Introducción
El tema de la (no) eternidad del mundo en santo Tomás de Aquino podría dividirse en tres ámbitos de discusión: por un lado, el ámbito de los hechos; por otro, el del conocimiento; por último, el ámbito de las posibilidades. A continuación, se presenta una breve reseña sobre cada uno de estos tres ámbitos, aunque, como se verá, este artículo se centra solo en el tercero de ellos.
Respecto a lo primero, las preguntas son: ¿qué ocurrió de hecho? ¿El mundo tuvo un comienzo o existió desde siempre? ¿El mundo es o no eterno? En este primer ámbito, lo que interesa no es qué podría haber ocurrido, hipotéticamente, sino qué fue lo que de hecho ocurrió. Y lo que sostiene el Aquinate, en este ámbito, es que el mundo de hecho comenzó a existir, o bien, que de hecho no fue eterno (Iª, q. 46, a. 1, co.).
Respecto a lo segundo, las preguntas son: ¿podemos conocer que el mundo tuvo un comienzo? ¿De qué manera podemos conocer aquel hecho? Y la postura del Aquinate, en este ámbito, es que sí podemos conocer aquel hecho, pero no mediante la sola razón, sino únicamente por la fe revelada. Aquel hecho es creíble por la fe, mas no demostrable por la sola razón (Iª, q. 46, a. 2, co.). Con esto no debe entenderse que en este punto santo Tomás ponga en oposición la razón y la fe, pues él no afirma que el comienzo del mundo sea irracional (más bien lo refuta, al rebatir los argumentos que pretendían demostrar la necesidad de un mundo eterno desde la razón filosófica). El Aquinate no propone que se deba adherir, por la fe, a una verdad incompatible con la razón. Su punto es que, aunque compatible con la razón, no es alcanzable únicamente por medio de ella, prescindiendo del dato revelado.1
Respecto a lo tercero, la pregunta es: ¿qué era posible que ocurriera? El mundo, aunque de hecho tuvo un comienzo, ¿pudo haber existido desde siempre? ¿Pudo Dios haber creado un mundo eternamente, o necesariamente tuvo que crearlo con un comienzo? El Aquinate dedica ciertos pasajes a tratar exclusivamente el tema de la posibilidad de un mundo eterno, fuera de su cognoscibilidad o fuera de lo que de hecho ocurrió (cfr., por ejemplo, De potentia, q. 3, a. 14). Sin embargo, en este ámbito, cuál sea la respuesta del Aquinate es algo bastante discutido entre los intérpretes (cfr. Wippel, 1981, pp. 23-24). Es justamente en esta disputa interpretativa donde pretende insertarse el presente trabajo. La pregunta es la siguiente: ¿suscribió o no santo Tomás la posibilidad de un mundo eterno?
La respuesta que uno suele encontrar es que sí. En efecto, respecto a la eternidad del mundo, se suele resumir la postura de santo Tomás de la siguiente manera: defendió que el mundo de hecho no fue eterno, pero, a su vez, defendió que pudo haber sido eterno. La interpretación según la cual el Aquinate sí suscribe la posibilidad de un mundo eterno es sostenida, entre otros, por autores como Gilson (1978, p. 282), Wippel (1981, p. 36), Weisheipl (1983, p. 270), Bukowski (1991, p. 115) y Van Veldhuijsen (1990, p. 29). Sin embargo, aquí me propongo sostener que dicha atribución resulta imprecisa.
Por lo pronto, si se revisan los textos donde trata el tema, se encuentra que santo Tomás nunca defendió dicha tesis de manera directa o explícita, a pesar de que en más de un lugar trata el tema directamente. En efecto, en al menos dos ocasiones el Aquinate se plantea explícitamente la cuestión de si acaso el mundo pudo o no existir desde siempre, exactamente en esos términos (cfr. De potentia, q. 3, a. 14, tit.; De aeternitate mundi, primera oración), y nunca asiente con la misma claridad con que se lo pregunta. Así, la carga de la prueba queda en la contraparte: ¿por qué no sería impreciso atribuir dicha tesis a santo Tomás si él mismo nunca la defendió explícitamente en esos términos, a pesar de habérselo planteado directamente? Ahora bien, al menos dos trabajos relativamente recientes toman de hecho la carga de la prueba y defienden, aunque de distinto modo, que santo Tomás sí suscribe la tesis de que el mundo pudo haber existido desde siempre: Wippel (1981) y Bukowski (1991).
Por un lado, Wippel (1981) no estaría de acuerdo en lo más básico: para él, es falso que en ningún texto se encuentre una defensa directa de dicha tesis por parte del Aquinate, pues esta sí se encuentra en el opúsculo De aeternitate mundi -aunque en ningún otro-. Esta visión ha sido apoyada posteriormente por al menos dos autores: Weisheipl (1983) y Noone (1996).2 Por otro lado, Bukowski (1991) sostiene que, a pesar de no hallarse una formulación explícita o una defensa directa de dicha tesis en las obras de santo Tomás -oponiéndose en esto a Wippel-, esta sí se encuentra en todos sus escritos, aunque de manera implícita, lo cual justifica atribuírsela: para Bukowski, el hecho de que no se encuentre una formulación explícita de la tesis carece de importancia, pues ello obedece a factores meramente circunstanciales, mientras, según él, la tesis siempre está implicada en la doctrina del Aquinate.
