INTRODUCCIÓN
En estudios anteriores he procurado documentar cómo Martí para homenajear a Emerson retoma frecuentemente sus palabras al comienzo de varios de sus escritos más conocidos: a) lo hace en Ismaelillo incluyendo literalmente en su carta introductoria el concepto de “el mejoramiento humano”, tomado del ensayo “El Joven Americano”; b) lo hace en “La Edad de Oro” título adoptado, entre otras obras, del ensayo “Historia”, donde el hombre encuentra “in his childhood the Age of Gold”; c) lo hace al inicio de Versos sencillos como “el hombre sincero, de donde crece la palma”, respondiendo al poema “Día de Mayo”, donde Emerson menciona la bandadas de aves sureñas que llegan a Concord, Massachusetts, “Fresh from palms and Cuba’s canes”; y d) lo hace también al iniciar “Nuestra América” al referirse al “aldeano vanidoso”, figura tomada del ensayo “La Vida Doméstica”, donde se critica que los ciudadanos sean todavía aldeanos, “still villagers”, creídos que todo en su pequeño pueblo “is a little superior” a lo de cualquier otra parte. Continuando con el cotejo textual bilingüe realizado, el objeto del presente ensayo es describir la fuente emersoniana que motivó a Martí a escribir las memorables líneas 5 y 6 del poema III de Versos sencillos (1891), solidarizándose con una específica clase social: “Con los pobres de la tierra / Quiero yo mi suerte echar” (Martí 1975: XVI, 67).1 En efecto, estas líneas reformulan poéticamente las palabras del ensayo “El hombre reformador” (“Man the Reformer”, 1841), donde Emerson había señalado ad litteram que “todo el interés de la historia reside en la suerte de los pobres” (“the whole interest of history lies in the fortunes of the poor” (Emerson 1903-1904: I, 240).2 El mencionado ensayo es relevante, además, porque en pleno advenimiento de la Modernidad, no solo plantea una teoría del trabajo a mediados del siglo XIX (con sus cruciales fenómenos: industrialización, inmigración, expansión hacia el Oeste), sino que hace referencia directa a la “abominable” esclavitud en Cuba:
En la Isla de Cuba, además de las abominaciones propias de la esclavitud, parece que allí se compran hombres únicamente para trabajar en las plantaciones, y de esos pobres jóvenes muere uno de cada diez para proveernos de azúcar (I, 232).
Asimismo, Martí dejó una huella de haber leído el referido ensayo “con ojos encendidos” al regresar a Nueva York después de su viaje a Venezuela, porque, en plena Guerra del Pacífico, siguiendo a Emerson, elevó líricamente la figura infantil del “desnudo guerrero de alas de ave” (“Tábanos fieros”, Ismaelillo,1882),3 personaje ético invencible en su debilidad que el autor norteamericano había invocado previamente para potenciar simbólicamente su texto:
El amor dotará de un nuevo rostro a este agotado y viejo mundo en el que moramos como paganos y enemigos por tanto tiempo y confortará el corazón ver cuán rápido la vana diplomacia de los hombres de estado, la impotencia de ejércitos, marinas y líneas defensa serán derrotados por el niño desarmado (I, 241-242).4
Con el propósito de ofrecerle al lector acceso directo a la fuente que lo inspiró, en la última parte del presente ensayo se incluyen traducidos y anotados párrafos representativos de “El hombre reformador”. Pero, para contextualizar la lectura efectuada por Martí del texto inglés y su trasposición poética en Versos sencillos, hemos de concentrarnos en su llegada a Estados Unidos en 1880 y su amistad con el prominente periodista norteamericano Charles A. Dana, discípulo de Emerson y director del periódico neoyorquino The Sun. Dana intensificó el interés de Martí por la obra del pensador norteamericano, que ya había sido despertado inicialmente en Cuba por su maestro Rafael María de Mendive. En este sentido, para terminar de poner en perspectiva la amistad entre Martí y Dana y la de Dana con Emerson, es conveniente considerar la evolución de la llamada “Brook Farm”, un notable experimento agrario educacional del socialismo utópico inaugurado en 1841en las afueras de Boston por otro amigo de Emerson, el ex pastor George Ripley. Para ese entonces, Emerson ya se había ocupado del valor del trabajo manual,5 pero ese mismo año de 1841en que Ripley puso en marcha el experimento laboral, creyó oportuno disertar de lleno sobre los propósitos de la “Doctrine of the Farm” o “Doctrina de la Granja” precisamente en el “El hombre reformador” que da pie a los celebrados versos de Martí.
