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Desacatos

versión On-line ISSN 2448-5144versión impresa ISSN 1607-050X

Desacatos  no.30 Ciudad de México may./ago. 2009

 

Reseñas

 

Cristeros en Colima

 

Cristeros in Colima

 

Claudia Paulina Machuca Chávez

 

Julia Preciado Zamora, 2007. Por las faldas del volcán de Colima: cristeros, agraristas y pacíficos. Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Archivo Histórico del Municipio de Colima, México, 225 pp.

 

Doctorado en ciencias sociales, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social–Occidente, Guadalajara, México. paulinamachuca@hotmail.com

 

Julia Preciado cuenta que de niña escuchaba a los adultos contar historias sobre cristeros. Recuerda bien que bajo el zaguán de su casa oyó, de boca de dos campesinos, relatos de muerte de aquellos años difíciles, de aquellos años en que la gente de Colima repetía: "hay ahorcados en la calzada". Y con esto se referían a los ahorcados y fusilados que colgaban de los grandes árboles que aún se conservan en la calzada Galván de la capital colimense. Crecer en ese ambiente y escuchar ese tipo de historias llevó a la autora, años más tarde, a plasmar en papel aquellos relatos asombrosos, pero esta vez con el apoyo de documentos.

Julia encontró que la versión que se ha reproducido sobre la Cristiada en la región sur de Jalisco y norte de Colima, donde los límites son borrosos, ha sido, precisamente, la de los cristeros, y que era necesario buscar la versión agrarista de los hechos. Pero antes que nada, una pregunta central la acompañó a lo largo de su estudio: ¿bajo qué circunstancias los campesinos se rebelan contra un gobierno constituido y bajo cuáles permanecen a su lado? Con esta premisa, buscó los planos adecuados y encontró dos haciendas de alemanes en dos estados distintos, pero con características similares.

El libro que presentamos no cuenta una, sino varias historias. Es la historia de una comunidad indígena, la de Suchitlán, que luchó a contracorriente por conservar sus tierras. Es la historia de una hacienda, La Esperanza, en la que en momentos de adversidad sus habitantes brindaron lealtad a su dueño. Y es la historia derivada de la de La Esperanza, la del pueblo de Tonila, que tomó rumbos distintos a las de los primeros dos ejemplos. Estos tres relatos están unidos por un proceso coyuntural, el movimiento cristero de 1926 a 1929, y en ellos están representados los bandos agrarista, pacifista y cristero, lo cual enriquece la obra al mostrar las distintas visiones de lo acontecido.

A grandes rasgos, éstas son algunas de las conclusiones a las que llega la autora: a) el pueblo agrarista de Suchitlán se unió al gobierno durante el movimiento cristero con el fin de preservar sus tierras. El gobierno le prometió que, por medio de la ley, le brindaría la seguridad de conservar sus terrenos, que antaño habían estado en manos de otros dueños; b) la hacienda pacifista de La Esperanza se mantuvo neutral —aunque no al margen— con respecto de uno y otro bando, debido a que sus habitantes mostraron lealtad a su dueño, el alemán Enrique Schöndube, quien manifestó su deseo de no pronunciarse por ninguna de las partes; c) el pueblo de Tonila, creado en tierras que pertenecían a la hacienda La Esperanza, se levantó en armas contra el gobierno y la mayor parte de la gente se declaró cristera.

La obra plantea los procesos de identidad históricos que subyacían al interior de cada una de las comunidades, los cuales sirvieron de base para el futuro comportamiento de éstas y la oposición posterior de indígenas y mestizos frente a los "blancos". Por otro lado, la religiosidad desempeñó un papel preponderante en el sentir de diversos sectores de la población, al grado de que la autora se cuestiona, en el caso particular de Tonila, si "la religión y las prácticas heredadas de los franciscanos fueron factores determinantes que llevaron a los toniltecos a sublevarse contra el gobierno instituido", en un contexto histórico de reverencia a la Inmaculada Concepción y a la Guadalupana. Pregunta, sin duda, difícil de responder.

