaciones con Barack Obama, muy pronto fue evidente la antipatía que profesó Harper a su homólogo estadounidense. Esto, sobre todo, después de la negativa expresada por Obama para poner en marcha el oleoducto Keystone, que buscó dar salida al petróleo no convencional generado por la explotación de arenas bituminosas en la provincia de Alberta, al oeste de Canadá, el cual requiere de una salida rápida hacia el corazón de Estados Unidos -en Nebraska- y hacia el Golfo de México. No obstante, Barack Obama expresó repetidamente sus reservas para finalizar y dar luz verde a este proyecto por razones ambientales, hasta que en febrero de 2015 -tras la aprobación de dicho proyecto por parte del Congreso de mayoría republicana- Obama decidió vetar definitivamente todo el proyecto. La respuesta de Harper fue señalar que una vez que Obama dejara la presidencia, su sucesor aprobaría la finalización del oleoducto (McCarthy, 2015). Esta situación finalmente se produjo en enero de 2017 cuando el presidente Donald Trump, firmó una orden ejecutiva para concluir la construcción del oleoducto Keystone y hacer posible su puesta en marcha, noticia que, debe señalarse, fue bien recibida por el gobierno liberal del primer ministro Justin Trudeau.6

Otra diferencia entre Obama y Harper se produjo en la Cumbre del G-8 de 2010, Barack Obama pidió a los países más ricos mantener estímulos fiscales y apoyar al sector público con mayores inversiones para recuperar la economía internacional, mientras que Stephen Harper, en el mismo evento, contradijo totalmente la postura de Obama al insistir en que los países del G-8 debían reducir sus déficits a través de recortes al gasto público (Calmes & Chan, 2010).

Ahora, en lo que atañe a las operaciones militares canadienses para combatir al Estado islámico, el gobierno de Harper se encontraba activo con la participación de aviones militares canadienses en cientos de misiones en contra de posiciones de ISIS en Siria. Esta actividad militar de Canadá se intensificó después de dos eventos en territorio canadiense protagonizados por adeptos a este grupo criminal internacional. En este sentido, el atentado que mayor atención internacional atrajo fue el tiroteo al interior del Parlamento canadiense en Ottawa en octubre de 2014, en donde un sujeto armado mató a un soldado canadiense que montaba guardia a las afueras del recinto y, posteriormente, se internaría al complejo legislativo en donde sería abatido por personal de seguridad. Estos acontecimientos dieron mayor fuerza a la política agresiva y belicosa que Harper puso en marcha en su estrategia de combate al terrorismo internacional.

En lo que corresponde a Latinoamérica, a pesar de la retórica política empleada por la administración de Harper, y con la gran excepción de las inversiones canadienses en la industria minera en la región, América Latina no fue de gran importancia para su gobierno. En cambio, un tema habitual fue criticar los abusos a los derechos humanos cometidos en Cuba y Venezuela, mientras que, al mismo tiempo, fue evidente la displicencia canadiense frente al Golpe de Estado en Honduras en 2009 o el Golpe Parlamentario en Paraguay en 2012, en donde el gobierno de Harper no solo no criticó dichos acontecimientos, sino que los defendió y justificó. En este sentido, afirmamos que la política de Harper tendió a ser selectiva en el continente.

La relación con Latinoamérica

Una vez creado un marco temático, señalaremos las principales aristas de las relaciones canadienses con Latinoamérica durante los casi diez años de gobierno de Stephen Harper. Tal y como lo hemos referido, el comercio y la inversión entre Canadá y la región ha ido creciendo y es menester de funcionarios públicos de ambas partes resaltar esta dinámica y creciente actividad. Sin embargo, dicha relación, en realidad, no es tan espectacular, ya que languidece frente al comercio canadiense con Estados Unidos, Asia o Europa. La tabla 1 documenta esta afirmación con datos de 2015 sobre el comercio de Canadá con varias regiones del mundo.

Tabla 1 Comercio de Canadá con el mundo por región en 2015.Millones de dólares canadienses (CAD) 

Región Exportaciones % cambio Importaciones % cambio Comercio % cambio
EE.UU. 364,696 -3.1 284,945 2.3 649,641 -0.8
Asia/Oceanía 52,723 2.6 117,509 12.9 170,232 9.5
Europa 38,938 -6.5 70,146 6.3 109,085 1.3
Latinoamérica 13,868 3.8 47,866 3.9 61,734 3.8
Otros 9,376 -1.8 14,690 -15.8 24,066 -10.9
Total 479,601 -2.5 535,156 4.5 1,014,757 1.1

Fuente: Asia Pacific Foundation of Canada. Canada’s Trade with the World, by Region. http://www.asiapacific.ca/statistics/trade/regional-trade/canadas-trade-world-region

