Con la certeza de quien ha atravesado las muchas dificultades que a veces entraña el encontrar buenos textos para leer, es un placer reseñar el libro Do outro lado do tempo. Sobre religiões de matriz africana, del doctor y profesor Marcio Goldman.
El texto, escrito en portugués en esta primera edición de 2023, ha sido recientemente publicado por la editorial 7letras en Brasil. Su autor, doctorado en Antropología por la Universidad Federal de Río de Janeiro y profesor titular del Museo Nacional de esta universidad, ha reunido en él una serie de textos que ilustran casi 40 años de trabajo de su quehacer antropológico. Dedicado, casi por completo, a los estudios sobre religiones de matriz africana en Brasil, el texto se compone de un prólogo, una introducción y ocho capítulos. Cada uno de ellos aborda temas distintos, algunos ya publicados con anterioridad como artículos en revistas académicas. Dos de ellos son inéditos.
Tal cual ha expresado su autor, la idea de juntar estos trabajos -algunos elaborados a finales de la década de los ochenta del siglo pasado- pone en evidencia una singular trayectoria de trabajo, logrado y recorrido.
Se logra percibir, con la lecturadel libro completo, el tránsito, no siempre unidireccional, de un esfuerzo por pensar las religiones de matriz africana desde una antropología comprometida con problemas teóricos y metodológicos que el autor no cesa de cuestionar. Su posición ante los diferentes temas y ante las informaciones que ha obtenido durante años de trabajo y convivencia en el Terreiro de Matamba Tombenci Neto en Ilhéus es auténtica. Esto, en la medida que proyecta, entre tantas cosas, una sensación de respeto continuo por las personas con las que trabaja y por la forma en que viven y transmiten su religión. De cierta forma obliga al lector a poner en duda continuamente paradigmas, definiciones y posicionamientos anclados aún en la base de las antropologías actuales, al tiempo que propone otras miradas y análisis que definan una mayor responsabilidad para un quehacer etnográfico más comprometido con sus “sujetos”.
Todo ello sin intentar llevar a mar cos estrechos, inamovibles o cerrados alguna propuesta tipológica o estructural. Sólo nos invita a pensar.
Con una escritura diáfana, y a la vez analítica y profunda, genera interés y conocimiento a cualquier lector, pero más todavía a aquellos dedicados a la antropología o a alguna ciencia social cuyo campo de trabajo sean las religiones de matriz africana. En ese sentido, es de mayor provecho para lectores que se encuentren familiarizados con estos universos religiosos, o de algún modo involucrados con el trabajo antropológico.
En una muy fecunda introducción, el autor nos narra algunos episodios etnográficos vividos. Como parte de este relato, cuestiona la naturaleza política de su posición como observador participante. Nos habla de conflictos familiares, religiosos y grupales, entre seres de distintas categorías que habitan el mundo del candomblé. Los conflictos relatados son resueltos apelando justamente al poder de participación y presencia que tienen todas las entidades que forman parte de estos grupos y familias, sean dioses, humanos o espíritus. El texto tiene profunda relación con los trabajos sobre política realizados también por el autor,1 en los cuales la temática sobre estudios afrorreligiosos termina imbricándose con las nociones por lo general clasificadas como “políticas” desde los estudios tradicionales. Este esfuerzo metodológico nos lega claves novedosas para un ejercicio comprometido del trabajo de campo. En consecuencia, debe también ser crítico de nuestras posiciones políticas y epistemológicas y verse reflejado en los resultados de nuestras escrituras.
Desde su comienzo, el texto constituye un continuo esfuerzo por reformular ciertos modos de análisis y categorías muy presentes en la antropología actual. Plantea que la “antropología simétrica” considera establecer una situación de simetría en la investigación antropológica en grupos indígenas y religiones de matriz afro. Para el logro de esta simetría, propone el autor, sería necesario introducir una asimetría compensatoria, destina da a corregir una situación asimé trica inicial.
Estas y muchas otras ideas son pinceladas en la introducción. A modo de resumir la intención de reunir en esta publicación textos de tantos años, el autor califica la obra como una “visión general”. El libro viene a ser la trayectoria de una “determinada manera de pensar con y sobre las religiones de origen africano”. Cómo su labor, a lo largo de los años, ha hecho visible estas religiones: desde su perspectiva, concentrada en una antropología del ser y, por qué no, también y principalmente, una antropología centrada en el devenir. La identidad de este texto, como la identidad de su objeto, se describe justamente con propuestas en movimiento.
En su primer capítulo aborda el tema de la posesión en el candomblé, de forma más específica, en un candomblé de Nación Angola.2 Este texto, resultado principal de su tesis de maestría en 1985, trabaja el tema de la posesión ligada a una particular noción de persona que se maneja en el candomblé. Profundamente levistrossiano en sus inicios, como él mismo establece, el autor examina el candomblé en la búsqueda de una estructura propia que facilite la comprensión, en esencia, de dos elementos: la permanencia del trance como práctica fundamental de estos cultos y la persistencia de religiones como el candomblé en la sociedad brasileña. El estudio de la estructura interna del candomblé, centrado en estos dos últimos propósitos, conduce al autor a ampliar las miras, como un esfuerzo complementario. Más allá de un análisis a la estructura interna, ofrece claves para develar su articulación con otros fenómenos sociales.
