INTRODUCCIÓN
En El siglo de los jefes, Yves Cohen (2013) atribuye a Psicología de las masas, el prestigioso ensayo de Gustave Le Bon (1986[1895]), un papel precursor para la articulación de la figura del «jefe». Según su argumentación, el mismo contribuyó a la generalización y formalización del sujeto del mando. A Cohen (2013, p. 212) no se le pasa desapercibido, no obstante que la figura que el autor tenía en mente no era la del «jefe» de las masas organizadas, sino aquella, mucho menos honorable, del meneur1de las «muchedumbres».
Si bien en el libro de Le Bon las enunciaciones dedicadas a una y otra figura conviven y tienden a confundirse, poca duda cabe de que el autor hizo del «jefe» el artefacto político destinado a confrontar los desafíos que planteaban, hacia fines del siglo XIX, los fenómenos de masas. Así como Le Bon confió su anhelo ordenancista a un tipo concreto de conductor, la investigación de Cohen (si bien admirablemente amplia) traza la genealogía de la «jefatura» de las instituciones (militares, políticas y económicas) en ciertos países de Europa, en el contexto de una modernidad racionalizada, impersonal e impulsada por el desarrollo tecnológico (Föllmer, 2014).
Asumiendo que son posibles «otras» genealogías del liderazgo, sensibles al desarrollo «simultáneo» y «desigual» de la modernidad en los países del «centro» y de la «periferia» capitalista, así como a su contracara «barroca» (Echeverría, 2000), este artículo pretende aportar elementos para avanzar en la reconstrucción de los modos en que se pensó al sujeto que guía, orienta o conduce el comportamiento de las personas en «estado de multitud» (Nina Rodrigues, 2006b[1900], p. 62).
Pensamos que esta última expresión, procedente de la obra del psiquiatra, médico legista y pionero brasileño de la psicología colectiva, Raimundo Nina Rodrigues, es apropiada para designar el tipo de formación psicosocial inestable, de contornos indefinidos, constituida a partir de la intensificación y coalescencia de emociones e ideas de personas físicamente reunidas, vis à vis, la cual se problematizó, entre fines del siglo XIX y los primeros años del XX, el rol de los líderes cuya autoridad no depende de una investidura formal, sino de la aceptación que le brindan las personas.
Esta «otra» problematización del liderazgo estuvo irrigada por discursos de carácter psico-sociológicos que se articularon, simultáneamente, desde distintos contextos nacionales, tanto del «Norte» como del «Sur» globales. Con el propósito de contribuir a su caracterización, en este artículo construimos un corpus con secuencias discursivas extraídas de textos de autores provenientes de Brasil, Argentina e Italia, que se publicaron en un mismo lapso temporal, a saber: A loucura epidémica de Canudos. Antonio Conselheiro e os jaguncos (2006a[1897]) y A loucura das multidões (2006b[1901]) del mencionado R. Nina Rodrigues (1862-1906); Los sertones (1980[1902]) del ingeniero militar, periodista y escritor brasileño Euclides da Cunha (1866-1909); Las multitudes argentinas (1899) del alienista, funcionario público e intelectual argentino José María Ramos Mejía (1849-1914), y Suggesteurs et la foule. Psychologie des meneurs, artistas, orateurs, mystiques, guerriers, criminels, ecrivains, enfants, etc. (1904[1902]), del médico y psicólogo social italiano Pasquale Rossi (1867-1905).2
La forma en que construimos el corpus expresa la decisión de poner en conexión los textos del Sur y del Norte a partir del énfasis en el carácter coetáneo de su producción. Tal abordaje «simultáneo» (Fabian, 2014; Bialakowsky, 2018) apunta a revisar el supuesto «atraso» temporal que experimentarían los países del Sur en relación con los del Norte en lo que hace, entre otros aspectos, a la producción de conocimiento. Asimismo, permite echar luz sobre un abanico más amplio de relaciones que las que resultan visibilizadas con ayuda de las denominadas «teorías de la recepción».
El artículo está organizado de la siguiente manera. El primer apartado tiene el objetivo de situar las reflexiones que Nina Rodrigues, da Cunha, Ramos Mejía y Rossi dedicaron a los líderes en el contexto de los desarrollos criminológicos, médico-psiquiátricos, psicológicos y sociológicos que suscitaron, desde la década de los sesenta del siglo XIX, diversas manifestaciones del comportamiento colectivo. Al mismo tiempo, procura vincularlas con algunas de las preocupaciones políticas y sociales que las instigaron.
El segundo apartado ofrece un panorama de la terminología, los registros de análisis, presupuestos epistemológicos, matrices teóricas y modos de observación que los mismos movilizaron para referirse a los conductores.
Por su parte, en el tercer apartado el eje está puesto en la caracterización del vínculo de tipo «sugestivo» que unía a los líderes con las masas. Según argumentaremos, los aportes que Nina Rodrigues, da Cunha, Ramos Mejía y Rossi realizaron a tal problematización se destacan en virtud de dos razones: por un lado, porque tratan la sugestión como un fenómeno que podía ejercerse tanto en forma unidireccional como recíproca y asumir diversos grados de intensidad. Por otro lado, por la importancia que confirieron, en el análisis de los medios de sugestión, a la presencia «física» del líder, así como a la gestualidad, los tonos de la voz y otros aspectos que hacían a la dimensión «teatral» de su comparecencia frente a las masas.
Como demostraremos a lo largo del trabajo y expondremos en forma sintética en las conclusiones, del discurso psicosocial en torno al meneur, el sugestionador y el caudillo, que esgrimieron, en forma sincrónica, más desde contextos nacionales vinculados según un esquema asimétrico de división del trabajo intelectual, Nina Rodrigues, da Cunha, Ramos Mejía y Rossi, surgen elementos que delinean una representación más matizada del líder y de las jerarquías asociadas a la dinámica de la sugestión, así como más atenta a la faceta «teatral» de la conducción, que la que se desprende de los trabajos de G. Le Bon (1986) y G. Tarde (2013[1901], 2015a[1892] , 2015b[1893]), los cuales se suelen identificar, sin más, con el discurso de «la» psicología de las masas.
1. LA REFLEXIÓN SOBRE EL LÍDER EN EL CONTEXTO DE LOS DEBATES SOBRE EL COMPORTAMIENTO COLECTIVO
Las elaboraciones sobre los líderes a las que aquí nos referimos provienen de algunos de los numerosos escritos que, en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, se dedicaron a tematizar la cuestión de la «psicosis epidémica» o «locura colectiva» (Sergi, 1889; Nina Rodrigues, 2006a, 2006b) y el comportamiento de las «multitudes» (Sighele, 1891[1865] ; Le Bon, 1986; Ramos Mejía, 1899; Rossi, 1898, 1900, 1901; Tarde, 2013, 2015a, 2015b). Si bien corrían por carriles relativamente separados,3 ambas discusiones irrigaban el campo, en formación, de la psicología colectiva o social (Apfelbaum, 1988; Nacci, 2017).