LA “BROOK FARM”, UN EXPERIMENTO SOCIAL
George Ripley (1802-1880), exministro unitario, reformador social y periodista, determinó poner en práctica la “Doctrina de la Granja” de raíz filosófica trascendentalista en la costa Este de Estados Unidos, en una institución agraria que resultaba totalmente opuesta al sistema laboral esclavista del Sur. Y, en octubre de 1840, anunció en el Club Trascendental de Concord, encabezado por Emerson, que quería formar esa comunidad utópica, la “Brook Farm”, en un terreno adquirido en West Roxbury (Massachusetts).
De este modo, se inició la cooperativa con quince miembros en abril de 1841, entre los que se encontraba Charles A. Dana (1819-1897), joven antiesclavista que en el futuro fungiría como liaison entre Lincoln y Grant durante la Guerra Civil, y, como se dijo, sería un periodista amigo de Martí en Nueva York.
Es de notar, que en enero de 1842 Elizabeth Palmer Peabody (1804-1894) presentó una reseña sobre los inicios de la “Brook Farm” en la publicación más importante de los Trascendentalistas, The Dial (1842: Vol. II, No. 3, January, 361-372).6 En su ilustrativo texto, dice que la meta fundamental de la agrupación es combinar el trabajo manual agrario al aire libre con el intelectual; que la crítica social de sus miembros nace del rechazo ético cristiano (protestante) al automatismo de la competencia comercial; y que, de modo especial, toma distancia de la ciudad como madre de todas las instituciones, por excluir de su campo visual la anchura de la Naturaleza. Aunque de cierta extensión, incluyo los párrafos referidos por su extraordinaria pertinencia:
Con el objeto de vivir una vida religiosa y moral merecedora de ese nombre, [los miembros de la Brook Farm] creen necesario recluirse en cierto grado del mundo y vivir en una propiedad comunal que excluya la competencia y las reglas establecidas del mercado. A la vez, resguardan una propiedad privada suficiente, o el medio de obtenerla, con el propósito de preservar con plena discreción su independencia y soledad. Han adquirido una granja para hacer de la agricultura la base de su vida, pues ésta es la más simple y directa relación con la naturaleza (361). Una verdadera vida, aunque apunta más allá de la estrella más alta, es fragancia de la tierra lozana.7 El perfume del trébol la sobrevuela. El mugido del ganado es el bajo natural de la melodía de las voces humanas.
Y se refiere específicamente al epicentro social institucional anómalo de la ciudad moderna de la siguiente manera:
Por otra parte, ¿qué absurdo más grande puede imaginarse que la institución de las ciudades? No las originó el amor sino la guerra. Fue la guerra que empujó a los hombres a agruparse en multitud, los forzó a mantenerse muy apretados y a erigir murallas a su alrededor. Esta situación de aglomeración produce necesidades de un carácter no natural, las cuales tienen como resultado ocupaciones que regeneran el mal, pues crean necesidades artificiales. (Énfasis añadido del autor) (361).