Por lo tanto, para sostener mi tesis (i. e., que es impreciso atribuir a santo Tomás la tesis según la cual el mundo pudo haber existido desde siempre), es necesario detenerse en lo dicho por estos dos autores y mostrar que no ofrecen suficiente justificación para sus respectivas interpretaciones. Para llevar esto a cabo, se sigue el siguiente plan: en primer lugar, se presenta un resumen del principal trabajo donde Wippel defiende su interpretación, seguido de un comentario crítico de cada uno de sus argumentos. En segundo lugar, se realiza el mismo ejercicio con el principal texto de Thomas Bukowski. Por último, expongo mi propia postura al respecto.
El presente artículo es el único que, hasta ahora, ha desarrollado una visión alternativa -y opuesta- a las interpretaciones de Wippel (1981) y Bukowski (1991) sobre la postura de santo Tomás respecto a la posibilidad de un mundo eterno.3
1. La postura de Wippel
Aquí se presenta un resumen del ampliamente comentado4 trabajo de John F. Wippel (1981) 5 sobre la postura de santo Tomás respecto a la eternidad del mundo.
Como lo señala su título original, en este trabajo Wippel se pregunta si acaso santo Tomás defendió o no la posibilidad de un mundo eternamente creado. La manera de abordar el tema es mediante un recorrido por los principales textos donde santo Tomás se refiere a dicha posibilidad, a saber: Super Sent. (II, 1, 1, 5), Contra Gentiles (lib. 2, caps. 31-38), De potentia (q. 3, aa. 14 y 17), Summa theologiae (Iª, q. 46, aa. 1-2), Quodlibet (12, q. 6, a. 1), Compendium theologiae (caps. 98-99) y De aeternitate mundi. Este recorrido culmina en el opúsculo De aeternitate mundi, donde, a juicio del autor, santo Tomás sí defiende -por primera vez- dicha posibilidad, a diferencia de los demás textos, donde no lo hace de manera lo suficientemente directa.
El artículo de Wippel se puede dividir en al menos tres partes: primero, una introducción y planteamiento del problema; segundo, un recorrido por los textos de santo Tomás hasta antes6 del De aeternitate mundi; tercero, un análisis en detalle del De aeternitate mundi. A continuación se revisa en detalle esta tercera parte, que es la más relevante para la discusión del presente trabajo.
1.1. Análisis del De aeternitate mundi
Antes de pasar al De aeternitate mundi, Wippel hace un balance de los textos revisados previamante: “En ninguno de estos textos, como tampoco en ninguno de los examinados hasta este punto, sostiene [santo Tomás] positivamente y sin cualificación que un mundo eterno sea posible” (1981, pp. 29-30).7 Y, en lo que resta del artículo, argumenta que en el De aeternitate mundi santo Tomás sí defiende, por primera vez, la posibilidad de un mundo eterno (cfr. 1981, pp. 30-37).
El autor acentúa diversos aspectos de este opúsculo que indican, al parecer, una postura más comprometida por parte de santo Tomás respecto a la posibilidad de un mundo eternamente creado. Los aspectos sobre los cuales Wippel invita a fijar la atención conforman, en su conjunto, una narrativa que apoya su interpretación del texto. Los elementos que conforman esta narrativa son los siguientes: la apertura del opúsculo, la “eliminación de todo obstáculo”, la “formulación directa” y la “preparación del terreno”. A continuación, se resumirá cada uno de ellos.
La apertura (Wippel, 1981, p. 30). Por una parte, está la apertura del opúsculo, donde, a diferencia de otros textos, la cuestión sobre la “posibilidad” es explícitamente formulada: “[…] ha surgido la duda de si pudiera haber existido siempre”8 (§ 1).
La eliminación de todo obstáculo (Wippel, 1981, pp. 30-31). Por otra parte, en este opúsculo sucede algo que no se encuentra en ninguno de los otros textos. El Aquinate afirma, a poco avanzar en el texto, que el meollo del asunto consiste en dilucidar si acaso repugna o no al intelecto que algo sea creado por Dios y, a la vez, siempre exista. La cuestión radica, entonces, en revisar si hay o no incompatibilidad entre estos dos términos. Lo novedoso es que santo Tomás, al abordar el asunto, señala que hay solo dos maneras en las que podrían ser incompatibles: o bien, porque es necesario que la causa agente preceda a su efecto en duración, o bien, porque es necesario que el no ser preceda al ser en duración (por haber sido hecho por Dios de la nada). En los otros textos, al abordar el problema, solía simplemente rechazar una serie de motivos que se aducían para sostener esta incompatibilidad, pero nunca había afirmado que existan solo dos tipos de razones para sostenerla. Y, en lo que sigue, el Aquinate muestra que en ninguno de estos dos modos existe dicha incompatibilidad.
La formulación directa (Wippel, 1981, p. 31). Además, viene en seguida un pasaje donde, si se toma la edición de Perrier (no la leonina), el Aquinate afirma que “si no hay incompatibilidad de conceptos, no solo no es falso, sino también posible” (n. 3 en la edición de Perrier).9 Este sería el primer texto donde santo Tomás afirma de modo explícito la posibilidad de un mundo eternamente creado, según la interpretación de Wippel.