Asimismo, estaban comúnmente inficionadas por las reflexiones psicopatológicas que abonaron la tesis de que el «yo», lejos de ser una realidad unitaria y armónica, era una coalición precaria e inestable de elementos. Introducida inicialmente por H. Taine, popularizada y desarrollada en las décadas sucesivas por los médicos-filósofos franceses T. Ribot, P. Janet y A. Binet (Bodei, 2016), tal idea había sido sugerida, asimismo, en el contexto de la teoría de la estratificación y retrogradación del aparato psíquico de G. Sergi (Palano, 2002).
Según el psicólogo y precursor de la escuela de criminología positivista italiana, el sistema nervioso estaba compuesto por un conjunto de «estratos» formados en diferentes etapas evolutivas, de los cuales los más antiguos, profundos y mejor establecidos eran los emocionales, mientras que los racionales, más recientes y superficiales, solo estaban cabalmente desarrollados en algunos grupos humanos (Van Ginneken, 1992, p. 57). En determinadas circunstancias sociales, ciertos individuos (predispuestos) experimentaban una anulación de los estratos racionales y un retroceso hacia un estadio dominado, exclusivamente, por las capas emocionales.
En la medida en que permitía explicar la imprevista reactivación de los impulsos atávicos aun en congregaciones de personas más o menos normales, tal imagen estratificada de la psiquis tuvo una vasta proyección sobre la psicología de las multitudes (Palano, 2002). No menor fue el impacto que ejerció sobre tal campo de indagaciones el trabajo que el autor dedicó a la «psicosis epidémica» (Sergi, 1889).
Según planteara en el artículo aparecido en la Rivista di Filosofía Scientifica, las ideas y emociones podían sugerirse no solo a individuos, sino también a grupos. De manera semejante a lo que ocurría con las epidemias físicas, en el caso de las epidemias psicológicas el contagio irradiaba de una fuente unitaria, pasible de ser identificada. Así, el comportamiento de un líder desequilibrado, su forma de hablar y hasta su presencia física eran capaces de hacer resonar, simultánea o sucesivamente, los estratos emocionales más profundos que las personas tenían en común, al tiempo que los estratos superiores perdían el control. El proceso así descripto era del orden de un automatismo y resultaba equiparable, para Sergi, al que se daba en las situaciones de hipnosis.
En relación con esto último, cabe destacar que para fines de la década del 1890 la transposición del modelo de la sugestión del ámbito individual al colectivo estaba plenamente aceptada.4 En esta dirección, por ejemplo, para representar a la sociedad, en Las leyes de la imitación, Tarde (2011[1890], p. 218) utilizaba la metáfora de una «cascada de imitaciones sucesivas y encadenadas» que remontándose al ejemplo del individuo más prestigioso se extendían gradualmente en un sentido descendente.
Mientras en el entendimiento del sociólogo francés el vínculo entre la relación social y la relación hipnótica era de tipo analógico (Karsenti, 2010), para Nina Rodrigues los estados de masas constituían un fenómeno progresivo, cuya forma embrionaria se encontraba en los cuadros, estudiados por los alienistas franceses, de las denominadas «locuras a dos». Esta expresión designaba una clase de contagio mental que se daba entre dos sujetos, uno de los cuales (el «íncubo»), transmitía impulsos e ideas desordenadas y confusas a otro (el «súcubo»), quien, al imitarlas, era arrastrado a la locura. En tal asociación simple, fácilmente demostrable, se encontraba el primer grado de las epidemias psíquicas, tales como la «epidemia de locura religiosa» que se había desatado, en 1897, en la región del sertón del estado de Bahía, al Norte de Brasil, entre los integrantes del movimiento mesiánico formado alrededor de Antônio Vicente Mendes Maciel,5 a la cual Rodrigues dedicó dos estudios, publicados en 1897 y en 1901 en prestigiosas revistas francesas.
El drama que se desplegó alrededor de Canudos, una de las ciudades santas que Maciel había fundado, cuando sus seguidores se negaron a cumplir una ley que imponía el pago de impuestos, y opusieron resistencia a las expediciones militares a través de las cuales el gobierno de la República de Brasil intentó doblegarlos, constituyó el epicentro de Los sertones, el ensayo que Euclides da Cunha publicó en 1902, uno de cuyos capítulos está dedicado a la interpretación de la personalidad del líder.
Mientras el libro de da Cunha ofrece una interpretación de la rebelión y posterior masacre que se compone de varias líneas argumentales yuxtapuestas (entre las que no faltan referencias al discurso de la psicología de las masas articulado en Europa por Sighele, Tarde y Le Bon), los trabajos de Rodrigues, de corte científico, apuntan tanto a contribuir al desarrollo del conocimiento psicosocial, como a la necesidad práctica de dar respuesta a la cuestión de la responsabilidad jurídica en los casos de delitos cometidos en situaciones colectivas.
Un propósito forense semejante justificaba el interés que, en la misma época, despertaba el comportamiento colectivo en Europa. En países como Italia y Francia la pregunta respecto a quién dirigía a las masas revoltosas o en huelga se consideraba si no políticamente más importante, sí al menos más «urgente» que la cuestión relativa a naturaleza misma de la multitud (Graumann, 1986). En esa dirección, mientras los aportes de Sighele (1865) se concentraron en las relaciones de sugestión o contagio horizontal entre los miembros de la muchedumbre, y estuvieron destinadas a fundar la tesis de la «semi-responsabilidad» por el delito colectivo, en los escritos criminológicos de Tarde (2015a, 2015b), en cambio, el rol desempeñado por el meneur era central (Palano, 2002).
Por su parte, si bien Le Bon abordó la cuestión de las masas por afuera del campo específicamente criminológico, su caracterización del meneur tiene como referente empírico a los «agitadores» o «cabecillas» de las multitudes obreras que protagonizaron las huelgas que asolaron París en 1893 (Van Ginneken, 1992; Cohen, 2013).
