Conviene establecer de inmediato el lugar de enunciación que el autor del libro aquí valorado, el profesor Marcos Schiavi, se asigna en las primeras páginas de su estudio sobre la participación de los obreros organizados durante el primer periodo del Peronismo. Esa ubicación es, además de una toma de postura en el espacio de los estudios universitarios, el aviso de sus objetivos como investigador. El estudioso del sindicalismo se presenta como nieto de cuatro trabajadores que ejercieron su oficio durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón: tres obreros en los ramos de las industrias textil y metalúrgica, y un chofer de colectivo. La experiencia familiar y la militancia política que el autor asocia a este dato biográfico se resuelve en la certeza de que tanto el movimiento obrero como el peronismo “siguen siendo determinantes para cualquier político que busque expresar el campo nacional y popular argentino” (9).
Esta referencia oblicua al universo teórico de Antonio Gramsci se completa inmediatamente con aseveraciones que funcionan como presupuestos de la explicación de la estructura del gobierno peronista que, desde ya lo asentamos, tiene para Schiavi la escala de un Estado rediseñado a la luz del peso que los trabajadores fabriles cobraron en la composición sociodemográfica de la Argentina de los años treinta y cuarenta, y habida cuenta de la intención deliberada, estratégica, de incorporar este contingente en el cuerpo de la sociedad política como un agente orgánico. Los presupuestos del enfoque son los siguientes: el ejercicio de la política en una sociedad de masas latinoamericana se encuentra unido al trabajo de organización social de base; esta vinculación se dirige a la transformación del orden social como fin de la política; el líder popular sólo encuentra fortaleza en la movilización de fuerzas colectivas organizadas. Quien escribe este libro lo hace convencido de que la sociedad, a contrapelo de la atmósfera mediático-digital que impera en nuestro tiempo, debería reincorporarse en clave de movilizaciones de base en los procesos de la política, toda vez que aquélla posee el derecho legítimo de intervenir en el mando de una comunidad nacional.
Una alianza que transformó el país. Los sindicatos y el primer peronismo se encuadra en un movimiento en curso desde hace varios años en la academia: la reconsideración de los esquemas conceptuales que, a partir de los años setenta del siglo XX, se configuraron -hasta el grado de una solidez que se antojaba casi indiscutible- acerca de la vida política de los años treinta y cuarenta. En tales esquemas se afinca, precisamente, el juicio del Peronismo como anomalía histórica o deriva lamentable que se aparta del tronco de las tradiciones políticas mayores de Occidente. Schiavi rechaza esta tesis mediante su estudio, desentendido de posturas normativas que se alimentan en los apotegmas de la teoría política abstracta, inadecuados para dar cuenta de la interacción humana con fines de intervención efectiva en el dominio público. La reconsideración en que se inscribe el autor atañe directamente al entendimiento de formas políticas, figuras y discursos de índole popular acreditados en el escenario de una profunda preocupación por la vigencia de la democracia liberal, no sólo a la luz del ascenso -legitimado socialmente- de experiencias autoritarias, sino también a la luz de una compleja trasformación de las sociedades con base en el crecimiento del mundo del trabajo, el ascenso del prestigio del Estado como instancia reguladora de los procesos productivos modernos, y las opciones de desarrollo económico abiertas a las naciones latinoamericanas como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial.
Para el autor del libro carece de sentido la caracterización a priori del Peronismo como una forma política que tendría como designio convertirse en un gobierno calcado del modelo de la dictadura nacionalista militar, fraguado en la Italia de los años veinte y la Alemania de los treinta. El valor de la inserción de este trabajo en el replanteamiento de las experiencias y formas políticas de los años treinta y cuarenta radica en formular un objeto de estudio preciso, acotado como análisis estructural del funcionamiento del primer peronismo, desde su ascenso en 1943 hasta su declinación en 1955. El Peronismo vendría a ser, luego del primer segmento de su gestión (1943-1948), una forma política concebida como un Estado constitucional, remodelado por virtud de su alianza con una fuerza histórica que entonces cobró un papel transformador de la cultura política tradicional: el sindicalismo.
