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Frontera norte

On-line version ISSN 2594-0260Print version ISSN 0187-7372

Frontera norte vol.13 n.25 México Jan./Jun. 2001

 

Reseña bibliográfica

 

¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización

 

José L. Coronado Ramírez*

 

Ulrich Beck. Barcelona, Paidós (Estado y Sociedad, 58), 1998 trad, de Bernardo Moreno y Ma. Rosa Borras

 

* Geógrafo, maestro en desarrollo regional, estudiante del Programa de Doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de la Frontera Norte. Becario del Conacyt. Dirección electrónica: joselc@posgrado.colef.mx.

 

En el sencillo título de la obra de Ulrich Beck, ¿Qué es la globalización?, se encierra una verdadera lluvia de argumentos que no sólo pretenden dejar claro el significado de un concepto tan debatido e inabarcable, por evidente y generalizado, como el de globalización, sino profundizar, con relativo éxito, en los intersticios de un mayor significado del mismo y sus múltiples lógicas entreveradas y condicionadas.

El que la globalización sea un proceso mundial innegable y "contundente" (como diría Viviane Forrester en El horror económico) es reconocido por Ulrich Beck, aun cuando sus preocupaciones —a lo largo del texto— sean predominantemente las vertientes económica y política en compleja dinámica. Ambas vertientes constituyen el instrumento empírico que le permiten captar, develar y criticar desde una realidad europea, y particularmente alemana, en qué consiste dicho proceso y cuáles son los actores sociales directamente involucrados. En cierto sentido, el logro del autor es profundizar en los conceptos elementales, pero también es su principal inconveniente, pues se aprecia una relativa parcialidad en sus juicios ante los países no desarrollados o alejados del desempleo y del manido desmoronamiento del Estado social europeo.

Como es obligado en un ensayo acerca del tema, Ulrich Beck debate el papel del Estado nacional, al que considera anclado en sus ataduras conservadoras, derivadas de una primera modernidad, y limitado al territorio (ya difícilmente expandible), cuyos límites temporales iniciales los ubicamos al finalizar la guerra fría, cuando las posibilidades reales de experiencias no capitalistas habían terminado y el conjunto de las naciones queda en evidente tránsito hacia democracias liberales con mayor o menor grado de perfección. Para él, tanto el Estado asistencial como la sociedad de mercado y la misma democracia liberal se encaminan por derroteros nuevos hacia su paulatino "debilitamiento" o, cuando menos, transformación. Y ello se debe a cambios inéditos, en primera instancia, en el ámbito de la economía y de la política. El Estado-nación está siendo sometido a procesos de cambio intensos, y los acontecimientos que ocurren sin su regulación se incrementan en forma considerable desde la pasada década.

Desde sus primeros acercamientos al tema, el autor nos ofrece antecedentes de relaciones trasnacionales perniciosas y configuradas como la causa esencial de los procesos globales en ámbitos diferentes. Dichas relaciones tienen como figuras principales a las empresas y a los empresarios trasnacionales, cuyas decisiones, nada patrióticas, debilitan a las economías desarrolladas y, a través de ellas, a amplios sectores de la población europea y alemana, acrecentando el desempleo. Beck aventura una primera aclaración conceptual entre globalismo y globalidad como términos que, de no ser aclarados, llevarían al lector hacia las primeras confusiones conceptuales.