Al igual que los autores franceses, en el libro que publicó en 1902 Rossi también aludió al meneur, pero como una subespecie, entre otras, de la categoría del «sugestionador». Es que el término procedente del francés estaba impregnado de una connotación negativa6 y las reflexiones que el médico oriundo de Cosenza dedicó a los sugestionadores no tenían como principal referente empírico a individuos presuntamente criminales. Ello resulta consonante con la idea que se había forjado de las masas: en su opinión, si bien las mismas eran muy emocionales, no asumían, necesariamente, conductas delincuenciales ni destructivas. Por el contrario, podían verse inspiradas por sentimientos nobles y actuar, asimismo, en forma racional (van Ginneken, 1992; Mucchi Faina, 2000).
En efecto, según la representación dominante, la masa designaba una situación en la que el control de los procesos cognitivos y de las inhibiciones morales quedaba abolido y los individuos se fundían en un «alma» común, conformando un nuevo sujeto, capaz de acción.
Asimismo, de la mano de la transposición, operada en el contexto de la teoría de la estratificación del carácter de G. Sergi, de las características que desde largo tiempo atrás se asignaban a los grupos subalternos (el atavismo de los «bárbaros», de los «degenerados», etc.), a las capas inconscientes, profundas y duraderas del aparato psíquico, el mismo término evocaba un estado psíquico individual en lucha con las necesidades de la «civilización» (Palano, 2002), como fuera que esta se representara.7
Si el conflicto que planteaba tal figura era, según la representación dominante, de carácter psicológico, la catadura de la solución delineada por Le Bon era política. Frente a la pérdida de las características del individuo -la autonomía, la racionalidad y el auto-control (Nacci, 2017, p. 50)-, la respuesta sugerida en Psicología de las masas consistía en la subordinación jerárquica de los individuos ya exangües a la autoridad de un jefe político que operaba como «yo hegemónico externo» para todos (Bodei, 2006, p. 387). En su libro, el intelectual francés ofrecía a todos aquellos que quisieran convertirse en «amos» un panorama de los medios de sugestión que habían empleado, a lo largo de la historia, ilustres personajes (como Napoleón), pero a los que también echaban mano, en la sociedad de su época, los «cabecillas» o «agitadores» de las multitudes obreras a los que, en la línea de literatura anti-Comuna, consideraba, indefectiblemente, en términos patológicos; tildándolos de «excitados» o «semi-locos». Lejos de pretender extraer enseñanza alguna provechosa de la actuación de los meneurs, Rossi se preguntó cómo inmunizar a la multitud de la influencia de los sugestionadores criminales o desequilibrados. Ello dependía, en su opinión, de la elevación moral e intelectual de las masas vehiculizada a través de la educación; esto es, de un programa de reformas que designó con el nombre de follacultura o demopedia.8
Si bien heredero de una familia aristocrática, y representante, en su país, de la tradición de la «alta cultura liberal», también J. M. Ramos Mejía bregó por la educación de las masas. Así, las acciones que propulsó al ocupar el cargo de presidente del Consejo Nacional de Educación estuvieron motivadas por el propósito de inculcar a los trabajadores inmigrantes que habían arribado a la Argentina en las últimas décadas del siglo XIX el sentimiento de la nacionalidad, de manera de transformar lo que hasta entonces era una multitud desordenada y amorfa en un todo armónico e integrado. Al tanto de la efervescencia que experimentaba, en Europa, la «canalla virulenta», a Ramos Mejía (1899, p. 185) le inquietaban la apatía y la pasividad que los recién llegados, concentrados en enriquecerse, manifestaban respecto a la cosa pública.
Tal cuadro de situación difería, no obstante, de la incidencia que según la reconstrucción efectuada en Las multitudes argentinas (1899), los sectores populares habían tenido en los procesos que condujeron a la independencia respecto a España, así como del estado de permanente movilización que habían experimentado las muchedumbres rurales en el contexto de anarquía de la década de 1820. De estas multitudes habían salido -conforme la estela interpretativa que inaugurara el Facundo de Sarmiento (2018[1845])- los «caudillos», hombres dotados, en la interpretación ramosmejiana, de personalidades lo suficientemente plásticas como para encarnar las aspiraciones populares. Crítico de los liderazgos caudillescos, Ramos Mejía prestó atención, no obstante, al vínculo de tipo sugestivo que los caudillos establecieron con las masas, así como, en particular, a las facetas teatrales del liderazgo autoritario, que el caudillo-estanciero Juan Manuel de Rosas ejerció sobre su país a lo largo de casi treinta años.
Mientras en los trabajos de Pasquale Rossi (y, más en general, en la psicología de las masas procedente de los países del Norte) el eje de la discusión estaba dado por la problemática política y social de los trabajadores industriales urbanos, y atendía poco o nada a la realidad de las clases populares del Sur de Italia (Trobbiani, 2011), en el corpus de textos procedente de América Latina lo que surge en primer plano son las dificultades que el modo de vida y la cultura política de los sectores subalternos rurales planteaban al proyecto modernizador de las élites.
En los escritos de Nina Rodrigues, da Cunha y Ramos Mejía, el «subsuelo social» que la noción de masas permitía visibilizar procedía de las profundidades de los territorios rurales -así, del sertón brasileño y el desierto argentino-,9 y estaba constituido por poblaciones de «mestizos». Para tales autores, la «raza» era un elemento crucial del argumento relativo a la debilidad física, mental y también cultural de los grupos que habían erigido a individuos mentalmente trastornados, desprovistos de genuino talento, en líderes.
Así, según la opinión de los intelectuales brasileños, la influencia de las razas negras e indias sobre la población del sertón se expresaba en la debilidad emocional de sus habitantes, así como en el arraigo que tenían, aun hacia fines del siglo XIX, las creencias fetichistas y las concepciones personalistas de la autoridad, todo lo cual contribuía a explicar por qué habían creído en la divinidad de O Conselheiro y en el mérito de su misión religiosa y política. Por su parte, el correlato del «extraño gobierno» de los caudillos, era, desde el punto de vista de Ramos Mejía (1899, p. 192) , una muchedumbre conformada por descendientes de antiguas tribus indígenas y por gauchos mestizos que «parecía haber brotado, para la mirada del ciudadano, de la maleza de los campos» (1899, pp. 117-118).
Como surge de lo anterior, los trabajos de Nina Rodrigues, da Cunha, Ramos Mejía y Rossi se insertan en una trama «común» de encrucijadas epocales y teóricas que declina, no obstante, de manera diferente en las regiones del «centro» y de la «periferia» capitalista, así como al interior de cada uno de los contextos nacionales considerados.
Como desarrollaremos en el apartado siguiente, los modos en que aparece articulada, en sus textos, la figura del «líder» de las multitudes, resultan condicionados, tanto por los aspectos a los que antes nos referimos, como por los diversos «estilos» de pensamiento psicosocial y sociológico que los mismos practicaron.
