Introducción
Desde el semillero de investigación Tambo, adscrito a la Fundación Universitaria del Área Andina, sede Pereira, se realizó el proyecto Entre corridos y cafetales: expresiones de la narcocultura en jóvenes de Pereira. En él se analiza cómo los productos derivados de la industria cultural influyen en la configuración o promoción de la narcocultura como estilo de vida entre la juventud pereirana. El estudio se articula en torno a tres ejes analíticos: música, estética e imagen; no obstante, el presente artículo se centra en los hallazgos en torno a la música.
En esta investigación la industria cultural (y creativa) se entiende como un sector de la economía que produce bienes y servicios a partir de la cultura, las ideas y la creatividad (UNESCO, 2010). A la vez, los productos derivados de dicha industria manifiestan, de forma implícita, un componente ideológico que se refleja en formas de vida y en la creación de identidades (Horkheimer y Adorno, 1998). Lo que en otras palabras significa que la cultura se ve constantemente influenciada por factores externos que llegan a la sociedad a través de la televisión, las redes sociales, la radio, el cine, la moda, entre otros medios de difusión.
En ese sentido, diversos géneros musicales han incorporado en sus composiciones narrativas que reflejan modos de vida asociados con el poder, el dinero y la ostentación. Entre estos géneros se encuentran la música norteña, la banda sinaloense, la ranchera, el vallenato, la música popular colombiana, el reguetón, entre otros. Estas expresiones musicales aluden, de forma directa o simbólica, a dinámicas vinculadas con la narcocultura. En algunos casos, la relación con el narcotráfico es explícita; en otros, se manifiesta por medio de la idealización del lujo y el ascenso económico.
Colombia y México se posicionan como epicentros de producción musical relacionada con estas temáticas. Ambos países han sido profundamente atravesados por el narcotráfico, fenómeno que ha impactado en la configuración social, política y económica, y que, a la vez, se refleja en expresiones estéticas y artísticas. La emergencia de nuevos actores sociales, legitimados por el poder económico y la violencia, ha cuestionado la autoridad de las elites tradicionales. También, reconfigura las temáticas ofertadas por los productos de la industria cultural, dando cabida a una amplia oferta de bienes y servicios que expresan las características de la narcocultura.
En la actualidad existe una oferta de productos musicales, cinematográficos y televisivos que tienen como tema central el narcotráfico. Además, algunos sectores sociales se replantean los valores estéticos tradicionales y adoptan gustos que se caracterizan por lo llamativo, lo ostentoso y lo ruidoso. Jesús Antonio Pardo ha denominado a dicho fenómeno como lo narcochic, que en sus palabras: “son los valores estéticos y éticos establecidos y legitimados por el establecimiento comercial global; la popularización a niveles masivos de la cultura narco” (Pardo, 2018. p. 407).
En el ámbito musical, algunos narcotraficantes han financiado la producción de canciones que enaltecen sus figuras. De igual forma, la vida y las hazañas de los capos más influyentes han sido retratadas en numerosas composiciones por artistas de distintos géneros. De este modo, audiencias ajenas al narcotráfico han llegado a consumir y valorar positivamente estas canciones.
No se trata de un fenómeno restringido a un solo estilo musical; por el contrario, se observa una multiplicidad de géneros que comparten una narrativa centrada en el prestigio social derivado del poder adquisitivo. Aunque muchas canciones no abordan directamente el tráfico de drogas, sí coinciden en la exaltación del éxito económico como símbolo de estatus.
Es importante subrayar que el concepto de narcocultura posee múltiples dimensiones y es objeto de debate. En este trabajo se emplea para describir un estilo de vida basado en la ostentación y la exhibición de la riqueza. En ese sentido, la música refleja y reproduce dicho imaginario. Esta definición se plantea a partir del concepto de habitus propuesto por Pierre Bourdieu (1998), entendido como un conjunto de disposiciones interiorizadas que orientan prácticas y representaciones, por lo que se interpreta el consumo musical como una forma de expresión identitaria. Así, algunos artistas producen obras dirigidas a públicos que se reconocen en estas representaciones, mientras que otros asumen dicha estética como parte de su propia identidad.
El propósito principal de este artículo es, por tanto, describir cómo se manifiesta el consumo de géneros musicales asociados a la narcocultura en jóvenes de la ciudad de Pereira. Para ello, se plantea una contextualización que permita entender la relación entre música y lujo; además, se estructura un marco teórico para definir el concepto de narcocultura, lo cual se articula con los resultados del trabajo de campo.
Cabe señalar que los hallazgos aquí expuestos también se recogen en un documental elaborado por Mariana Aguirre Calzada, Manuela Jiménez Parra, Sergio Pedraza Cifuentes, Alejandro Naranjo Cano, Jeimar David Caro Quiñones y Daniela Franco Romero, estudiantes del programa de Comunicación Audiovisual y Digital de Areandina Pereira, e integrantes del semillero Tambo.1
Consideraciones metodológicas
Los resultados que se muestran en estas páginas se desprenden de una investigación que se enmarca dentro del paradigma interpretativo, dado que la recolección del material empírico se llevó a cabo mediante la observación directa y la interacción constante con los participantes. El estudio centró su atención en las prácticas cotidianas, rutinas, comportamiento y formas de pensar de los sujetos, quienes constituyeron las fuentes primarias.
Cabe recordar que “este paradigma se fundamenta en las subjetividades y da cabida a la comprensión del mundo desde la apropiación que de él hacen los individuos” (Miranda & Ortiz, 2020, p. 9). Por lo tanto, la información proviene de diversos canales expresivos, tales como el lenguaje verbal, los gestos, las actitudes y las dinámicas relacionales. De igual forma, se otorgó un lugar central a la subjetividad como vía privilegiada para acceder a los universos simbólicos, los marcos éticos y las orientaciones ideológicas de los individuos.
El proyecto busca comprender un fenómeno de índole sociocultural, priorizando la interpretación por encima de la búsqueda de relaciones causales. Esto justificó la adopción de un enfoque mixto, pero en el que la información cualitativa tiene mayor peso. En esta investigación prima la construcción de sentido y la descripción contextualizada. Bajo esta perspectiva, las técnicas y herramientas metodológicas fueron seleccionadas con la finalidad de captar los significados que los sujetos atribuyen a sus acciones cotidianas, lo que permite una interpretación situada de su entorno social. Cabe aclarar que la investigación se utiliza en la encuesta con fines complementarios, pero este artículo solo retoma información cualitativa.
