A la memoria de Hélène Rivière d’Arc, René Coulomb y los fallecidos por la pandemia de coronavirus en el Centro Histórico de la Ciudad de México.
Un trabajo poco conocido de Walter Benjamin, Fragmento teológico-político, cuyo nombre se debe a Theodor Adorno, ofrece claves de lectura estimulantes para la teoría crítica.1 Plantea la complejidad que entraña la relación entre la parte y el todo desde una perspectiva relacional y situada, en la que los fragmentos forman la totalidad y la contienen en sí mismos. Ahí, según Benjamin, la política consiste en poner fin, interrumpir las lógicas del poder que han causado y continúan causando la muerte y el sufrimiento en la historia. De manera simultánea, el fragmento vuelve terrenal, seculariza la teología como aspiración colectiva a la felicidad en el sentido de una esperanza de realización plena.
El libro Las voces del Centro Histórico. La lucha por el espacio en la Ciudad de México, de Carlos Alba Vega y Marianne Braig, se abre a la escucha de las representaciones sociales fragmentadas de los actores sociales en un espacio acotado pero expresivo y significativo de la totalidad social mexicana. El arte de la investigación enfocada en el fragmento no se reduce a estudios de caso comparativos, sino que entrelaza las partes con el todo. Si se entiende lo que pasa en el Centro Histórico, se comprende lo que sucede en todo México a partir de la particularidad de las voces y luchas por el espacio. Se trata de un concepto finamente elaborado, con inspiración en Henri Lefebvre,2 para quien el espacio es producido socialmente dentro de un marco conflictivo respecto de la manera en que se vive, se concibe y se percibe.
El espacio vivido es representable a partir de la experiencia sensible expresada en relatos sobre lo sentido y lo pensado -el sentipensamiento, diría Orlando Fals Borda (2009)- que se concreta en prácticas personales y colectivas expresadas en símbolos o imágenes y símbolos compartidos que dan sentido de pertenencia a un grupo, una comunidad. El espacio concebido es producido en campos profesionales diversos, en los que se elaboran mapas, planos, proyectos de intervención en el espacio urbano, a partir de los cuales se socializan e imponen determinadas representaciones del espacio que convienen a los poderes dominantes, aunque también hay resistencias que oponen otras concepciones para la vida cotidiana, que tensan lo público y lo privado, en particular en la lucha por la calle y los espacios del comercio informal en la vía pública. Este tema es uno de los intereses centrales de esta investigación. El espacio percibido está conformado por las prácticas espaciales en disputa por la creación y apropiación del Centro Histórico de la Ciudad de México.
Más de diez años de investigación se cristalizan en este libro: 38 relatos de personajes que cuentan su trayectoria personal. El trabajo de investigación los transforma en historias de vida, pues la narración de cada informante es la base para reconstruir su biografía, incluyendo fuentes complementarias y de contrastes, que permiten entender cada fragmento sin fragmentar la realidad. Alba Vega y Braig son etnógrafos de los discursos provenientes de la diversidad de actores seleccionados. Son traductores de lenguajes, culturas y contextos históricos particulares en la historia de la lucha por el espacio en la ciudad. Ambos hacen un ejercicio autorreflexivo en el que se recogen ilusiones y ficciones personales con un sentido crítico de verdad, que propicia esta suerte de coinvestigación, investigación observante y participativa con base en una ética respetuosa de la voz del informante, construida con rigor en varias interacciones acordadas entre investigadores e investigados durante el trabajo de campo.
La política del fragmento no aisla ni divide la realidad. En este trabajo encontramos una constelación de historias de vida que va más allá del estudio de caso. Una metodología que resuelve la oposición entre lo fragmentario y la totalidad, entre lo continuo de la historia lineal y lo discontinuo de las historias episódicas de cada informante. Una visión que atiende el cambio complejo entreverado con el ascenso y la caída de proyectos e ilusiones, frente al progreso lineal ascendente publicitado por a “felizología” individualista. Las historias de vida rescatan la alegoría de la vida y sus contrastes. Frente al imperativo categórico de la razón, evidencian lo ignorado, lo olvidado, lo reprimido, pero sin caer en un discurso victimario que no deja lugar a la resistencia, la capacidad de agencia humana y la creatividad social, cultural, organizativa del actor. También incluye algunas claves femeninas y feministas en las historias de vida.