Goldman nos revela cómo el trance está específicamente ligado al hecho de que la persona se construye durante su trayectoria de vida y práctica religiosa. A lo largo de una serie de rituales “obrigações” que el sujeto realiza durante 21 años. En los rituales de iniciación la cabeza es construida, la persona se construye al igual que sus orichas son construidos. Esto confiere al trance un singular papel en el proceso de creación de persona, donde los orichas van a ser incorporados en la medida en que sean construidos y agregados a la persona, en concreto a su cabeza. La centralidad de la posesión en candomblé apunta a que reúne en ella todas las dimensiones del sistema.
En un capítulo posterior el autor desarrolla esta última idea como parte de un análisis de lo que significa la estructura del culto para el conocimiento antropológico.3 La centralidad del trance, así como del sacrificio, se encuentra en que ejecutan dimensiones rituales que privilegian el contacto entre los distintos seres de la creación. Ambas esferas rituales colocan a su disposición todo el sistema clasificatorio: mitológico y cosmológico, que el sistema proyecta como discurso descriptivo. Sin embargo, al margen de lo que se ha querido ver, este sistema, estructural, en cuanto a que describe una cierta estabilidad de base, ligada a una ontología específica: la existencia del Aché, constituye un complejo conjunto de movimientos hacia lo nuevo y lo cambiante. La inclusión de lo codificado como foráneo, la continua transformación de experiencias rituales y modos, lo convierten en un sistema que absorbe, regenera, se transforma sin cesar sin afectar su estructura última. Es por ello que el autor cuestiona las tendencias históricas y antropológicas de estudio que tienden a denominar esta forma de existir como desviaciones y contaminaciones; de las cuales el sincretismo viene a ser un producto histórico que sirve para generar conflictos de legitimidad entre los grupos, y muy diversas producciones académicas sin objetividad alguna.
Todos estos elementos siguen revisitados en el capítulo tercero.4 Al apelar a cómo el sistema, desde su estructura interna, proyecta una propensión a la inclusión y un destino a la transformación constante plantea:
De la misma forma, en lugar de reducir el sincretismo religioso a una pura incapacidad para absorber preceptos religiosos demasiado abstractos, a una asimilación de arquetipos inconscientes o, aún, a la aceptación de una ideología de clase, convendría, primero, admitir que un sistema asentado sobre todo en los rituales y en el esfuerzo por establecer continuidades entre diferentes dimensiones del cosmos posee una gran flexibilidad y un enorme poder para asimilar las nuevas realidades con las cuales la historia lo confronta [p. 106].
La particularización de la existencia en estos sistemas ocurre por medio de la cristalización, en distintas proporciones y niveles, del Aché, a través del cual se generan existencias y agenciamientos como identidades constitutivas y no simplemente representadas. Para la compresión de esto último, Goldman realiza un examen a la categoría de oricha en sus distintas modalidades como muestra de la textura ontológica de los elementos de la estructura de culto. Para ello retoma el concepto deleuziano de devenir. Devenir oricha durante el trance, por ejemplo, constituye una experiencia que ejecuta puntos de contacto, especie de flujos que hacen coincidir en un mismo eje identidades construidas en el proceso ritual; pero cuya sincronía como experiencia de totalidad sólo se vive de forma tangencial y temporal. Es privilegiando la experiencia y con el transcurso de la vida como acumulación de acciones significativas que se adquiere conocimiento. Se aprende a saber, siendo.
En el capítulo cuarto, el autor hace una extensa revisión del concepto de fetiche. De igual modo continúa su análisis crítico de tal noción y retoma los postulados deleuzianos para revisitar este principio desde el concepto del devenir.5 Este capítulo ofrece planteamientos metodológicos interesantes que debaten las usuales maneras de formular principios y teorías en el interior de la antropología actual. Parte sobre todo de cuestionar nuestros postulados epistemológicos más obvios y menos problematizados. El sentido del fetiche, entonces, al menos en las religiones afrobrasileñas, no se basa en la atribución de agencia a algo vacío en principio, por ejemplo, sino en la generación de una existencia, la creación como revelación de virtualidades, que no por fuerza reflejan una identidad sustancial o una identidad originaria como retor no. Se trata de: “creación de nuevos seres por medio de cortes efectuados en un mundo pleno donde nada parece faltar. Mundo donde, al contrario, todo está de algún modo en exceso” (p. 143).