El método etnográfico se consideró el más adecuado al propósito de la investigación, el cual se caracteriza por enfatizar la voz de los actores sociales por encima de las interpretaciones externas; y por la producción de un conocimiento contextual, construido desde la mirada del propio grupo investigado. En este estudio, la etnografía se concibe como método, lo que en palabras de Roxana Guber refiere a una postura que guía el proceso investigativo y facilita el abordaje de las prácticas sociales desde sus particularidades culturales específicas. “…la etnografía es una concepción y práctica de conocimiento que busca comprender los fenómenos sociales desde la perspectiva de sus miembros (entendidos como ‘actores’, ‘agentes’ o ‘sujetos sociales’)” (Guber, 2001, p. 12).
Por lo tanto, como método, la etnografía tiene una amplia relación con el paradigma interpretativo, ya que en ambos priman el conocimiento situado, que se obtiene directamente del universo simbólico de las personas participantes de la investigación. Como lo plantea Restrepo (2016):
La etnografía […] como encuadre, estaría definida por el énfasis en la descripción y en las interpretaciones situadas. […] La etnografía buscaría ofrecer una descripción de determinados aspectos de la vida social teniendo en consideración los significados asociados por los propios actores (lo que referíamos como la perspectiva EMIC). […] Esto hace que la etnografía sea siempre un conocimiento situado; en principio da cuenta de unas cosas para una gente concreta. No obstante, los conocimientos así adquiridos no significan que se limiten allí, ya que nos dicen cosas que pueden ser generalizables, o por lo menos sugerentes para entender de otra manera las preguntas que las ciencias sociales suelen hacerse (p. 32).
La estrategia metodológica se estructuró, por tanto, en torno a la etnografía, y se complementó con un conjunto de instrumentos adaptados a las particularidades del campo y de los sujetos participantes. Se buscó realizar una descripción de las acciones, discursos y representaciones, insertas en el contexto de los sujetos.
El diseño metodológico incluyó técnicas que permitieron una interacción directa con la población objeto de estudio. Se emplearon herramientas como la observación participante -acompañada de registros fotográficos y videográficos-, entrevistas semiestructuradas y una encuesta utilizada como instrumento de contraste y triangulación.
La población seleccionada estuvo compuesta por jóvenes y adultos jóvenes de la ciudad de Pereira, de entre los 18 y 34 años de edad. La selección de este grupo se debe a la relación que tiene con los perfiles generacionales y patrones de consumo asociados al fenómeno de estudio. Según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (2022), este grupo etario representa aproximadamente 130,037 personas en la ciudad.
Los sujetos de estudio fueron individuos dentro del rango de edad mencionado que frecuentan espacios o consumen productos vinculados con manifestaciones de la narcocultura. Con el proyecto Entre corridos y cafetales se realizó el proceso de diseño de instrumentos, aplicación y análisis de información durante un año. En este periodo se visitaron diversos espacios: bares, centros comerciales, restaurantes, tiendas, con el fin de realizar la observación (con o sin participación). Dicho proceso se registró en fotos. Además, se llevaron a cabo 60 entrevistas semiestructuradas y se aplicó una encuesta complementaria para triangular la información. La muestra estadística se definió con base en la población total estimada, que fue de 130,037 jóvenes. Se utilizó un nivel de confianza del 90% y un margen de error del 7%, lo que arrojó una muestra de 138 personas.
La decisión de aplicar una encuesta se centró en identificar patrones de consumo de los jóvenes de la ciudad. Ya que dicho dato sirve para contrastar la información cualitativa y, sobre todo, para definir cómo se presentan las tendencias y comportamientos de consumo frente a la adquisición de bienes y servicios de la industria cultural que se relacionan con la narcocultura, ya sean productos de tipo musical, visual o estético.
No obstante, el presente artículo se centra exclusivamente en el análisis de 20 entrevistas que abordan en específico la categoría “música”. De igual forma, no se incluyen los resultados derivados de la encuesta, ya que en el momento dicho instrumento se encuentra en aplicación. En consecuencia, los hallazgos aquí presentados deben considerarse parciales. Se trata, en suma, de una investigación de carácter exploratorio, que busca aproximarse a una problemática emergente en la ciudad: el consumo, por parte de los jóvenes, de productos y servicios culturales vinculados con la narcocultura.
Narcocultura y música en Colombia
Para comprender la relación entre la narcocultura y la música es fundamental iniciar por el corrido mexicano. Este constituye un género musical y una tradición narrativa que da cuenta de hechos reales, muchas veces centrados en las vivencias de personajes significativos. Los corridos emergen como una expresión del sentir colectivo, abordando temas que conectan con la experiencia popular, tales como los bandoleros revolucionarios, líderes sociales y las dinámicas de la vida rural.
De acuerdo con Lira-Hernández (2013), aunque se pueden rastrear antecedentes del corrido desde el siglo XIX, fue en las primeras décadas del siglo XX cuando adquirió una relevancia nacional, especialmente durante la Revolución Mexicana (1910-1920). En este periodo, el corrido se consolidó como un medio de expresión popular que narraba tanto las hazañas de los caudillos como los acontecimientos bélicos. Su estructura sencilla, tanto en lo musical como en lo lírico, facilitaba su comprensión y circulación, convirtiéndolo en un instrumento clave para la transmisión de noticias y relatos a lo largo del territorio mexicano.
Más allá de su función informativa, el corrido también cumplió un rol en la formación de la opinión pública, especialmente al servir como medio de propaganda política en el contexto revolucionario. La pluralidad de bandos y conflictos generó una amplia producción de corridos que exaltaban o cuestionaban a diversos líderes (Lira-Hernández, 2013).
Por su carácter popular, este tipo de música se asoció frecuentemente con sectores marginados del poder. La vinculación entre el corrido y el narcotráfico comienza en la década de los setenta, cuando el cultivo intensivo de marihuana en la sierra de Sinaloa con fines de exportación a Estados Unidos permitió que campesinos empobrecidos accedieran a nuevas formas de riqueza, dando paso al surgimiento de los primeros carteles de droga en México.