La “preparación del terreno” (Wippel, 1981, p. 31). Inmediatamente después de cerrar el punto anterior, Wippel toma otro pasaje del opúsculo en cuestión que interpreta como un intento de santo Tomás por “preparar el terreno” antes de defender esta postura más fuerte sobre la posibilidad de un mundo eternamente creado. Se trata del siguiente pasaje del opúsculo:
Hay que examinar, por tanto, si hay incompatibilidad conceptual entre estas dos [afirmaciones]: que algo haya sido creado por Dios y, sin embargo, que haya existido siempre. Y sea lo que fuere verdadero en este punto, no será herético decir que puede ser hecho por Dios el que algo creado por Dios haya existido siempre (§ 5).10
A juicio de Wippel (1981, p. 31), lo que hace aquí el Aquinate es prevenir de antemano que la postura que él defenderá (i. e., que es posible un mundo eternamente creado) no es herética, independientemente de su verdad o falsedad. Es decir, según el autor, aquí el Aquinate se defiende anticipadamente ante una potencial imputación de herejía al defender la posibilidad de un mundo eternamente creado. En palabras de Weisheipl (1983): “[santo Tomás] incluso desarma a sus oponentes en la Facultad de Teología al sugerir por adelantado que, ya sea verdadera o falsa, esta visión no sería herética” (p. 264).
En palabras de Wippel, como síntesis de su interpretación del opúsculo: “Dada la declaración con que abre su tratado […], y dado su cuidadoso listado y eliminación de todos los obstáculos concebibles para esta posibilidad, pareciera, a la luz del pasaje recién analizado, que en este trabajo Tomás efectivamente defiende la posibilidad de un mundo eternamente creado” (p. 31).11
2. Respuesta a Wippel: una lectura alternativa del De aeternitate mundi
A continuación, se hará un comentario al artículo Wippel (1981). Me centraré, sobre todo, en la lectura que hace del opúsculo De aeternitate mundi, con el fin de rebatirla. Como se mencionó más arriba, Wippel invita a fijar la atención sobre los siguientes elementos del opúsculo De aeternitate mundi:
1). La apertura del opúsculo, donde el tema de la posibilidad de un mundo eternamente creado se plantea explícitamente.
2). La eliminación de todo obstáculo concebible para sostener dicha posibilidad.
3). La formulación de la tesis de manera razonablemente directa por parte de santo Tomás (en el n. 3 de la edición de Perrier).
4). La “preparación del terreno”.
Estos elementos conforman, en su conjunto, una narrativa. De acuerdo con dicha narrativa, el Aquinate defendería aquí por primera vez la posibilidad de un mundo eternamente creado. Así pues, lo que haremos es volver sobre cada uno de esos elementos y ofrecer una lectura alternativa a la de Wippel.
2.1. La apertura del opúsculo
La cuestión de la apertura del opúsculo (“utrum potuerit semper fuisse”) sí es un elemento que, como señala Wippel, sugiere, a diferencia de otros textos, la intención por parte de santo Tomás de tratar directamente el tema de la eternidad del mundo en términos de “posibilidad” (“¿pudo existir el mundo desde siempre?”) y no en términos meramente fácticos (“¿existió el mundo desde siempre?”). Sin embargo, no es este el único lugar donde santo Tomás aborda directamente el tema de la eternidad en términos de “posibilidad”, pues, en el artículo 14 del De potentia, la pregunta de apertura muestra, sin lugar a duda, este mismo interés: “¿Lo que es esencialmente distinto de Dios pudo haber existido siempre?”. Y no es solo la pregunta inicial de este último, sino el artículo en su totalidad lo que muestra una intención similar a la del opúsculo. Por tanto, no cabe decir que solo en el De aeternitate mundi intenta el Aquinate esclarecer el tema de la “posibilidad”. En este otro texto también trata directamente el asunto, y, al contrario de lo que cabría esperar -tal como advierte Wippel-, allí no parece apoyar la tesis de la posibilidad, pues el Aquinate enumera y refuta una serie de argumentos que pretenden probarla (cfr. De potentia, q. 3, a. 14, ad 1-7).
2.2. La “eliminación de todo obstáculo”
Respecto al segundo elemento, este tiene más fuerza, pues, efectivamente, en ningún otro texto señala el Aquinate que haya solamente dos tipos de razones para hallar incompatibilidad entre los términos. Estos dos tipos de razones sí aparecen en la mayoría de los demás textos y son también allí refutados, pero en ninguno de ellos afirma el Aquinate que sean los únicos. ¿Cuál es la diferencia? Que en los otros textos se trata simplemente de refutar una serie de motivos que se aducen para intentar probar la incompatibilidad entre los términos, y aquí, en cambio, lo que hace el Aquinate es, implícitamente, sostener que no se puede probar que haya incompatibilidad entre los términos. Lo primero es un argumento dialéctico, mientras lo segundo se parece más a una demostración. Refutar una serie de motivos sin más es menos fuerte que refutarlos tras haber dicho que son los únicos motivos posibles. En esto Wippel tiene un punto.