La materia histórica que sirve de base al análisis de la praxis política del Peronismo se inicia con el golpe militar del 4 de junio de 1943, que hizo posible la toma del poder por parte de un grupo de militares entre quienes se destacaría el Grupo de Oficiales Unidos, núcleo de la gobernabilidad del país por medio de la construcción de una nueva formación política. Esta formación tiene como recurso principal de acción social la colocación de las relaciones industriales en el centro de la administración pública. El coronel Juan Domingo Perón se destaca como personalidad dominante en la escena pública, luego de reorientar el sentido de la política en términos de movilización obrera y gestación de un “nuevo sentido común popular” con el fin de incidir en el diseño de la sociedad política argentina, estableciendo una nueva relación de fuerzas.
A este respecto, es significativa la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión el 27 de noviembre de 1943, que asigna un espacio autónomo en la red de los ministerios del gobierno a los asuntos hasta entonces reservados a una Dirección Nacional en el Ministerio del Interior, la del Trabajo. Perón, titular de esta cartera, se ve en condiciones de otorgar agencia política a una fuerza social cuyo poder de estabilización de una sociedad sumida en el conflicto crónico convierte en el capital más cuantioso de su fortuna política. Con esta instancia estatal de organización y movilización de masas, Perón gestiona su exaltación al primer puesto del gobierno; una exaltación popular que sanciona el giro populista de la nación (17 de octubre de 1945), convertida después en triunfo electoral (24 de febrero de 1946). Esta es la base de un partido político identificado con la figura del coronel, pero, sobre todo, el motor de un conjunto de políticas públicas que dan al argentino la coherencia de un Estado social. Un Estado proclive a intervenir en las relaciones productivas y en el proceso económico nacional en obediencia del paradigma del bienestar. “Los principales ejes político-económicos del primer peronismo fueron la distribución del ingreso, la expansión del empleo y el aumento de la participación del sector público en el sistema productivo” (67).
Una alianza que transformó el país quiere ameritarse en la bibliografía sobre el Peronismo mediante la descripción de la reformulación de las relaciones políticas que entonces se operó como un proceso instrumentado en las coordenadas del Estado nacional; ese proceso rediseña al Estado según las claves de las políticas económicas en debate mundial a lo largo de los años treinta y cuarenta, respuestas a las diversas crisis de la tradición liberal (ya económico-productivas, ya políticas). El proceso también se coloca en el escenario de una expansión económica de ciertos países latinoamericanos por obra del acceso a recursos de financiamiento para el sector industrial. Referencias de este tipo, necesarias para situar el análisis estructural de la forma política del Peronismo, son incidentales en el estudio.
La praxis política de la forma de organización social conocida como Peronismo corresponde a la formación de un Estado fuerte, interventor por obra de una legitimidad popular traducida en disposiciones constitucionales, construida gracias a la movilización de la clase obrera que respalda iniciativas de gobierno tendientes a aumentar su participación en la renta de la nación. A este propósito, el estudio consigna los instrumentos jurídicos que sancionan en el cuerpo legal del Estado el nuevo orden de cosas, así como también los mecanismos de la gestión de las relaciones industriales de una sociedad moderna que consisten en la Central General de Trabajadores (CGT), los convenios laborales (contratos colectivos), las Comisiones Internas y los Delegados obreros afincados en los espacios donde ocurren las relaciones de producción. Estos elementos hicieron posible la intervención de los trabajadores organizados en el gobierno de las empresas, de acuerdo con las facultades que el nuevo orden legal depositaba en sus manos para contener al capital en favor de un Estado de Bienestar en cierne. Esta estructura de Estado, que implica dimensiones jurídicas, administrativas y sindicales, terminó por rendir los dividendos de un aparato de planeación económica puesto en las manos del Poder Ejecutivo, detentado por Perón.
La instancia más destacada de este diseño administrativo es la CGT. Este organismo cobró enormes dimensiones con dispositivos (Comisiones) y facultades legales para regular la vida interna de los sindicatos en obediencia de las directrices de política económica del gobierno, y de los derechos laborales promulgados por el nuevo Estado. La CGT propició la modernización de los sindicatos al costo de la centralización y federalización de los procesos de toma de decisiones, concomitantemente con el desarrollo de dependencias especializadas en el seno de estas instituciones destinadas a implementar actividades de asistencia y bienestar de los agremiados, como el ahorro, la salud o el turismo. En esta línea de crecimiento, el sindicalismo tutelado por la CGT dispuso de mecanismos para incidir en los eventos de conflictividad que ocurren en las relaciones laborales por obra de crisis económicas.