Pero más allá de esto, la obra nos permite hacer otras lecturas al margen del movimiento cristero per se. Abre un panorama de ideas de diversa índole que comprenden las políticas de la reforma agraria y la complejidad que este proyecto alcanzó a la hora de su implementación; cómo se conforma una región más allá de sus límites políticos y cuáles son sus características —a propósito del sur de Jalisco y el norte de Colima—; cuál es el papel de las élites gobernantes y religiosas en momentos de conflicto social y en qué medida éstas marcan el rumbo que toma dicho conflicto, y a qué responde la formación de organizaciones civiles ante los problemas sociales —Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y mujeres—.

La autora analiza procesos de larga duración y procesos coyunturales. Esto permite observar cómo ha sido históricamente la relación de los habitantes de un lugar con su tierra, la índole de su arraigo, y explicar por qué en momentos de coyuntura se comportan de una u otra forma. Así, la obra se enriquece con el análisis del antes, durante y después de los acontecimientos, de manera que no queden aislados o fuera de contexto.

Por las faldas del volcán de Colima, entonces, no sólo narra la historia o las historias del conflicto cristero, sino que busca exponer la complejidad de las políticas agrarias de la época y cómo cada comunidad asimilaba de forma distinta los cambios que venían de fuera. Se puede, de tal manera, leer otra interpretación del agrarismo. A decir de Julia Preciado, el movimiento cristero fue el trasfondo que le permitió analizar lo acontecido en las comunidades estudiadas en relación con las políticas agrarias: "La Cristiada fue el parteaguas que decidió el desarrollo ulterior de la reforma agraria en la región […] ya que ésta no hubiera seguido las pautas que siguió, de no haberse dado el conflicto cristero, que dividió para siempre la región, entre propietarios y desposeídos, ejidatarios y creyentes".

Asimismo, se plantea cómo dos lugares —Suchitlán y La Esperanza, por un lado, y Tonila, por el otro—, que pertenecen a dos estados distintos —Colima y Jalisco—, permanecían bajo la influencia diocesana del obispado de Colima. Ésta, por cierto, es una herencia de la Colonia, época en que las jurisdicciones políticas no siempre coincidían con las jurisdicciones eclesiásticas, lo cual, en su momento, fue motivo de conflictos al interior de las provincias novohispanas. Cabe señalar, como lo apunta la autora, que hoy en día lugares jaliscienses como Tonila continúan bajo una fuerte influencia comercial y religiosa con respecto a la capital de Colima, y que numerosos trabajadores atraviesan diariamente los límites entre un estado y otro. De ahí que surja la duda de si "los cristeros jaliscienses que lucharon bajo jefes colimenses no se sentían más parte de Colima que de su propio estado".

Julia Preciado se pregunta también cuál fue el papel de las élites en el rumbo que tomó el movimiento cristero, advirtiendo el resquebrajamiento del poder eclesiástico a partir de la época constitucionalista. Analiza los perfiles, por una parte, del arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, y del gobernador de Jalisco, José Guadalupe Zuno; y por otra, del obispo de Colima, José Amador Velasco, y sus relaciones con el gobernador del mismo estado, Francisco Solórzano Béjar. Se cuestiona en qué medida influyeron las personalidades y actitudes de ambos en el devenir del conflicto cristero y cómo sus relaciones sirvieron para amainar o agravar la lucha, e indaga las circunstancias históricas y coyunturales que hubo de por medio para la resolución de los acontecimientos.