Sin embargo, a pesar de que en este opúsculo la postura de santo Tomás es sin duda algo más fuerte que en los demás textos, no parece tener el alcance suficiente como para decir que ha defendido directamente y sin cualificación la posibilidad de un mundo eternamente creado. En efecto, aquí sí hay una cualificación importante: no se refiere directamente a la posibilidad de un mundo eternamente creado, sino a la no incompatibilidad entre los términos del aserto. Esto se ve con mayor claridad en contraste con el artículo 14 del De potentia, pues allí santo Tomás también defiende que no hay incompatibilidad entre los términos, y que, por tanto, en ese preciso sentido, la creación ab aeterno no es imposible: “No puede decirse que sea imposible en sí mismo, como contradictorio consigo mismo. Pues el existir por otro no contradice a que exista siempre” (De potentia, q. 3, a. 14, co.).12 Sin embargo, esto no es suficiente para decir que el Aquinate allí defendió directamente y sin cualificación la posibilidad de un mundo eternamente creado, tal como señala Wippel refiriéndose a este artículo: “Pareciera que él ahora tiene todos los recursos necesarios a la mano para dar el paso final y afirmar positivamente que un efecto creado eternamente es ciertamente posible. Y, no obstante, vacila en dar ese paso” (p. 28).13 De manera implícita, Wippel parece admitir que sostener la no incompatibilidad entre los términos no equivale a afirmar la posibilidad sin cualificación. Así pues, aunque en De potentia solo se defienda dialécticamente la no incompatibilidad entre los términos mientras en De aeternitate mundi esta no incompatibilidad más bien, en cierto sentido, se demuestre, no es claro por qué esto último sí equivaldría a defender la posibilidad de un mundo eternamente creado y aquello primero no.
2.3. La “formulación directa”
Respecto al tercer elemento, este se conecta estrechamente con el anterior, pues podría ser una respuesta de Wippel a la objeción que hemos planteado al segundo elemento. El punto del autor parece ser que, en este opúsculo, el propio Aquinate explícitamente hace equivaler la “no incompatibilidad” con la “posibilidad” cuando afirma, en un pasaje clave, que “si estas nociones no son incompatibles, no solo no es falso, sino también posible” (n. 3, edición de Perrier).14 De este modo, la secuencia buscada estaría completa: santo Tomás muestra que los términos no son incompatibles y, a la vez, sostiene que, de no haber incompatibilidad, esto es posible. Habría una inferencia desde la no incompatibilidad entre los términos hacia la posibilidad.
El problema de este punto es que solo funciona si se resuelve de un determinado modo una compleja dificultad textual en este pasaje, que implica dejar de lado la versión preferida por la edición leonina15 y tomar, en cambio, la de Perrier.16 En efecto, la edición leonina se apega aquí al texto tal como se encuentra en el manuscrito más antiguo con el que contamos de este opúsculo, el cual, traducido literalmente, dice un absurdo: “no solo no es falso, sino también imposible: de otro modo sería erróneo decir otra cosa” (§ 5).17 La edición de Perrier opta, en cambio, por una versión donde se reemplaza aquí el “imposible” por “posible”. Esto lo hace por buenas razones, pues, en efecto, la oración no tiene sentido si se deja allí el “imposible”. Sería como decir: “si no hay incompatibilidad entre las expresiones ‘Juan es hombre’ y ‘Juan es alto’, entonces esto no solo no es falso, sino también imposible”. Ante esta dificultad, los editores de la leonina recomiendan interpretar el pasaje como si el “no es” no aplicara solo a “falso”, sino también a “imposible”, es decir: “no solo no es falso, sino tampoco imposible: de otro modo sería erróneo decir otra cosa” (cfr. Comisión Leonina, 1976, pp. 79-80). Y hay también una tercera versión del pasaje, que es la preferida en la edición de Marietti,18 a saber: “no solo no es falso, sino también imposible que fuera de otro modo, y erróneo si se dijera otra cosa” (n. 297).19 Las tres versiones del pasaje cuentan con respaldo en manuscritos, y, en conjunto con la interpretación ofrecida por los editores de la leonina, conforman un elenco de cuatro alternativas sobre qué dijo allí santo Tomás.
Aquí puede ser útil presentar la tabla comparativa que ofrece Wippel de las cuatro alternativas mencionadas:
A estas alturas del texto (hasta la p. 32), Wippel ya había acabado su argumentación para probar que en el De aeternitate mundi el Aquinate defiende directamente la posibilidad de un mundo eternamente creado. Sin embargo, él mismo hace notar que su afirmación sobre el pasaje clave (i. e., la afirmación de que en el pasaje clave se encuentra por primera vez la tesis directa y sin cualificación) se ha basado en la decisión previa de optar por la versión de ese pasaje según la edición de Perrier, en lugar de versiones diferentes que se encuentran en otras ediciones. Por ello, en adelante hace una detallada comparación de las alternativas -lo que es una muestra de admirable honestidad intelectual-. Según su análisis comparativo, tanto la de Perrier como la de Marietti presentan dificultades interpretativas.20 Por lo tanto, a su juicio, “pareciera que nos vemos forzados a interpretar el pasaje tal como los editores de la leonina han propuesto” (1981, p. 35).21 Consecuentemente, Wippel afirma que, de no aceptarse el recurso a la edición de Perrier, su punto también se sostendría si se toma la frase en el sentido que sugieren los editores de la leonina (i. e., “no solo no es falso, sino tampoco imposible”). Es decir, lo que afirmaría aquí santo Tomás es que la creación ab aeterno no es imposible, y esto -señala Wippel (1981, p. 35)- equivaldría directamente a afirmar que es posible.
