El siglo XX vio surgir el pluralismo religioso como una corriente dominante que marcó profundamente tanto a la sociedad como la reflexión teológica. Actualmente es fácil constatar que el católico promedio interpreta su religión como una realidad condicionada culturalmente, la cual debe reconciliarse con el hecho de que en otras culturas existen otras religiones, igualmente condicionadas por su respectivo entorno, que tienen un valor equivalente en términos epistemológicos y soteriológicos. Para Joseph Ratzinger, preocupado siempre por la fe de los sencillos, esta actitud significaba un socavón de las bases de una fe auténtica, esencialmente comprometida con su pretensión de verdad. Al final del camino se terminaría por negar la singularidad de Jesucristo y relativizar la universalidad de la Iglesia, despojándola así de su impulso misionero. Le preocupaba especialmente un cristianismo que, en un intento por incluir acríticamente a todas las religiones y situándolas todas al mismo nivel, terminara relativizando la propia fe hasta vaciarla de su contenido esencial, que no puede renunciar a aceptar la universalidad de Jesucristo y la seriedad ontológica de lo que implica reconocerlo como el Hijo de Dios. No es difícil, pues, adivinar que este problema entrara en su lista de prioridades. Lo encontramos presente a lo largo de su obra como teólogo y de su magisterio como sumo pontífice.
El libro Ratzinger on Religious Pluralism de Sameer Advani es la síntesis más acabada que se ha realizado del pensamiento de Joseph Ratzinger en torno a la importante cuestión del pluralismo religioso. De forma casi imperceptible, el autor unifica sistemáticamente la enorme cantidad de reflexiones del teólogo alemán que aparecen desperdigadas en cientos de páginas escritas para contextos y situaciones variadísimas. El hilo conductor del texto es tan claro que, mientras uno lo lee, por momentos parece olvidar que se encuentra delante de un estudio sobre un teólogo que no desarrolló una obra sistemática sobre el tema, sino que aquí y allá dejó una herencia riquísima de reflexiones fragmentarias repartidas en capítulos, conferencias, homilías, emisiones radiofónicas, etc.
Advani nos ofrece dieciséis capítulos organizados en dos partes. La primera parte es un estudio analítico sobre la crítica de Ratzinger al pluralismo religioso; la segunda se dedica a reconstruir su pensamiento para ofrecer una teología de las religiones. La primera parte consta de tres secciones: en primer lugar, el autor analiza la descripción de Ratzinger del pluralismo como la actitud común del hombre moderno; posteriormente se dedica a sacar a la luz las causas fenomenológicas, filosóficas y teológicas que han dado lugar a esta mentalidad, entre las que destacan el contacto cada vez mayor del cristianismo con otras religiones y la influencia del pensamiento ilustrado, particularmente el que se desarrolló por la vertiente de la filosofía kantiana; finalmente, Advani pone de manifiesto cuáles son los problemas filosóficos y teológicos que se derivan de ella. Después de analizar minuciosamente las tensiones derivadas del Concilio Vaticano II y de revisar las posturas de Karl Barth y Karl Rahner, el autor reconstruye las críticas que Ratzinger hizo a los máximos representantes del pluralismo religioso dentro del contexto cristiano, John Hick y Paul Knitter, y muestra que cada uno a su manera se nutre de asunciones heredadas de la filosofía kantiana. Entre las graves consecuencias de estas posturas, el autor resalta la pérdida completa de la identidad cristiana, pues se termina decretando que Dios no puede revelarse significativa y normativamente al ser humano.
La segunda parte, que se dedica a reconstruir una teología de las religiones desde el pensamiento de Ratzinger, comienza con un estudio descriptivo de corte histórico y fenomenológico que muestra cómo las distintas religiones representan formas irreductibles de comprender la vida; en seguida muestra en qué sentido, para Ratzinger, subyace en ellas una unidad antropológica fundamental, a la vez que mantienen una diversidad epistemológica y lingüística. Advani demuestra que, para Ratzinger, es ingenua la pretensión de que todas las religiones sean lo mismo, aunque expresado en un leguaje particular, pues, en último análisis, existe entre ellas una diferencia irreductible, especialmente entre las teístas y las míticas. A pesar de ello, se pueden rastrear entre ellas relaciones históricas comunes que las mantienen unidas en cierta afinidad. Advani reconstruye el análisis de Ratzinger que las remonta al ancestro común de la religión mítica. Sin embargo, mientras que el misticismo representa una evolución filosófica que busca justificar la religión ancestral, el monoteísmo es una revolución que rompe con la tradición mítica y opta por el encuentro personal con el Dios trascendente. Por eso, la revelación judeocristiana no encontró aliados en el universo religioso del mundo pagano; su mejor aliado, en cambio, fue el pensamiento griego, que ya había iniciado su propia crítica de la religión mítica.