2. DIVERSAS APROXIMACIONES Y HERRAMIENTAS ANALÍTICAS PARA PENSAR AL LÍDER DE LAS MULTIPLICIDADES HUMANAS EN «ESTADO DE MULTITUD»
Para empezar, los autores considerados abordaron la temática de los líderes desde distintos registros de análisis. La aproximación que surge de los escritos de Rossi y Nina Rodrigues es de carácter «abstracto-general», pero se encuentra fundada sobre modos de observación diferentes.
Heredero de la escuela positivista de criminología italiana, en el prólogo del libro que publicó en 1902, Rossi se ocupó de manifestar que su estudio se había fundado en «observaciones». Pero tal afirmación no solo no resultaba acompañada de mayores detalles acerca del procedimiento empleado, sino que contrastaba con el hecho de que el ejemplo del «evocador», «agitador» o «animador» con el que el autor ilustra buena parte de sus desarrollos procedía del ámbito de la ficción literaria: se trataba del personaje del poeta joven y genial que encarna Stelio Effrena en la novela Il fuoco (1900) de D’Annuzio (Laforgia, 2003).
Por su parte, los desarrollos que la figura del líder suscitó en el médico brasileño se apoyaban en observaciones de carácter «clínico» derivadas del estudio de un fenómeno «histórico-concreto» de locura religiosa que fue considerado tanto en su singularidad como en términos de un «caso», entre otros, de epidemia psíquica. Como señalamos, Nina Rodrigues encontró inspiración en el modelo de análisis que constituía la «locura de a dos». Ello explica que, además de servirse del vocablo meneur, directamente en francés, también utilizase el término «íncubo» (largamente asociado a la temática popular de la posesión demoníaca) para referirse a los individuos cuyas ideas delirantes habían desencadenado los episodios de locura colectiva.
Por su parte, Rossi abordó la temática de los líderes muñido de una matriz psicológica. Ese aspecto, de corte epistemológico, sumado al hecho de que, desde su punto de vista, las multitudes podían ser tanto patológicas como normales, explica que para designarlos prefiriese el término «sugestionador». Tal vocablo no solo expresaba con claridad la naturaleza psicológica de su acción, sino que permitía aprehender los diferentes «momentos» de su enlace con las masas.
La noción de sugestionador funciona, en la obra del italiano, como una «categoría general» que abarca tanto la práctica de liderar en varios ámbitos sociales,10 como las diversas modalidades en que la misma podía ejercerse. En relación con esto último, siguiendo los trazos de la distinción entre «masas» y «públicos» esbozada por Tarde (2013), Rossi clasificaba a los sugestionadores en «inmediatos» y «mediatos». La influencia de los primeros, intensa, pero de corta duración, se daba a través de la palabra, el gesto y la mímica, y estaba basada en la explotación de las «semejanzas» que los mismos compartían con las masas. La influencia que los «sugestionadores mediatos» ejercía sobre las multitudes dispersas (o «públicos») descansaba, en cambio, en la difusión de sus ideas a través de la prensa y de los libros; era más sutil y lenta que aquella de los líderes de masas, pero, al mismo tiempo, más consciente y duradera. Entre ambas clases de sugestionadores intercalaba la figura del «místico», una mezcla de militante e intelectual, de hombre de acción y de pensamiento, que actuaba en forma mediata e inmediata sobre la masa, incidiendo tanto sobre la dimensión sentimental como racional.11
Por su parte, si bien en las páginas iniciales del ensayo sociohistórico que constituye Las multitudes argentinas, Ramos Mejía (1899, p. 16) aborda a la multitud, al igual que Le Bon, como figura transhistórica, incluyendo entre sus elementos al «dominador», a lo largo del libro los desarrollos relativos al líder se desprenden del funcionamiento de la multitud como unidad para el análisis «socio-histórico concreto» de la política argentina. Esa ambigüedad, fruto de una forma de reflexión sociológica atenta a los desarrollos pretendidamente «universales» que provenían del Norte, pero interesada por comprender las torsiones que los mismos asumían en la realidad de su país, se refleja en la terminología utilizada. Así, para referirse a los conductores, el autor se sirvió del vocablo meneur directamente del francés,12 pero también de la voz, cargada de marcas locales, de «caudillo» (Haidar, 2020).
A diferencia del vocablo «sugestionador», preferido por Rossi, el término «caudillo» no trasunta el modelo de inteligibilidad al que puede reconducirse el accionar de los líderes, sino que indica, más bien, las circunstancias sociales en las que estos emergen, y la función que desempeñan. Los caudillos eran líderes político-militares que en el periodo de «anarquía», que en la historia política argentina siguió a la emancipación de España y precedió a la organización del Estado nacional, conducían o guiaban a las muchedumbres rurales (que componían los habitantes más pobres de la campaña) en el marco de acciones de sublevación contra las autoridades nacionales o provinciales establecidas. Su existencia involucraba un principio de organización de las masas que participaban en las acciones militares; pero esa organización no tenía un carácter fijo, sino que era relativa a la acción concretamente emprendida (de la Fuente, 1998).
Al igual que los de Ramos Mejía, los aportes que Euclides da Cunha hizo a la problematización del liderazgo de masas son de carácter histórico-concretos. Al considerar al líder del movimiento religioso que hacia fines del siglo XIX se sublevó contra las autoridades del gobierno de Brasil, su ensayo se hace eco del diagnóstico efectuado por su compatriota, para quien Maciel sufría un cuadro de psicosis progresiva (Nina Rodrigues, 2006a). Pero al conocimiento de la psiquiatría se superpone, en su obra, la metáfora, de cuño romántico, del «gran hombre al revés», que ya había utilizado el ensayista argentino D. F. Sarmiento para referirse al caudillo Facundo Quiroga. En tanto individuo, O Conselheiro condensaba en su personalidad, no lo mejor, sino «todos sus errores y supersticiones» que formaban el coeficiente de reducción de la nacionalidad brasileña (da Cunha, 1980, p. 118).
De los cuatro autores considerados, Pasquale Rossi es el único que ofrece una conceptualización del líder. Inspirada en los desarrollos de la psicología francesa del carácter, esto es, en un tipo de conocimiento de naturaleza básicamente taxonómica, a ella subyace la distinción entre los hombres «sin carácter» y aquellos «con carácter». Mientras los primeros, sujetos «amorfos» e «inestables»,13 componían la multitud, los líderes estaban dotados, para Rossi, de aptitudes psíquicas que les permitían vencer la presión ejercida por la masa e imponer su personalidad.14 De las especies de «caracteres» entre los que se reclutaban los «sugestionadores inmediatos» (a los que dedica la mayor parte de los desarrollos de su libro) destacaba dos tipos: los «sensitivos», individuos investidos de una pasión viva, impetuosa, alta, y los «activos», hombres dotados de una energía poderosa, a los que impulsaba un deseo incansable de acción.