Sin embargo, cabría responder a esta última argumentación de Wippel que ya en el artículo 14 del De potentia se encuentra de manera explícita la afirmación según la cual la creación ab aeterno no es imposible, en el sentido de no ser intrínsecamente contradictoria (cfr. De potentia, q. 3, a. 14, co.). Por lo tanto, no sería claro por qué el autor no admite que en este último haya una defensa lo suficientemente directa de la tesis, y sí admite que la haya en el De aeternitate mundi bajo la interpretación de los editores de la leonina.
Al parecer, el problema radica en que, para santo Tomás, “no imposible” no equivale propiamente en todos los casos a “posible”, tal como se deduce de la clasificación que hace en el corpus del artículo 14 del De potentia -esta clasificación se verá con mayor detalle al comentar los argumentos de Bukowski (1991)-. Sin embargo, habría que ahondar más en esta hipótesis. Por ahora, baste notar que ya en De potentia el Aquinate afirmaba que el mundo eternamente creado “no es imposible”, y Wippel no admite que en dicha obra se encuentre una defensa de que el mundo eternamente creado “es posible” (cfr. 1981, p. 27).
2.4. Argumento de la “preparación del terreno”
Sobre el argumento de la “preparación del terreno”, se ofrece aquí otra interpretación del pasaje referido que parece concordar mejor con otras partes del texto en cuestión. Según la interpretación que yo ofrezco, cuando santo Tomás advierte que no sería herético decir que puede ser hecho por Dios el que algo creado por Dios haya existido siempre, no se defiende de antemano a sí mismo, sino que, más bien, matiza el desacuerdo con sus contendores: lo que afirman ellos es falso, pero no herético. Pues, en el párrafo anterior, el Aquinate ha señalado que, contrario a lo que él mismo piensa, algunos defienden que Dios podría hacer algo aunque ello en sí mismo sea imposible por incompatibilidad entre los conceptos. Santo Tomás no está de acuerdo con lo anterior, pues, como ha señalado en otro pasaje, “respecto a aquellas cosas que repugnan al entendimiento, Dios no puede hacer que aquello exista” (De aeternitate mundi, § 12).22 Con todo, a aquellos que afirman que aun así Dios puede hacerlo, les atribuye un error, mas no una herejía: “Pero si se afirmara que Dios puede hacer que tales cosas se hagan, tal afirmación no es herética, aunque, según creo, sea falsa, al igual que [decir] que lo pasado no existió, incluye contradicción dentro de sí” (§ 4).23 Y es esta misma idea la que reitera en el siguiente párrafo, en el pasaje en cuestión. Por tanto, no se trata aquí de una “preparación de terreno” que hace el Aquinate para librarse a sí mismo de ser calificado como hereje al defender la posibilidad de un mundo eternamente creado. Su propósito es aclarar que aquellos que defienden que la creación ab aeterno es imposible en sí misma y, sin embargo, posible para Dios, no caen en una herejía, aunque sí en una falsedad.
Para cerrar la revisión de este artículo, cabe mencionar que Weisheipl (1983) le presta su apoyo a la postura general de Wippel y ofrece una posible solución al problema de por qué el Aquinate solo llegó a defender la posibilidad de un mundo eterno al escribir el De aeternitate mundi y no antes: el motivo sería que, en paralelo, santo Tomás habría cambiado su interpretación respecto a la postura de Aristóteles sobre la eternidad del mundo, y ello le habría permitido llegar a la convicción definitiva de que un mundo eternamente creado es posible (cfr. Weisheipl, 1983, p. 270). Es una hipótesis que podría revisarse en un trabajo dedicado a ello, pero que excede los alcances de este artículo.
3. La postura de Bukowski
Algunos años después de la publicación del trabajo de Wippel (1981), Thomas Bukowski (1991) publica un artículo a modo de respuesta. El contenido de este puede organizarse en torno a cuatro ideas principales:
1). Desacuerdo con Wippel (1981) y Weisheipl (1983).
2). La doctrina de la posibilidad de un mundo eterno está en las obras del Aquinate, y desde temprano.
3). Esta doctrina está presente en su obra de manera implícita.
4). La ausencia de una formulación explícita de dicha doctrina es irrelevante.
A continuación, se resumirá cómo Bukowski desarrolla cada uno de estos puntos.24
3.1. Desacuerdo de Bukowski con Wippel y Weisheipl
En este artículo, Bukowski rebate la interpretación de Wippel (1981) -respaldada por Weisheipl (1983)- según la cual santo Tomás sostuvo la posibilidad de un mundo eterno solo hacia el final de su carrera y no antes. Para Bukowski, el Aquinate sostuvo dicha posibilidad a lo largo de toda su carrera, y no solo hacia el 1271 (fecha estimada por Weisheipl para el De aeternitate mundi). Lo afirma del siguiente modo:
No viene al caso utilizar las tres clasificaciones de Wippel-Egidio [defender que no se ha demostrado lo contrario vs. defender que sea imposible demostrar lo contrario vs. defender que sea posible], por interesantes que sean, para tratar de distinguir etapas en el pensamiento de Tomás: él enseñó desde el comienzo de su carrera hasta el final que la naturaleza del universo creado es tal que permite un pasado eterno (1991, p. 122).25
Según Bukowski, se puede mostrar que el Aquinate sostuvo siempre dicha posibilidad, pues:
[…] sus enseñanzas -tanto tempranas como tardías- sobre la omnipotencia del Creador, sobre la naturaleza misma de la actividad creadora y sobre la naturaleza de la criatura como tal, implican inequívocamente un mundo que pudo -si así lo hubiese querido el Creador- haber sido eterno en el pasado (p. 125).26
Contrario a lo que proponen los otros dos autores mencionados, Bukowski sostiene que santo Tomás nunca requirió de un reforzamiento adicional para declarar que un mundo eternamente creado es posible, pues dicha aseveración, según él, se desprende directamente de la doctrina del Aquinate, cualquiera sea el momento de su carrera que se considere. Si de hecho no lo declaró -y este es, a mi parecer, el punto clave de la postura de Bukowski-, eso es un hecho fortuito al que no cabe otorgar mayor importancia (cfr. 1991, p. 115).