Después de identificar los aspectos comunes y los irreductibles de las distintas religiones, el autor explora la propuesta de Ratzinger para promover el diálogo interreligioso hacia una comprensión cada vez mejor de la verdad de Dios y del ser humano. Puesto que las religiones en el fondo provienen de una experiencia antropológica fundamental, basada en una naturaleza humana común con telos universal, es posible defender un diálogo interreligioso fecundo. Advani argumenta que, para Ratzinger, las religiones son expresiones de una misma naturaleza que intenta responder al enigma fundamental de la existencia humana. De ahí que las religiones puedan colaborar en un diálogo fecundo que está arraigado en la búsqueda antropológica de sentido existencial. La forma adecuada de proponer dialógicamente al cristianismo, por lo tanto, sería presentarlo como la respuesta satisfactoria a los anhelos más profundos de la existencia humana, que busca aceptación, perdón y plenitud. En este contexto, Advani propone que la misión, para Ratzinger, no es una imposición de una realidad meramente exterior, sino que consiste en anunciar dialógicamente a Jesucristo como aquel que lleva a su cumplimiento definitivo los elementos positivos que se encuentran en las distintas religiones, ayudándolas a crecer desde dentro hasta injertarlas en el Hijo de Dios. Al mismo tiempo, Advani no pierde de vista que, para Ratzinger, también la Iglesia puede enriquecerse de ese diálogo, pues el modo particular de comprender la realidad de cada religión le permite a la Iglesia crecer hacia una comprensión cada vez más plena de sí misma. En ese sentido, las religiones juegan un rol necesario en el plan salvífico del único Dios verdadero. En la última sección de esta parte, el autor analiza la respuesta de Ratzinger sobre el problema de la salvación de los no cristianos a la luz de su eclesiología. La idea central es que la Iglesia ha sido establecida como un pequeño rebaño que tiene la vocación de, unida a Jesucristo por medio de la Eucaristía, servir para la salvación de muchos a través de su fidelidad al Evangelio y su disposición a sufrir por los demás. De esta manera se convierte en un signo de la presencia salvífica de Cristo en el mundo.
Para hacerle justicia a la obra de Advani, es indispensable reconocer que este brevísimo resumen temático es una incómoda simplificación. En realidad, el libro es un recorrido rico y complejo que conduce al lector por una enorme variedad de problemas que el autor matiza rigurosamente con profundidad y erudición. Estamos, ciertamente, como dice el mismo autor, delante de una “mini-summa ratzingeriana” que sintetiza las ideas principales del teólogo alemán para dar respuesta a los problemas que surgen de la cuestión del pluralismo religioso. Advani logra presentar la grandeza de la teología de Ratzinger sin olvidar reconocer sus límites y someterla a un examen crítico exigente.
Me gustaría apuntar, sin ánimo de ser exhaustivo, cuatro ideas que permean la obra de Advani y que hacen especialmente atractivo el texto, y necesario para nuestro tiempo. En primer lugar, el autor ha logrado exponer de manera estupenda la crítica que Ratzinger hace a una exagerada teología de la encarnación. La entrada de Dios en el mundo no es sin más una aceptación acrítica de la condición humana, sino un primer paso en el camino hacia la cruz, de modo que todo anuncio del evangelio debe estar ciertamente vigorizado por el misterio de la encarnación, pero nunca debe olvidar el misterio pascual. La buena noticia del Emmanuel, del Dios-con-nosotros, es siempre también una invitación a la conversión y a la purificación. En segundo lugar, Advani ha detectado acertadamente que, después del Concilio Vaticano II, Nostra aetate se convirtió en el texto de referencia universal para hablar de las religiones del mundo con lo que en ellas hay de “santo y verdadero”. Sin embargo, no pocas teologías han olvidado que el Concilio, en documentos de mayor jerarquía que Nostra aetate, también se refiere a la necesidad que tienen las religiones de purificación, pues deben ser liberadas de los contactos malignos. En palabras de Advani, citando a Ratzinger: “Si Cristo estaba presente en las religiones, el Concilio dejó claro que ‘el Maligno, que se opone a la luz que viene de Dios’, también está en parte presente en ellas, por lo que tienen necesidad de ser iluminadas, sanadas y purificadas por el evangelio”. La misión, por lo tanto, no puede consistir solo en una aceptación de los elementos buenos que hay en las religiones, siguiendo un modelo puramente encarnacionista, sino que debe ser un dinamismo de purificación y elevación que no pierde de vista el misterio pascual.
En tercer lugar, Advani ha mostrado con toda claridad que la pretensión de verdad es un aspecto esencial del cristianismo que lo distinguió en su momento de las religiones míticas y civiles, que no pretenden ser verdaderas, sino que se validan por su funcionalidad práctica al establecer costumbres y comportamientos que se consideran útiles. El cristianismo, en cambio, está comprometido con la pretensión de que el Dios trascendente, aquel sobre el que reflexionaban los filósofos cuando hablaban del Absoluto o del Primer motor, ha entrado en nuestra historia y se ha hecho cognoscible y apelable. El cristianismo anuncia un acontecimiento verdadero que nos pone en contacto con el Dios que es la Verdad, y esta pretensión es irrenunciable para la fe. Esto quiere decir que Jesucristo no es un avatar de Dios que pueda ser nombrado entre muchos otros; no es una representación de Dios, sino Dios mismo, el Absoluto trascendente que nos ha mostrado su rostro. Advani, siguiendo a Ratzinger, identifica que la piedra de toque que manifiesta inequívocamente esta fe es el Homoousios de Nicea. Con esa expresión se vuelve indiscutible que, cuando hablamos del hijo de Dios, no estamos usando un lenguaje alegórico o poético, al modo del mito, sino que es una expresión totalmente realista: Jesucristo es la sustancia misma de Dios. Finalmente, Advani acierta en identificar y expresar de forma atractiva que la misión es un dinamismo dialógico en el que ambas partes pueden beneficiarse entre sí, de modo que las riquezas propias de cada religión pueden santificarse en el proceso salvífico de Jesucristo.
La síntesis propuesta por Advani logra captar el centro de gravedad de la teología de Ratzinger desde el punto de vista del pluralismo religioso. El resultado es un texto de referencia ineludible, no solo para entusiastas del pensamiento del teólogo alemán, sino para cualquier persona interesada en comprender el delicado problema del pluralismo religioso, quizá el más apremiante de nuestro tiempo.









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