Globalismo es esa visión economicista del proceso de globalización; es la reducción y aproximación tendenciosa del liberalismo económico ("fundamentalista", diría George Soros en su Crisis del capitalismo global) que esgrime su "hechizo despolitizador" cuando resulta ser motivo y finalidad de políticas económicas antipopulares, antinacionales, antidemocráticas e incluso, en última instancia, anticapitalistas. En los términos de Beck, es "la nueva ideología del liberalismo" o la "ideóloga del dominio del mercado mundial", cuya esencia reside en confundir la distinción fundamental (de la primera modernidad) entre política y economía, porque impide delimitar "los marcos jurídicos, sociales y ecológicos dentro de los cuales el quehacer económico es posible y legítimo socialmente", llegando a la osadía de tratar a los países como empresas. Ulrich Beck nos brinda, a mi entender, el concepto de globalismo sin reflexionar en que los acontecimientos económicos reclaman una interpretación menos cargada de juicios de valor y más centrada en explicar las principales tendencias de la economía mundial, como lo han propuesto desde hace ya tiempo estudios publicados de Paul Krugman, Kenichi Ohmae o Samuel Huntington,1 por mencionar textos del ámbito de la economía, y los estudios de relaciones internacionales. En estos últimos la preocupación es precisamente analizar los acontecimientos económicos internacionales en las naciones de mayor y menor dimensión económica regional y mundial, con la mira en explicar las consecuencias mediatas de su organización política, que tendrá como marco —en todos los casos— los espacios locales, regionales e incluso mundiales.

El análisis de los procesos de globalización económica hecho por Beck puede tener un enfoque reduccionista todo lo criticable que pueda considerarse, pero ello no sustituye otras visiones que coinciden en que la desregulación económica mundial ha sido perjudicial para prácticamente todas las naciones, con impactos complejos en empleo y políticas sociales, y que han llegado a poner en gran riesgo a los capitalismos nacionales (incapaces de resolver aisladamente sus propias crisis) e incluso a lo que se denomina "capitalismo global". Esa perspectiva "ultraliberal", para utilizar el término de Viviane Forrester, de los empresarios trasnacionales escépticos de los Estados nacionales en crisis es clara, y se puede identificar plenamente con el globalismo, pero ello —hay que insistir— no sustituye ni explica los procesos de globalización económica. Al parecer, Ulrich Beck evitar entrar en detalles, como explicarnos la relación entre desempleo y desnacionalización, que, lejos de ser un resultado mecánico de causa-efecto, más bien podría explicarse con base en el temporal abandono del ámbito internacional (o la no-continuidad histórica) por parte del trabajo organizado, incapaz todavía de involucrarse globalmente en beneficio de la clase trabajadora del mundo.2 Algo que, junto con las historias nacionales y la evolución de los sistemas democráticos de los países, ha logrado avances de consideración, atribuibles a una sociedad que ya ha domesticado sus propias economías y ha establecido marcos jurídicos y sociales nacionales, para retener los beneficios de unos cuantos en países considerados en su conjunto como ricos o desarrollados, aun cuando sus avances se vean temporalmente opacados por políticas económicas restrictivas y proteccionistas.

Globalidad, por el contrario, según Beck, es el concepto que implica el incremento de las relaciones internacionales en un sentido amplio, que corresponde a múltiples aspectos de la vida social, económica, política, cultural, ecológica, etc., cuya intensidad y diversidad son apreciados y reconocidos con mayor rapidez y accesibilidad por amplios sectores de todas las naciones del mundo. En esta cualidad de autorreconocerse y de aceptar la pluralidad y la diferencia como partes irrenunciables de un mundo que puede considerarse como único es donde radica la posibilidad de concebir una sociedad mundial. Una sociedad que no reclama forzosamente procesos de integración, sino que puede concebirse, paradójicamente, como una "pluralidad sin unidad". Son muchos los autores que, percibiendo la escasa e insuficiente regulación internacional, se inclinan por el fortalecimiento de acuerdos y normas internacionales que faciliten las ventajas de la convivencia a todos los países; sin embargo, aquí Beck no profundiza demasiado. Más bien nos confunde un poco al plantearnos que la pluridimensionalidad de la globalidad conduce a lo que denomina la "irrevisabilidad" de las distintas lógicas de la globalización, a la que considera como el conjunto de "procesos en virtud de los cuales los Estados nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante actores transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder, orientaciones, identidades y entramados varios".