Esta “barrera” artificial, dice Peabody, produce un estado de deshumanización que impide “la restauración de la Vida y del Gozo espontáneos”. Alude a una verdadera “alienación”, pues se trata de la llegada de “una época, donde la experiencia sensorial de la Creación -el gran símbolo de Dios- les ha sido negada a sus desafortunados hijos”. La ciudad moderna es un impersonal conglomerado donde pareciera que hombres y mujeres,
hubieran quedado amontonados de tal manera que se les impidiera respirar al aire libre y ver el Domo Universal del Cielo, y que algunos de ellos hubieran de abrir los ojos en las oscuras cavernas de calles estrechas y aglomeradas dentro de amuralladas ciudades. ¡Cómo hubieran ellos [nuestros padres] podido imaginar una conspiración tal contra el espíritu que le niega el sol y el cielo y el glorioso ropaje de la Tierra! ?La expansión de las ciudades, las cuales fueron el embrión de naciones hostiles unas a otras, merece ser objeto de la investigación y de la pluma del filósofo de la historia. Tal vez no haya nada que estimule más el valor de buscar y el deseo de lograr el bien de la sociedad, como una historia profunda del origen, en la enrevesada naturaleza humana y en la exasperación de la sociedad, de los diferentes Males sistemáticos bajo los cuales gime la humanidad. ¿Existe algo en la vida social y política contrario al Ideal del espíritu? Cosa tal no es eterna sino finita, lo dice la Razón Pura, pues posee un comienzo y también una historia. Lo que el hombre ha hecho puede ser también deshecho. “Por el hombre entró la muerte y por el hombre también viene la resurrección de los muertos”(362).8
El régimen comunitario agrícola se propone reorganizar las relaciones económico-sociales prevalentes en Estados Unidos. En breve, con su “deshacer” rebelde pretende boicotear las normas del mercado, poniéndolas al servicio del desarrollo físico y espiritual del individuo:
El plan de la Comunidad, en cuanto Economía, es en breve el siguiente. Que todos los que fuesen propietarios obtendrán una acción y de ahí en adelante recibirán un interés fijo por ella. Tendrán habitación y alimentación en común, como individualmente lo escojan, al costo de las provisiones adquiridas al por mayor o cultivadas en la granja; que todos harán trabajo en común y recibirán paga por hora a un valor determinado, escogiendo cada quien el número de horas y el tipo de trabajo. Con el fruto del trabajo y de su interés, pagarán su alimentación y también comprarán cualquier otra cosa que se necesite a precio de costo, ya que los depósitos han de ser suplidos por la Comunidad como tal. Para perfeccionar su economía, con el transcurso del tiempo sus miembros cubrirán todos los oficios, y todas las transacciones comerciales se efectuarán entre ellos, desde la ocupación mecánica más baja, la cual contribuye a la salud y comodidad de la vida, hasta el más elevado arte que engalane con alimento y atuendo a la mente (362).
Por consiguiente, el papel docente más radical de la comunidad es redefinir el trabajo individual abriéndolo a su dimensión social. A través de ella el ser humano alcanza su plenitud, se sacraliza porque el trabajo orientado hacia el bien común es sagrado. El esforzado trabajador manual es, en ese sentido, insigne maestro de juventudes:
Todo trabajo, ya sea corporal o intelectual, será remunerado con una misma cantidad de pago, bajo el principio que en cuanto éste se hace más corporal, supone más sacrificio para el trabajador dedicado a ello, puesto que para el cultivo de la mente se requiere de tiempo en exacta proporción con la falta de instrucción. Además, el trabajo intelectual transmite placeres más elevados y recompensa más en sí mismo que el trabajo corporal. Otra razón para asignar el mismo valor pecuniario a toda clase de trabajo es otorgar una expresión visible a la gran verdad de que todo trabajo es sagrado cuando se hace por un interés común. Los santos y los filósofos ya sabían esto, pero este aniñado mundo no; y se debe tomar la firme decisión de igualar ambos trabajos ante los ojos de los jóvenes de la comunidad, los cuales no son inmunes a las influencias morales de un mundo carente de ellas. (…) En consecuencia, ya que la Educación Universal requerirá todo tipo de operaciones necesarias para la comodidad y finuras de la vida, cada asociado, aunque el excavar zanjas sea su logro mayor, será un maestro para los miembros jóvenes. (Énfasis añadido del autor) (362-363).
