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Latinoamérica. Revista de estudios Latinoamericanos

On-line version ISSN 2448-6914Print version ISSN 1665-8574

Latinoamérica  n.82 Ciudad de México Jan./Jun. 2026  Epub Mar 23, 2026

https://doi.org/10.22201/cialc.24486914e.2026.82.57811 

Artículos

El marxismo en la postdictadura argentina: retirada y restos espectrales1

Marxism in post-dictatorship Argentina: withdrawal and spectral remnants

* Universidad de Buenos Aires, Argentina. ramiro.parodi@hotmail.com


RESUMEN

RESUMEN: en este artículo se ofrece una revisión de las revistas culturales de los años ochenta en Argentina con el fin de conocer cuál fue la tramitación del marxismo durante el proceso de transición democrática. Se conjetura que fueron años de retirada del marxismo. Las críticas analizadas se agrupan en “series”: la primera es denominada “obsolescencia”, en el sentido de que la teoría marxista es anacrónica, y la segunda “error teórico”, que plantea la crítica en el orden teórico. Entre la superación de Marx y el postmarxismo se dirime cómo sacrificar a esta teoría que ya no es requerida por el entusiasmo que suscita el inicio de la transición a la democracia. Desde esta premisa, la década de los ochenta se constituyó como un periodo de consolidación de un lenguaje político postdictatorial que tuvo que prescindir de los conceptos e imágenes del marxismo para dar lugar a un proceso de neoliberazación nacional.

PALABRAS CLAVE: Marxismo; Intelectuales; Transición democrática; Postdictadura; Neoliberalismo

ABSTRACT

ABSTRACT: This article offers a review of the cultural magazines of the 1980s in Argentina to understand how Marxism was handled during the process of democratic transition. It is conjectured that these were years of Marxism's retreat. The analyzed critiques are grouped into “series”: the first is called “obsolescence,” in the sense that Marxist theory is anachronistic, and the second “theoretical error,” which frames the critique in theoretical terms. Between the overcoming of Marx and post-Marxism, it is decided how to discard this theory that is no longer needed due to the enthusiasm sparked by the beginning of the transition to democracy. From this premise, the 1980s became a period of consolidation of a post-dictatorial political language that had to dispense with the concepts and images of Marxism to make way for a process of national neo liberalization.

PALABRAS CLAVE: Marxism; Intellectuals; Democratic transition; Post-dictatorship, Neoliberalism

EL MARXISMO EN LA POSTDICTADURA ARGENTINA: RETIRADA Y RESTOS ESPECTRALES

Cuando uno abre las páginas de las revistas intelectuales culturales (Tarcus, 2020), texto e imagen se combinan y cobran vida haciéndonos muecas, riéndose de nosotros y susurrándonos apenas detalles de un pasado cercano en el tiempo y lejano en el sentido. Escrituras a cinco columnas interrumpidas por grabados cubistas y futuristas, publicidades de aerolíneas e imágenes periodísticas buscaban intervenir el barroco formato. Uno de los tantos fantasmas que habitan estas revistas es el de Marx, figura evanescente que irrumpe en un dossier sobre las utopías o en una discusión sobre las reglas del nuevo tiempo democrático o en debates sobre los nuevos sujetos políticos. Marx aparece y desaparece contra la voluntad de los autores, cuya sentencia está decidida antes del juicio: esta teoría debe ser sacrificada.

En este artículo vamos a agitar ese fantasma. Primero recomponiendo una coyuntura ideológica que denominaremos como “nuevo comienzo”. A partir de discusiones sobre el concepto de utopía trazaremos rasgos de un marco ideológico en el que se dieron una serie de debates en torno a qué hacer con la herencia de Marx. Llamaremos a ello “ideología del nuevo comienzo” y veremos cómo determina los posicionamientos en torno a la teoría marxista pocos años antes de la caída del Muro de Berlín y algunos después del retorno democrático. Luego haremos un rodeo por las discusiones de la revista Unidos para mencionar de qué modo los militantes e intelectuales del peronismo participaron de la “ideología del nuevo comienzo”.

Posteriormente describiremos dos conjuntos de críticas al marxismo bajo la conjetura que señala que los años ochenta fueron un período de retirada de esta teoría. El recorrido realizado permitirá plantearlo de este modo: el marxismo fue el sacrificio necesario para comenzar el tiempo nuevo que buscaba dejar atrás los estragos producidos por la última dictadura militar. Ordenaremos las críticas en dos “series” (Foucault 1962). La primera la denominamos “obsolescencia” y apunta a pensar la incompatibilidad entre el tiempo nuevo y la teoría vieja y la segunda “error teórico”, organizada a partir de una serie de críticas teóricas al marxismo tales como el eurocentrismo, el determinismo económico y la teleología.

El corpus que organizará el análisis de este artículo está compuesto por las revistas Unidos,2Punto de Vista,3Icaria,4El Porteño,5Crisis6 y La Ciudad Futura. Se revisaron las publicaciones realizadas en la década del ochenta en su totalidad, primero se seleccionaron un total de 58 artículos debido a su pertinencia (alusiones a Marx o a la teoría marxista). Ahí nos encontramos con un conjunto de textos que aludían al marxismo de partidos políticos u organizaciones de izquierda o a los “socialismos reales”. El criterio de selección de los artículos apunta a una concepción de “marxismo” como agrupamiento de tesis, conceptos y preguntas que este cuerpo teórico permite abordar. Por ese motivo terminamos analizando veinte artículos que son los citados en este texto.

En recorte temporal, la década del ochenta, corresponde con un interés en profundizar las ideas que circularon en los últimos años de la dictadura y, fundamentalmente, los conocidos como “transición democrática”. De ninguna manera, este recorte implica una ausencia de estos debates en el período previo o posterior. Sin embargo, como ya mencionamos buscamos adentrarnos a la hipótesis que sugiere que hubo una retirada del marxismo en los años ochenta argentinos y es por ello que se privilegió está década. A su vez, creemos que ese período resulta un escenario privilegiado debido a que no debemos pasar por alto que “la experiencia dictatorial es un momento fundante de los procesos sociales de neoliberalización a escala mundial” (Romé; Terriles 2023: 15) que han afectado los sentidos con los que la sociedad se presenta a sí misma.

En términos más generales este artículo busca contribuir a una serie de preguntas grupales que desde el proyecto “Ideología y subjetivaciones políticas. Tendencias neoliberales en una coyuntura sobre determinada. Argentina 1976-2019”, buscamos explorar: “¿Qué de la experiencia atraviesa el filtro de lo comunicable después de 1976? ¿Qué mutaciones en lo imaginario, en las coordenadas que organizan nuestro campo de imágenes y los alcances de la imaginación? ¿Qué nueva malla de lo común cernirá sus presencias y sus ausencias, en definitiva, sus espectros…?” (Romé 2023: 4). Queremos ampliar estas cuestiones a partir de plantear que la retirada del marxismo producida en los años ochenta abona el derrumbe de un conjunto de conceptos, teorías y preguntas, pero, también, imágenes que marcarán el suelo común para tramitar la vida política en los años venideros. Creemos que este es un rasgo propio de lo que hemos denominado como “imaginación postdictatorial”, cuya identificación y caracterización permite dar cuenta del modo en el que, bajo determinadas condiciones, ciertos elementos ideológicos disponibles cobran dominancia.