Como puede notarse, en la relación de Canadá y Latinoamérica hay un desbalance notable entre exportaciones e importaciones. Según datos oficiales del gobierno canadiense,7 los países latinoamericanos con mayor intercambio comercial con Canadá fueron: México, con importaciones canadienses en 2015 de 7 912.1 millones CAD y exportaciones a Canadá de 18 369 millones CAD; y Brasil, con 2 318.7 millones CAD en importaciones y 3 157.3 millones CAD en exportaciones.8

En términos de la inversión canadiense en Latinoamérica, hay dos industrias básicas en donde se concentra el capital canadiense: la minería y los servicios financieros. Un ejemplo claro del alcance de la banca canadiense es Scotiabank, con sucursales en 13 países de Latinoamérica. En México, por ejemplo, tiene unas 508, además de otras 45 para una sección especializada en las inversiones. Con respecto a la industria minera canadiense, en la región se ha calculado que las empresas canadienses obtienen 18.7 billones CAD en productos mineros cada año, y emplean a 150 000 personas en la región.9

Un estudio detallado sobre el impacto de las empresas mineras canadienses en América Latina presentó datos que ilustran el tamaño de esta inversión. Por ejemplo, en 2013, la Bolsa de Toronto (Toronto Stock Exchange) señaló que existían 1 619 empresas mineras listadas y estas contaban con 4 322 proyectos fuera de Canadá, 1 526 de los cuales estaban en el hemisferio. Los países en donde estas corporaciones son más activas resultaron: México, con una inversión de 20 billones CAD; Chile, 19 billones CAD; y Estados Unidos, 17 billones CAD. Con relación al número de empresas canadienses en la región, también se observa una concentración: para 2012, había 67 en Argentina, 50 en Brasil, 55 en Chile, 39 en Colombia, 17 en Brasil, 201 en México y 89 en Perú. Con relación a proyectos mineros, según la Bolsa de Toronto -al final de la administración de Stephen Harper-, las empresas canadienses participaban en unos 228 en Argentina, 154 en Brasil, 145 en Chile, 86 en Colombia, 585 en México y 231 en Perú.10

Este sector ya es imprescindible para entender los alcances de los intereses canadienses en toda la región. Se calcula, por ejemplo, que las empresas canadienses controlan entre 50 y 70 % de la industria minera en toda América Latina. Empresas como Barrick Gold, Yamana Gold, Teck y Goldcorp son las más importantes, y han aprovechado el firme apoyo que les brindó el gobierno canadiense durante la era Harper. Debido a este incremento de intereses e inversión de mineras canadienses, estas han sido objeto de muchos estudios, algunos de ellos sumamente críticos.11 Pese a ello, Ottawa ha ofrecido una interpretación muy diferente del papel de las empresas mineras canadienses, tal y como lo demuestra el discurso ofrecido por Harper en la VI Cumbre de las Américas en Cartagena, Colombia, en abril de 2012. En ella señaló que la industria minera:

Constituye más del 20 % de nuestras exportaciones y, en términos de su valor por el mundo entero, tiene unos $200 billones en bienes. Un 60 % de las empresas mineras internacionales está listado en la Bolsa de Toronto… Mirando hacia el futuro, vemos una inversión mayor canadiense por las Américas, algo que será mutuamente beneficioso para nuestra prosperidad. Por eso es una prioridad de nuestro gobierno. Estamos dispuestos a compartir nuestros conocimientos en esta área porque, como parte de nuestra estrategia en las Américas, queremos promover la prosperidad, la democracia y la seguridad por todo el hemisferio (Government of Canada, 2012).

Incluso gran parte de la ayuda de desarrollo bilateral que se otorga a los países en desarrollo se ha entregado a empresas mineras, apoyando oficialmente obras “sociales” en comunidades mineras. En otras palabras, el gobierno de Harper encontró la forma de subvencionar a las empresas mineras de su país mediante proyectos de desarrollo social para países latinoamericanos, desvirtuando así el tradicional espíritu de solidaridad y ayuda a los más necesitados puesta en marcha por administraciones anteriores, tanto liberales como conservadoras.

Es preciso señalar, en este momento, que la mencionada “ayuda” tuvo sus orígenes en la convicción ideológica del gobierno de Harper de que el sector privado debe guardar un papel central en el desarrollo de la economía, y que el apoyo que se da a las comunidades mineras puede ser mutuamente beneficioso para el pueblo local y la empresa minera. Solo por citar un ejemplo, Perú -país que se caracterizó por llevar una buena relación con el gobierno de Harper- recibió 16 millones CAD para mejorar prácticas de medio ambiente en el sector minero del país, así como otros 17.4 millones CAD a tres áreas para promover un espíritu de competitividad económica en las comunidades peruanas (Campbell, 2013).

A pesar de este tipo de casos publicitados por Ottawa, existen informes detallados como los que distribuye periódicamente el Canadian International Council, en donde se señala que la inversión canadiense en el sector minero es cada vez más controversial. Hay preocupaciones legítimas con respecto al impacto de tales inversiones sobre los trabajadores locales, el medio ambiente y la capacidad reguladora de los gobiernos en los países donde existen estas inversiones (Randall, 2010).