3.2. La doctrina está, y desde temprano
Bukowski dedica buena parte de su trabajo a mostrar de qué manera la doctrina de santo Tomás lleva implícita la posibilidad de un mundo eterno. Bajo su interpretación, los tres soportes sobre los cuales descansaría dicha posibilidad serían los siguientes: (1) la omnipotencia del creador; (2) una actividad creadora tal que no existe necesidad de un comienzo en el tiempo; (3) un universo creado que, en su raíz, es independiente del tiempo (cfr. 1991, pp. 118-119).
En seguida, tras mostrar cómo la enseñanza de santo Tomás en cada uno de estos puntos implica la posibilidad de un mundo eterno, el autor muestra que dicha enseñanza se encuentra no solo en textos tardíos del Aquinate, sino en obras tempranas como, entre otras, el De ente et essentia y el De veritate, ambas anteriores al año 1260 (cfr. 1991, pp. 120-121).
3.3. La doctrina está de manera implícita
Hacia el final de su artículo, Bukowski sostiene que el trabajo de Wippel (1981) ha servido, ante todo, para visualizar el siguiente hecho: que la doctrina de santo Tomás respecto a la posibilidad de un mundo eterno permanece implícita. Ahora bien, aclara Bukowski, esta posibilidad está “implícita” en la doctrina tomista no meramente en el sentido de “no explícita”, sino más bien en el sentido de “implicada” (cfr. 1991, p. 122).
3.4. La ausencia de una formulación explícita es irrelevante
Para Bukowski, no cabe prestar mayor atención al hecho de que en ningún texto el Aquinate declare expresamente que un mundo eternamente creado es posible. Es, a su parecer, un hecho fortuito, que carece de importancia: “Probablemente, dicha doctrina […] permanece implícita en lugar de explícita en sus obras-un punto que no es de gran relevancia pero que puede ayudar a prevenir alguna confusión en nuestro estudio de Tomás” (1991, p. 115).27
Bukowski recalca que, efectivamente, santo Tomás nunca lo declara (cfr. 1991, p. 122). De manera notoria, no lo declara en el artículo 14 del De potentia ni en el opúsculo De aeternitate mundi, donde, en ambos casos, parece tener todo lo necesario para hacerlo. Pero, advierte el autor, el hecho de no declararlo ciertamente no se debe a una falta de recursos -que es lo que sugerían Wippel y Weisheipl-. Tampoco se debe al temor de ser censurado. Más bien, este hecho se da “de un modo bastante indeliberado: (a) porque es obvio para él, o (b) porque no le interesa particularmente, o por ambas razones” (1991, p. 117).28
Según el autor, cabe pensar que este punto no interesaba tanto a santo Tomás como sí nos interesa a nosotros. Según Bukowski, lo que le interesa a santo Tomás es, sobre todo, recalcar que el mundo de hecho no fue eterno; nosotros, en cambio, influidos quizá por el panorama de la ciencia física moderna, estaríamos más interesados que el propio santo Tomás en la idea de la posibilidad de un pasado eterno (cfr. 1991, p. 125).
4. Respuesta a Bukowski: la omisión no parece indeliberada
Como se ha dicho, en este trabajo se busca mostrar que puede resultar impreciso atribuir a santo Tomás la tesis de la posibilidad de un mundo eterno, sobre todo porque en ningún texto suyo se encuentra una declaración explícita de dicha tesis, a pesar de preguntárselo directamente en al menos dos ocasiones (en el artículo 14 del De potentia y en De aeternitate mundi).
La argumentación de Bukowski compromete la postura de este artículo, pues él quita toda relevancia a la ausencia de una declaración explícita en favor de la posibilidad de un mundo eterno por parte de santo Tomás: defiende que la no declaración se trata de un hecho indeliberado, casual (cfr. 1991, p. 117). Cabe asumir que, para él, no habría imprecisión alguna, pues encuentra en la obra del Aquinate una doctrina que “implica inequívocamente” (1991, p. 125) la tesis en cuestión. Es decir, admite que no está declarada, pero afirma que está inequívocamente implicada, y que el no estar declarada es meramente casual.
Como respuesta a este planteamiento, se intentará mostrar que no resulta del todo convincente la hipótesis según la cual santo Tomás omitió la declaración indeliberadamente. El punto central será mostrar que, contrario a lo que sostiene Bukowski, la doctrina del Aquinate no implica inequívocamente la posibilidad de un mundo eterno. Sí la implica en cierto sentido, pero no en todo sentido. No se intentará rebatir la manera en que Bukowski expone la filosofía tomista. Tampoco se intentará mostrar que, a partir de esa exposición, no se siga de ningún modo la conclusión “el mundo eterno es posible”. El punto es que dicha conclusión sí se sigue, pero solo en un sentido acotado del término “posible”.