A propósito del adjetivo “argentinos” que merodea desde el título de este artículo, una última aclaración: estamos tentados a decir que la inclinación a la retirada del marxismo es expandible a todo occidente. Pero, eso puede explorarse en otras publicaciones como Casullo (2007) y Traverso (2018). Sin embargo, es preciso resaltar que si hablamos de “argentino” es porque las revistas fueron publicadas en ese país y están plagadas de referencias y conflictos locales. También apunta pensar lo singular que fue el proceso dictatorial que inauguró el neoliberalismo en este país. Esto no implica que sus discusiones no sean universales ni hayan tenido resonancias más allá de las fronteras nacionales ni muchos menos que solo trabajamos con autores argentinos.

PENSAR EN UN MARCO DE UTOPÍAS AUSTERAS

Seguir un objeto de investigación en estas revistas requiere ir desmalezando todo aquello que no responde directamente a él. Pero los desvíos, a veces, pueden acercarnos imágenes invisibles a las preguntas con las que construimos nuestro objeto. Tomemos “el desvío de la utopía” para recuperar un hilo del tejido ideológico en el que los textos que posteriormente analizaremos se hilvanaron.

Hernan Invernizzi,7 en su artículo “Utopías de sobrevivientes” escrito para la revista El Porteño, señala que en ese momento las utopías estaban deviniendo “austeras”:

Hace quince años, por ejemplo, las utopías se referían a la toma de poder. Nos hablaban de grandes insurrecciones populares: imaginábamos a las masas avanzando desafiantes y a la oligarquía retrocediendo aterrorizada. Hoy, en cambio, aspiramos a meter algún diputado piola o rezamos para que la CGT junte suficiente gente en sus actos de protesta. Aquellas fantasías iban acompañadas por la imagen del Che, ciertas canciones de Daniel Viglietti y el ejemplo combatiente de los vietnamitas. Hoy, van acompañadas por la imagen de un Fidel Castro que peina canas, Baglietto entonando “Todavía cantamos” y las enfermedades de Reagan.

De las utopías colectivas pasa a las utopías individuales:

En 1973, cuando me metieron preso, soñaba con salir en libertad como lo hicieron los compañeros que fueron liberados por aquella amnistía, rodeados por el afecto de las multitudes eufóricas que los esperaban en las puertas de las cárceles. Doce años después, sueño con una libertad anónima y gris ¿Me habré convertido en un joven conservador? (1985: 25).

La pregunta por la utopía parece encender en Invernizzi, militante del ERP8 y detenido durante toda la dictadura militar, un conjunto de imaginarios, imágenes, fantasías y sueños que solo dejan encendido un interrogante. Canciones, héroes, noticias y fotografías personales que nunca se sacaron son el modo en el que Invernizzi tiene de mostrar lo que se perdió en el camino entre los años setenta y ochenta. El fragmento es sintomático de la burocratización de las utopías. La transición democrática parece todavía sentir sobre su espalda el viento de los futuros imposibles que empujó a las generaciones militantes precedentes al mismo tiempo que observa en su horizonte un conjunto de instituciones futurísticas con optimismo.

Invernizzi no forma parte del entusiasmo que suscitaba el proyecto radical en militantes e intelectuales que veremos a continuación. Es por ello por lo que las utopías solo son pasadas donde la proyección de imágenes transformadoras traccionaba la práctica política. El ex militante del ERP no puede ver en la incipiente democracia argentina una fábrica de fantasías políticas. Por eso concluye que “el campo nacional y popular oscila entre las utopías púdicas del hombre en retirada y las utopías moderadas del conservador eufórico” (1985: 25). A cada utopía le corresponde un sujeto y el razonamiento dicotómico de Invernizzi parece abonar la idea del fin de las utopías.

La revista El Porteño le dedicó un dossier exclusivo al tema “utopías” en 1985. El artículo de Noe Jitrik en el dossier busca pensar el rol de los intelectuales en esos años. Señala que la escena de conflictos sociales argentina no reivindicaba otro modelo político alternativo, sino que simplemente se atenía a lo posible o inmediato, como la puja salarial. Del mismo modo, observa un empobrecimiento en la vida universitaria donde “se le pide a la gente que conviva” (Jitrik 1985: 6). Jitrik nos deja otra imagen que entiende se buscaba promover: “la de la cultura de la permanencia en la imposibilidad”. Este marco es visto como un pasivizador del rol del intelectual ya que

un elemento del intelectual es la capacidad de proponer y reproducir formas. Justamente, esa racionalización que nombrábamos dificulta la capacidad de lanzarse al vacío, la posibilidad de imaginar situaciones nuevas”. Y remata de un modo concluyente: “No es que las utopías en que hayamos creído sean todas válidas y que tengamos que sacralizarlas, pero es la propia dimensión de la utopía la que no se puede descartar. Nosotros renunciamos a la utopía demasiado pronto (Jitrik 1985: 6).

El texto de Jitrik deja ver una evidencia mayormente compartida: la imposibilidad de reivindicar el pasado. No cae en el optimismo de la transición democrática que veremos a continuación con Álvaro Abós (1985) y Luis Gregorich (1985) pero tampoco puede hacer hablar al entusiasmo que suscitaron las militancias arrasadas por la dictadura. Jitrik es al mismo tiempo crítico del posibilismo, pero sufre de una parálisis sobre el tiempo pretérito que ni siquiera puede recuperar imágenes como lo hizo Invernizzi.

El artículo del dossier que escribe Abós es quizás el más representativo del “realismo del fin de las utopías”. Para él la utopía está a la orden del día porque “la revolución ha muerto, pero la utopía vive” (1985: 7). Anticipándose a las tesis de Francis Fukuyama celebra que la revolución no sea ya una posibilidad porque eso otorga claridad y disipa malentendidos. Abós celebra la caída de los “grandes sistemas de dogmas” y de los “mitos blindados que obnubilaron a tantas mentes: la revolución social, la liberación nacional, la patria socialista, la Argentina potencia” (1985: 7). Lo curioso es que para sostener una tesis de las utopías posibles y del realismo radical recurre a una cita de autoridad: “Marx, a contrapelo de sus teorías, lo había entrevisto en el 18 Brumario: “Todas las revoluciones sólo han logrado hacer más perfecta la maquinaria gubernamental en lugar de romperla” (1985: 7). Para Abós, entonces, ni vale la pena imaginar ya que el propio Marx no soñaba. El “uso” de Marx es contra sí mismo. La utopía en este texto tiene un nombre claro: democracia. La cual, no es ni solamente un conjunto de formas institucionales ni implica un posicionamiento conformista. Lo que no se nos aclara es qué es o qué tendría de utópica la democracia.

Gregorich, en el mismo dossier de “El Porteño”, comienza señalando un paralelismo entre el cristianismo y el marxismo como dos formas de utopía perfectas. Posteriormente indica que hay dos formas de “utopías autoritarias” que “ya nadie se atrevería a presentar como lícitas” (1985: 8): las construcciones corporativas tecnocrática fascistas y la Revolución. Ese “ya no”9 que resalta Gregorich enfatiza su interés por mostrar un tiempo nuevo. Todos los autores de este dossier comparten esa evidencia; vivencian una “ideología de nuevo comienzo”. Esto no quiere decir que esa experiencia sea falsa, sino que es una evidencia compartida que ordena las intervenciones públicas y los posiciona de distintos modos.