En este sentido, el caso de la minera Goldcorp, en los estados de Zacatecas y Guerrero (México), resulta muy paradigmático, pues los desarrollos de Los Filos, en Guerrero y Peñasquito, en Zacatecas, han tenido diversos problemas con las comunidades locales. En el caso particular de Zacatecas, las comunidades involucradas afirman que la explotación del complejo minero ha provocado que los pozos de agua de sus comunidades se sequen gradualmente, generando desabasto o agua contaminada que afecta las actividades agrícolas y ganaderas de toda la región (Garibay, Boni, Pánico y Urquijo, 2014).

Dicho esto, cierto es que las relaciones del gobierno canadiense con América Latina han venido tornándose problemáticas en ciertos aspectos. Por ello, en un intento por documentar esta situación, es que hemos decidido incluir tres citas que ilustran claramente la esencia conservadora -y muchas veces reaccionaria- de la política del gobierno Harper hacia la región.

La primera: en la Cumbre de las Américas de Cartagena, en abril de 2012, el primer ministro Stephen Harper, rechazó por segunda vez la participación de Cuba en la misma. Esta postura generó profundo malestar en el resto de los gobiernos latinoamericanos que se declararon a favor de la inclusión cubana. En esa ocasión, Harper declararía: “Aunque no estamos de acuerdo con la política de aislar a Cuba, sí creemos que la Cumbre de las Américas debería limitarse a los países democráticos. Además, pensamos que se debería animar a Cuba a participar en el futuro, pero como un país democrático.” (Ditchburn, 2012).

La segunda: frente a la noticia de la muerte del Presidente Hugo Chávez, en marzo de 2013, Stephen Harper declaró: “En este momento clave, espero que ahora el pueblo de Venezuela logre construir para todos un mejor futuro basado en los principios de libertad, democracia, la ley, y respeto por los derechos humanos” (Government of Canada, 2013). Desde luego, la respuesta del gobierno de Venezuela no se hizo esperar y en un comunicado oficial manifestó a Ottawa que las expresiones del primer ministro Harper eran insensibles e impertinentes y que Venezuela era un país socialista, independiente y soberano (Noticias Montreal, 2013).

La tercera: en un comunicado fechado el 9 de julio de 2013, todos los países de la OEA condenaron la decisión de varios países europeos de no permitir aterrizar el avión del Presidente boliviano Evo Morales para reabastecer combustible. Esto por sospechas de EE.UU. de que al interior del avión se encontraba Edward Snowden, quien, en mayo de 2013, reveló en una entrevista al diario británico The Guardian, que él en su calidad de exempleado de la Central de Inteligencia Americana (CIA), como experto en informática y como administrador de sistemas dentro de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), contaba con evidencias que involucraba en actos de espionaje al gobierno de Estados Unidos, tanto a nivel interno como a nivel internacional (CBC News, 2013).

Ante ello y frente a un acto de hostigamiento a un gobierno latinoamericano, los representantes de todos los países de la región decidieron apoyar un comunicado que condenaba la acción en contra de Evo Morales en Europa; sin embargo, los gobiernos de Washington y Ottawa fueron los únicos del hemisferio que decidirían no secundar tal comunicado.12

Ahora bien, debemos señalar que, si bien el gobierno de Harper jugó un papel central en el acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, al permitir que en su territorio se llevaran a cabo una serie de reuniones secretas entre representantes de Washington y La Habana en 2014, para elaborar un plan a fin de reanudar sus relaciones diplomáticas, lo cierto es que los fundamentos ideológicos de derecha que esgrime Harper no sufrieron contradicción alguna.

Como ejemplo, debemos mencionar que, en un acto oficial en Canadá, en 2014, frente al representante de la Corona británica, Harper justificó la construcción de un inmenso monumento en Ottawa conocido como: memorial a las víctimas del comunismo. Esta construcción contempla aproximadamente 2 mil metros cuadrados, alcanza los 14 metros de altura y su costo se estimó en alrededor de 8 millones CAD. En este acto, Stephen Harper afirmó:

Durante el siglo XX, la ideología venenosa y las prácticas sin escrúpulos del comunismo corrieron como sangre por todos los países del mundo, en casi todos los continentes… Cualquier nombre que se le quiera imponer -el nazismo, el marxismo-leninismo, hoy se emplea mucho el ‘terrorismo’- todas estas ideologías tienen un aspecto en común: la destrucción, el final de la libertad humana (Senator Thanh Hai, NGO, 2014).

Con posturas como la anterior, Stephen Harper logró construirse una imagen en el imaginario colectivo canadiense como un político coherente con sus principios y firme en sus decisiones más allá de las tradiciones y el prestigio diplomático de su país.