En el capítulo quinto, Goldman revisita la obra de Roger Bastide, específicamente algunos de sus planteamientos,6 a partir de una revisión crítica de sus propuestas y de autores que lo hicieron con anterioridad. La diacronía, como perspectiva de análisis de muchas de sus obras, devela cómo Bastide intenta invertir el peso de las categorías que definían lo social. En ese sentido, el autor precisa que es necesario hacer con la obra de Bastide lo mismo que se suele hacer con el candomblé, tratarla como un nicho de resistencia, creación y líneas de fuga, por todo aquello que logró salvar del olvido, y por como constituye para muchos el reservorio de testimonios trascendentes. Al menos en eso es, como dice Goldman, “un caballo de santo”.
En un capítulo posterior, dedicado al don y a la iniciación, a modo de oposición intencional de ideas y teorías bien consagradas en nuestra antropología, el autor confronta aquello que por lo general se considera como dado y/o construido y la frecuente oposición entre ambas categorías. Para esto, él retoma sobre todo dos textos: Boyer7 y Sansi.8 Según ilustra Goldman, apoyado en distintas etnografías y textos citados, existen varias formas según las cuales la categoría de lo dado, el don, lo innato y lo construido o hecho, se despliegan en el interior de estas prácticas. Nacer hecho, ya sea por la transmisión sanguínea del linaje, o el hecho de presenciar rituales antes de la iniciación, heredar santos ajenos, u obtener poderes por la vía de la herencia, parecieran limitar la necesidad de la iniciación ritual, o sea de la construcción de algo que ya se tiene, pero no es así, porque el modo de actuar o de generar lo construido no se basa en la existencia de un vacío previo. Los orichas, las personas y las relaciones entre todo lo que habita el cosmos ya existen en virtud de la presencia del Aché. El carácter monista del sistema configura una participación continua en niveles que generan existencia significativa, la cual sólo viene a ser actualizada en cada proceso ritual, específica y mayormente en la iniciación. Entonces, lo construido ya de algún modo era dado y aquello que es dado -relación o per tenencia a un oricha, por ejemplo- también debe ser construido; más bien actualizado, en otro tipo de relaciones: rituales como el trance o el sacrificio, etcétera. Es de esta forma, considera el autor, que el monismo de base del sistema revela otros mecanismos de relación entre aquello clasificado como dado o construido, a partir, entre otros, de la participación, la convivencia como forma de compartir sustancias, comida, sangre, bailes, rituales, mucho antes de la fabricación del santo, o sea de la actualización ritual de estas relaciones. Relaciones que una vez construidas o actualizadas, serán continuamente rehechas, nunca acabadas. Casi como aquella figura de madera que se saca del tronco virgen y que aún al paso de los años puede ser siempre transformada, más bien, debe ser siempre transformada para conservarse a sí misma.
En el capítulo séptimo, Goldman explora las implicaciones conceptuales de un término como afroin dígena, así como su coherencia con las supuestas y posibles identidades que contiene.9 El término abarca, de facto, grupos, locus, acciones, discursos, movimientos y sus actualizaciones constantes. Como parte de relaciones históricas, historiográficas y geográficas, confluyen en él determinadas apreciaciones sobre pureza, mixtura, participación, identidades como flujos que unifican, distinguen y a la vez se participan. El punto es cómo entrar y salir de nominaciones que sitúan, pero a la vez desdibujan cualquier identidad inmóvil. Lo que se pretende, según plantea el autor, es deshacer el privilegio concedido a la fusión y a la integración, con el fin de enfatizar la constancia de la diferenciación. Explora un reconocimiento a la diferencia a partir y dentro de la propia relación de mezcla o de “milonga”. “Se trata entonces, de un dispositivo de alternancia, que o bien afirma la singularidad de cada elemento, o su poder de adaptación y combinación… los encuentros no anulan necesariamente las diferencias” (p. 190). Los contradiscursos afroindígenas sobre la mixtura, propone el autor, no presuponen la homogeneización como horizonte de interacción entre las diferencias, conocidas y actuadas por sus protagonistas.
En un último capítulo, el autor nos habla sobre las ofrendas y sacrificios en las religiones de matriz africana.10 Su minucioso examen a las concepciones y posiciones académicas se maneja junto con su experiencia personal en el asunto. Es así que nos ofrece un análisis sobre lo que significa el acto sacrificial o “la matanza” para las prácticas religiosas afrobrasileñas. Su detallado estudio de las distintas aproximaciones antropológicas cuestiona la forma en que casi siempre se define y codifica, desde la ciencia, aquello que suele llamarse indistintamente “sacrificio”. No porque su cuestionamiento limite el rechazo de los ambientalistas y neopentecostales al sacrificio animal, ni porque ello sea un intento de ofrecerles atemperados maquillajes que modernicen o justifiquen su existencia, sino porque comprender el punto de vista nativo sobre lo que significa y pone en acción el acto sacrificial en estas religiones elimina la necesidad de cualquier posicionamiento que apele a la “tolerancia moderna”, planteando que “Dejar de lado los residuos de tipologismo a favor de una posición más pluralista, permite situar las prácticas afrobrasileñas en un punto de rendimiento teórico decisivo para una práctica antropológica no colonial”.









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