Estos pioneros del narcotráfico se convirtieron en fuente de inspiración para músicos norteños. Un ejemplo emblemático es la canción La Banda del Carro Rojo, de Los Tigres del Norte, basada en una historia del narcotraficante Miguel Ángel Félix Gallardo (Baldenea, 2024). A partir de la década de los ochenta, se hizo más evidente la asociación entre músicos y estilos de vida ligados al narcotráfico. Chalino Sánchez, figura icónica del corrido norteño, era conocido por su afición a las armas, su ostentación de joyas y vehículos lujosos. Su muerte violenta ejemplifica los riesgos y la proximidad de esta estética musical con el mundo del narco (Infobae, 2021).
Los corridos retrataban aspectos cotidianos de la realidad mexicana. Como manifestaciones de la cultura popular, ofrecían una visión del mundo desde la óptica de los sectores populares (Chávez, 2019). Ahora, con la aparición del narcotráfico en la realidad de México y sus efectos sociales, este género también sufrió un cambio sustancial. En la actualidad, las letras exaltan el lujo, el poder económico y las proezas de los narcotraficantes, todo ello con una narrativa épica. De este modo, contribuyen a la construcción y reproducción de representaciones sociales2 asociadas a la figura del narco (Lara, 2005).
Según Cárdenas (2018), los narcocorridos no son simples relatos o canciones: constituyen expresiones culturales que representan modos particulares de interpretar la realidad. Sus letras relatan hechos trascendentales, exaltan hazañas y transmiten enseñanzas desde experiencias concretas. El tono épico de estas composiciones contribuye a divulgar representaciones sobre la vida, la muerte, la legalidad y la transgresión, así como sobre las relaciones de amistad y enemistad. De esta manera, los narcocorridos funcionan como portadores de significados e impulsores de visiones sociales compartidas.
Con el paso del tiempo, los corridos han traspasado las fronteras mexicanas. En Colombia -país con una fuerte tradición de consumo de música mexicana- este tipo de géneros ha encontrado una audiencia receptiva. La ranchera y los tríos musicales ya eran ampliamente aceptados, por lo que la llegada del narcocorrido se dio de manera natural. En la actualidad, los géneros del norte de México dominan buena parte de la programación de emisoras populares en Colombia, e incluso desplaza expresiones locales como la música popular.3 Además, artistas colombianos han incorporado los ritmos, la estética, el lenguaje y la vestimenta característica del norte mexicano.
Sin embargo, la influencia del narcotráfico en la música colombiana no se limita a los corridos. Otros géneros como el vallenato, la salsa, el rap, el reguetón e incluso la música popular han incorporado, de forma más sutil, elementos asociados con la narcocultura. Las relaciones entre músicos y narcotraficantes han sido recurrentes, al igual que el consumo de drogas y la ostentación por parte de figuras del ámbito musical colombiano.
Artistas como Diomedes Díaz (vallenato) (Wallace, 2015), Joe Arroyo (salsa) (Las2Orillas, 2024) y Darío Gómez (música popular) (Nomesqui, 2025) han sido vinculados con escándalos relacionados al narcotráfico. También se ha reportado la participación de músicos en eventos privados organizados por capos, menciones al consumo de drogas en sus presentaciones e incluso vínculos con actividades ilegales.
En departamentos como Boyacá y Caquetá, la música mexicana tiene una presencia significativa. Esto se debe, en parte, a las similitudes entre las narrativas del corrido y las experiencias sociales vividas en estas regiones. Durante gran parte del siglo XX México fue el principal exportador de productos culturales hacia Colombia, lo que permitió la adopción de un modelo de masculinidad representado en el cine mexicano, profundamente arraigado en la figura del hombre audaz que desafía las normas establecidas y alcanza la riqueza.
González (2007)) señala que la fuerte penetración de la cultura mexicana en el país se debe a la construcción de un imaginario colectivo, que se forma a través de la llegada del cine y la música a mediados de la década los cincuenta. Estos contenidos promovieron la imagen de un hombre bueno y valiente, que lograba romper las barreras sociales y convertirse en una figura poderosa.
En palabras de González (2007):
El emergente capo colombiano, los mineros y campesinos vinculados con el contrabando de esmeraldas y el procesamiento de la pasta de coca, se imaginaron ser como ese “mero macho mexicano” que, gracias a la pantalla grande y las rocolas, trascendió los límites de su propio tiempo y espacio; para ser reinterpretado en muchas zonas del territorio colombiano, años más tarde con las historias de esmeralderos y narcos, enfrentados por “la blanca” y “la verde” (p. 33).
Por otro lado, el arquetipo del macho mexicano ofertado a través de la pantalla y la música, fue bien recibido en amplios sectores populares colombianos. Las canciones que relataban experiencias campesinas y rurales conectaron con las vivencias de las clases bajas, que integraron esa mexicanidad a su propio entorno.
En Boyacá, los esmeralderos adoptaron esta estética como referente. Desde la década de los ochenta, la música norteña fue ampliamente consumida en esta región. Grupos como Los Rayos de México, Ramón Ayala y Lupe y Polo fueron muy escuchados. Con el tiempo, surgieron agrupaciones locales como Los Rangers del Norte, Las Águilas del Norte y el cantante Uriel Henao, quienes se convirtieron en exponentes del corrido colombiano.
Este nuevo subgénero musical fue adaptado a las condiciones sociales colombianas. Figuras del narcotráfico como Pablo Escobar y los hermanos Rodríguez Orejuela sirvieron de inspiración para nuevas composiciones. Gonzalo Rodríguez Gacha, ferviente admirador de la cultura mexicana, fue un actor clave en la difusión del corrido y la música norteña en Boyacá. En otras regiones como Caquetá y Putumayo, surgió el llamado corrido cocalero, el cual refleja las dinámicas propias de zonas marcadas por el conflicto armado y el cultivo de coca.
Sobre los temas que tratan estos corridos, Almonacid (2016) señala que el repertorio aborda denuncias de campesinos frente a políticas de erradicación, al mismo tiempo que expresa las aspiraciones de los sectores populares, en especial de aquellos que habitan zonas marginadas y que ven en el narcotráfico una alternativa frente a la pobreza. Esta dimensión local se articula con dinámicas globales de carácter geopolítico.