Esta última identificación del líder con una personalidad «activa» se encuentra, asimismo, en las reflexiones que Ramos Mejía dedicó a los caudillos, los cuales -aun compartiendo con las masas el mismo milieu- se mostraban más dinámicos que ellas. En un medio social que desde el Facundo de Sarmiento resultaba caracterizado con la nota del individualismo y la falta de sociabilidad, la función que el médico argentino otorgaba a los caudillos consistía en suministrar a las muchedumbres el «cuerpo» y el «nombre» que servía como encarnación o cifra de los sentimientos e ideales de cada uno de los individuos que la conformaban.
En cambio, en la mirada de Rossi, el sugestionador fungía como una suerte de «emprendedor emocional» del cual provenía el germen de la emoción que (en ciertas circunstancias propicias) agitaba o aguijoneaba a otros hombres propensos a la imitación.
Al dedicar un libro al tratamiento de tal figura, el mismo optaba por reafirmar, en el contexto de la psicología «socialista» y «reformista» de las masas procedente de Italia, siempre inclinada a subrayar los factores «transpersonales» de la sugestión, el valor de las individualidades (Morselli, 1904, p. ix) .15 Ello no lo colocaba, no obstante, del lado del «individualismo exacerbado» de G. Tarde, autor al que criticaba.16 En lugar de asumir que en la masa solo circulaban las ideas que eran producto de la invención individual, trata al individuo y a la multitud como dos fuerzas que cooperan para crear y difundir emociones y pensamientos (Rossi, 1904, p. 214). Es más, según la argumentación que despliega en su libro, muy a menudo el líder no hacía otra cosa que reflejar sentimientos que estaban expandidos en las individualidades reunidas, físicamente presentes, o bien en el «medio».
Sin integrarlos necesariamente al modelo «psicológico» de la sugestión, al pensar la relación entre el líder y las multitudes, los autores latinoamericanos no dejaron de subrayar la incidencia que los factores «atmosféricos», fueran de carácter «circunstancial» (como las guerras civiles en Argentina), de tipo «mesológico» (esto es, la geografía y el clima de los lugares en los que se presentaban los fenómenos colectivos en cuestión), o bien «complejos procesos sociales» (así, la persistencia de las creencias fetichistas entre los habitantes de la región del sertón de Bahía), tenían en la configuración de los «estados de masa». Tal lectura, si bien no estaba motivada (como en el caso de E. Ferri), por el propósito de eximir de responsabilidad a los líderes, les restaba, asimismo, centralidad.
Se tratase de enviados divinos o de guerreros, lo que los intelectuales latinoamericanos enfatizaban era la función de «representación» que los mismos estaban llamados a cumplir, dando forma y voz a las masas. Así, mientras Antônio Conselheiro era aclamado como «representante natural» de las más altas aspiraciones de la población del sertón (da Cunha, 1980, p. 98), Ramos Mejía (1899, p. 108) advertía que los caudillos dominaban a las multitudes no por el genio, sino porque poseían especiales aptitudes para sintetizarlas. Más que introducir ideas o sentimientos novedosos, los líderes desempeñaban (como, según Rossi, sucedía «con frecuencia») el papel de catalizadores de corrientes de sugestión ya en curso.
Tal forma de razonamiento es clara en el estudio que Nina Rodrigues (2006b, p. 64) dedicó a las locuras colectivas. Si bien los meneurs personificaban, en virtud de un sentido único de la oportunidad, un «impulso psicológico» o eran la «causa inmediata» (Pinto Monteiro, 2015) de tales configuraciones colectivas mórbidas, estas se engendraban en un clima de sugestiones ambientales anónimas.
Esta operación interpretativa, en virtud del cual la sugestión tiende a despersonalizarse, sin que el rol del meneur resulte totalmente anulado, resulta complementada, en los escritos de los autores brasileños, con otra que apuntaba a «sociologizar» la locura o semilocura que, según la interpretación dominante, aquejaba a los individuos que agitaban, animaban o alborotaban a las muchedumbres. En esta dirección, tanto Nina Rodrigues como da Cunha entendieron que el delirio del Conselheiro no hacía más que reflejar las creencias fetichistas que se encontraban vigentes en la cultura rural del sertón. Como señalara da Cunha (1980, p. 100) en la neurosis de Maciel «vibraba un sentimiento ambiental y su misticismo estaba difundido por todas las almas que a su alrededor se congregaban».
De manera más general, los autores latinoamericanos coincidían en poner de resalto la significación que, para la emergencia de liderazgos, tenía la existencia de semejanzas culturales entre el individuo llamado a liderar y las multitudes. Lo que Rossi predicaba respecto a los sugestionadores inmediatos en términos «abstractos», aparecía planteado, en los desarrollos de los autores del Sur, en términos «histórico-concretos».
Así, de los trabajos que los autores brasileños dedicaron al movimiento mesiánico de Canudos surge que la popularidad de O Conselheiro no residía en forma alguna de eminencia, sino en el hecho de que el mismo encarnaba, en forma particularmente nítida, el psiquismo de esas poblaciones; condensaba sus taras y creencias extravagantes (Mailhe, 2010; Fernandez, 2012).
Un énfasis en la relevancia que tenían las «semejanzas» para la conformación de los liderazgos caudillistas se desprende, también, de los planteos de Ramos Mejía. Al médico argentino le interesó estudiar, en particular, los procesos de producción «activa» de similitudes en los que se embarcaron ciertos individuos que aspiraban a acaudillar a las multitudes rurales, sobre todo aquellos que pertenecían a sectores más acomodados de la sociedad. De su observación surge que, para resaltar las semejanzas,17 los caudillos usaban ropas que los «confundían con la democrática turba de los subordinados y que no se creían nunca inferiores» (Ramos Mejía, 1899, p. 149) y que su ascendencia era tributaria de complejas maniobras psicológicas.