Entonces, esta ideal “sociedad sin clases” fusiona todos los estratos sociales, pues incluso los representantes más desventajados y rudos por su naturaleza y capacidad laboral poseen una vocación docente ejemplar. Dentro del ambiente espiritual que reina en la “Brook Farm”, en sentido literal y metafórico, la pala es una pluma en potencia:
Tampoco esta elevación del trabajo corporal será acusada de ser responsable de rebajar el tono de las costumbres y refinamiento en la comunidad. Los “hijos de la luz” de esta generación no han dejado de tener tino. Poseen una invisible pero todopoderosa defensa de principios. La asociación no será capaz de atraer mentes reacias al pulimento. Por ser una comunidad Ideal, apelará a aquellos postores inclinados idealmente; pero ellos han de provenir de todos los estratos de la vida, cualquiera sea su ensombrecida circunstancia. Incluso entre los excavadores de zanjas se han de encontrar quienes, por medio del cultivo religioso, pueden encumbrarse, en superioridad apacible, sobre individuos presuntuosamente refinados y leídos (363).
La reorientación humana nunca deja de apuntar hacia su norte espiritual, pues el “mejoramiento humano” atempera el imperio del mercado e impulsa a todo ser hacia la excelencia:
Además, después de hacerse miembros de la comunidad, nadie se dedicará solamente al trabajo manual. Las horas de trabajo para la Asociación será limitada por una norma general, y podrá ser reducida a voluntad del individuo todavía más; y a todos se les proveerá de los medios para el adelanto intelectual y para la interacción social con el propósito de que se refine y se acreciente. El fruto de las horas de trabajo no será reaplicado a la adquisición de riqueza sino a la producción de bienes intelectuales. La comunidad aspira a ser rica no en dinero metálico, símbolo de riqueza, sino en la riqueza en sí misma, a la cual el dinero debería representar; es decir, A LA EXPANSION DE LA VIDA EN TODAS LAS FACULTADES DEL ESPIRITU (Énfasis añadido de la autora) (363-364).
La comunidad agrícola es un cuerpo social donde el intercambio de bienes sigue actuando. El egoísmo no ha desaparecido, pero ha quedado inoculado contra el virus de la desbocada acumulación personal, la cual, en contraste, decora a la distancia todos los escaparates de la ciudad moderna.
Este esfuerzo comunitario campestre de alguna manera lograría hacer presente la utópica Ciudad Celestial:
En cuanto a los productos del trabajo Agrícola, la comunidad intercambiará con todo el mundo. Recibirá ingresos brindando educación a todos aquellos jóvenes que puedan ser alojados en las familias y participarán de la vida en común con sus propios hijos. Al final, espera ser capaz de proveer no solamente todo lo necesario sino todas las facilidades deseables para la salud corporal y espiritual: libros, aparatos, colecciones para las ciencias, obras de arte, bellos medios de esparcimiento. Todas estas cosas serán comunes para todos. Así, el incentivo que tan solo dora y refina la pasión por la acumulación personal no existirá más como apetencia, y cuandoquiera esa sórdida pasión reaparezca, se verá retratada en su desnudo egoísmo. El mayor éxito de la comunidad será realizar todos los fines que el mero egoísmo persigue, pero investidos de bendiciones espirituales, a las cuales solo la grandeza de alma puede aspirar (364).
CHARLES DANA, AMIGO DE EMERSON Y MARTÍ
Martí llegó a Nueva York en 1880 y de inmediato trabajó periodísticamente para Charles A. Dana, director de The Sun, en ese entonces, por mucho, el periódico con más tiraje en Nueva York.9 Fue el único norteamericano que pudo darle al cubano “recién llegado” un testimonio personal de Emerson cuando éste aún vivía en Concord, pues, como se verá, había interactuado con él en el experimento social comunitarista de la “Brook Farm”. Al iniciar Martí sus colaboraciones en The Hour (febrero, 1880) y The Sun (junio, 1880) dirigidos por Dana, con seguridad recibió por boca suya un recuento de primera mano de la persona de Emerson, del carácter y significado de su obra y de la constitución de dicha “Hacienda”. Indudablemente en sus conversaciones con Dana, Martí encontró un excelente aliciente para internarse con gran entusiasmo en la obra del poeta-filósofo de Nueva Inglaterra, como quedó reflejado en su glorioso homenaje “Emerson” escrito a la muerte de éste en 1882.