En la práctica, productor y músicos -también compositores- asumen su rol como cronistas. Basados en fuentes periodísticas o en retratos biográficos sobre personajes con episodios culminantes, recaban testimonios en sus giras promocionales y componen la letra con jergas de la “sociedad narca”: “la fina” (coca), “soplones” (informantes), “traquetear” (traficar), etc. Revelan la vestimenta exótica, el patriarcalismo, el honor y sus muertes; teatralizan la política contemporánea; hacen recuentos de masacres, enfrentamientos militares entre columnas de las FARC, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), y la desaparecida cúpula paramilitar Castaño, o con Bandas criminales (Almonacid, 2016, p. 64).
Estas canciones visibilizan una estética ostentosa, reforzaban modelos patriarcales, códigos de honor y formas violentas de morir. Además, relataban el contexto político del momento mediante la mención de masacres, enfrentamientos entre grupos armados como las FARC, el ELN, los paramilitares liderados por los hermanos Castaño y otras bandas criminales (Almonacid, 2016).
En la actualidad, el auge de la música regional mexicana en Colombia es notorio en todo el país. Un informe de El Espectador destaca que Colombia es el segundo país de América Latina con mayor consumo de este tipo de música, después de Guatemala: “según Spotify. Esta misma plataforma registró un crecimiento del 124% en 2023 en el país, mientras que Amazon Music registra un aumento del 249% en este 2024” (González, 2024, párr. 6).
Hoy en día este género se escucha en todo el territorio nacional, se consolida en emisoras y desplaza géneros propios. Cantantes colombianos como Jessi Uribe, Luis Alfonso, Pipe Bueno o Jhon Alex Castaño han incorporado ritmos y estéticas del norte mexicano. Lo que antes se limitaba a la influencia de la ranchera, ahora se presenta como una imitación de la música regional mexicana.
El portal Monitor Latino informa que, si bien el género urbano sigue siendo el más escuchado, el regional mexicano lo sigue de cerca (Ortega, 2023). Lo que en el pasado se asociaba a entornos rurales o a figuras del narcotráfico, hoy forma parte del consumo cultural generalizado y masivo, sin distinción de clase social.
La ciudad de Pereira no es ajena a este fenómeno. Aunque históricamente predominaba la música popular, en la actualidad la música regional mexicana tiene un lugar destacado en emisoras, bares y discotecas. Incluso, existen espacios dedicados exclusivamente a este tipo de música, con presentaciones en vivo.
Pereira, capital del departamento de Risaralda, alberga una población de 488,839 habitantes, de este número 78,304 personas se encuentran ubicadas en zonas rurales (Alcaldía de Pereira, 2021). Además, la ciudad forma parte del Área Metropolitana Centro Occidente junto con los municipios de Dosquebradas y La Virginia. Los tres municipios concentran la mayor parte de la población, la industria y la economía del departamento. Además, su ubicación estratégica, en el centro del denominado Triángulo de Oro Colombiano, posiciona a Pereira como un destino turístico y de inversión económica (Caracol Radio, 2018).
Pereira también es parte del Eje Cafetero Colombiano. Esta región, conformada principalmente por los departamentos de Risaralda, Quindío y Caldas, se caracteriza por poseer un lazo cultural común que se origina en la tradición arriera y cafetera. Además, el Eje Cafetero es reconocido como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, lo que ha llevado a consolidar a la zona como uno de los principales atractivos turísticos del país (Paisaje Cultural Cafetero, 2022). En el presente, la región es el segundo destino turístico más importante de Colombia (después de la costa atlántica) y atrae a miles de visitantes cada año.
Por su parte, Risaralda está compuesto por 14 municipios, tres de los cuales conforman el Área Metropolitana Centro Occidente: Dosquebradas, La Virginia y Pereira. La población actual del departamento es de 978,614 personas (DANE, 2022), y Pereira es el municipio más poblado. Anteriormente, la economía de la región dependía casi exclusivamente de la producción agrícola, en especial del café. En la actualidad la ciudad tiene una orientación económica hacia los sectores de servicios, como el comercio y la salud.
La ciudad es pequeña en comparación a las grandes capitales del país, pero al igual que estas, tuvo un fuerte impacto del narcotráfico. En la actualidad, los coletazos de esta actividad ilegal se sienten en la ciudad. Grupos como el Cartel del Norte del Valle, Cordillera, el Clan del Golfo han operado en las calles de Pereira.
El dinero y la exhibición del lujo también caló en las dinámicas sociales de la ciudad, un ejemplo de ello es la transformación que tuvo la denominada música popular o de despecho que pasó de ser un género que se centraba casi exclusivamente en el desamor, para abarcar letras y estéticas que se ligan a la ostentosidad y las muestras de poder.
Narcocultura como estilo de vida
Esta investigación entiende la narcocultura como la adopción de un estilo de vida en el que el lujo y el alarde adquieren un valor social elevado. En este sentido, la narcocultura se aborda no solo como un fenómeno vinculado al narcotráfico, sino como una cosmovisión que se manifiesta en gustos, estéticas y prácticas de consumo cultural, como es el caso de determinados géneros musicales.
En un inicio, este estilo de vida se asoció directamente con narcotraficantes que irrumpieron en la vida social de Colombia, exhibiendo sus riquezas y excentricidades. Al día de hoy, esta forma de vida no es solo propia de los narcos, y se adopta y valora por personas que no se vinculan con actividades ilícitas.
Siguiendo a Bourdieu (2001), el estilo de vida puede interpretarse como la expresión concreta del habitus, es decir, del conjunto de disposiciones adquiridas que orientan la acción individual dentro de los límites impuestos por la estructura social. En este marco, elecciones como la música que se escucha, la vestimenta, el lenguaje o las actitudes ante diversas situaciones sociales están directamente condicionadas por la posición del individuo dentro del campo social. Como afirma el propio Bourdieu (2012), estas acciones y representaciones “se definen en principio en relación a un campo de potencialidades objetivas, inmediatamente inscriptas en el presente, cosas a hacer o no hacer, a decir o no decir” (p. 202).
Bourdieu (2012) desarrolló el concepto de habitus para describir un conjunto de disposiciones que influyen en la manera en que las personas actúan y piensan, las cuales están determinadas por su posición en la estructura social. El individuo no solo está condicionado por el lenguaje o el pensamiento, sino que también forma parte de un orden objetivo que da forma a sus representaciones del mundo. En otras palabras, el comportamiento y la forma de pensar de cada persona están condicionados por el entorno social en el que nace y crece. Las oportunidades reales y las aspiraciones que una persona puede tener están ligadas a los recursos económicos, culturales y sociales disponibles, los cuales son desigualmente distribuidos.