Al igual que el «hombre de la masa» estos tenían una personalidad maleable. En lugar de inclinarse por imponer sus propias singularidades al medio como, según Rossi, hacían los «hombres de carácter», aprovechaban positivamente ese rasgo para forjarse una personalidad a tono con la época. Así, la posibilidad que ciertos hombres tenían de llegar a encarnar las expectativas y deseos de las fracciones sociales que les daban ponderación social, estaba asociada, en los desarrollos de Ramos Mejía, al carácter «compuesto» del yo. Al tanto de las investigaciones de los psicólogos experimentales, el mismo se interesó por las posibilidades interpretativas que, en relación con las prácticas políticas que le preocupaban, abría la asunción de que el «yo» era un agregado de elementos. En esa dirección, se refirió a los caudillos como excelsos transformistas, capaces de elaborar la personalidad requerida por las circunstancias y el clima social reinante, con los elementos que llevaban dentro (Haidar, 2020).
En un modo de razonamiento que declina de la fecunda idea que amañaba, desde décadas atrás, «locura» con «genialidad», en Los simuladores del talento (1904), postuló la afinidad que los hombres que padecían el síndrome de las «personalidades múltiples», descrito por Alfred Binet, demostraban para actuar como conductores de las multitudes (Haidar, 2020).
La disposición a adoptar personalidades distintas, accidentales y pasajeras (que según la interpretación de Ramos Mejía exhibía Rosas), era designada, en la literatura psicopatológica de la época, con el término «multanimidad». En su libro, P. Rossi empleó con frecuencia tal expresión para caracterizar los «estados psicológicos segundos» en los que recaían los sugestionadores en algunos de los momentos del ciclo de la sugestión.
Ahora, mientras la posibilidad de mutar de personalidad es tratada, por el autor argentino, como un recurso a disposición de los caudillos, cuya actuación interpreta con la ayuda de la categoría de «simulación», para Rossi (1904, p. 25), en cambio, la «fácil disposición a la multanimidad» que tenían, como prerrogativa natural, ciertos hombres, solo se manifestaba o crecía en el contacto con la multitud. Como veremos en el apartado siguiente, el encuentro entre el sugestionador y la masa resultaba, para los autores de los que aquí nos ocupamos, por demás de fecundo.
3. EL ENLACE CON LAS MULTITUDES: LOS RESORTES Y MECANISMOS DEL PODER SUGESTIVO
Para la década de los ochenta del siglo XIX resultaba una suerte de lugar común, entre los discursos que irrigaban el campo de la psicología de las masas, que el vínculo entre los líderes y las multitudes se pensara en términos de «sugestión» y, más precisamente, por analogía con la sugestión hipnótica. Según la concepción dominante, esta equivalía a un irresistible poder de manipulación psíquica, en virtud del cual el hipnotizador/sugestionador se apoderaba, literalmente, de la vida psíquica del sugestionado/hipnotizado, penetraba en su interior y activaba sus engranajes como si se tratase de un «autómata» (Borch Jacobsen, 1997, p. 147).
El razonamiento analógico que estaba detrás de tal transposición (en el que abrevaron, de manera emblemática, tanto Le Bon como Tarde) era el siguiente: así como el paciente hipnotizado (usualmente una mujer), en estado semiconsciente o semidespierto, se encontraba «abierto» a las sugestiones del hipnotizador, del mismo modo la multitud resultaba permeable, en virtud de la «sugestionabilidad» de sus integrantes, a las consigas del líder (Graumann, 1986). Tal modelo suponía una jerarquía «fija» -la subordinación del paciente al médico se transformaba en aquella de la multitud al líder que mandaba (Moscovici, 1986)- y una concepción «unidireccional» de sugestión, la cual era ejercida invariablemente por el médico/líder.
Sin desplazarse respecto al «discurso de la sugestión» (Borch, 2019), las enseñanzas que Rossi, Ramos Mejía, da Cunha y Nina Rodrigues extrajeron al observar, desde distintos ángulos, el vínculo entre el líder y las multitudes, muestra las limitaciones de la analogía entre tal «relación social» y la «relación hipnótica», al punto que Rossi (1904, p. 183) se refirió a la sugestión colectiva como de un hecho cualitativamente nuevo.
En la aproximación psicológica que este le imprimió, la sugestión se presenta como un proceso de flujos y reflujos conformado por «ondas» enlazadas de vibraciones. Mientras los autores franceses insistieron casi exclusivamente en la acción hipnótica del meneur, Rossi destacó, en cambio, la reciprocidad de la onda sugestiva, que se desplegaba en corrientes reflejas, yendo de la masa al sugestionador y de este a aquella. Así:
La masa incita al meneur, le comunica su fiebre (todos aquellos que hablan y actúan en público, confiesan la agitación febril de la que son presa en esos momentos), y en tanto que ella se exalta, grita, delira y da vueltas, frente a las palabras del meneur, este se emborracha cada vez más. Esa acción dinamogenética y evocativa, por así decir, de la masa […] es parte integrante del éxito del meneur (Rossi, 1094, p. 23).
Desde esa óptica, el líder es tratado como un producto «psicológico» de la multitud; en ningún caso es un «manipulador» que la usa desde afuera para sus propios fines, sino, más bien, un ser muy sensible a los cambios en el estado de ánimo de las masas (Ronchi, 2017, p. 74). Su poder se alimenta de la atmósfera electrificada, excitada, que se deriva de la proximidad de los cuerpos que conforman la masa y a la vez resulta solicitado y asediado por ella, a tal punto que más que dominador muchas veces resulta dominado por ella.
Un énfasis semejante en la «reciprocidad» y en el carácter «reversible» de la sugestión surge del análisis que, desde diversas perspectivas, los autores latinoamericanos proyectaron sobre la relación que los líderes religiosos o político-militares que consideraron entablaron con las masas. Así, Ramos Mejía aborda la sugestión como un fenómeno que admite gradientes y delinea jerarquías móviles y cambiantes. Del análisis sociohistórico de los fenómenos que protagonizaron las multitudes argentinas durante el periodo de la anarquía y el caudillismo, se desprende que el autor tenía en mente un modelo del «ciclo sugestivo» según el cual la influencia iba, inicialmente, de las multitudes al líder para volverse, luego, recíproca. Asimismo, contemplaba las variaciones o desviaciones que las configuraciones concretas que asumían los fenómenos políticos estudiados imponían a tal esquema.
En ese sentido, su libro pone en consideración situaciones en las que la presión que decidía el encumbramiento de un individuo se mantenía durante todo el ciclo de la acción colectiva sin que se verificase, en ningún momento, una corriente de sugestión en la dirección inversa. En tales hipótesis, concluía, el caudillo era un simple «instrumento pasivo» (Ramos Mejía, 1899, p. 126). Pero, en el extremo opuesto, no dejó de advertir que, en determinados periodos de la historia de su país, las masas resultaron «fascinadas» por los caudillos. Conformado por una mezcla de admiración, temor y atracción sexual, el liderazgo de Rosas abrevó, en el apogeo de su dominio, en tal forma psicológica de «captura» de las masas, que dejaba poco resquicio para la libertad personal.