Ya que nuestro artículo busca problematizar las críticas al marxismo quedémonos un momento en la crítica a la utopía revolucionaria que comparte con Abós. Gregorich se pregunta “¿Quién podrá convencerme hoy de que las revoluciones son absolutamente necesarias y de que su costo en vidas humanas no puede evitarse? Y, posteriormente, se responde: “las viejas utopías inútiles no son hoy más que fatiga verbal, resabio del pasado” (1985: 9). Gregorich sienta posición por una “utopía democrática” donde los viejos ideales no son excluidos. El texto constituye un gran síntoma de la “ideología del nuevo comienzo” donde se enfatiza permanentemente el “hoy” y el “ya no”. La forma de la utopía es similar a lo que Invernizzi califica como “austeras” donde ya no se rompería con un status quo para forjar un futuro ideal sino con unas amarras pasadas que no dejan navegar al crucero de la racionalidad modernizadora en el presente. El texto porta un aura de racionalidad frente a los desmadres del pasado que ya no tienen lugar. El tiempo nuevo es una oportunidad para mostrar que tanto el fascismo como las revoluciones fueron desvíos de una historia que debe retomar el sendero de la cordura. La utopía de Gregorich es negativa y estrictamente racional.

La “utopía democrática” también es defendida por Emilio de Ípola y Juan Carlos Portantiero en su texto “Crisis social y pacto democrático” escrito para el número 21 de la revista Punto de Vista en 1984. Bajo la conjetura de que se estaba produciendo una “crisis social” caracterizada por un desorden y una falta de futuro en aquellos años de recuperación institucional, los autores señalan el carácter utópico de una democracia “no como una utopía de sociedad perfecta, transparente, sino como una utopía de conflictos, de tensiones y de reglas para procesarlos” (de Ípola; Portantiero 1984: 15).

José Pardo se desplaza mínimamente de la “ideología del nuevo comienzo” para reflexionar más bien sobre una suerte de interregno: “nunca hasta ahora había acumulado el hombre en torno suyo tantos factores de muerte y tantas posibilidades de engrandecimiento” (1985: 10). Abós y Gregorich pueden ser pensados como intelectuales optimistas que han visto la superación de los fantasmas del pasado y observan que el tiempo será mejor. Quizás por eso la “austeridad” de sus utopías: se han hecho tan mal las cosas en el pasado que con muy poco estaremos mejor. Pardo participa de la idea de tiempo nuevo, pero con menos entusiasmo. Es, más bien, catastrofista preventivo: “a la amenaza de una guerra nuclear, capaz de extinguir la vida del planeta se suman números factores destructivos creados por el ser humano, de acción más lenta pero igualmente implacable”. Y luego, sí, sede a la tentación optimista de Abós y Gregorich: “Al mismo tiempo y cada hora, podríamos decir, ese mismo ser contradictorio hasta el absurdo forja otros factores con fuerza suficiente como para exaltarlo hasta niveles nunca soñados” (Pardo 1985: 10). Se trata entonces de un texto que ante la pregunta por la utopía señala las dificultades para pensarla. Para Pardo no están dadas las condiciones de redactar los lineamientos de la utopía del siglo XXI. Por lo tanto, lo utópico sería tener una utopía.

Nos desviamos de las críticas al marxismo solamente para volver a ellas habiendo reconstruido parte del entramado ideológico que las sobre determina. Las revistas son una suerte de topos representativo de un terreno ideológico al que hemos llamado “nuevo comienzo” compuesto por las siguientes evidencias: tiempo nuevo, pasado superado, optimismo institucional, pesimismo creativo, realismo político, entusiasmo pretérito silenciado, fin de la Revolución. Al devenir “austeras”, las utopías se vuelven plenamente representables perdiendo así su condición de imposible y con ello su potencia imaginaria. El “nuevo comienzo” es también un momento de restricción de los imaginarios utópicos y apertura del aplanamiento de la política real. Creemos que acá se anida parte de la “imaginación postdictatorial” que mencionamos en la introducción. Veamos ahora cuáles son las críticas al cuerpo teórico marxista y de qué modo se vinculan con esta “ideología del nuevo comienzo”.

OBSOLESCENCIA: TIEMPO NUEVO, TEORÍA VIEJA

Una de las críticas que domina la embestida contra el cuerpo teórico marxista en los años 80 es la de su carácter obsoleto. El marxismo sería una teoría para una época donde dominaba la creencia en la direccionalidad progresiva de la historia y la convicción de que el obrero era el sujeto político que debía empujar a las sociedades hacia el futuro socialista. Bajo la “ideología del nuevo comienzo”, el marxismo es algo que ya colapsó, solo restará barrer sus restos.

La revista El Porteño publica en julio de 1989 el texto de Eric Hobsbawm, “¿Adiós al movimiento obrero clásico?”. En dicho escrito puede leerse un énfasis muy grande en la evidencia de un tiempo nuevo y, por ende, en la necesidad de discutir algunas coordenadas de inspiración marxista para enfrentarse a los “nuevos” desafíos.

El colapso de las viejas ideas y la necesidad de un nuevo pensamiento se nos impone a los socialistas por la misma realidad y por sus efectos en las prácticas políticas. El mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él (Hobsbawn 1989: 44).

La dicotomía temporal de lo nuevo y lo viejo va a ordenar todo el planteo. Frente a los viejos análisis y remedios políticos, se necesitan nuevas soluciones. Ante la necesidad de reconvertir “nuevas” industrias, se plantea el traslado a “nuevas” naciones emergentes o tercermundistas. Finalmente, de cara al colapso de las “viejas ideas”, se impone la necesidad de “nuevos pensamientos”. En este marco de toma de conciencia de la nueva realidad, Hobsbawn pone el énfasis en cómo afecta al movimiento socialista. Su tesis principal es que “el cordón umbilical que alguna vez conectó movimiento obrero y revolución social con el socialismo por ideología ha sido cortado” (1989: 45).

Esto se debe a cinco aspectos forjados en el marco de la consolidación de los movimientos de trabajadores europeos luego de la primera guerra mundial no pueden corroborarse en el presente de la escritura del texto: 1) la interpelación eficaz en tanto trabajadores a partir de una conciencia de la clase proletaria; 2) que dicha interpelación pudiera alcanzar no solo a trabajadores sino a amplios sectores de la sociedad; 3) que esa coincidencia entre masas del proletariado e ideas socialistas fuera tan eficaz que toda aquella lucha de clases periférica que no se referenciara en esas ideas fuera consideradas “en transición” o directamente negadas; 4) la coincidencia entre el surgimiento de partidos socialistas y comunistas de masas y la proliferación de trabajadores industriales, lo cual redundó en que solo este sería el sujeto de la revolución descartando así a otros trabajadores; 5) que estos movimientos primero se consolidaron como fuerzas opositoras y luego alcanzaron el gobierno.

Estas cinco cuestiones no se corroboran en los años 80 y es por eso que el cordón umbilical entre movimiento obrero e ideas revolucionarias y socialistas se cortó. Hobsbawn llama a este estado de situación una “pérdida de conciencia de clase”. La pérdida es en función de las condiciones históricas y no una responsabilización subjetiva. Este texto es importante para nuestro análisis porque muestra un modo alternativo a pensar en función del escenario “novedoso” trazado. Hobsbawn nunca dice que el marxismo debe ser superado. Al contrario, insiste en él. Sin embargo, todos y cada uno de sus argumentos para plantear el talante “novedoso” de la época serán utilizados por otros autores para encontrar ahí la razón de la superación del marxismo.