Es evidente que Ulrich Beck opina que la globalidad es una característica de la dinámica mundial desde siempre y que no hay posibilidad de modificarla sustancialmente. En esta globalidad se adivinan una o varias hegemonías regionales, la permanencia de los fenómenos de dependencia y subdesarrollo (de hecho, las maneras en que se refuerzan y profundizan, con lo que tendríamos que repasar "el lado oscuro de la globalización", de Jay Mazur) y quiénes son los que continúan perdiendo en la comunidad internacional. ¿Qué es lo que resulta no reducible ni explicable por sí solo de la globalidad? Según Beck: a) el conjunto de fenómenos que caracterizan al mercado financiero internacional, cuyo intercambio y red de relaciones se densifican, dando mayor poder a las empresas trasnacionales; b) la revolución tecnológica en comunicaciones y en administración de información; c) el tema de los derechos humanos como una exigencia ante las dinámicas migratorias o el ejercicio judicial; d) la dinámica de las industrias globales de la cultura y su omnipresencia irónica; e) el incremento de los actores trasnacionales; f) la creciente pobreza global; g) los conflictos ecológicos globales (que en sentido estricto, si son ecológicos, son globales y viceversa), y h) los conflictos trasculturales.

A esta lista habría que agregar, sin la menor duda, i) las actividades ilegales organizadas trasnacionalmente (tráfico de narcóticos, de prostitutas, de pornografía, de armas, de bienes de consumo en contrabando, de personas, etc.); j) los problemas de salud sujetos a control epidémico, cuya periódica presencia poco se publicita pero mucho se teme, y por último, k) los acontecimientos de corte militar, cuyo marco de origen ha sido el Estado (y en particular los Estados que se presumen hegemónicos desde la Segunda Guerra Mundial), pero con manifestaciones e impactos de carácter regional evidentes. Basta acercarse a los acontecimientos en los Balcanes, en la región del Cáucaso o en el Golfo Pérsico, para adivinar a los participantes involucrados, voluntaria e involuntariamente, lidiar con decisiones allende sus fronteras. Cualquier decisión militar en esta época involucra a más de dos países.

Más adelante Ulrich Beck, al abordar los diferentes enfoques de los procesos derivados de la globalidad, nos advierte del poco desarrollo actual de la sociología en el campo de la globalización. Según él, es necesaria una revisión profunda de la tradicional comente en que el "dominio estatal del espacio" ha prevalecido, corriente que considera las fronteras de los Estados-nación de forma implícita. La razón que se vislumbra es que esta sociología se encuentra incapaz de trascender los problemas trasnacionales con la visión de la "autoridad ordenadora" del Estado nacional en "contenedores", aun cuando sus alcances y contexto hayan correspondido a una primera modernidad. Además, la sociedad a la que el Estado está vinculada lleva a una conceptualización parcelaria del mundo con sus propias subdivisiones, las cuales a su vez son identificadas como identidades colectivas. Es interesante cómo Beck agrega un ingrediente más: que esa sociología se encuentra preñada del espíritu del progreso, con una "autoimagen evolutiva" en la que las finalidades y objetivos sociales apuntan hacia un "ser moderno" como modelo, equivalente a "superior".

En contrapartida, el autor propone el interesante concepto de espacios sociales trasnacionales, que sustituirían a las unidades de análisis estatales-nacionales, y en los cuales, se considera, actúan y ejercen su poder múltiples organizaciones trasnacionales, actores, grupos e individuos "que tejen y destejen un vasto entramado de relaciones sociales". Este concepto es interesante en su aplicación, pero es poco novedoso en cuanto a su propio contenido. Sólo basta recordar los trabajos de Edward Soja y Robert Shields,3 para ampliar su visión acerca de los espacios no sólo explorados por el ser humano, sino los construidos y los imaginados por él. Espacios, estos últimos, difícilmente contenidos en fronteras o límites, y por demás efímeros en un horizonte temporal amplio, como la historia humana. De tal manera, su visión del África conceptual europea también se ha estudiado en las grandes ciudades del mundo. Lo interesante, y que considero necesario resaltar, es su visión de los espacios sociales trasnacionales compartidos y simultáneos, en consecuencia, a sus discusiones acerca de un obligado enfoque global que nos permita concebir los fenómenos mundiales de forma incluyente —en lugar de "esto o eso", considerar las ventajas de usar "ésto y éso"—. Dichos espacios son posibles sólo en un ámbito social: el ejemplo de los mexicanos estadunidenses y de los estadunidenses mexicanos es reproducible con amplitud en muchas realidades en el mundo.