Por su parte, en el ensayo que dedica a interpretar la sublevación (y posterior masacre) de los integrantes del movimiento mesiánico formado en torno de Antônio Maciel, da Cunha se refiere, sin ambages, al líder religioso como un «producto» de la masa. Desde una aproximación sociológica, si bien inficionada por el tono y los motivos del discurso psicológico de la sugestión, muestra cómo la acumulación, espontánea, de admiración y respeto popular, había convertido a Maciel en el consejero predilecto para todas las decisiones. Para reforzar tal punto de vista, se sirvió, incluso, de las imágenes que en el contexto de los debates sobre la sugestión servían para representar la sumisión de los «hipnotizados»: «El evangelizador nació, monstruoso autómata. Como dominador fue un títere» (da Cunha, 1980, p. 107).
Pero, al mismo tiempo, apegado al relato empírico de los acontecimientos que se habían sucedido en Canudos, que proponían las crónicas periodísticas y militares de la época, Los sertones pone en consideración del lectorado urbano escenas en que la multitud de fieles reunida «sucumbía, bajaba los ojos, fascinada bajo el extraño hipnotismo» (da Cunha, 1989, p. 111) que producía las prédicas de aquel en quien reconocían un líder espiritual.
Desde una aproximación médico-psiquiátrica, si bien mezclada con observaciones de carácter sociológico y antropológico, Nina Rodrigues reconoció, asimismo, la incidencia que había tenido la multitud en la reorientación del delirio de Maciel. En lugar de suponer (como en el modelo «simple» de la sugestión hipnótica) que las ideas «pasaban» de un individuo a otros que las aceptaban pasivamente, en el artículo que escribió en 1897 advirtió que al difundirse y circular entre los habitantes del sertón, las ideas «delirantes» sugeridas por Maciel resultaron remodeladas. Así, fue la masa la que le dio, a la «locura mística» de este último, la tintura de las cuestiones políticas y sociales del momento.18 Lector fino de Tarde,19 en el estudio que publicó en 1901 en los Annales medico-psychologiques, no dejó de tomar nota del hecho de que en las situaciones de polarización el meneur perdía el control discrecional que el hipnotizador tenía sobre su paciente y pasaba a desempeñar el papel de un «simple director», rol que también podía serle arrebatado por el evento más simple e insignificante que estuviese en línea con las tendencias de la multitud (Nina Rodrigues, 2006b, pp. 96-97).
Asimismo, además de contribuir a horadar la representación que presenta al líder, en todos los casos, como el manipulador psicológico de la multitud, el corpus de textos que aquí analizamos también se diferencia del dominio discursivo correspondiente a la psicología de las masas francesa, por la atención que se presta a todos aquellos elementos «no verbales» (los gestos, las poses, la vestimenta) que componen la «actuación» del líder frente a las masas. Así, mientras Psicología de las masas (Le Bon, 1986) y Las transformaciones del poder (Tarde, 1899) atendieron, fundamentalmente, a la dimensión «retórica» de la sugestión, los escritos de Rossi y de Ramos Mejía también se focalizaron sobre la «teatralidad» de la acción de los líderes.
Pensando en una clase concreta de «sugestionadores inmediatos», esto es, en los «oradores», Rossi (1904, pp. 91-92) mostró interés, en su libro, por el efecto que tenían, sobre la sugestión, la «apariencia del rostro» y la «presencia exterior» del hablante. Tal motivo le había sido sugerido por el intelectual uruguayo Víctor Arreguine (1899), quien dedicó un artículo a estudiar la incidencia que tenía la «presencia» en la política.20 Por su parte, en Las multitudes argentinas Ramos Mejía se refirió a la influencia sugestiva que el «cuerpo hermoso» de Rosas tenía en la mente de la turba, en términos que, aun en ausencia de una teoría de la libido, aluden, en forma inequívoca, a la naturaleza sexual del enlace. Nos permitimos una cita un tanto extensa:
La apostura estatutaria del […] caballero en sus magníficos corceles […] la cara ligeramente tostada […] los ojos claros, bellísimos, pero de una mirada penetrante e inquisidora […]. Rosas responde a los ¡vivas! del populacho sacándose el sombrero apuntado con movimientos de una circunspección teatral, dejando el mayor tiempo posible su cabeza, de buena configuración romana, descubierta, como para dar lugar a que la muchedumbre y las mujeres le atributen toda la admiración que él creía merecer, porque era vano y muy pagado de sus exterioridades de macho. Montaba a caballo como ninguno de los jinetes conocidos de la época […]. Ese predilecto de la muchedumbre la había conquistado por los halagos físicos de la carne, zahumada por la vaga voluptuosidad de ciertos fluidos misteriosos que le atribuía la sabiduría popular (Ramos Mejía, 1899, pp. 147-148).
Como surge de este párrafo y de otras formulaciones que dedicó al mando de Rosas, el autor argentino prestó suma atención a la dimensión teatral de su conexión con las masas. De hecho, en el libro en que se ocupó de desentrañar la personalidad y el régimen de gobierno de un personaje tan trascendente en la historia política de su país, se refirió al mismo como un «cómico consumado» o un «histrión» (Ramos Mejía, 1953, p. 286) que creaba, cuan artista, personajes creíbles, verosímiles, para una masa espectadora. Si la eficacia de sus performances pasaba por el efecto de realidad que las mismas generaban, su riesgo residía en la desmesura a la que el caudillo a veces era proclive, y que lo ponían al borde del grotesco.
Mientras en los escritos del autor argentino las referencias al teatro eran metafóricas, la dramaturgia funciona, en el libro de Rossi, como una matriz heurística que permite analizar el tipo de recursos y de procesos psicológicos que suponía la intervención del «sugestionador inmediato». En un tipo de aproximación que involucra un desarrollo psicológico de la idea (ya introducida por Le Bon), de que la sugestión se basaba en la reactivación de ideas y creencias preexistentes, el italiano sostuvo que la misma dependía de la memoria emotiva de los sugestionadores; de la mayor o menor calidad y cantidad de «reviviscencia» de la que eran capaces los individuos, en el encuentro con la masa. Para explicar en qué consistía tal proceso recurría al ejemplo del «actor»: al repetir expresiones, en una puesta en escena, este experimentaba emociones que no estaban presentes ni activas, sino que existían como «hechos de memoria» (Rossi, 1904, p. 50).