Ante todo esto, surge una cuestión relevante: ¿qué papel desempeñó la sociedad en esta época de choque entre autoridades políticas y religiosas? Se dio un fenómeno social interesante: la formación de asociaciones civiles que se pronunciaron a favor de una Iglesia sin restricciones y que movilizaron a mujeres y hombres de todas las edades. Frente a la disposición de prohibir a los sacerdotes salir a la calle con sotana, y ante la clausura y decomiso de edificios religiosos, o las restricciones sobre el uso de campanas, se fundó en 1917 la ACJM, que sería determinante en muchas de las acciones bélicas emprendidas contra el gobierno durante el conflicto cristero y que tuvo un alcance a nivel nacional. Otras asociaciones conformadas fueron la Junta Diocesana de Acción Católico–Social y la asociación de Damas Católicas. Al respecto, la autora sostiene que "la existencia previa de las asociaciones católicas laicas en Colima facilitó la movilización de los creyentes" en el periodo posterior a 1926.

Julia Preciado rescató el liderazgo femenino en el movimiento cristero, ya que, "aunque pareciera una lucha entre hombres", ellas tomaron parte activa en él, pues se trataba de un conflicto que "también les pertenecía", en una época en la que, en palabras del mismo gobernador de Jalisco, López Portillo y Rojas, las mujeres y los niños eran "personas ajenas a la política". Por citar algunos ejemplos significativos de la llamada "cruzada femenina", en julio de 1926, frente a la capilla de Jesús, un grupo de mujeres jaliscienses forcejeó, apedreó y dio muerte a un policía en la efervescencia del momento en que unos gritaban "Viva Cristo Rey" y otros se declaraban en contra de tales manifestaciones. Unos días más tarde, una mujer apuñaló por la espalda a un oficial que, frente al santuario de Guadalupe, buscaba "poner orden" entre los manifestantes que abarrotaban el templo. En abril de ese mismo año, un grupo de manifestantes colimenses se plantó frente al palacio de gobierno con el fin de protestar contra las cada vez más fuertes restricciones a la Iglesia. Frente a soldados armados, la protesta fue encabezada por la poeta Cuquita Morales, quien le espetó, cara a cara, al gobernador de Colima, Francisco Solórzano Béjar: "Señor gobernador, vengo a pedirle solamente tres cosas: libertad de conciencia, libertad de un congreso legítimo y su renuncia". Vino luego un tiroteo en el que salió herida la escritora.

Los temas presentes en la obra —reforma agraria, espacios regionales, élites, conformación de asociaciones civiles y liderazgo femenino— constituyen ejes de discusión que podrían contrastarse con otras regiones del país en el mismo periodo. Así podría entenderse mejor lo que fue, para nuestro país, el movimiento cristero.

Las fuentes de este libro provienen principalmente de quince archivos nacionales, entre ellos el Archivo General Agrario, y de periódicos de Colima y Guadalajara. Reúne, además, una rica bibliografía de primera mano de corte teórico y empírico. Los testimonios también fueron recuperados a través de las voces de personas que vivieron en carne propia los destinos de sus comunidades bajo el levantamiento cristero. La tradición oral, decía Luis González, "jamás debe ser utilizada sola y sin soportes", sino puesta en relación con las estructuras políticas y sociales de los pueblos que la conservan. La autora se dedicó a esta tarea, de manera que complementó tradición oral con documentación.

El estilo oscila entre la narración histórica y la narración literaria, cualidad que Julia Preciado nos había mostrado en otros textos y que deja entrever su formación en letras. El lector tiene en sus manos un libro que se lee con fluidez, que recrea espacios y tiempos cual novela costumbrista. La constante evocación de El llano en llamas y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, nos transporta a un mundo donde confluyen fantasmas con seres humanos de carne y hueso, que día a día libran su propia batalla.

Finalmente, lo novedoso que ofrece la autora es un estudio de comunidades a gran escala, con un ir y venir de lo nacional a lo regional y local, y con una visión amplia de temporalidad. Además, Por las faldas del volcán de Colima es un texto que toma en cuenta tanto a instituciones como a individuos, y en el que, más allá de lo anecdótico, el análisis de los cómos y los porqués de la participación en el movimiento cristero abre el camino a futuros trabajos sobre el tema, en busca de los patrones que se repiten o cambian en otras comunidades, para así contribuir al mayor conocimiento de la Cristiada en México.

Junio 2007

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