Charles A. Dana se había radicalizado de joven en Harvard bajo la influencia de Emerson, George Ripley y Theodore Parker, quienes habían estremecido el “establishment” religioso de Nueva Inglaterra. Como se señaló, George Ripley después de haber renunciado a su ministerio unitario protestante, compró la “Brook Farm” en 1840 e invitó a Dana a ser parte de “el experimento social más atrevido de su tiempo” (Steele 1993: 12). Según le escribió Ripley a Emerson, esta comunidad “aseguraría una conjunción más natural entre el trabajo intelectual y el trabajo manual […] combinaría al pensador y al trabajador [y] garantizaría la más alta libertad mental proveyendo a todos de un trabajo afín a sus necesidades y talento, asegurándoles los frutos de su trabajo” (Steele 1993: 12). Dana fue nada menos que lugarteniente de Ripley, pues manejaba las operaciones diarias de todo el proyecto e impartía allí clases de griego y alemán. En 1845, junto con Ripley empezó a publicar el diario de la “Brook Farm” llamado el Harbinger (Premonitor) y recibió contribuciones del introductor del fourierismo en los Estados Unidos, Albert Brisbane. Los miembros de la comunidad estaban, asimismo, interesados en la emancipación de la mujer. Además de Emerson, Margaret Fuller era una de las visitas frecuentes. El 6 de marzo de 1847 la Brook Farm se incendió, desastre del que la comunidad no pudo recuperarse.
Junto con el testimonio de Elizabeth Peabody, resulta relevante el recuento personal que ofrece Dana del Trascendentalismo, Emerson, Margaret Fuller y, especialmente, de la “Brook Farm” por ser uno de los más íntimos protagonistas de los hechos descritos. Éste fue pronunciado en la Universidad de Michigan el 21 de enero de 1895 (Wilson 1907: 520-527), unas semanas antes de la muerte de Martí. El texto de Dana acrecienta su valor porque, como se dijo, Emerson precisamente formuló “El hombre reformador” un año después de iniciado este experimento social, teniéndolo vivamente presente:
Hubo otro movimiento de real y profunda importancia que advino en ese tiempo, especialmente en Boston, y que se conoció como el surgimiento de la escuela Trascendentalista. Era una escuela filosófica que se desarrolló en contraposición de la filosofía que suponía que no existía nada en el intelecto que no hubiera pasado antes por los sentidos [John Locke]. Los Trascendentalistas sostenían la doctrina de las intuiciones originales de la mente, que el espíritu comulga con regiones más allá de los sentidos y accede a intimidades de la verdad divina que éstos no pueden revelar. Fue un movimiento bastante fuerte, compuesto por miembros de gran importancia, cuyos nombres se destacan en nuestra literatura. Estaba Emerson, quien con su famoso discurso sobre la naturaleza tal vez fue la primera persona en hacer la declaración más contundente de la doctrina Trascendentalista en el país (520-521).