Desde esta perspectiva, comprender la narcocultura como un estilo de vida implica reconocerla como una forma de habitus que se manifiesta tanto en las prácticas como en las representaciones. Este habitus se caracteriza por otorgar un valor central a la acumulación de riqueza, al lujo y a la ostentosidad. Sin embargo, el simple acto de escuchar una canción de artistas como El Komander no significa una identificación plena con esos valores, sino que refleja esquemas de pensamiento construidos a partir de la trayectoria de vida del sujeto.
En la actualidad, este estilo de vida ya no se asocia exclusivamente con narcotraficantes, aunque la ostentación sigue siendo uno de sus principales signos. La industria cultural ha contribuido a expandir este estilo de vida a través de productos audiovisuales y musicales en los que predomina la exaltación de la opulencia. Así, el deseo de acceder a una vida sin restricciones económicas se convierte en una aspiración constante, aunque no implique una relación directa con el crimen organizado. La reproducción de estos ideales no implica necesariamente que quienes los adoptan estén involucrados en actividades ilegales, ni que los productos culturales los presenten de forma explícita.
La narcocultura como forma de vida expresa el deseo de mejorar las condiciones materiales de existencia. Mientras algunas personas logran cumplir con ese ideal, otras lo representan simbólicamente dentro de sus propias posibilidades. Las industrias culturales refuerzan este ideal a través de contenidos que exaltan la riqueza, incluso sin hacer alusión directa al narcotráfico.
En palabras de un entrevistado, la música asociada a esta estética puede servir como vehículo de identificación:
Me imagino muchas cosas de lo que dice la letra que de pronto me han sucedido como a, o sea, como a saber de qué, o sea, de lo que pasó, superarse en un poco de cosas. Y también adicional a eso es como motivarme más a lograr lo que muchos de las artistas tienen, no solamente por la fama, sino por lo que también dicen en sus canciones y llegar a tener también lujos. Y todo por medio del trabajo de uno (E. G., comunicación personal, 2024).
Desde el concepto de habitus, entendemos que el estilo de vida se traduce tanto en lo que se hace y en lo que se piensa, producto de un proceso de socialización influido por la posición que el sujeto ocupa dentro de la estructura social. En este sentido, las preferencias musicales también son expresión del habitus compartido por un grupo determinado, y por ello la música relacionada con la narcocultura encarna formas de pensamiento y percepción propias de ciertos sectores.
Un joven entrevistado relató cómo la exposición temprana a este tipo de música fue determinante para su gusto actual:
Pues desde muy chiquito, desde que tengo uso de razón prácticamente, porque entonces siempre la escuché por mi hermano y los amigos de él. Se escuchaba la música así entonces pues yo estaba en la casa, escuchando música, pues muy chiquito, escuchando todo eso. Uno aprende todo lo que lo que ve y pues sí, diría que, desde los nueve años, una cosa así (S. O., comunicación personal, 2024).
Como producto de la industria cultural, la música desempeña un papel clave en la legitimación y reproducción de identidades y visiones del mundo, las cuales se traducen en prácticas cotidianas (Cerrillo, 2018). En este sentido, las canciones vinculadas a la narcocultura contribuyen a reforzar un modelo de vida centrado en la ostentación y el éxito económico, que es acogido por una audiencia cuya visión del mundo ya se alinea con dichos valores.
Cabe mencionar que el narcotráfico transformó profundamente las instituciones colombianas, que afectaron tanto al Estado como al sistema político mediante la corrupción, y alteraron de forma duradera los valores tradicionales relacionados con la familia, la ciudadanía y la propiedad. Esta influencia dio lugar a una nueva configuración moral, en la que se redefinieron los límites entre lo aceptable y lo inaceptable. En este nuevo marco, el éxito se mide por la cantidad y el tipo de bienes que una persona puede mostrar, ya que estos objetos le otorgan prestigio social. En muchos casos, la procedencia de esas posesiones no es cuestionada, lo importante es poder exhibirlas públicamente.
Como lo menciona Pardo (2018), en la actualidad existe toda una oferta de bienes y servicios para satisfacer este nuevo gusto. Por ejemplo, la televisión y el cine ofrecen de forma desmesurada gran cantidad de productos con este objetivo.
En palabras del autor:
En el sinsentido social, en la desesperanza y la violencia absurda, la narcoestética de los grandes medios de comunicación, no proponen una denuncia frente al público de unas prácticas e imaginarios de la cultura del narcotráfico, sino que su preocupación es satisfacer una demanda de nuevos valores sociales y vender un nuevo estilo que ha ido naturalizándose a través del tiempo (p. 408).
La música no ha sido ajena a este fenómeno. En la actualidad muchos géneros masivos ofertan canciones en las que se vende el éxito económico como un objetivo de vida. En sus letras y videoclips exhiben el lujo material de forma desmesurada. Esto evidencia la presencia de público masivo deseoso de este tipo de contenidos. Muchas de las personas que escuchan estas canciones nada tienen que ver con actividades ilegales. Pero llama la atención cómo la sociedad estableció nuevos valores en los que el éxito se mide por la exhibición del dinero. Ahora bien, en este trabajo no se trata de legitimar el narcotráfico y la violencia, más bien se centra en la naturalización de estilos de vida que se caracterizan por patrones estéticos y de consumo que se asocian a la ostentosidad.
Música e imaginarios de los jóvenes en Pereira
Actualmente, la presencia de la narcocultura en la música es clara, al igual que su amplia aceptación entre el público. Pereira no es ajena a este fenómeno, donde estos estilos musicales forman parte del repertorio popular. Entre los géneros más escuchados en la ciudad figuran varios asociados a la narcocultura, los cuales gozan de alta demanda y una audiencia diversa. Cabe resaltar que Pereira ha sido cuna de reconocidos exponentes de la música popular, como Jhony Rivera, Andy Rivera y Jhon Alex Castaño, quienes forman parte de la estela cultural de la ciudad.