La investigación se organiza bajo los criterios de selección de los informantes: género, generación a la que pertenecen, clase, etnias presentes en el Centro Histórico, jóvenes, adultos mayores, ingresos y posición en la estructura de poder local y su articulación con el poder nacional y -es importante decirlo- global. Los autores se apoyan en unas 500 encuestas aplicadas a lo largo de diez años. Esta base de datos hace deseable otra publicación, ya que esta información no ha sido explotada en su totalidad, en el mejor sentido de la palabra.
La selección de actores-informantes permite situar la política del fragmento en la lucha por el espacio en una zona cargada de significados y con potencialidades tanto constructivas como disruptivas, ya que persisten conflictos sin soluciones estructurales, y a las presiones heredadas se suman nuevos conflictos traídos por la crisis de la pandemia. Alrededor de ellos, el circuito inmobiliario, la industria de la construcción y los propietarios del suelo, así como los sectores corporativistas del capital comercial y turístico, disputan los límites de la regulación urbana gubernamental. En los márgenes de las tensiones en torno al espacio público y privado del Centro Histórico opera el sistema político y de partidos, que no se deshace de prácticas clientelares y corporativas. Veamos los cinco actores estudiados:
Vendedores en la vía pública. Once historias de vida dejan ver la economía política de la informalidad como un microcosmo que interactúa con poderes locales, nacionales y transnacionales en su lucha por la calle. Alba Vega y Braig han investigado la “globalización desde abajo” que se produce en el espacio vivido y percibido por los ambulantes. Una globalización desde arriba, con altibajos, caracterizada por varios periodos de crisis, marca la tensión permanente a la que se somete a estos vendedores: reubicaciones, desalojos y presiones corporativas y clientelares para organizarse. Las trayectorias se remontan al determinismo familiar, a la necesidad de trabajar desde niños al lado de sus padres. Se percibe una ambigüedad que les desfavorece entre lo legal y lo ilegal, pero reivindican la legitimidad de su empleo. Valoran la educación formal, e incluso las etnias presentes en el Centro Histórico, que no la apreciaban, hoy reconocen que influye en la movilidad social y laboral. Ven a los partidos políticos en términos prácticos, utilitarios. Se perciben como víctimas de la segregación urbana, pero valoran el orgullo como autoestima.
Líderes y organizaciones de vendedores. Emergen de los conflictos relativos al espacio callejero y por la ocupación de los mercados públicos, construidos al calor de políticas de reubicación de administraciones pasadas. Ocupan de manera diferenciada esos espacios: mujeres lideresas en el Centro Histórico, liderazgos mixtos en los mercados de Tepito o La Merced. Entre 1982 y 1997 había 13 organizaciones que fueron cooptadas por la Confederación Nacional de Organizaciones Populares y el Partido Revolucionario Institucional. Luego del primer gobierno en el Distrito Federal, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), se privilegió el clientelismo por encima de la corporativización. En 2017 se registraron 69 agrupamientos. El poder organizativo tiene estructura familiar: la asociación dirigida por Guillermina Rico llegó a tener 10 000 afiliados. Compite con otra agrupación liderada por Alejandra Barrios, que reúne 8 000 miembros. Respaldo y legitimidad reposan sobre el arraigo en el barrio, el conocimiento del tejido social y el carisma mostrado en las luchas para ejercer un poder simbólico frente a las autoridades y los medios de comunicación.
Mediadores políticos, culturales y religiosos. Son operadores políticos que fungen como asesores o consejeros de los líderes. Intelectuales tradicionales, diría Antonio Gramsci (1984), con experiencia en la política formal, que poseen redes de contactos para acceder a funcionarios de gobierno. Se vinculan a la mediación cultural en torno de la conservación y reproducción de creencias, valores, estilos de vida de los comerciantes ambulantes, como formas subjetivadas e interiorizadas de la cultura local en su conexión con otras culturas, nacionales y supralocales. Median entre el espacio vivido, en el que refuerzan su identidad y crean formas de resistencia, como Tepito Arte Acá. Alba Vega y Braig distinguen voces nacidas de las fiestas, las crónicas, el arte local y en especial la interiorización de las expresiones religiosas: el culto guadalupano, a la Virgen de la Merced y la Santa Muerte; espacios entre-mundos, entre-tiempos de coherencia, regeneración, unidad moral y de solidaridad intergrupal. Una política de liberación intercultural hacia la felicidad, como lo plantea Enrique Dussel (2007-2010).