Dana, en consonancia con los comentarios anteriores de Peabody, señala que fue el predicador George Ripley, quien se propuso restaurar los genuinos principios democráticos heredados de la fe fundadora de los “pilgrims”, los cuales habían sido relegados por la convulsiva dinámica mecánico mercantil urbana del mercado moderno. El gran problema social de los Estados Unidos consistía, además, en que la democracia se estaba convirtiendo en un conglomerado burocrático. Al llegar con toda fuerza la Modernidad, era urgente que las verdades sublimes de la democracia se materializaran en verdades sociales prácticas. Como diría posteriormente Martí en “Nuestra América” era imperativo un cambio de espíritu:10
George Ripley, ministro Unitario de Boston, fue otro de sus propulsores. Fue una persona de alta educación, de inmenso conocimiento y de un coraje sin igual. En este grupo de filósofos trascendentalistas desde muy temprano floreció la idea, inicialmente propuesta por George Bancroft, (historiador que simpatizaba completamente con los trascendentalistas), que no era suficiente que la democracia existiera en la Constitución de los Estados Unidos, que hubiese triunfado políticamente como partido bajo el liderazgo de Jefferson, que desde entonces prevaleciera en la mayoría de los gobiernos estatales y, que ocasionalmente prevaleciera en el mismo gobierno central. Ello no constituía una realización perfecta de la democracia (521).
Tal como la visualizaba Ripley, la validez de la propuesta de igualdad democrática antimonárquica instaurada en América frente a Europa, suponía una misión ideal radical:
Si la democracia era la verdad sublime que se suponía ser, debería sobrepasar la esfera de la política, de la esfera de la ley y de las constituciones; debería compenetrarse con la vida y volverse social. El mismo principio de igualdad que otorgaba la igualdad universal del sufragio, debería extenderse y aplicarse a toda la sociedad y en todas las instancias de la vida social (521).
El empeño de Ripley era efectivamente una transformación social revolucionaria porque se hacía presente en Estados Unidos como una asociación comunitaria histórica y geográfica concreta; dejaba de ser una propuesta de gabinete y permeaba efectivamente el campo de las relaciones humanas, cambiándolas a contrapelo del patrón vigente. Implicaba un compromiso personal total:
Una de las cosas que estos filósofos democráticos objetaban era que mientras que el amo se sentaba en el salón arriba, el sirviente se sentaba en la cocina abajo. Ambos, más bien, deberían situarse en el mismo nivel: la igualdad y la democracia debería ser la característica de nuestras relaciones sociales. Cualquier persona, enseñaban, debe tener acceso a la educación, de modo que pueda cultivar y desarrollar todas sus facultades, y que todos los carriles del conocimiento debieran estar abiertos para todos. Los trascendentalistas concluyeron que ello sólo podría lograrse mediante la transformación de la sociedad y, tras profundo análisis y largas consideraciones, decidieron que era su deber consagrarse a ella. Eso fue lo que inspiró el movimiento socialista que empezó hacia 1835 y 1838 (521-522).
Los miembros de esta pequeña granja-hacienda se aglutinaban férreamente alrededor de la idea de una educación continua, para establecer durante el quehacer diario una dialéctica solidaria entre el trabajo manual y el intelectual:
Fue en la primavera de 1841 que Ripley y sus amigos determinaron comprar la granja de más de doscientos acres en West Roxbury, a unas ocho millas de Boston. Era un lugar muy bello, excelentemente situado, con abundancia de agua y tierra fértil; poseía una ubicación agraria excelente. Allí organizaron una sociedad llamada el Instituto Agrícola y Educativo de la Brook Farm. Fue concebido dentro del Trascendentalismo, y diseñado para llevar a cabo una vida social de acuerdo con doctrinas democráticas cristianas (525).
Puesto que quienes concibieron el experimento se habían educado en Harvard, su crítica se dirigía al enclaustramiento autista del estilo de vida universitaria y, dado que se cuestionaba la orientación de la cabeza intelectual del país, Nueva Inglaterra, su llamado repercutiría en el conjunto del sistema universitario nacional. Su objetivo final no era otro que “regenerar el mundo”. Por tanto, era imperativa una vuelta a la Naturaleza:
Se había dado ya una enorme discusión acerca del poco saludable estilo de vida del sistema universitario, de los estudiantes dedicados a la literatura y al conocimiento. Divorciados de la naturaleza, se apoltronaban en sus sillones sin exponerse al ejercicio físico; no salían al aire libre ni se ganaban la vida con el sudor de su frente. El principio era que mientras uno se dedicara a la filosofía, a la literatura, a la filología, a las matemáticas, debería trabajar en el campo, cultivar la tierra, y que la actividad campesina dotara de excelente salud. Ese era el planteamiento. Así que, para reformar la sociedad, para regenerar el mundo, para realizar la democracia en las relaciones sociales, esos amigos comunitarios decidieron que deberían dedicarse primeramente a la agricultura que los expondría al trabajo al aire libre, y, a la vez, les daría la oportunidad de estudiar, instruirse y profundizar en la literatura y el conocimiento (525).