De igual forma, dentro de la ciudad existe una amplia oferta cultural que gira en torno a esta temática: bares, discotecas, emisoras, tiendas de ropa, entre otras, lo que deja ver que hay un mercado de bienes y servicios que gira alrededor de la exaltación del lujo. Para este artículo se analizaron 20 testimonios de jóvenes pereiranos entre los 18 y 24 años de edad. En común, estas personas tienen un gusto desarrol lado por los géneros musicales que en sus letras y videos hacen alegoría a la ostentosidad. Entre los artistas más escuchados por estos jóvenes se encuentran (Tabla 1):
Tabla 1 Artistas mencionados por los entrevistados.
| Género | Artista |
|---|---|
| Regional mexicana | Junior H, Fuerza Regida, Tigres del Norte, Karin León, Los Recoditos, Peso Pluma, Xavi, Grupo Frontera |
| Popular | Jeison Jiménez, Luis Alfonso, Jhon Alex Castaño, el Charrito Negro |
| Reguetón | CDobleta, Hades 66 y Luar, Bless, David New |
| Vallenato | Daniel Calderón, Diomedes Díaz,Silvestre Dangond |
Fuente: Elaboración propia.
Desde la perspectiva del habitus (Bourdieu, 1998), se comprende que la posición que cada individuo ocupa en la estructura social influye en sus formas de actuar y pensar, moldeando su proceso de socialización y aprendizaje cultural. En relación con la música, la mayoría de los entrevistados relataron haber estado expuestos a estos géneros desde su infancia, ya que eran comunes en sus entornos familiares. Un joven lo expresó así: “La escucho desde que era pequeño, la conocí gracias a mi familia y ha sido algo que he escuchado desde siempre” (E. M., comunicación personal, 2024).
Por lo tanto, el contexto es fundamental para la creación del gusto. Las experiencias sonoras de los individuos moldean el gusto musical, lo que en otras palabras significa que la música que se escucha dentro de la familia, a la larga genera conexiones emocionales vinculadas a momentos emotivos. De igual forma, el entorno cultural se encarga de enfatizar los gustos y de formar una identidad, que se expresan, en este caso, a través de hábitos de escucha musical. De igual forma, y de acuerdo al concepto de habitus, el gusto hacia determinado género musical deja de ser una elección y más bien es reflejo de la historia social del individuo.
A menudo, las letras de las canciones son reinterpretadas por los oyentes, adaptándolas a sus aspiraciones individuales, en las que el dinero continúa siendo un objetivo de vida. En este caso sobresale cómo muchos de los jóvenes escuchan canciones que hacen apologías al narcotráfico. Por ejemplo, entre los artistas que escuchan se mencionan a Peso Pluma, Natanael Cano, Fuerza Regida, entre otros, todos ellos exponentes de corrido tumbado, género que se caracteriza por aludir directamente al tráfico de drogas y de los supuestos beneficios que se obtienen de esta actividad. Así lo manifiesta Juan E.:
Sí, los corridos tumbados me gustan mucho, tiene que ser algo, o sea, algo popular, pero un poco más como de más estilo mexicano y me gusta. Me gusta mucho porque también tiene que ver mucho con el tema de lo que llamamos los caballos, el dinero, etcétera, pero me gusta mucho la letra y el ritmo que le pone cada artista como tal. Los corridos tumbados es un género popular, pero de pronto no tan llegado como el despecho ni nada de eso, sino que es más llegado como que la gente se motiva a trabajar para hacer su dinero (J. E., comunicación personal, 2024).
Aunque el corrido tumbado incorpora referencias claras al narcotráfico, sus oyentes no lo interpretan de forma literal. Para Juan E. este género representa una manera de ver la vida en la que el lujo y el dinero son metas válidas si se obtienen a través del esfuerzo y el trabajo. Por lo tanto, también se presenta una resignificación del contenido de las canciones por parte de los consumidores de estos géneros. Las letras se integran a las trayectorias de vida ajustadas a los valores personales y familiares, pero continúa el deseo por obtener y exhibir el lujo.
Frente a esto, el mismo entrevistado añade:
Este tipo de música me gustó porque me inspira a trabajar por mis sueños, hacer dinero, no dejar que nadie haga las cosas por mí, sino que yo soy el que las tiene que hacer y hacerme independiente. Y adicional a eso, me motiva a conseguir dinero en el futuro... Saber que uno como hombre no depende ni de una mujer ni de otro hombre ni de la familia, sino que uno tiene que ser un hombre que factura por sí mismo (J. E., comunicación personal, 2024).
El testimonio evidencia que a través de la música se representan los deseos aspiracionales de la audiencia. Las representaciones y los estilos de vida se refuerzan a través de los mensajes expresados en las letras. Eso sí, en el caso de este trabajo ninguna de las personas participantes considera el narcotráfico como una alternativa, pero los deseos de una vida llena de lujos siguen presentes. Por lo tanto, se presenta una resignificación del mensaje, que se aleja de las actividades ilegales, pero que continúa ofertando estilos de vida en el que el poseer riqueza se toma como valor y que es legitimado socialmente.
María R., comparte una idea similar:
Lo que más me incita de este tipo de música es el deseo ardiente de salir adelante, de triunfar. Y, pues, obviamente, cualquiera quiere tener una mentalidad de dinero y un futuro bien estable, una libertad financiera (M. R., comunicación personal, 2024).
De este modo, para estos jóvenes el narcotráfico no representa una opción, pero el dinero se convierte en un objetivo de vida. Las canciones promueven deseos aspiracionales en los que el lujo y la riqueza están presentes. Este tipo de música promueve y legitima un estilo de vida que deja atrás valores tradicionales propios de esta zona. Pereira ha sido una ciudad en la que se promueve la moral católica, además de tener un fuerte arraigo con la ruralidad. Ahora, los símbolos ofertados en las canciones se ajustan a la experiencia y trayectoria de vida de estos jóvenes, y se evidencian en nuevos modelos de vida en los que predomina la exhibición del dinero y el lujo, pero desligado de la actividad ilegal.
En palabras de Becerra (2018):
Un aspecto constante en la caracterización de la narcocultura son las aspiraciones y deseos que puede generar. Los elementos simbólicos contenidos en ella crean representaciones e imaginarios sociales sobre el tráfico de drogas, que llegan a configurar un mundo de vida con estilos, valores y patrones de comportamiento propios, y seducen a una gran cantidad de personas al convertirse en anhelos que van desde el consumo y apropiación de los contenidos simbólicos, hasta la incorporación en actividades del narcotráfico (p. 10).