La implicación no es inequívoca, pues el término “posible”, en este contexto, no tiene un solo sentido, y hay ciertos sentidos del término para los cuales la implicación sí se da, pero otros para los que no. De la filosofía tomista solo se desprende la posibilidad de un mundo eterno si se entiende por “posibilidad” la “no incompatibilidad entre los términos” o la “potencia activa del agente”. Es decir, dicha posibilidad se desprende -más aún, se defiende- solo en el sentido de que las expresiones “existir desde siempre” y “haber sido creado” no guardan contradicción entre sí (cfr. De aeternitate mundi, § 15), y en el sentido de que a Dios nunca faltó el poder necesario para crear tal cosa (cfr. De aeternitate mundi, § 2). Al contrario, si, por ejemplo, se entiende por “posibilidad” la “potencia pasiva”, la conclusión no se sigue, pues la filosofía tomista enseña con claridad que no precedió a la creación potencia pasiva alguna (cfr., por ejemplo, Contra Gentiles, lib. 2, cap. 16). El propio santo Tomás hace valer este punto en el corpus del artículo 14 del De potentia al señalar que “si esto se refiere a la potencia pasiva, entonces, de conformidad con la fe católica, no se puede decir que algo procedente de él, [pero] esencialmente diverso, pudiera existir siempre” (De potentia, q. 3, a. 14, co.).29 Este pasaje es crucial, pues se trata de una declaración explícita donde santo Tomás niega que la creación pudiera existir desde siempre. Por cierto, se trata solamente de uno de los sentidos del término “poder” (i. e., “potencia pasiva”), pero al menos la declaración explícita está, mientras la contraria -la que busca Wippel (1981)- no está.
Este sería, por tanto, el punto que intento sostener contra Bukowski: si, hipotéticamente, a santo Tomás se le preguntase: “¿era posible que el mundo existiese desde siempre?”, cabe esperar que su respuesta no sería que sí inequívocamente; diría que sí, si se entiende por “posibilidad” la “potencia activa” del creador, o si se entiende por “posibilidad” la “no incompatibilidad entre los términos”; pero diría que no si, por ejemplo, se entiende por “posibilidad” la “potencia pasiva”. Y todos estos son sentidos válidos de “posibilidad”, al menos para santo Tomás.
Dicho lo anterior, cabe hacer un último comentario sobre la tesis de Bukowski según la cual santo Tomás omite indeliberadamente afirmar que el mundo pudo haber existido desde siempre. Lo que sostiene Bukowski es que santo Tomás suscribe la posibilidad de un mundo eterno, pero que, indeliberadamente, no lo declara, pues se trataría para él de una conclusión obvia a partir de sus premisas, y/o porque no es un tema que le interese mayormente (cfr. 1991, pp. 117-118). De este modo, la omisión se da (1) por obviedad o (2) por falta de interés. Sin embargo, como se ve en los textos revisados (sobre todo en De potentia 14 y en De aeternitate mundi), el Aquinate trata con detenimiento el tema de la posibilidad de un mundo eterno en más de una ocasión, y de manera explícita, lo cual no se condice con una presunta falta de interés. Además, el esfuerzo por distinguir aquellos sentidos en los que sí cabría afirmar la posibilidad de un mundo eternamente creado de aquellos sentidos en los que no muestra que dicha posibilidad no se afirma de manera obvia para el Aquinate.
5. En cierto sentido, la rechaza; en cierto sentido, la sostiene
El hecho de que santo Tomás, en más de una ocasión, se haya planteado de manera explícita y directa la pregunta sobre la posibilidad de un mundo eterno induce a pensar que, si su postura al respecto hubiera sido un “sí” sin más, es justamente eso lo que habría dicho: que sí era posible. En otras palabras, si la postura de santo Tomás frente a la pregunta “¿pudo el mundo haber existido desde siempre?” hubiera sido ante todo un “sí”, no se entendería por qué no lo dijo, si se lo preguntó expresamente y dedicó un artículo completo y buena parte de un opúsculo a tratar ese preciso problema. Más aún, cuando se lo pregunta expresamente en el artículo 14 del De potentia, no lo afirma, sino, al contrario, abre el artículo con la refutación de una serie de argumentos que pretenden afirmarlo, y, de hecho, como ya se mencionó, para cierto sentido de potencialidad lo niega expresamente: “no se puede decir que algo procedente de él, [pero] esencialmente diverso, pudiera existir siempre” (De potentia, q. 3, a. 14, co.).30 Sin duda, estas refutaciones y esta negación no permiten señalar que el Aquinate haya rechazado inequívocamente la posibilidad de una creación ab aeterno. Si acaso rechaza o afirma dicha posibilidad no es, al parecer, una pregunta que admita un sí o no inequívocos. En cierto sentido, la rechaza; en cierto sentido, la sostiene. Es por esto que puede resultar impreciso atribuirle lo uno o lo otro sin más.
Para aclarar el punto que defiendo en este artículo, puede ser útil recurrir a la conocida clasificación de Egidio Romano,31 tal como la recoge Wippel (1981), que distingue tres posturas respecto a la posibilidad de un mundo eterno, y complementarla con base en la distinción que hace santo Tomás de los diversos sentidos de “posible” en el artículo 14 del De potentia. Así, se concluye este artículo con los siguientes dos pasos: primero, una exposición de la clasificación de Egidio Romano y, segundo, una sugerencia aclaratoria con base en artículo 14 del De potentia.