José Nun, en la revista Punto de Vista de 1984, realiza un movimiento que podríamos denominar como “insinuación de crítica”. No ataca directamente los textos de Marx sino a los “marxistas”, categoría vaga ya que nunca puntualiza si se trata de un partido, de un movimiento o de un conjunto de intelectuales. El síntoma aparece cuando habla del “marxismo” ya que ahí se dificulta entender si se trata de Marx o de los marxistas. De hecho, “marxismo” es la categoría que domina el texto. Nun no lo sabe, pero está produciendo las condiciones de “superación” de Marx.

Nun participa de la “ideología del nuevo comienzo” a través de una inquietud por los “nuevos” sujetos. El texto se denomina “La rebelión del coro” y trabaja bajo la hipótesis que señala que el marxismo, al apelar directamente al obrero, ha producido la reclusión a la vida privada de las masas y el desinterés por la vida cotidiana de la política.

¿Cómo se explica que tantas generaciones de militantes y de estudiosos marxistas se hayan empeñado en “descubrir” o en “desarrollar” la conciencia de clase por referencia exclusiva a los obreros mismos y a su experiencia fabril, como si este fuese el único plano de constitución del sujeto revolucionario? (7).

Para el intelectual argentino el discurso marxista es heroico y eso aleja a las masas de la política ya que la dibuja como espacio de lo grandioso, opuesta a las nimiedades de la vida privada. El coro serían los nuevos sujetos. Es decir, las minorías étnicas, los sin casa, los homosexuales, los jóvenes y el movimiento de liberación feminista. Para Nun el tiempo nuevo es el fin del heroísmo como práctica política. La política se dará desde las contradicciones cotidianas. Apela a Marx y a sus tesis sobre Feuerbach para señalar que no hacen falta “educadores externos” ni líderes ni partidos ni causas. El coro se autoemancipará.

Como muchas de las intervenciones que analizamos en este artículo, Nun combina permanentemente críticas políticas y teóricas al marxismo. Es claro que su texto convive con un conjunto de ideas de la época que llaman, luego de la parálisis producida por la última dictadura, a participar de la vida política. Esa interpelación parece necesitar enterrar sus raíces en una crítica teórica al marxismo por carecer de una teoría de la ideología y una del lenguaje.

En el marxismo estaría ausente una teoría de la ideología lo que produciría una subestimación sobre el coro. Según Nun el marxismo supone que la conciencia del pueblo está invertida (apela a la metáfora de la “cámara oscura” de La ideología alemana) y que por ello están alienados en el discurso dominante. Este error en la teoría tiene una consecuencia en la política: la sumisión de la conciencia del pueblo a las ideas dominantes de la vanguardia.

En el mismo sentido, el marxismo carecería de una teoría fuerte del lenguaje ya que para esta corriente las palabras son un reflejo de las ideas que tenemos en la mente. Apelando a la teoría de Wittgenstein, Nun explica que el marxismo fue una “terapia radical” (1984: 7) portador de un “único discurso verdadero” (1984: 8) que señaló solo un sendero posible para la revolución.

Contra esto opone la recuperación de la vida cotidiana, las ideas y el sentido común del coro donde se trama una revolución que puede cambiar la forma heroica de hacer política. Para ello será necesario el contexto institucional adecuado. El texto de Nun está asediado por los fantasmas de la Tercera Internacional, el estalinismo y las “cúpulas”. Lucha contra ellos responsabilizándolos del deterioro teórico que afectó a las masas hoy inhibidas para la exigente participación política que demanda la transición democrática.

El escrito está desgarrado por su intención de “salvar a Marx” del marxismo apelando a citas del propio autor. Parece indicar que se ha leído mal a Marx, aunque, en ese señalamiento, requiera barrer parte de la teoría cortando lazos productivos con los marxismos que sí desarrollaron algunas epistemológicas señaladas por el propio Nun. El gesto de salvar a Marx atacando al marxismo deja a Marx completamente aislado de su tradición más virtuosa.

Nun introduce otra forma de la crítica al marxismo que se relaciona con la “ideología del nuevo comienzo”. Tal como vimos en el rodeo sobre los imaginarios en torno a las utopías, en la Argentina postdictatorial democrática e inicio de un tiempo nuevo son dos sentidos que aparecen muy cercanos. El binomio que se les opone es el de “tiempo viejo” y autoritarismo. “En el caso de las versiones del marxismo que crítico, una en especial: la de perpetuar una visión heroica de la política que conduce tanto a la impotencia -porque el coro no puede oír- como al autoritarismo -porque al coro no se lo deja hablar” (1984: 10).

El autoritarismo, como rasgo de una época superada, es entonces el enemigo por combatir de todas las formas posibles, incluso la teórica. Fernando Claudín, en la revista La Ciudad Futura de 1987 va a decir algo muy parecido.

En la identidad de nuestra generación, el imperativo político estuvo profundamente ideologizado, y por ideologías - la ideología marxista-leninista y la ideología fascista- (…) En ambas había, aunque de signo opuesto, una visión mesiánica de la transformación histórica, una interpretación catastrofista de la crisis española y europea, una concepción del mundo que, para realizarse, requería el aniquilamiento de los que profesaban la concepción opuesta; una acción militante cuyo eje vertebrador era la afirmación de un partido único, depositario de una verdad única, dotado de una única estrategia capaz de hacer la necesaria revolución. (Claudín 1987: 24).

Las similitudes con el texto de Nun son notables. El lugar que Claudín le asigna a las masas para el marxismo coincide con el del “coro”, así como la idea de “verdad única” y también el problema de la falta de comprensión que Nun describe como la realidad distorsionada del conjunto de la sociedad. Estos supuestos compartidos conducen a ambos (con diferentes énfasis, es cierto) a suponer un germen autoritario en la teoría de Marx.

A pesar de que Claudín señala a lo largo del texto que no intenta hacer una equiparación entre fascismo y marxismo ese es el efecto de sentido que produce al dar cuenta de rasgos en común y al analizarlas juntas. Del mismo modo, es posible leer que Marx no estaría de acuerdo con el devenir del marxismo, sin embargo, la operación de lectura en un tiempo nuevo y democrático hace que la teoría sea lanzada al cajón del “viejo autoritarismo”.

Tenemos entonces una serie de rasgos constitutivos de la “ideología del nuevo comienzo”: se opone al autoritarismo, es democrática y busca desarrollarse haciendo lugar a los “nuevos sujetos”, el coro o las masas que las viejas prácticas políticas como el marxismo y el fascismo han relegado a la pasividad. Concentrémonos en el problema de los nuevos que Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ípola desarrollan en el número 21 de Punto de Vista.

El texto denominado “Crisis social y pacto democrático” participa de la “ideología del nuevo comienzo” ya que habla desde sus primeros renglones de “recuperaciones” teóricas y “renacimientos” políticos. El fantasma del marxismo es rápidamente convocado como teoría política que ha pensado la acción. La hipótesis de la crisis que atraviesa todo el escrito hace un llamamiento a reorientar las teorías con las que guiamos la acción política. Particularmente el marxismo debería “sobrepasar un esquema de la acción política prisionero de la dicotomía abstracta que separa las “condiciones objetivas” de las “condiciones subjetivas” (de Ípola; Portantiero 1984: 13).