Ahora, en lo que corresponde a Latinoamérica, el exprimer ministro Harper adoptó una posición férrea frente a la serie de cambios que vinieron sucediéndose en la región en los últimos años con la llegada de gobiernos de izquierda y centro izquierda al poder; desde Hugo Chávez en Venezuela, hasta Lula da Silva en Brasil; Evo Morales en Bolivia; José Mujica en Uruguay; Rafael Correa en Ecuador; Fernando Lugo en Paraguay; Néstor Kishner en Argentina; Daniel Ortega en Nicaragua, entre muchos otros.

El principal problema para Harper fue que su ideología conservadora reforzada en regiones aisladas del oeste canadiense, lo hicieron aferrarse a elementos ya superados y muy cuestionados en toda la región latinoamericana, como fueron: el Consenso de Washington, la aplicación forzada del neoliberalismo y la inversión extranjera como motor de la economía del mundo en desarrollo. Asimismo, los acuerdos de libre comercio en donde el TLCAN -con EE.UU. y México ocupa un lugar central- o el fortalecimiento y puesta en marcha de otros acuerdos comerciales con diferentes países del hemisferio, como Honduras, Panamá, Colombia, Perú, Costa Rica y Chile, parecerían haber sido uno de los elementos centrales que el gobierno de Harper pretendió efectuar con rigor en sus relaciones con América Latina.

Y es que, en realidad, hasta cierto punto, las relaciones con Latinoamérica bajo el gobierno Harper fueron exitosas en el aspecto económico y comercial, pues varios ministros en su gabinete llevaron a cabo diversas giras de trabajo a la región. Por ejemplo, el canciller canadiense John Baird visitó doce países de la región en 2013: Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, México, Cuba, Perú, República Dominicana y Panamá.

Empero, a nivel político se expusieron claramente las malas relaciones que tuvo Stephen Harper con la región, en donde las Cumbres de las Américas servirían para poner en evidencia que Canadá -junto a Estados Unidos- fue aislado frecuentemente en diversas reuniones y posiciones de la región iberoamericana en su conjunto. De hecho, este aislamiento canadiense fue mencionado en un informe confidencial de 2009 que preparó la Embajada de EE.UU. en Ottawa, y que publicó Wikileaks. En este informe, un diplomático estadounidense se refirió a la actitud de su contraparte canadiense: “Añadió que Canadá le da mucha importancia al proceso de las Cumbres, sobre todo porque se encuentra cada vez más ‘des invitado [sic] a la mesa’: los latinos...no quieren que Estados Unidos participe en reuniones, y ven a Canadá como extensión de Estados Unidos” (Wikileaks, 2009).

Por otro lado, tampoco deben minimizarse las graves tensiones que han existido entre Ottawa y algunos países de la zona. Entre estos, destaca sin duda el caso de México por la imposición de visas en 2009 a sus ciudadanos que visiten Canadá, cuestión que generó profunda molestia en el gobierno mexicano. También debe incluirse el tema de las miles de solicitudes de refugio de mexicanos hacia Canadá, situación que, de hecho, fue esgrimida por Ottawa para justificar su nuevo requerimiento de visado de forma unilateral.

También, el caso de espionaje energético canadiense a Brasil generó un roce bastante serio entre el gobierno de Stephen Harper y el de Dilma Rousseff. En 2013, se dio a conocer -según datos entregados por Edward Snowden y revelados por el periodista estadounidense Glen Greenwald- que el gobierno conservador de Stephen Harper había llevado a cabo labores de espionaje en contra de funcionarios del gobierno brasileño, en especial del Ministerio de Minas y Energía, con el fin de obtener de manera ilícita información privilegiada que otorgara ventajas a las corporaciones trasnacionales canadienses del ramo energético que operan no solo en Brasil, sino en toda Sudamérica (Freeze & Nolen, 2013).

Asimismo, debe incluirse el franco apoyo de Harper a los gobiernos golpistas de Honduras, en 2009, y Paraguay, en 2012, en donde los intereses económicos y de corporaciones mineras canadienses se vieron comprometidos, dando como resultado una serie de acciones gubernamentales canadienses en favor de dichos gobiernos, emanadas de acciones legales, pero ilegítimas, en donde sus respectivas oligarquías encontraron los mecanismos para deponer a los gobiernos nacionalistas de Manuel Zelaya, en Honduras, y Fernando Lugo, en Paraguay.

El tema de América Latina en las campañas electorales federales canadienses de 2015

El proceso electoral de octubre de 2015 en Canadá se dio en medio de un escenario político muy polémico y divergente entre el primer ministro Stephen Harper y sus dos principales contendientes: Justin Trudeau, líder del Partido Liberal, y Thomas Mulcair, líder del Partido Neodemócrata. Este encono entre conservadores, liberales y neodemócratas permeó de igual manera a amplios sectores informados de la sociedad de Canadá, ya que, a nivel interno, la revolución conservadora puesta en marcha por Harper durante su periodo mayoritario, llevó a la opinión pública a concentrar la atención en las demandas internas de mayor apremio frente a escenarios de recesión económica.