El recorrido por las diferentes lógicas de la globalización se realiza en una secuencia temática propia. Ante la cuestión del origen de la globalización, el autor nos acerca a visiones sistémicas, como las de Wallerstein y su sistema capitalista mundial, un buen antecedente moderno cuyo pecado es considerar que los procesos 'lineales son empíricamente difíciles de seguir por la historia mundial, y que son causados y explicados a partir de una sola lógica: la económica. La maximización de beneficios, la función de control de los Estados nacionales al capitalismo y la teoría de los espacios centrales, de la semiperiferia y de los países y regiones periféricos explican un capitalismo de naturaleza forzosamente global. En este marco, las fragmentaciones y los procesos de integración ocurren como resultado de un equilibrio buscado por los actores nacionales, tanto al interior como al exterior de sus respectivos espacios políticos.

Otros autores invitados en esta obra y que transitan por la lógica política son Rosenau, Gilpin y Held, que coinciden en la urgencia de observar una nueva época, en la cual se transite por una política postinternacional, en búsqueda de coincidencias de actores estatal-nacionales y actores trasnacionales, entendidos estos últimos como organizaciones, empresas y movimientos sociales y políticos trasnacionales. Por ello se resalta la división que Rosenau propone entre el ámbito en el que se desenvuelven las sociedades de los Estados y el mundo de la subpolítica trasnacional y una política mundial policéntrica, con ligas estrechas al avance tecnológico mundial.

Gilpin, por el contrario, nos recuerda que los Estados nacionales, lejos de perder vigencia, se encuentran más encadenados que nunca y en una perspectiva ortodoxa de la política internacional, y afirma que la globalidad surge por la permisividad de ellos, lo que supone una globalización contingente, dado que requiere —en un nuevo orden mundial— de la función hegemónica de naciones que garanticen el funcionamiento del mercado internacional liberal. Estos conceptos nos hacen reflexionar acerca de la globalización como proceso que presumimos independiente del Estado-nación. Held, a su vez, penetra en lo que se constituye en un punto obligado de discusión y que los primeros autores no tocan: la soberanía. Da un paso importante en la discusión acerca de su transformación o alteración de la realidad del Estado nacional, y aunque queda poco claro en el texto, notamos que el concepto de soberanía transita hacia una nueva conceptualización. Para él, la soberanía debe entenderse y analizarse como un poder escindido que se percibe fraccionado, limitado y maniatado por los actores nacionales, regionales e internacionales.

Por otra parte, en la lógica de los problemas ecológicos, Ulrich Beck discute también su propuesta de la sociedad de riesgo mundial, con la que pone de manifiesto lo vulnerable de la humanidad, por el peligro que genera en su relación conflictiva con la naturaleza. El autor afirma que tal peligro consiste en un choque ecológico que despierta una conciencia común cosmopolita capaz de suprimir las fronteras existentes "entre el hombre, las bestias y las plantas". Su percepción de lo ecológico, aunque limitada, no es incorrecta, ya que estamos de acuerdo en que, efectivamente, los espacios sociales trasnacionales también se conflictúan y complican a partir de peligros no deseados, desmentidos o reprimidos. Pero con la pequeña diferencia de que en el universo ecológico no sólo actúan los seres vivos (animales y vegetales, junto con los humanos), sino que también interactúan, en una dinámica estrictamente física, procesos en los que el ser humano no tiene injerencia, por lo que es mejor considerarlo vulnerable con relación a su propia ignorancia de dicha dinámica. El riesgo se dimensionaria en función del peligro y también de la vulnerabilidad. El primero no se puede evitar; la segunda se puede reducir. Los peligros condicionados por la pobreza y la riqueza y los derivados de las armas (destrucción masiva) nos recuerdan los debates en torno al uso de los recursos naturales y las formas de explotar la riqueza natural. Estos debates dejaron claro que el ser humano necesita utilizar la naturaleza lo mejor que pueda para no agotar sus propias posibilidades de sobrevivir. El uso deseado se ha ampliado incluso hasta imaginar guerras ecológicamente "limpias". De tal manera, el tema parece ser un poco más complicado de como nos lo sugiere Beck.