Como lo afirma Becerra (2018) puede presentarse una correspondencia directa entre el consumo de estos productos y la legitimación de la violencia y del mismo narcotráfico, pero en este caso puntual dicha relación no se presenta. Aun así, se incorporan los contenidos simbólicos ofertados por estos productos y se establecen como estilo de vida, acompañado de deseos aspiracionales. Ahora, puede resultar preocupante cómo el dinero se convierte en sinónimo de éxito social que a la vez necesita de la exhibición a través de artículos de lujo.
Varios entrevistados reconocen que muchas de las canciones que disfrutan tratan temas como la violencia, las drogas o el dinero, pero afirman que lo que más valoran es el ritmo y la energía que les transmite. Algunos incluso asocian esta música con experiencias de esparcimiento y reunión.
Por ejemplo, Esteban B. dice:
No, la verdad no sé, normal. Ahora lo escucho como antes, como estar escuchando un tema de rap o de reguetón. No es como que la escuché para una ocasión especial, sino que la escucho cuando estoy de cualquier humor. Me sirve para desestresarme y hacer cualquier actividad (E. B., comunicación personal, 2024).
El comportamiento expresado en el testimonio evidencia que se tiende a validar temáticas relacionadas con la violencia y la ilegalidad. Se podría plantear que existe una normalización de este tipo de contenido que, en vez de producir cuestionamientos por parte de los jóvenes y la audiencia, más bien se convierte en fuente de diversión. Por tanto, se banalizan temáticas y comportamientos retratados en las canciones haciéndolos como algo corriente.
Sandro O. comenta algo similar:
Lo que son los corridos y la música popular, pues lo motiva a tomar cada que uno escucha una canción de ese tipo. Uno quiere hacer algo con los parceritos, pues hacer algo así. No es que no escuche una canción y diga ‘hay que matar’, no, pero sí me alienta a hacer algo relacionado con los corridos y la música popular, a beber, pues no mucho (S. O., comunicación personal, 2024).
Esto demuestra que, en muchos casos, el contenido violento no impacta de forma directa en las acciones de quienes lo escuchan. Para ellos, esta música representa una vía de entretenimiento más que una incitación directa a la violencia. Eso sí, se le asocia con el consumo de alcohol. Cabe aclarar que el consumo de alcohol, las fiestas y las mujeres son una constante en las letras del corrido y la música popular, por ejemplo: la canción Tequila con cerveza del cantante Luis Alfonso dice: “Llegaron las botellas/ las chimbas están buenas/ ¿y qué hay pa´ la cabeza? / tequila con cerveza”.
De igual forma la canción Pa´Las Que Sea, de Jhon Alex Castaño alude directamente al consumo de alcohol: “Y hoy estoy como el guaro, pa’ las que sea/ pa’ donde me eviten, que yo estoy firme/ porque hoy nos los tomamos/ y esta vez la farra es porque te fuiste”.
Asimismo, otra de las temáticas que se manifiestan en estas canciones es el desamor y la traición. Algunos de los jóvenes entrevistados expresaron la inclinación por este tipo de letras, que se prefieren por encima de temáticas de narcotráfico y violencia, así lo afirman dos de los entrevistados:
Lo que más se habla es sobre las drogas, el narcotráfico y esas vueltas de tener dinero. Pero también hay temas como de desamor o de traiciones, que son los que más pegan a la hora de tomar o del despecho (L. B, comunicación personal, 2024).
En el mismo sentido, E. Morales añadió:
Es muy chistoso porque generalmente en la letra se hablan de un desamor, como de esa traición por parte de la mujer... y es muy chistoso porque yo nunca he estado despechado, pero me siento identificado con la letra, la aprendo rápido y la canto como si lo estuviera (E. M., comunicación personal, 2024).
Años atrás, la música popular centraba casi todo su contenido en la temática del desamor, por eso también era conocida como música de despecho. No resulta extraño que los nuevos cantantes sigan incorporando estas temáticas en sus canciones. De igual forma, los jóvenes entrevistados crecieron escuchando este tipo de música en su seno familiar, por lo que no sorprende que estas líricas resulten de sus preferencias. Pero, un elemento a resaltar es que estas canciones también se relacionan con el consumo alcohol, incitado por la pérdida o la traición del ser querido.
Por ejemplo, la canción Se acabó de Yeison Jiménez: “No voy a dejar que se acabe mi vida/ por un mal amor que dejó mil heridas/ prefiero volver de nuevo a la cantina/ sacar los caballos pa’ a ver quién se anima”.
Una de las características de este tipo de canciones es que muchas veces promueven la cosificación de la mujer e ideas machistas. Por ejemplo, Javier J. vincula las letras con nociones de masculinidad, ya que siente que es algo varonil superar adversidades, característica que se presenta en el sujeto sin importar el género.
Las letras hablan de personas que han superado retos o que tienen una tendencia a algo varonil... me gusta por ese sentido, y sobre todo el ritmo que es lo que más me gusta” (J. J., comunicación personal, 2024).
Otros entrevistados también señalaron que encuentran inspiración en las historias de vida de los cantantes. Fernanda R. expresó:
Lo que me motiva es ver que muchos de estos cantantes vienen de estratos muy bajos, y ver cómo, con la música, la disciplina y una mentalidad ganadora, pueden lograr algo significativo. Me inspira a lograrlo también (F. R., comunicación personal, 2024).
El testimonio refleja cómo la historia de vida de los artistas se posicionan como modelos a seguir. Cabe anotar que, como casi todos los ídolos populares, estos cantantes provienen de familias pobres y mantienen una conexión constante con los sectores de donde son originarios. Un factor clave en su éxito es que se convierten en representantes del “pueblo”, por ello, siguen utilizando los códigos culturales propios de clases populares, aun cuando ellos ya sean millonarios. Estos artistas representan el ideal del éxito, que además se manifiesta en posesiones como autos, joyas, mansiones o caballos. Se promueve así, a través de un producto de la industria cultural, una forma de vida que valora el ascenso social, el lujo y el éxito económico, aspectos que se expresan a través del consumo musical.