Ante este esquema nacional canadiense de inminente recesión económica y recortes a diversos rubros de alcance social, los temas de política exterior fueron un asunto secundario. Pese a ello, algunos temas lograron atraer la atención de los líderes en contienda. En este sentido, destacaron discusiones en torno al mantenimiento o no de las operaciones militares en contra de ISIS; las condenas al gobierno de Bashar al-Assad, en Siria; las malas relaciones con Rusia y Vladimir Putin; el activismo canadiense en favor de Ucrania en su conflicto con Rusia; las divergencias con Barack Obama; el rompimiento de relaciones diplomáticas con Irán, o la política de apoyo a Israel.

Sin embargo, ni liberales ni conservadores mencionaron a Latinoamérica en su conjunto durante sus discursos oficiales. Solo el Partido Neodemócrata (NDP) hizo algunas declaraciones aisladas sobre el rumbo que la política canadiense debía seguir hacia Latinoamérica.

El líder liberal, Justin Trudeau, centró su atención en mejorar las relaciones con sus vecinos y socios más cercanos: Estados Unidos y México. Respecto a EE.UU., señaló en reiteradas ocasiones su convicción de acercarse a su contraparte en Washington respetando su posición de rechazo frente a la puesta en marcha del oleoducto Keystone. En cuanto a México, Trudeau lamentó las divergencias entre ambos países y prometió levantar el requisito de visado. En general, el líder liberal lamentó los problemas bilaterales que existían entre su país y los gobiernos de Washington y México a causa de la política fallida de Harper, quien incluso canceló la cumbre programada en territorio canadiense de febrero de 2015 entre los líderes de los tres países miembros del TLCAN.

En este sentido, la visita de Estado de Justin Trudeau a Estados Unidos en marzo de 2016 y el caluroso recibimiento de Barack Obama, así como el levantamiento de visa a ciudadanos mexicanos puesta en marcha a finales de 2016, fueron claras manifestaciones de un mayor acercamiento con sus contrapartes en Estados Unidos y México, lo que sin duda fortaleció la imagen del primer ministro Trudeau en Norteamérica.

En cuanto al libre comercio con países latinoamericanos, Justin Trudeau insistió en que las controversias respecto a los tratados de libre comercio con Honduras y Colombia serían analizadas para saber si dichas críticas eran aún vigentes, sobre todo por los señalamientos de grupos civiles en cuanto a abusos a derechos humanos en Colombia, y por el turbio manejo de la crisis política que tuvo Canadá durante el Golpe de Estado en contra de Manuel Zelaya en Honduras, en 2009, aunque hay que añadir que el propio Trudeau expresó que él no se encontraba dispuesto a anular dichos acuerdos.

En lo que corresponde al Partido Neodemócrata, durante la campaña, mostró un poco de mayor interés por Latinoamérica y la necesidad de instrumentar una nueva política integral hacia la región. De hecho, en varias ocasiones, el portavoz de campaña neodemócrata de asuntos internacionales, Paul Dewar, indicó algunos cambios de dirección necesarios. Por ejemplo, insistió en que las empresas mineras canadienses en Latinoamérica tendrían que adoptar una mayor responsabilidad social. En este sentido, se proponía crear una oficina de Ombudsman para asegurar que las empresas mineras reflejaran valores canadienses, protegiendo los derechos humanos de personas que laboran en las mismas. Respecto a México, el líder neodemócrata Thomas Mulcair también prometió levantar el requisito de visado para el país.

En materia de cooperación y apoyo al desarrollo, liberales y demócratas criticaron los agudos recortes al presupuesto ejecutados por el gobierno conservador, pues sus apoyos se circunscribían a desarrollos mineros en la región. Es decir, durante la administración conservadora, Canadá destinó fondos públicos de apoyo al desarrollo en América Latina, pero solo en aquellos países que ofrecieran facilidades para la llegada de empresas mineras. Así, de nueva cuenta, la política selectiva de Harper fue puesta en evidencia en sus relaciones con el exterior y, de manera particular, en América Latina.

Después de una campaña particularmente larga, la noche del 19 de octubre de 2015, el Partido Liberal y su líder, Justin Trudeau, se alzaron con el triunfo y no solo eso, sino que alcanzaron un inesperado gobierno de mayoría tras lograr 184 de los 338 asientos en disputa.13 Estos números permitirían al nuevo gobierno liberal un amplio margen de maniobra, ya que no haría necesaria la negociación con otros partidos, entre ellos el Partido Neodemócrata. Al mismo tiempo, permitiría la aplicación de una serie de políticas a nivel interno y externo sin el consenso con los demás partidos representados en el Parlamento, que únicamente podrían criticar las reformas por venir; pero, de ninguna manera, impedir su aplicación directa gracias al carácter mayoritario del gobierno liberal entrante.