Para los autores la crisis (nunca descripta) produce “la necesidad de definir o redefinir sentidos de la acción y las entidades colectivas”. De esta manera, la crisis es un momento de “explosión de la subjetividad” que

opera haciendo estallar la percepción reificada de las relaciones sociales como actualización de “intereses” predefinidos y estables (…). En la medida en la que la crisis es de diferenciación, realimenta la emergencia de nuevos sujetos portadores de nuevas identidades, que superan el velo de silencio social en que habían sido colocados: el mundo de la ciudadanía se disgrega y se complica. (de Ípola; Portantiero 1984: 13).

Los “nuevos sujetos” vienen a desarmar las categorías clásicas de “clase” o “nación” y a reemplazarlas por otras escisiones tales como raza, etnias, sexos, edades o categorías en la división del trabajo. Del mismo modo estos “nuevos sujetos” se reagrupan a través de nuevos temas de convocatoria o demandas.

Es notable la insistencia por la novedad que radica en el texto. Esta omnipresencia de lo “nuevo” se desenvuelve en un marco de crisis definido como una “anomia política”, “bloqueos provenientes del funcionamiento mismo del sistema político” y “una inusitada proliferación de conflicto” (de Ípola; Portantiero 1984: 16). El quiebre con la última dictadura militar parece empapar de novedad todas las experiencias en el pasado silenciadas, reprimidas o resistidas. El marxismo, como visión revolucionaria clásica, carecería de las herramientas para interpretar la potencia de la crisis.

Portantiero y de Ípola, al igual que Nun y Claudín, trabajan sobre la hipótesis del autoritarismo. Señalan la existencia de una “relación especular: Individuo-Estado, en el liberalismo autoritario; Pueblo-Estado, en el populismo autoritario; Clase-Estado en el socialismo autoritario” (1984: 15). Todas corrientes ineficaces para el nuevo tiempo y, fundamentalmente, para abordar la crisis “como positividad” (de Ípola; Portantiero 1984: 15). Los autores continuarán el texto exponiendo la necesidad de revertir esta situación política y social a través de un “pacto democrático” (Cortés 2024) capaz de distinguir reglas constitutivas de reglas normativas de la acción política. En este gesto, convocan a renovar la teoría crítica capaz de pensar estrategias políticas. El marxismo, al ser incluido en estas teorías anacrónicas que reproducen relaciones simples que tienden a la substancialización de factores única caerá por su propio peso.

La última mención que haremos en este conjunto de críticas recupera el problema de la crisis en un texto escrito por de Ípola en 1986 para la revista La Ciudad Futura. Se titula “Cultura, orden democrático y socialismo” y hace un “uso apaciguado” de Marx que también nos interesa resaltar. Lo presenta como un pensador del orden que la época democrática requiere para revertir la crisis:

basta con remitirse a los fundadores del pensamiento socialista moderno (y, en particular, a Marx y Engels) para advertir cuán poco ajena era para ellos la cuestión del orden -y no solo en el plano de la utopía. Por lo demás, la idea, varias veces enunciada por Marx, de una sociedad de “productores libremente asociados” hace pensar en relaciones sociales donde reina un tranquilo equilibrio más que en conflictos y contradicciones supuestamente “productivas” (de Ípola 1986: 33).

Este último fragmento está un tanto desplazado de todos los anteriores. No es posible decir que estemos frente a una crítica a Marx o del marxismo pero sí nos interesa resaltar que se trata de un “uso” particular (que acentúa la importancia del “orden” y el “tranquilo equilibrio” en sus textos) que encontrará resonancias en los “postmarxismos”10 que no necesariamente llaman a olvidar o superar a Marx sino a embeberlo en un conjunto de teorías al mismo tiempo de escindirlo de tesis propias (la determinación económica en última instancia) o conceptos (el de contradicción).

Hemos arribado a un primer punto de anclaje: las críticas al cuerpo teórico marxista que retoman la “ideología del nuevo comienzo” son condición de emergencia tanto del abandono del marxismo como de su continuación bajo el nombre de “postmarxismo”. Continuemos con el otro gran conjunto de críticas que asediaron al languideciente fantasma de Marx en los años ochenta.

EL MARXISMO COMO ERROR TEÓRICO

El segundo conjunto de críticas al cuerpo teórico marxista que circularon en los años 80 en la Argentina se reproduce al calor de la “ideología del nuevo comienzo” pero no encuentran en esta la razón de sus explicaciones sino en problemas “estrictamente” teóricos. Es decir, son críticas más allá del tiempo. Problematizarán, de este modo, conceptos y tesis de Marx con el fin de mostrar la necesidad de su superación.

En la revista Icaria de 1981 se publica un texto de Ernesto Giudici denominado “El problema de la izquierda en la Argentina” que apunta a desarrollar una crítica epistemológica al marxismo. Señala el autor la existencia de “un marxismo eurocentrista, que desconocía otras realidades y que hasta impondría un modelo único, se convirtió en un poderoso obstáculo teórico en la compresión del desarrollo histórico de las realidades latinoamericanas, diferentes a su vez entre sí” (Giudici 1981: 2-3). La relación con la práctica política queda invertida. No se trata ya del problema de la mala lectura que hicieron los marxistas (como señalaba Nun) sino en que la teoría es en sí misma un obstáculo por su talante eurocéntrico. Describe un teoricismo que impone su dogma a realidades que desconoce y, así, produce brutales desencuentros nacionales.

En estas revistas nos encontramos fundamentalmente con la alusión a una “última instancia” económica que tanto la reproducción del capital como su propia puesta en jaque deben tener en cuenta pero que, en el marco del tiempo nuevo, debe ser desechada ya que “parecería evidente que ahora la “última instancia” nos hace señas desde un espacio teórico tan tranquilizador como inoperante” (Terán 1983: 47).

si una analítica anti o premarxista comunica con la ingenuidad o la mala fe, y si la renuencia hacia la “última instancia” que practican de hecho muchos de los textos contenidos en este libro11 que comentamos denunciará una justa insatisfacción respecto de esa metafísica de lo infraestructural que acecha al marxismo como el felino a su presa, ¿no habrá llegado también para el pensamiento argentino de izquierda la oportunidad de reclamar el derecho al posmarxismo? (Terán 1983: 47).

Aparecen nuevamente las ansias de un postmarxismo que debe desembarazarse de la “metafísica de lo infraestructural”. Vemos cómo esta crítica no está anudada al tiempo nuevo, sino que parece trascender el presente y señalar un déficit estructural de la teoría. José Sazbón en el número 19 de Punto de Vista levanta el guante de la provocación y se desmarca del entusiasmo posmarxista: “una despedida de la última instancia que no acoja al mismo tiempo otro criterio mejor para dirimir el problema que ella designa, implica la pérdida de toda línea de demarcación y suscita un vacío de inmediato cubierto por el relativismo de los descentramientos indefinidamente estancos” (1983: 36). Apunta así al riesgo de abandonar un problema sin haber comenzado a plantear su resolución. El síntoma que acá podemos pensar que se expresa es el del paulatino abandono de la crítica al capitalismo para avanzar hacia otras regiones conflictivas que se correspondan mejor con los “nuevos sujetos”: el orden jurídico, las relaciones de poder y las batallas discursivas. El abandono de la última instancia asume el peligro de producir como efecto la fragmentación de los saberes y su especialización empobreciendo su capacidad crítica.