En suma, el poder del Peronismo es planteado en este libro, en primer lugar, como un poder de Estado que moderniza las relaciones industriales; en seguida, un poder público que da cuenta, por virtud de nuevas estrategias de administración y derecho laboral, de una sociedad nueva, transformada en su base sociodemográfica y productiva; y, finalmente, un poder público de Estado que hace de la movilización y organización obrera un insumo de políticas públicas.
He aquí la base estructural de una dialéctica entre poder público y trabajo que permite a Marcos Schiavi salir de la lógica dominante en el juicio historiográfico sobre el Peronismo, centrada en los atributos del autoritarismo y aun la dictadura. De este modo, el autor reconoce la maquinaria política que hizo posible la gestión del mandatario en términos de un poder público, constitucional, transformador, capaz de enfrentarse a poderes fácticos como los representados por la Iglesia, el Ejército y los empresarios.
El segundo periodo del mandato peronista considerado en este libro (1949-1955), se distingue por las restricciones que, luego de la superación de las condiciones de guerra, la economía internacional impuso a polos de posible desarrollo industrial en América Latina. El modelo industrializador de la Argentina peronista carece entonces de recursos y debe refugiarse en sus propias condiciones estructurales. La más recurrente entre éstas fue el aumento de la productividad del trabajo y la contención de sus medidas de bienestar social, vía los topes salariales. En consecuencia, el modelo sindical presidido por la CGT se ve enfrentado a graves desafíos; el primero de éstos, su capacidad de regular la esfera sindical a contramano de las políticas públicas que habían servido para el ascenso y consolidación del Estado peronista.
Aquí entra en juego uno de los intereses más caros para el estudio de Marcos Schiavi: poner en duda la tesis habitual del movimiento obrero como un instrumento rendido incondicionalmente a los intereses del Ejecutivo, perdida toda su autonomía a manos de una forma política autoritaria. El parecer del estudioso, con base en una revisión de los conflictos imperantes durante los años cincuenta en los ramos textil y metalúrgico, se inclina en favor de la efectiva movilización autónoma de los obreros de base, causa de una crisis de representatividad de la CGT cuando estos trabajadores se opusieron a la intensificación del uso de la mano de obra, a la contención salarial y al retroceso del camino ya recorrido para tener presencia en el gobierno de las empresas. En este sentido, el estudio hace suya la siguiente afirmación de Louise Doyon, una de las autoridades más preciadas en el estudio: “los dirigentes sindicales no sólo pasaron por alto las consecuencias que su actitud entrañaba para la sustentabilidad del régimen, también prefirieron ignorar el cambio de rumbo realizado por el Gobierno al respaldar propuestas que no podían justificarse en términos de la emergencia económica” (151).
De acuerdo con Schiavi, el poder obrero nunca ocupó en el Estado peronista una mera función instrumental; por el contrario, siempre habría gozado de agencia por virtud de sus capacidades de organización y movilización de base, manifiesta en el periodo señalado en contra de las Comisiones y los Delegados. “Los trabajadores se negaron a renunciar a los derechos ganados a lo largo de casi una década, incluso a sabiendas de la crisis política por la que atravesaba la gestión.” (161) El estudio se abstiene de establecer una relación causal entre la movilización de los sindicatos de base y la crisis final del Peronismo, pues su interés se contiene en el análisis de la concurrencia de esa fuerza corporativa en un nuevo diseño de la política; concurrencia que ha cobrado el estatuto de un poder autónomo. Juan Domingo Perón cayó en septiembre de 1955; con él cayó una forma de gobierno y un modelo de país transformados por la inserción de los trabajadores organizados en el cuerpo del Estado. Como concluye Schiavi, después de todo, el “Gobierno removido no había sido sólo de Perón”, sino también de la fuerza obrera (173).
Si, como quiere el depositario familiar de una herencia obrera, Marcos Schiavi, la expresión política del “campo nacional y popular argentino” se ha remitido y se remite aún a la experiencia histórica del Peronismo, esto ha de ser así porque dicho periodo corresponde a la formación de un nuevo Estado, una estructura política y constitucional determinada por la corporación organizada y movilizada de los trabajadores. Tal es, para quien escribe esta reseña, el estricto recorte de una materia histórica que, por supuesto, deja fuera de la escena consideraciones de índole diversa a este enfoque propio del análisis estructural de las formas políticas.










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