En estas elecciones, Stephen Harper lograría mantener su asiento por un distrito de Calgary en la provincia de Alberta. No obstante, anunciaría su renuncia como líder del Partido Conservador, dando pasó a un proceso interno para elegir nuevos liderazgos emergentes del partido que él mismo fundó en 2003. Cabe destacar que la derrota de Harper hizo evidente el hartazgo de la mayoría de la población en Canadá después de 9 años y 9 meses de gestión, pues el balance arroja que el 68 por cierto de los votantes repudiaron la continuidad conservadora en Canadá.

¿Hacia dónde va la relación canadiense con Latinoamérica?

Debido a la profundidad, alcance e intereses económicos involucrados durante la era Harper en su relación con América Latina, podemos señalar que no habrán de gestarse cambios sustanciales en la política canadiense hacia la región no obstante el cambio de gobierno con los liberales al frente. Esta afirmación obedece, en gran parte, a que las prioridades del gobierno canadiense continuarán siendo: la lucha contra el Estado islámico, las tensiones con Rusia y sus diferencias con Ucrania, el papel de Canadá en el Medio Oriente y su relación con Israel; pero, sobre todo, redireccionar y fortalecer las relaciones con el gobierno entrante de Donald Trump intentando, en la medida de lo posible, evitar roces con su administración.

Ciertamente, en el primer año del gobierno de Justin Trudeau, ha podido notarse un viraje notable en algunos rubros de la política internacional del país. Por ejemplo, se han detenido los bombardeos de parte de aviones canadienses en Siria y se ha decidido renovar relaciones diplomáticas con Irán (rotas por Harper). Se ha declarado un fuerte interés en participar en varias iniciativas multilaterales de las Naciones Unidas, sobre todo con relación a derechos humanos y cambio climático, tal y como lo expresó el primer ministro en la Cumbre de París sobre medioambiente. Al mismo tiempo, Canadá ha aceptado a más de 35 000 refugiados de Siria, la mayor parte con apoyo del gobierno. Las tensiones entre Ottawa y Moscú se han reducido y Canadá ha aceptado formar parte del Grupo de Apoyo Internacional para Siria, encabezado por Estados Unidos y Rusia.

En la región continuará el enfoque de afianzar las relaciones económicas y comerciales con México, pues desde la puesta en marcha del TLCAN, el comercio bilateral se ha multiplicado. Por ejemplo, en 2014, el comercio bilateral alcanzó 32 billones CAD (Ragan, 2015), un aumento de casi 800 % desde el inicio del propio TLCAN, en 1994. Ahora, con relación al contacto de pueblo a pueblo, México ocupa un puesto muy alto para Canadá. Según la Embajada canadiense en México, en términos de destino turístico, México ocupa el segundo lugar con 1.8 millones de visitas cada año, solo detrás de EE.UU., mientras que unos 50 000 canadienses viven de manera permanente en territorio mexicano (Embajada de Canadá en México, 2016). Al mismo tiempo, alrededor de 20 000 trabajadores agrícolas mexicanos, año con año, se trasladan a Canadá bajo el programa de trabajadores agrícolas temporales México-Canadá, que se inauguró en 1974. Todo parece indicar que estas tendencias bilaterales continuarán, o al menos encontrarán otras vías para fortalecerse, al margen de las decisiones que tome Donald Trump con relación al TLCAN y México.

Ahora, el tema del levantamiento de visa para turistas mexicanos llevado a cabo por el gobierno de Trudeau en diciembre de 2016 es, sin duda, una muestra de la buena voluntad del gobierno liberal canadiense. Aunque, también debe señalarse, es producto de una serie de medidas más estrictas que buscan evitar las peticiones falsas de asilo en Canadá, medidas que, por cierto, fueron implementadas por la administración conservadora anterior encabezada por Stephen Harper.

En lo que corresponde a la inversión canadiense en la región, esta habrá de mantenerse y, tal vez, incrementarse en el sector minero. En tal sentido, debemos establecer que Canadá basa buena parte de su prosperidad en la explotación de recursos naturales. Es, sin duda, un país minero por excelencia, ya que, según fuentes del gobierno de Canadá, se considera que, alrededor del 75 % de las empresas mineras que operan a nivel global, son de capital canadiense.14 Ello nos plantea un escenario en donde, si bien las inversiones mineras se mantendrán en Latinoamérica durante el gobierno liberal de Trudeau, lo cierto es que será necesario un viraje en el planteamiento de las relaciones de las propias mineras con las poblaciones que reciben dichos complejos; de lo contrario, la imagen canadiense en la región mantendrá su tendencia a la baja debido al creciente número de conflictos actuales y por venir.

Algo muy interesante para el gobierno de Justin Trudeau será la forma de abordar el apoyo económico que brinda su país a naciones en desarrollo y su vínculo con la industria minera y el sector privado, ya que, como vimos, su antecesor relacionó y condicionó dichos apoyos. En este sentido, los liberales tienen una oportunidad para cambiar dicho enfoque y marcar una diferencia clara, pues los gobiernos liberales tienden a valorar mucho la imagen internacional de su país para ganar espacios e influencia en foros multilaterales.