Aunque Emerson nunca fue un residente de la hacienda, apoyó con entusiasmo la formación de sus miembros e interactuó con ellos. Así lo hizo también Margaret Fuller:
Así se dio comienzo al Instituto Agrícola y Educativo de la Brook Farm. Emerson venía una o dos veces al año. Nos reuníamos en la sala, donde nos impartía una conferencia, le hacíamos preguntas y entablábamos una conversación sobre un tema literario o filosófico. Todos seguíamos con gran placer las cuestiones que debatíamos. Lo mismo ocurría con Margaret Fuller cuando ocasionalmente venía. Era realmente exquisito y le confería al lugar una profundidad y reputación que no hubiera tenido con los simples ajetreos agrícolas que nos ocupaban el día. Así, la oportunidad de educarse estaba abierta a todos los miembros de la comunidad (525, 527).
“La Doctrina de la Granja/Hacienda”, “The Doctrine of the Farm” o “Doctrina del Trabajo” que constituye el núcleo de “El hombre reformador” de Emerson, enaltece el esfuerzo manual propio del agricultor. Filosóficamente hablando, proyecta una reflexión restauradora del valor universal del trabajo hecho con las propias manos, substrato primario soporte del trabajo intelectual, por el cual el individuo se reintegra a la silente vitalidad creadora de la Naturaleza. Martí con su multifacética labor (manual/intelectual/conspirativa) desde adolescente y, posteriormente mediante su trabajo de escritor revolucionario centrado en Nueva York, ratifica motu proprio esta solidaria “doctrina del trabajo” y finalmente, entendida como servicio, la glorifica con su muerte en el campo de batalla de Dos Ríos en 1895.
Por consiguiente, los antecedentes descritos ayudan a echar luz al trasfondo significativo de la voluntad martiana de “echar la suerte con los pobres de la tierra” consignada poéticamente en Versos sencillos, eco de las palabras de Emerson. Y aunque el experimento de la “Brook Farm” hubiera quedado trunco, históricamente dejaba un rastro lúcido y tangible de los enormes repositorios espirituales de la joven nación. Así, el hablante martiano de fines de siglo XIX obviamente expresa la solidaridad con “los pobres” de modo universal (la clase obrera), pero en su sentido más abarcador se refiere no solo a los obreros industriales sino a “los pobres que trabajan la tierra”, los campesinos. O sea, incorpora en gran parte la numerosa clase inmigrante que, según escribe posteriormente en sus crónicas, llegaba a Estados Unidos “a barcadas”, y cuya meta principal para salir de su indigencia era, dejar de ser asalariada, adquirir una parcela de terreno y hacerla producir. Estos desposeídos de patria, riqueza y del conocimiento más mínimo del país, solo contaban inicialmente con su determinación y la fuerza de sus brazos. De ahí que Emerson en “El hombre reformador”, en contraposición a la situación esclavista imperante en el Sur de su país, celebrara esa fuerza exponiendo la “Doctrina de la Granja”, la cual, éticamente entendida, no es otra cosa que un reconocimiento del trabajo manual como fuente de adelanto y “mejoramiento humano”.