Comerciantes establecidos. Actores heterogéneos por su diversidad geográfica, por su peso económico, por su organización patronal corporativa. Son protagónicos por sus prácticas espaciales de apropiación del espacio concebido, en alianza con el circuito creado por la industria de la construcción, el sector inmobiliario y los propietarios prominentes del suelo urbano. Los vendedores ambulantes son la principal amenaza en su representación del espacio del capital en la capital mexicana. Congestionan el espacio público, son fuente de inseguridad pública, han alejado clientes para el comercio formal debido a la fayuca y las mercaderías chinas y asiáticas. Destruyen más empleos de los que crean, no pagan impuestos, su expansión es fomentada por intereses económicos y políticos coludidos con la corrupción y el clientelismo gubernamental. La gentrificación no ha sido el negocio esperado. Entre yuppies, hipsters y chavos de las vecindades renovadas surgen violencias simbólicas y materiales que acentúan las fronteras de clase y la segregación urbana.
Las autoridades frente al Centro Histórico. Ante la pérdida de población residente y el incremento de la población flotante -1.2 millones de personas al día-, aumenta la distancia entre el espacio vivido, cada vez más deteriorado, y el espacio concebido, que registra disputas acentuadas entre las fracciones del capital, el gobierno local y federal, los pobladores residentes y la población flotante. Lugar de concentración del patrimonio construido y también de las protestas nacionales,3 se amplían calles y se construyen viviendas entre 1930 y 1950, se crean y reacondicionan mercados públicos y líneas y estaciones de metro. Luego de superar la destrucción causada por el sismo de 1985, esto desemboca en el poder simbólico del espacio representado por la declaración del Centro Histórico como Patrimonio Cultural de la Humanidad, en 1987. En este espacio coexisten un fideicomiso que transita de lo público a lo privado y demandas por el derecho a la ciudad y espacios vivibles para los ambulantes, en el marco de una sustentabilidad que no ahogue la especulación financiera e inmobiliaria.
En la parte final del libro se resaltan las voces de los cinco actores del Centro Histórico, sus convergencias en la valoración del espacio vivido en el entorno cargado de historia y valores patrimoniales, pero también sus oposiciones y conflictos de acuerdo con sus intereses específicos. Se sintetizan logros y dificultades en torno a las formas de cooperación, competencia y confrontación sobre el espacio y los lugares en los que se cristaliza lo vivido, lo representado y lo concebido. Alba Vega y Braig muestran que la lucha por el espacio está articulada con un proceso de globalización diferenciado entre el arriba y el abajo, del que emergen resistencias frente al capitalismo global, y al mismo tiempo, frente a los poderes que dominan la producción del espacio en el Centro Histórico: el circuito inmobiliario y de la construcción, los capitales comerciales, turísticos y de servicios.
La propuesta de “constelación de actores” que ofrece este libro contribuye a la comprensión del espacio por medio de la fragmentación social, la crisis de sentido que se espacializa en el fragmento comunitario-nacional y el impacto fragmentario de la globalización capitalista. Esta obra revalora la memoria como constelaciones de ideas, saberes y prácticas centradas en el actor, y define su horizonte cultural en torno a la capacidad de los actores para construir espacios de autogestión y autonomía.
Las perspectivas que abre esta obra en sus conclusiones apuntan a potenciales políticas públicas como: 1) la recuperación y regeneración de espacios abiertos, usos mixtos del suelo con mayor diversidad socioeconómica; 2) mejorar la seguridad y la vialidad; 3) revitalizar la economía local; 4) preservar el patrimonio cultural urbano como ciudad para todas y todos, y 5) reconocer el conflicto con base en el derecho a la diferencia y a la ciudad.4
Frente a los problemas derivados de la desigualdad social y la apropiación desigual del espacio socialmente producido,5 Alba Vega y Braig se ubican en torno a los puntos que reposan sobre una perspectiva “convivialista”,6 de común humanidad, sin racismo ni discriminación; de común socialidad, mayor sociabilidad y erradicación de la desigualdad; de individuación, para poder ser y actuar sin perjudicar a otros. Esto es, la política del fragmento como resistencia y alternativa hacia la felicidad terrenal deseable y posible de todas y todos.










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