Toda esa corriente de recuerdos y pasiones pasaba por el cuerpo: se anunciaban y manifestaban en los movimientos del rostro -«los medios más poderosos de la sugestión» (Rossi, 1904, p. 55)-, en los gestos y las entonaciones de la voz. Al enfatizar estos aspectos, el italiano participaba de una tradición de análisis de la teatralidad iniciada por Cicerón, según la cual las entonaciones y gestos manifestaban el estado emocional que habita al actor (entendido, en este caso, como «sugestionador»), confiriéndole una presencia comunicable (Dauvois, 2001).
A MODO DE CONCLUSIÓN
Sin pretensión de saldar un recorrido, sino más bien de estimular otras investigaciones e interrogantes, las reflexiones que plantearemos en los párrafos que siguen constituyen un modesto y sintético balance del ejercicio analítico realizado.
Este artículo estuvo inspirado por el propósito de contribuir al desarrollo de una genealogía del liderazgo que, en lugar de constelar en torno de la figura del «jefe», siguiera las pistas del meneur o conductor de grupos humanos que carecen de estructuración y de jerarquías fijas o estables.
Guiados por esa búsqueda, en las páginas anteriores revisitamos textos que, si bien eran conocidos en el marco de reconstrucciones focalizadas en torno a las psicologías de las masas procedentes de distintos contextos nacionales considerados en forma «separada», no habían sido recuperados en «conjunto», ni habían sido objeto de lecturas que enfatizaran la simultaneidad de su producción.
Al remarcar el carácter coetáneo de las contribuciones de Nina Rodrigues, da Cunha, Ramos Mejía y Rossi, el abordaje ensayado nos permitió interpretar de otro modo conexiones ya establecidas, por ejemplo, entre las propuestas de los autores latinoamericanos y aquellas procedentes de la psicología francesa de las masas. También echó luz sobre conexiones «inesperadas»: así, entre los aportes del médico y psicólogo socialista oriundo del Sur de Italia, y aquellos de los intelectuales liberal-conservadores de América del Sur, en lo que atañe, fundamentalmente, a los planteos sobre la sugestión y al tratamiento que otorgaron a la cuestión de la jerarquización social ínsita en la problematización del liderazgo.
Así, si bien las reflexiones que los autores latinoamericanos dedicaron al liderazgo de masas suelen ser comparadas con las de sus pares franceses, lo cierto es que la representación de la sugestión que surge de Las multitudes argentinas y de Los sertones, así como, si bien de manera más tenue, de los artículos de Nina Rodrigues, no reproduce el esquema unidireccional de la «sugestión hipnótica» del que se sirvieron, analógicamente, Tarde y Le Bon, sino que se corresponde a un esquema «circular», según el cual la sugestión es recíproca: la ejercen las masas sobre el líder y este sobre ellas, dependiendo de las vicisitudes y ritmos de tal relación.
Una representación paralela se encuentra, en Europa, no en los trabajos de los intelectuales franceses, sino en el libro que el pensador de la Italia meridional, P. Rossi, dedicó a los sugestionadores. En su configuración colectiva, la sugestión resulta, para este autor, un proceso abierto a reciprocidades, inversiones, contra-tendencias y no delinea jerarquías fijas, sino móviles y cambiantes.
Releídos en conjunto, los trabajos de Nina Rodrigues, da Cunha, Ramos Mejía y Rossi coadyuvan a desestabilizar la asunción, habitualmente asociada al discurso de «la» psicología de las masas (discurso que se suele identificar, sin más, con las elaboraciones de Le Bon y Tarde), de que el control del comportamiento de las multitudes depende, en todo caso, del líder, quien las manipularía psicológicamente.
Asimismo, en comparación con la relevancia que la psicología francesa de las masas atribuye al conductor, el cual es pensado como un individuo dotado de capacidades o atributos si no extraordinarios sí especiales, que lo distinguen del hombre de la masa, tornándolo «superior», en el corpus de textos provenientes de América del Sur y del sur de Italia, la figura del líder pierde centralidad y su superioridad resulta matizada por el empeño que los autores considerados colocan en destacar que el mismo «se asemeja» a las masas.
La atención que los mismos prestaron a la incidencia que diversos factores tenían en la creación de un «atmósfera» o «clima» de sugestionabilidad generalizada, sumada al uso de un modelo «cíclico» para entender la sugestión y de encuadres (tales como los planteos acerca de la «multanimidad») que producen, como efecto, un descentramiento de la personalidad del líder, produce una visión «despersonalizada» del liderazgo, el cual tiende a pensarse más en términos de una «función» que de una noción que evoca la actuación de un individuo preeminente.
Aun así, los intelectuales a los que nos referimos no restaron todo protagonismo a los individuos, sino que les reservaron un cierto papel en el desenvolvimiento de los fenómenos de masas. Para volver inteligible tal incidencia echaron mano a desarrollos diversos, que incluían el análisis psicológico del «carácter» (Rossi), el discurso del «gran hombre» (da Cunha), las elaboraciones de la psiquiatría sobre la «locura de a dos» que distinguían, en la configuración de tal síndrome, un polo activo y otro pasivo (Nina Rodrigues), no menos que la evocación de los «fluidos misteriosos» (Ramos Mejía) que irradiaban ciertos cuerpos, de bella presencia, al comparecer frente a las masas.
En relación con esto último, mientras al analizar los «medios» de sugestión tanto Le Bon como Tarde hicieron hincapié en el uso reiterado de palabras capaces de evocar, en las masas, imágenes y emociones que las impulsaban a la acción, tanto Ramos Mejía como Rossi prestaron atención a la implicación que los gestos, la presencia física, la mímica, en fin, todo lo que hace a la teatralidad de la acción tenía en tal dinámica.
Del registro, sea desde una perspectiva ensayística (como en los textos de Ramos Mejía y da Cunha) o mediada por un modelo psicológico (como en el caso de Rossi), de lo que se producía en el «encuentro», cara a cara, entre un individuo, en rol de líder, y ciertas multiplicidades humanas desorganizadas, amorfas, inestables (así, un flujo mutuo de reviviscencias, unos estados de conciencia segundos, un cuerpo individual que trepida), surgen elementos que hacen «analizable» las dimensiones afectivas de la influencia, que tanta relevancia tienen a la hora de explicar las modalidades de ejercicio del poder que se derivan, no de una investidura formal, como en el caso de los jefes, sino del reconocimiento que le brindan las personas, tal como sucede con los meneurs, los caudillos y los líderes de los movimientos religiosos a los que se refirieron, en sus trabajos, Nina Rodrigues, da Cunha, Ramos Mejía y Rossi.










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