A un nivel más profundo, el trabajo de las propias manos simboliza el enorme valor formativo del esfuerzo tanto físico como mental, que, en la era moderna, por su carácter multitudinario, llega a caracterizar al individuo como “ser-en-el mundo”. Es decir, en términos fenomenológicos, su estado laborioso, su “estar-en-el mundo” como obrero, caracteriza ontológicamente su “ser-en-el-mundo”. Por ello, es siguiendo esta misma línea de pensamiento que Martí en 1882, a raíz de la muerte de Emerson, incluyera en su homenaje las palabras exactas de su céntrico ensayo Nature, “What is a farm but a mute gospel” (I, 42), y las traspusiera concisamente en castellano “una hacienda es un evangelio” (XIII, 22).
Para Martí, testigo de su tiempo en la urbe más cosmopolita del mundo, Nueva York, el agricultor, “el hombre del campo”, representa en plena Modernidad el arduo desgaste del individuo común quien, a pesar de provenir de una sociedad autoritaria burocrática feudal europea, tiene la oportunidad de partir de cero, crear y hacerse a sí mismo no en una monarquía estática europea sino en una democracia perfectible americana. El “pobre”, de “los pobres de la tierra” denota, entonces, no solo una clase en estado social de carencia, sino que, por estar inserto ahora en una dinámica civil democrática, representa la posibilidad de realizarse como hombre. El paupérrimo inmigrante, el campesino, el obrero industrial, en una democracia aspira al “decoro” mediante “el mejoramiento humano”, reflejo de la marcha ascendente del “mejoramiento en la Naturaleza”. Por ello, en su sentido más pleno, la “Doctrina de la Labranza” simboliza mediante el trabajo manual del agricultor (y su contraparte citadina, el obrero) el reencuentro del hombre moderno con la Naturaleza. Tanto el trabajo manual como el trabajo intelectual, por provenir de una misma determinación y un mismo esfuerzo, son coadyuvantes. Y el intelectual, mediante el empedernido, sobrio y callado “sudor” mental, análogo al trabajo manual, queda reintegrado como el agricultor y el obrero al flujo de la armonía cósmica. De ahí que además de complacerse del “arroyo de la sierra” en otro lugar Martí confesara:
Ya no me importa que la frase ardiente
Muera en silencio, o ande en casa oscura,
Amo y trabajo: así calladamente
Nutre el río a la selva en la espesura. (XVI, 249, énfasis mío).
Junto a los antecedentes de la “Brook Farm” y la amistad de Martí con Charles A. Dana, la siguiente consideración de pasajes representativos del ensayo de Emerson permite calibrar en concreto el caudal ideológico que acarrean las palabras del poema III de sus Versos sencillos, por los que el autor cubano confiesa la determinación de “echar su suerte con los pobres de la tierra”.
A MODO DE CONCLUSIÓN: MARTÍ, TRADUCTOR CULTURAL
La recuperación de la fuente emersoniana de los célebres versos sobre “los pobres de la tierra” permite visualizar mejor el poder crítico de la pupila de Martí al observar la cultura norteamericana. Entonces, el cotejo textual bilingüe expuesto posee implícito un nivel que lo trasciende. El indispensable punto de partida filológico fáctico que engarza dos hilos discursivos y describe el modo como ellos se entretejen, deja traslucir el empeño de Martí por poner en juego simultáneamente la inmensidad de dos culturas dispares y, a partir de ese encuentro entre ambas, destilar la savia más provechosa para “Nuestra América”. Es decir, en plena Era Moderna “el hombre sincero echa sus versos del alma” para enaltecer el valor democrático del trabajo físico y mental del habitante del Nuevo Mundo. Paradójicamente, el indómito revolucionario para realizarse con plenitud afinca su praxis en una cosmovisión ético-filosófica. Quedan así confirmadas, una vez más, sus palabras de homenaje a Emerson:
Como desdeñoso de andar por la tierra, y malquerido por los hombres juiciosos, andaba por la tierra el idealismo. Emerson lo ha hecho humano: no aguarda a la ciencia, porque el ave no necesita de zancos para subir a las alturas, ni el águila de rieles” (XIII, 29).










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