En 1986 Portantiero redacta para La Ciudad Futura un ensayo denominado “De la contradicción a los conflictos” donde es visible el apoyo a un desplazamiento teórico preocupado por la coyuntura política que debería comenzar a reemplazar conceptos marxistas. Llama a una sustitución del concepto de contradicción por el de “conflicto” debido a que considera a este último más cercano a la realidad cotidiana. Con la contradicción cae también la dialéctica: “Lo que existen en la sociedad son oposiciones, luchas, conflictos, pero en ese caso no se trata de contradicciones dialécticas” (Portantiero 1986: 24). Si el problema de la contradicción es que no es lo suficientemente representativo de la sociedad, el de la dialéctica es que porta una concepción teleológica de la historia. El marxismo, como “sentido común que está en la base de la política que llamaremos contestaria estructurada en los setenta” (Portantiero 1986: 25) empobrece el espacio político otorgando anticipadamente antagonismos abstractos y finales adelantados que nunca acontecen.

La contradicción pasa a ser conflicto y este a ser demandas o metas. El llamado supone una reorganización del espacio político sacudido por la emergencia de múltiples actores y reivindicaciones. La imagen temporal que queda dibujada es la de un pasado en el que solo se peleaba por la Revolución y un presente en el que sujetos políticos múltiples reivindican pedidos específicos. Bajo ese retrato el marxismo es una teoría que por su estructura dialéctica no puede leer el presente. La dialéctica es enterrada aún más bajo tierra en el artículo para La Ciudad Futura de César Lorenzano de 1986. La dialéctica acarrea el problema del intento de predicción del futuro.

En ciencias naturales no hay evolución, sí repetición de sucesos, garantía de contrastación. En Marx, las leyes son engañosamente similares: existe predicción, sino de su evolución de lo que todavía no ha ocurrido nunca: las leyes son dialécticas. La predicción es posible por la dialéctica, que establece que en todo desarrollo ocurre, necesariamente el crecimiento de los elementos que se encuentran en su comienzo (Lorenzano 1986: 18).

El texto es taxativo: Marx se equivocó. Y eso tuvo consecuencias: “A la pregunta por el carácter de la dialéctica en Marx, la respuesta tentativa es que se trata, por encima de todo, de un error que ha proyectado sus consecuencias equívocas algunas veces, funestas otras, sobre el movimiento socialistas de inspiración marxista.” (Lorenzano 1986: 19). Denomina “positivismo ético” al encuentro entre evolución histórica y socialismo. Lorenzano adjudica a la presencia de la dialéctica una concepción lineal y progresiva de la historia que hizo que los movimientos políticos asumieran ética e incuestionablemente su próximo devenir. Frente a esta situación Lorenzano reivindica al vasto movimiento social que incluso antes que Marx proyectó el fin de sus sujeciones a través de su propio esfuerzo. El énfasis que queremos resaltar acá es que el autor puntualiza las consecuencias políticas de la teoría. La dialéctica fue la que llevó a funestos desenlaces de las que el movimiento político fue un inocente mal lector. Es sensato pensar, que para el nuevo tiempo democrático es necesario evitar esos devenires, para ello, es posible sacrificar un concepto y con ello a su autor para salvar a los (nuevos) sujetos.

El marxismo es un error histórico porque es eurocéntrico, determinista y dialéctico. La teoría crítica del futuro debe evitar estos tres movimientos abriendo espacio hacia las epistemologías locales, la desontologización del pensamiento y el abandono de la pregunta en torno a la totalidad y el devenir histórico. Este conjunto de críticas, entonces, trascienden el presente, aunque lidian espectralmente con él. La teoría de Marx está mal del cuajo y es por ello que se pueden explicar comportamientos, decisiones y formas de organización de los movimientos socialistas del pasado reciente que es preciso no repetir.

ESBOZOS DEL PROBLEMA POSTDICTATORIAL EN EL TIEMPO NUEVO: FRAGMENTOS DE UNIDOS

Ninguna de las revistas revisadas hasta el momento hace alusión a otro debate intenso que se produjo en el marco de la transición democrática: la renovación del peronismo. Haremos un breve recorrido por la revista Unidos antes de finalizar el artículo con las conclusiones ya que creemos que de esa forma podemos dar un marco más robusto de la coyuntura ideológica del nuevo comienzo.

Unidos no tiene entre sus principales interrogantes la cuestión del marxismo como sí aparece más claramente en revistas como Punto de Vista y La Ciudad Futura; permanentemente asediadas por qué hacer con esa teoría en la nueva actualidad. Sin embargo, podríamos decir que esta aparece espectralmente bajo las discusiones que la retirada del marxismo reprime. Nos referimos concretamente a que en Unidos hay una insistencia en cuestiones como la Revolución, la crítica a la democracia burguesa y el uso legítimo de la violencia política. Rasgos que, como hemos visto, aparecen asociados al devenir autoritario del marxismo y que, por lo tanto, deberían ser superados en el marco del entusiasmo democrático, la confianza en las instituciones y la fuerza de los nuevos sujetos de la sociedad civil.

Parte del peronismo, representado en Unidos, aún estaba intentando pensar por qué perdieron las primeras elecciones democráticas de su existencia y todavía estaba haciendo el duelo por la partida de su líder. En ese marco, desde algunos fragmentos de la revista, llegan a posar una crítica sobre el devenir técnico de la política, una sospecha sobre qué quiere decir “modernizar” y una preocupación sobre el lenguaje político con el que se está cimentando el nuevo espacio público.

Participan también de la ideología del nuevo comienzo, aunque más no sea por oposición. Logran pensar sobre sus márgenes. Por ejemplo, cuando Mario Wainfeld señala que “la violencia (en eso estamos de acuerdo con la interpretación en boga) nunca es deseable. Pero (en eso discrepamos) a veces es necesaria y justa” (1984: 120). Esta vacilación reinscribe un problema que se quería olvidar. Al mismo tiempo que rechaza la violencia en su totalidad como un mandato, admite excepciones. Este ya es el lenguaje del tiempo nuevo12. La pregunta por la violencia es en sí postdictatorial, propia del nuevo comienzo que reconfigurará las coordenadas para confeccionar interrogantes. Pero, al mismo tiempo vacila, entiende Wainfeld que este rechazo in toto conducirá a un empobrecimiento de la imaginación política, a una moralización, pero fundamentalmente a una incomprensión cada vez mayor de las experiencias revolucionarias de los años sesenta y setenta.

Algo muy similar puede leerse en el siguiente artículo el cual encuentra sus vasos comunicantes con el texto de José Nun sobre la rebelión del coro. A propósito del recuerdo de un conflicto en una empresa de automotores se señala a modo de autocrítica que “Todo lo hacían los superhombres de la guerrilla. Los obreros no participan de ese hecho combativo” (Feimann 1984: 135). Este también es un texto vacilante ya que el mismo artículo reflexiona sobre la violencia popular y la violencia elitista. Es decir que tensiona a la ideología del nuevo comienzo porque insiste en preguntas que esta busca olvidar rápidamente, pero al mismo tiempo se reproducen evidencias simplificadoras como la idea de que las prácticas de las organizaciones guerrilleras eran llevadas adelante por superhombres sin tener en cuenta al coro o los obreros.