Por otra parte, un reto muy importante para Canadá y para varios países latinoamericanos será el impacto de un posible Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación o Trans-Pacific Parternship, mejor conocido por su acrónimo en inglés como TPP. Lo anterior, pese a la postura contraria que ha asumido el presidente de EE.UU. Donald Trump respecto al TPP, el cual, si bien en estos momentos se encuentra cancelado, no hay que descartar que en un futuro cercano una nueva administración estadounidense vuelva a poner este tema como un asunto estratégico en su comercio internacional.

Es importante señalar que el TPP era un acuerdo regional extremadamente ambicioso, ya que constituía un 40 % del PIB global.15 Como indica la tabla 2, ya existe un comercio bilateral activo entre Canadá y los países que potencialmente iban a integrarse al mismo, pero el atractivo de ofrecer comercio sin barreras arancelarias, o tarifas muy reducidas, hará de este tratado un tema muy atractivo en los años por venir, si bien ya tocará a otras administraciones enfrentar el reto.

Tabla 2 Comercio total de Canadá con países del TPP (USD millones) 

PIB en billones de USD País Comercio total de Canadá
$1,827 Canadá -----------
$1,560 Australia $3,451
$16 Brunei $31
$277 Chile $2,555
$16,770 Estados Unidos $606,022
$4,920 Japón $24,393
$313 Malasia $2,962
$1,261 México $32,113
$185 Nueva Zelanda $910
$202 Perú $3,682
$297 Singapur $2,274
$171 Vietnam $2,571

Fuente: Christopher Ragan, “An opportunity for Canadian dairy to expand and export”, Globe and Mail.

Lo que debe señalarse es que un TPP podría haber acercado muchísimo más a México y Canadá, pero al mismo tiempo alejar al propio Canadá del resto de los países de la región. La razón se halla en que, durante 2015, se generó un debate entre los países involucrados y en él se buscó incrementar los límites de piezas de repuesto para automóviles de acuerdo con los valores establecidos en el TLCAN. Esta posibilidad afectaba principalmente a México y Canadá como suministradores de dichas piezas para el mercado estadounidense.

Por ello, ambos países encontraron coincidencias y establecieron posturas conjuntas para frenar tales discusiones y su eventual aprobación que estaría por verse. Sin embargo, esta cooperación entre los socios del TLCAN (Canadá y México) en favor del TPP, entrañaba una amenaza para el comercio canadiense con el resto de América Latina, pues dicho TPP representaba enormes beneficios comerciales y de inversión para Canadá, lo que podría convertir a este posible acuerdo transpacífico en el eje del futuro económico canadiense, disminuyendo las relaciones con el resto de los países latinoamericanos, a excepción de la industria minera. Sin embargo, como ya se señaló, la llegada de Donald Trump pone al TPP como un proyecto fallido, al menos mientras dicho personaje se mantenga en la Casa Blanca.

Conclusión

En 2007, el primer ministro Stephen Harper declaró que mejoraría sus relaciones con el resto del continente y que eso sería una prioridad para Canadá. En términos generales, la estrategia oficial canadiense consistió en: 1) aumentar las oportunidades comerciales; 2) contribuir a resolver problemas de inseguridad, apoyar la democracia y los derechos humanos; y 3) desarrollar relaciones duraderas. Ciertamente, el primer objetivo se cumplió, ya que, desde 2007, el comercio bilateral entre Canadá y Latinoamérica se incrementó en más de un 40 %, esto según datos del departamento de asuntos externos de Canadá,16 incluso la inversión se duplicó. No obstante, el segundo objetivo no se cumplió a cabalidad, ya que Canadá ha hecho poco para contribuir al bienestar democrático de la región y sí, por el contrario, la ha debilitado apoyando gobiernos golpistas tal y como hemos mencionado. El tercer apartado, “desarrollar relaciones duraderas”, quedará pendiente, pues es un plan a futuro que deberá asumir el gobierno liberal de Trudeau.

Es cierto que el cambio de gobierno de 2015 representa una muy buena oportunidad para dar un nuevo giro a la política exterior canadiense. Sin embargo, es cierto también que hacen falta muchos cambios, pues durante la era Harper Canadá perdió credibilidad y confianza en la arena internacional.

Las tensiones canadienses innecesarias con el gobierno de Washington por el oleoducto Keystone y la genuina antipatía entre ambos gobernantes (Harper y Obama), la belicosidad desconcertante conservadora, el discurso estridente de Harper en foros internacionales, las posiciones comprometedoras en el Medio Oriente con su apoyo a Israel y su animadversión frente a buena parte de la comunidad latinoamericana, serán solo algunos elementos por superar para Justin Trudeau en el corto y mediano plazo. No obstante, debe señalarse que la llegada de Donald Trump compromete algunos temas de la agenda liberal canadiense, como puede ser su postura frente al cambio global, su promoción al libre comercio, su política de refugio, su multilateralismo, entre otros asuntos. Ello, por la postura abiertamente contraria expresada en dichos temas por el presidente Trump.