La clasificación de Egidio Romano ha sido ampliamente utilizada para interpretar la postura de distintos autores respecto a la posibilidad de un mundo eternamente creado. Esta señala que hay al menos tres niveles de adherencia a dicha posibilidad, unas más fuertes que otras. Aquí las presentaré de la más débil a la más fuerte:
1). Nadie ha mostrado todavía la imposibilidad de un mundo eterno.
2). No se puede demostrar la imposibilidad de un mundo eterno.
3). Era posible que el mundo existiera desde siempre, aunque de hecho tuvo un comienzo.
La primera posición consiste en afirmar que nadie, hasta ahora, ha podido demostrar que la eternidad del mundo sea imposible. La segunda dice más que esto: no solo nadie lo ha demostrado aún, sino que es imposible demostrarlo, o bien, nunca nadie podrá demostrarlo. Por último, la tercera es la postura más fuerte: no solo es imposible demostrar la no eternidad del mundo, sino que la eternidad del mundo, aunque falsa de hecho, es o fue posible. Como se ve, la tercera implica a las otras dos, y la segunda implica a la primera.
Wippel (1981) sostiene que santo Tomás nunca defendió la tercera postura sino hasta el momento en que escribió el opúsculo De aeternitate mundi. Aparte de este opúsculo, su postura siempre fue menos comprometida (primera o segunda). Bukowski (1991), en cambio, sostiene que no hubo evolución alguna en la postura del Aquinate, y que este sostuvo siempre, aunque de manera implícita, la tercera postura.
Frente a este panorama, me atrevo a proponer una modificación de la clasificación de Egidio Romano que podría ayudar a aclarar la postura de santo Tomás. La distinción entre las posturas primera y segunda es útil, y ayuda a percatarse de que santo Tomás en algunos textos (por ejemplo, la Contra Gentiles) meramente se limita a refutar los argumentos con los que se intenta demostrar que el mundo tuvo un comienzo, pero en otros va más allá y ofrece argumentos positivos para mostrar que no puede demostrarse apodícticamente que el mundo haya tenido un comienzo (por ejemplo, la Summa theologiae). Sin embargo, la formulación de la tercera postura señalada por Egidio se presta para confusiones, pues podría decirse que, en algunos sentidos de “posibilidad”, el Aquinate sí la sostuvo, pero que, a su vez, en otros sentidos no la sostuvo. Quizá debiera subdividirse esta postura en otras tres, conforme a la distinción que el propio santo Tomás hace al abordar el problema:
3.1. Dios no carecía del poder necesario para crear un mundo desde la eternidad.
3.2. No hay incompatibilidad entre los términos “existir desde siempre” y “ser creado”.
3.3. Hubo siempre potencia pasiva de que el mundo fuese creado.
Una vez hecha esta distinción, que el propio santo Tomás se esfuerza en explicar (cfr. De potentia, q. 3, a. 14, co.), la interpretación de su postura se hace más clara, porque no hay dudas respecto a que declaró y defendió tanto (3.1) como (3.2), y que, en cambio, rechazó expresamente (3.3). La respuesta última inequívoca a la pregunta de si realmente y en todos los sentidos relevantes fue posible la existencia de un mundo eterno es lo que santo Tomás omite -a mi parecer, por las razones indicadas- deliberadamente.
Sumario
Santo Tomás de Aquino sostiene que el mundo, de hecho, tuvo un comienzo (i. e., que no existió desde siempre), y que esto, aunque cierto, no puede demostrarse apodícticamente, sino que se puede afirmar con certeza solo gracias a la fe revelada (Iª, q. 46, a. 1, co. y a. 2, co.). Sin embargo, su tratamiento del tema de la eternidad del mundo no se queda en estos dos planos -los planos, si se quiere, de los hechos y de su cognoscibilidad por parte nuestra-, sino que va más allá: se pregunta por la posibilidad de un mundo eterno. En este tercer plano, se le suele atribuir la tesis según la cual el mundo pudo haber existido desde siempre, aunque de hecho no haya existido desde siempre. Y lo que aquí defiendo es que esta atribución es imprecisa.
En primer lugar, en ningún texto del Aquinate se encuentra dicha afirmación, y en esto nos oponemos a Wippel (1981). En segundo lugar, la ausencia de una formulación explícita de esta tesis por parte del Aquinate no parece ser un hecho fortuito, y en esto nos oponemos a Bukowski (1991). Por último, lo central es reparar en lo siguiente: hay ciertos sentidos de “posible” (a saber, potencia agente y no incompatibilidad entre los términos) bajo los cuales santo Tomás sí parece suscribir la tesis de la posibilidad de un mundo eterno, pero hay otro sentido de posible (a saber, potencia pasiva) bajo el cual explícitamente niega dicha tesis. Por tanto, ante la pregunta “¿suscribió santo Tomás la tesis según la cual el mundo pudo haber existido desde siempre?”, es impreciso dar una respuesta afirmativa o negativa sin más, y lo más correcto sería responder que, en cierto sentido, sí, pero, en cierto sentido, no.










nueva página del texto (beta)