Complementariamente Unidos participa de la evidencia de los nuevos sujetos: “Los moldes partitocráticos son escasos para contener a la sociedad masificada de fin de siglo: ecologistas, pacifistas, mujeres, jóvenes o minorías marginadas rompen el esquema del partido ortodoxo” (Abós 1984: 151). Una de las grandes preguntas que recorre a la revista Unidos es sobre el “lenguaje” ¿El peronismo es anacrónico? ¿Está fosilizado es sus sentidos, expresiones y metáforas? ¿Es incapaz de interpelar a estos nuevos sujetos? Para Abós esto es así: “no veo otra forma de evitarlo (salir de las ataduras auto paralizantes del peronismo) que depurar todo vestigio de fosilización, dejar de dialogar con las sombras para hacerlo con la sociedad, pasar del lenguaje clásico al lenguaje social” (1984: 152). Para Abós, que un año más tarde declararía la muerte de las utopías, el problema de los nuevos sujetos implica mejorar la capacidad retórica, convocar a través de demandas específicas, modernizar las palabras. De otro modo, el peronismo quedará anacrónico y marginal.

Sin embargo, no todos los autores de Unidos lidian del mismo modo con la ideología del nuevo comienzo. Casullo (1985), en diálogo directo con Portantiero y de Ípola, intenta responder de qué crisis estamos hablando, situando su carácter global, abstrayéndose momentáneamente del contexto nacional. Es decir, para Casullo la crisis es un objeto a ser investigado y no un argumento para rendirse acríticamente ante la evidencia del tiempo nuevo.

Por su parte, Álvarez (1986) critica la idea alfonsinista de “modernizar” la cual apuntaría a “desarrollar una inteligencia ahistórica, acrítica y asocial, que permita colocarnos a tono con la época” (1986: 277). Y, a partir este señalamiento, explora un rechazo a las transformaciones de la política a partir de las encuestas, los sondeos de opinión y el marketing que implicarían la transformación del propio espacio público: “el partido-oferta es incapaz de organizar el consenso que active una vida colectiva y asociativa múltiple en la base de la sociedad. Se recusa al Estado, se privatizan las empresas nacionales…pero al mismo tiempo la política se estatiza” (Álvarez 1986: 279).

En diversos autores de Unidos hay una jerga que se sostiene y que los pone en tensión con la ideología del nuevo comienzo: “dependencia”, “revolución”, “democracia sin proyecto”, “democracia burguesa”, “real democracia”. Son significantes que siguen ordenando una crítica del presente y que difícilmente puedan ser desligados de la herencia marxista. Lo que queremos señalar con este breve rodeo por la revista Unidos (que merece mayor desarrollo y continuará en futuras publicaciones) es que es posible encontrar en la retirada del marxismo los propios restos que producirán los “chirridos” (Althusser 2011: 238) o las contradicciones de la ideología del nuevo comienzo.

CONCLUSIONES: SACRIFICAR A MARX

El nombre de Marx puede ser el causante de sesgos estratégicos, el sembrador del germen de la maldad, el ilusionista utópico, el lastre de un mundo viejo, la teoría que precisa actualización o la razón de los desenlaces fatídicos de las organizaciones políticas. El nuevo comienzo histórico requiere sus sacrificios y ambos conjuntos de críticas muestran que Marx y el marxismo será uno de ellos produciendo una “imaginación postdictatorial” desprendida de este lastre.

Para evitar trazar una imagen homogénea de la época es relevante mencionar que no todos los artículos señalados tenían las coincidencias acá mostradas. Así como Sazbón miraba con preocupación la propuesta a favor del posmarxismo de Terán o Hobsbawm nunca llama al olvido del marxismo, escritores como Horacio Gonzáles o Alcira Argumedo, en la revista Unidos, vieron con preocupación el proceso político, intelectual y cultural que se desarrollaba en los años ochenta. Es notable que, en una revista que debatía el pantano en el que se encontraba el peronismo en esa época y donde las discusiones en torno a la herencia de Marx estaban prácticamente ausentes, se haya observado a tiempo una preocupación por la retirada del marxismo que estaba aconteciendo. Lejos del optimismo en las instituciones venideras o los nuevos sujetos políticos observaban el incipiente desarrollo de un “neoliberalismo” que afectaría la conversación pública:

la crítica desplegada por los sectores progresistas sobre los socialismos reales, la denuncia de los autoritarismos contenidos en el pensamiento de Marx, de Engels, de Lenin, -que acompañan la deslegitimación de los “grandes relatos”- también iba a arrasar con las simpatías por los movimientos de emancipación del Tercer Mundo y las múltiples manifestaciones del pensamiento tercermundista (…). La crisis de los paradigmas no significó, empero, la crisis de todos los paradigmas, se limita al desplazamiento del marxismo en todas sus manifestaciones y al desprecio explícito hacia las concepciones emergidas en el Tercer Mundo, sea por marxistas, por integristas o por populistas, todas ellas; por lo demás, sospechosas de fascismo (Argumedo 1988: 45).

Argumedo lee en esos mismos años las consecuencias de deshacerse rápidamente de una teoría con argumentos extra teóricos y sin haber abordado sus principales interrogantes. Derrotados políticamente, el objeto a sacrificar es la teoría marxista. Para la autora los grandes ganadores teóricos son el pensamiento liberal económico (Adam Smith; David Ricardo) y el jurídico - político (Locke; Montesquieu). “Libertad, igualdad y propiedad; los liberalismos se transforman en los grandes triunfadores de la nueva época” (Argumedo 1988: 47). La pregunta que parece hacerse Argumedo en este momento apunta a pensar si no se ha descartado demasiado rápido una tradición teórica que se afirma en conceptos (proletarios, lucha de clases, imperialismo, revolución, contradicción, infraestructura), cuya espalda porta cuestiones decisivas para enfrentar el proceso de neoliberalización que se estaba desarrollando. Nosotros podemos plantear si no es la lengua política la que carecerá de conceptos e imágenes para nombrar esta nueva fase del capitalismo.

Queda pendiente aquello señalado por Acha (2017): la falta de desarrollo y clasificación de las teorías posmarxistas. En nuestro caso, esa profundización debería hacerse poniendo el foco en estas corrientes a partir de su distanciamiento de Marx. ¿Qué tienen de “Marx” los posmarxismos? ¿Qué queda de Marx cuando se lo reduce a una simple cita de autoridad? ¿Cuáles son las consecuencias de descartar la determinación por la economía en última instancia en un período donde la reproducción del capital nos sorprende permanentemente con nuevas formas de acumulación? ¿Qué efectos tiene para la organización política privilegiar a los “nuevos sujetos” descartando categorías universales como la de “proletarios” o “trabajadores”? ¿Qué categoría del tiempo histórico ha reemplazado a la de la teleología? ¿Se puede pensar en un telos no determinista? ¿Cuánta profundidad y complejidad se ha quedado en el camino al reemplazar el concepto de contradicción por el de conflictos, metas o demandas? En la respuesta a estas preguntas es probable que podamos seguir contribuyendo a pensar la “imaginación postdictatorial” que ordenó la discusión política en los últimos años.

Del mismo modo acentuamos que la ideología del nuevo comienzo constituye un elemento clave para pensar en torno a categorías, como la de “postdictadura” (Schwarzböck 2015), que intentan adentrarse a la década del 80 a partir no tanto de una categoría cronológica estricta (como la de “transición democrática) sino como un concepto que acentúe los efectos de un proceso histórico que perdurarán posteriormente. Schwarzböck llama “postdictadura” a “lo que queda de la dictadura” (2015: 23). En otras palabras, y retomando nuestra conjetura inicial, creemos que la retirada del marxismo es un rasgo de la postdictadura que perdura hasta nuestro presente. Al denominar “ideología del nuevo comienzo” evitamos las clasificaciones de los años 80 como un período en el que “el cambio de la dictadura a la democracia fue inmediato y determinante” (Feld; Franco 2015: 362). Coincidimos con las autoras que el término “transición” es limitado para pensar los efectos que el paso de un régimen dictatorial a uno democrático implicó en el orden del sentido.