En Pereira, géneros como los corridos y la música popular han alcanzado gran éxito. Si bien muchas de estas letras promueven y glorifican actividades delictivas, los entrevistados evidencian que en la ciudad se produce una resignificación del contenido de las canciones. Se retoma la idea de éxito representada en dinero y posesiones lujosas, pero se aleja de las actividades delictivas como vía para conseguirlo. Aun así, este tipo de canciones suscitan representaciones y prácticas que toman la riqueza y el consumo con un valor social, que además distingue a la persona dentro de los grupos.
En última instancia, el gusto por este tipo de música se vincula a procesos de socialización y a la identificación con discursos sobre el éxito. De igual forma, este tipo de música se relaciona con prácticas asociadas al consumo de bienes, que se consideran de lujo y a la necesidad de exhibirlos. Por lo tanto, este tipo de contenidos musicales promueven el estatus social asociado con las posesiones, al poder adquisitivo y la figura de persona opulenta que cobra relevancia social a través del dinero.
Consideraciones finales
La música que refleja la narcocultura no se restringe a un solo género. Diversos estilos como la salsa, el vallenato, el rap, la música popular y la regional mexicana abordan en sus letras, o a través de la estética de sus intérpretes y seguidores, temas como el narcotráfico, el lujo, el poder y la ostentación. En el presente dichas temáticas encuentran un mercado en crecimiento y toda una oferta de bienes culturales dispuesta a satisfacer dicha demanda.
Cabe aclarar que la narcocultura tiene diversas interpretaciones todas ellas relacionadas con los impactos sociales que ha tenido el narcotráfico en los países donde se presenta. Como lo plantea Becerra (2018) la narcocultura es
[…] un conjunto amplio y dinámico de elementos simbólicos que hacen referencia al tráfico de drogas, el cual tiene un alto potencial para generar deseos, aspiraciones y esperanzas, así como para producir y reproducir un mundo de vida específico, y justificarlo socialmente, aunque esté asentado en la violencia, la muerte y la ilegalidad (p. 12).
En este trabajo se retoma la dimensión estética de la narcocultura que se manifiesta en una forma de vida que exalta la ostentación, el lujo y el consumo desmedido. En el caso de Colombia, el narcotráfico produjo las transformaciones de los valores tradicionales de la sociedad, que derivó en el surgimiento de un nuevo estilo de vida en el que prima la idea de éxito respaldada por el dinero y la necesidad de ser exhibida a través de lujos y riquezas. De igual forma, se reconfiguraron los valores estéticos lo que tuvo un impacto en diversas manifestaciones artísticas, por ejemplo, en la música.
Uno de los géneros donde estas referencias al mundo del narcotráfico son más explícitas es el corrido. Originalmente, el corrido narraba hechos reales del pueblo mexicano, pero con el tiempo el protagonismo pasó a los relatos sobre figuras del narcotráfico, cuyas hazañas comenzaron a ocupar un lugar central. Este tipo de música llegó también a Colombia, especialmente al departamento de Boyacá, donde fue bien recibido por sectores como los mineros, los esmeralderos y personas vinculadas a negocios ilegales.
A lo largo del tiempo, México se consolidó como el principal exportador de productos culturales hacia Colombia, como la música, el cine y las telenovelas. Esto facilitó la apropiación de elementos de la cultura mexicana por parte de sectores populares colombianos, en particular aquellos con menos recursos económicos. Actualmente, géneros como el corrido tumbado, la música de banda sinaloense y la norteña han ganado un lugar importante entre los gustos musicales del país, especialmente en ciudades como Pereira. En la ciudad, la música regional mexicana goza de gran aceptación, y han surgido espacios culturales y comerciales que adoptan la estética propia de este estilo musical. De igual manera, géneros propios del país, por ejemplo, la música popular, han incorporado elementos estilísticos y estéticos propios de los ritmos del norte de México.
El gusto por estos géneros está determinado en gran parte por procesos de socialización: la posición social de los individuos influye directamente en sus preferencias culturales, incluida la música. Varios de los entrevistados señalaron que este tipo de canciones formó parte de su entorno familiar desde temprana edad, lo cual contribuyó a consolidar su afinidad por ellas. Lo cual se relaciona con el concepto de habitus planteado por Bourdieu, entendido como una serie de disposiciones que guían la acción del individuo dentro de la estructura social. En ese sentido, la elección, por ejemplo, de la música que se escucha, está condicionada por la posición social que se ocupa y por el proceso de socialización.
De igual forma, el habitus se manifiesta a través de acciones y representaciones, en otras palabras, en lo que hago y en lo que pienso. Por lo tanto, este tipo de música oferta visiones de mundo que priorizan el éxito económico y que, en algunos casos, validan cualquier camino para alcanzar dicha meta. En este proyecto las personas entrevistadas afirman el deseo por conseguir riqueza, pero se desligan de las actividades ilegales como mecanismo para alcanzar este propósito. Por lo tanto, se produce una resignificación de las canciones, más allá de que las letras contengan referencias directas al narcotráfico y a la violencia.
Asimismo, en el caso de los jóvenes entrevistados se percibe una normalización de los contenidos de las letras de las canciones. No importa que hablen de temas violentos o delictivos, en algunos casos solo se reconoce la importancia de esta música como elemento de entretenimiento. Muchos de los jóvenes manifiestan que este tipo de canciones se relacionan con fiestas y alcohol. De hecho, muchas de las letras hablan directamente del consumo de bebidas alcohólicas y de fiestas. Igualmente, el desamor es otro tema recurrente, pero también se relaciona dicho sentimiento con la bebida.
Por último, muchos de los cantantes de estos géneros se convierten en referentes y modelos a seguir para los jóvenes. Sus historias de vida se comercializan y muestran a los artistas como personas provenientes de sectores pobres, que pese a las adversidades lograron el éxito, pero sin perder la humildad. Dichas biografías se respaldan públicamente con posesiones lujosas que se reafirman en videoclips y presentaciones que exhiben las supuestas riquezas de los cantantes. Por lo tanto, la industria cultural ha fabricado un producto que vende una idea de éxito en la que prima el dinero y el consumo desmedido a manera de símbolos de estatus social. Los relatos de las canciones y las imágenes que proyectan los artistas, se asocian con objetivos de vida por parte de los jóvenes.










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