Así, en este artículo, analizamos de manera general algunos aspectos de la política canadiense hacia América Latina, poniendo énfasis en las conexiones comerciales y energéticas, no porque consideremos que sean las más importantes, sino porque son áreas que suelen ponderar los gobernantes sobre otras de mayor alcance social y cultural.

Puede señalarse también que Canadá parece haber olvidado algunos elementos diplomáticos que le otorgaron no hace mucho tiempo amplios márgenes de credibilidad entre la comunidad internacional (Santín & Kirk, 2015). La elección de octubre de 2015 le da al gobierno liberal entrante la oportunidad de reconsiderar la importancia estratégica que representa América Latina para, de este modo, desarrollar una relación más sana y equilibrada, sacudiéndose la dependencia que ya existe en el gobierno de Ottawa con las millonarias inversiones de la industria minera en toda la región. Solo así, eventualmente, podrá retomarse la credibilidad y confianza que, como bien sabemos, son dos frágiles reglas que, una vez rotas, resulta muy difícil reconstruirlas. Esa será precisamente la labor del primer ministro Justin Trudeau y, en verdad, ya es hora…

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1Para una revisión más completa de este evento, véase: dailymotion, “Viva Cuba: Fidel Castro and Pierre Trudeau (Pt. 1)”.

2Durante el artículo, utilizaremos de manera indistinta el acrónimo EE.UU. para referirnos a Estados Unidos.

3Esta corriente teórica ubicó a Canadá como un país con capacidad de jugar un papel activo en distintos foros multilaterales, lo que permitió a sus representantes adquirir una visión amplia en asuntos de carácter internacional y, al mismo tiempo, asumir una postura mediadora en conflictos diversos. Entre sus principales exponentes se identifica a Kim Richard Nossal, quien en su libro The Politics of Canadian Foreign Policy (1989), afirma que las perspectivas del poder de Canadá no son en sí mismas un análisis de poder, sino de su estatus en la arena internacional y la forma en que se percibían a sí mismos los canadienses en el mundo.

4A esto hay que añadir que el anuncio del ingreso canadiense a la OEA se dio en territorio estadounidense, justo cuando el primer ministro Brian Mulroney se encontraba de vacaciones al lado del presidente de Estados Unidos, George H. W. Bush, en una finca de descanso propiedad de la familia Bush desde principios del siglo XX.

5Los datos y cifras presentados en este trabajo, relativos a resultados electorales federales, han sido obtenidos de: Parliament of Canada, Electoral Results by Party.

6 CBC News, Trudeau welcomes Trump’s Keystone XL decision, http://www.cbc.ca/news/politics/trudeau-cabinet-keystone-xl-1.3949754

7Datos y cifras obtenidos de Government of Canada, Innovation, Science and Economic Development Canada.

8Para mayor información, véase: Statistics Canada. (2016). “Imports, exports and trade balance of goods on a balance-of-payments basis, by country or country grouping”.

9Para mayor información, véase: Canadian Council for the Americas. (2013). Board Member “John Price on Canada-Latin America Trade”.

10Todas las cifras y datos expresados fueron obtenidos de: Working Group on Mining and Human Rights in Latin America, “The Impact of Canadian Mining in Latin America and Canada’s Responsibility: Executive Summary of the Report Submitted to the Inter-American Commission on Human Rights”.

11El informe detallado del Council on Hemispheric Affairs de 2014 ofrece varias críticas de las empresas canadienses: los daños al medio ambiente, la destrucción de comunidades, los abusos de los derechos humanos de las comunidades indígenas, la persecución de personas que se oponen a actividades mineras, la adquisición fraudulenta de propiedades, y la corrupción. Para mayor información, véase: Council on Hemispheric Affairs. (2014). “Canadian Mining in Latin America”.

12Para mayor información, véase: Organization of American States. (2013). “Solidarity of the OAS Member States with the President, Evo Morales Ayma, and People of the Plurinational State of Bolivia”.

13Para una revisión de este y otros procesos electorales a nivel federal en Canadá, véase: Parliament of Canada. Electoral Results by Party.

14Para mayor información, véase: Global Affairs Canada. (2015). “Canada’s Enhanced Corporate Social Responsibility Strategy to Strengthen Canada’s Extractive Sector Abroad”.

15Para mayor información, véase: International Centre for Trade and Sustainable Develpment. (2011). “El Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica: una perspectiva latinoamericana”.

16Para más información general, véase: Global Affairs Canada, (2016).

Recibido: 06 de Enero de 2017; Aprobado: 09 de Febrero de 2017

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