La retirada del marxismo constituye una de las tantas “mutaciones que, en el lapso de cuatro décadas, han acontecido en nuestras culturas políticas, o mejor, en ciertas zonas de la vida cultural” (Romé; Terriles 2023: 4). La categoría de “fantasma”, omnipresente en este artículo, ha sido utilizada para ubicar esas continuidades de la dictadura en los años democráticos que afectarán los regímenes de visibilidad con los que la sociedad se presentará a sí misma al ir resignando categorías centrales tales como Imperialismo (para evitar los análisis puramente locales), lucha de clases (para no olvidar que el antagonismo es una cuestión objetiva del modo de producción capitalista) y revolución (para no reducir las utopías al estricto régimen de los posible, lo visible y lo representado).

Esta investigación buscó contribuir a pensar los efectos culturales e imaginarios que la última dictadura militar y su tramitación por parte del campo intelectual tuvieron sobre los sentidos en torno a la conflictividad política. No se trató de un mero relevamiento histórico sino de una conjura sobre el pasado para comprender los atolladeros del presente.

Por lo tanto, no se trata tanto de pensar los modos en los que la última dictadura militar “produjo” la modulación de la experiencia cultural, sino de mapear algunos de los efectos, tal como estos actúan en el presente, dando una forma al campo de lo visible, es decir, de lo imaginable políticamente, y configurando la escena en la que tomarán forma las subjetivaciones políticas antagónicas (Romé; Terriles 2023: 12).

Los efectos de la retirada del marxismo son por lo menos dos. Uno apunta a la simplificación de la complejidad política que se aplana con la caída de conceptos centrales como el de contradicción (que pondera la objetividad en el antagonismo entre trabajadores y dueños de los medios de producción), tesis como la de la determinación en última instancia por la economía (que exige la puesta en relación de las naciones a escala global) o preguntas como la del fin de la historia (que en su correcta crítica a la teleología reducen el futuro a las posibilidades del presente). Así, por ejemplo, la crítica al eurocentrismo corre el riesgo de reconducir los análisis a un localismo extravagante que olvide la condición dependiente y periférica de nuestra región sobre la que los marxismos locales más virtuosos como las teorías de la dependencia han insistido y, no casualmente, también hayan sido marginadas.13

A su vez hay otro efecto de la retirada del marxismo que es el empobrecimiento de la imaginación política que, al vincular a esta teoría con gérmenes autoritarios, anula la riqueza creativa que late en la imagen de la revolución como momento utópico redentor y movilizador. No es casual entonces que las imágenes utópicas de la época hayan anulado su impulso futurista y se hayan resignado a la mera administración del presente. La primacía del realismo político parece haber redundado en un vaciamiento de imágenes para pensar más allá de la saturación de lo representado.

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1Este artículo ha sido posible gracias a una beca de investigación brindada por la Biblioteca del Congreso de la Nación en el año 2023 y una beca postdoctoral otorgada por la universidad Paris 8. La investigación se inscribe y se debate en el equipo de trabajo compuesto por los miembros del Proyecto UBACyT: “Ideología y subjetivaciones políticas. Tendencias neoliberales en una coyuntura sobre determinada. Argentina 1976-2019” (Dir. Natalia Romé).

2Revista peronista cuyo director era Carlos “Chacho” Álvarez y se publicó entre mayo de 1983 y agosto 1991. Algunos de sus colaboradores eran Alcira Argumedo, Horacio González, Mario Wainfeld y José Pablo Feimann.

3Revista cuya directora era Beatriz Sarlo y que se publicó entre 1978 y 2008. Se inscribió en el Club de Cultura Socialista. Sus colaboradores eran Carlos Altamirano, María Teresa Gramuglio, Ricardo Piglia, Hugo Vezzetti, José Aricó, Juan Carlos Portantiero y Oscar Terán, entre otros.

4Revista de crítica y cultura que se publicó entre julio de 1981 y julio de 1984. Dirigida por Emilio J. Corbière y cuyos colaboradores eran José Aricó, Horacio Crespo, Ernesto Giudici, Julio Godio, Ernesto Goldar, Juan José Sebreli, Oscar Steimberg, Luis V. Sommi, Oscar Waiss, entre otros.

5Revista publicada entre 1982 y 1993 dirigida por Daniel Levinas cuyos asesores eran Miguel Briante y Jorge di Paola.

6Crisis tuvo tres épocas. La que nos interesa recuperar para este estudio es la segunda que salió entre abril de 1986 y abril de 1987. Tuvo como director a Vicente Zito Lema y principales asesores a Osvaldo Soriano y Eduardo Galeano

7Periodista y militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Participó del asalto al Comando de Sanidad del Ejército, en Capital Federal, motivo por el cual estuvo detenido entre el 6 de septiembre de 1973 y el 9 de mayo de 1986 en diversas cárceles del país. Durante los últimos veinte años desarrolló numerosos trabajos de investigación sobre el pasado reciente argentino. Actualmente, es funcionario de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Fuente: Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

8El Ejército Revolucionario del Pueblo fue una de las principales organizaciones guerrilleras entre 1970 y 1975. Su estrategia fue el foquismo y las puebladas en distintos puntos del país. Ante la vuelta de Juan Domingo Perón en marzo de 1973 la organización se divide entre el PRT - ERP y el ERP - 22 de agosto (esta última reconocía a Perón como el líder político del país). Entre sus principales referentes se encontraban Mario Roberto Santucho, Ana María Villarreal, Luis Pujals, Enrique Gorriarán Merlo, Benito Urteaga, Domingo Menna, José Joe Baxter y Jorge Carlos Molina.

9Otro ejemplo de la ideología del nuevo comienzo: “Ya no puedo experimentar la emoción cómplice y adolescente que otros sienten al evocar la toma de la Bastilla o el asalto al Palacio de Invierno” (Gregorich 1985: 9). El nuevo comienzo requiere abandonar la Revolución, así como hacer más modestas las utopías.

10El historiador Omar Acha señala una suerte de vacancia en los estudios sobre el posmarxismo que es necesario explorar. Describe cuatro vías que esta corriente teórica tomó: inversión, deconstructivo, de impasse y por pluralización. Mientras la primera devendría en un desencanto y un llamado a la superación del marxismo las otras tres mostrarían modos diversos de insistir en él. Véase Acha (2017).

11El libro al que alude es el que el artículo de Terán debía reseñar. Se trata de “El discurso jurídico” escrito por Pierre Legendre, Ricardo Entelman, Enrique Kozicki, Tomás Abraham, Enrique Marí, Ettiene Le Roy y Hugo Vezzetti en 1982 para la editorial Hachette.

12Pensemos si la gran discusión suscitada por el testimonio de Héctor Jouvé y la carta de Oscar del Barco en torno al “No Matarás” del año 2004 no se trama ya bajo estos presupuestos.

13A propósito de la retirada de las teorías de la dependencia véase Giller, D. (2020). Espectros dependentistias. Variaciones sobre la teoría de la dependencia y los marxismos latinoamericanos, UNGS.

Recibido: 10 de Junio de 2025; Aprobado: 19 de Agosto de 2025

RAMIRO PARODI. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y en Filosofía por Paris 8. Líneas de investigación: crítica ideológica, marxismo latinoamericano y análisis del discurso.

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