Otro enfoque discutido con amplitud en el texto es el de la globalización cultural, con la insistencia constante en evidenciar la falsedad de la tesis de la mcdonalización del mundo, pero más que nada en explicar las cuestiones relativas a esa presencia creciente de símbolos y valores asociados al consumo como otro reduccionismo que salta en pedazos al contrastarse con cualquier definición de cultura que se quiera esbozar. En este sentido, la tesis de Beck de que el capitalismo necesita particularmente de la multiplicidad y de las contradicciones locales para acceder a innovaciones en materia de productos y publicidad es consistente con los planteamientos de la relevancia de lo local en los procesos culturales de globalización. De allí que dé paso a sus amplias coincidencias con Ronald Robertson y su propuesta de globalización, en lugar del vago término globalización cultural, puesto que de acuerdo a ambos autores la globalización significa también acercamiento y mutuo encuentro de las culturas locales. A esto es difícil oponerse, excepto por el hecho de que la preocupación gira en torno sólo a los términos, en lugar de marcar el énfasis en que todavía no existe —y muy posiblemente no existirá nunca— una cultura mundial como tal.

Una última posición en torno a la globalización revisada con amplitud la encarnan los postulados de Zygmunt Bauman, cuya posición coincide en grandes rasgos con la anterior, pero que, además, hace hincapié en los perfiles oscuros de la globalización, como lo propone cuando afirma una polarización y estratificación mundial en ricos globalizados y pobres localizados. Ésta es una puerta de entrada a temas ampliamente debatibles, puesto que es empíricamente contrastable la profundización y ampliación de los niveles de pobreza en todas las naciones. Bauman argumenta que las dos caras, una de globalización y otra de localización, se caracterizan también al contener las dos partes más diferenciadas de la población mundial, dado que estamos ante un nuevo reparto de privilegios, riquezas, posibilidades de triunfo, poder y libertad, en el que unos lo reciben mientras otros no. "Unos son auténticos moradores del globo; los otros están simplemente encadenados a su puesto..." Ulrich Beck nos anuncia un primer y un segundo mundo con sus tristes características de desigualdad: mundos de ganadores y perdedores. Y lo peor del asunto es que la actividad creadora de riqueza del capitalismo se encuentra en franca disminución, lo que hace revisar con calma la frase de que "es el capitalismo el que destruye el trabajo".

Esto lo queremos debatir brevemente, puesto que pareciera que los textos revisados de Bauman se refieren únicamente a las crisis de los años setenta en Europa y Estados Unidos. ¿No será que se cae en lo que tanto se ha criticado: en reducir nuestros juicios a una sola lógica? Porque el desempleo en países que se caracterizan como del primer mundo tiene raíces bastante diferentes de las que tiene en los países del segundo, ya que mientras en los primeros se observan tendencias muy claras de empleos más calificados en nuevos sectores (terciarios, generalmente) y con mayor flexibilidad laboral, en los países pobres, con las escasas y explicables excepciones, los empleos que se crean son en las industrias y servicios, mientras que los sectores tradicionales de la agricultura y el comercio se mantienen permanentemente impactados por la presión demográfica y caracterizados todos como empleos de trabajo intensivo, con enormes problemas de corporativismo y bajísimos salarios. Ha sido raro observar un ascenso en el empleo de los países pobres, mientras que el de los países ricos pareciera un comportamiento cíclico y que se traslada hacia otros sectores. La capacidad de las economías nacionales para resolverla carencia de empleo también es ampliamente diferente en uno y otro grupo de países. Por lo que toca al capitalismo que destruye trabajo, éste siempre ha existido. La creación de empleos ha sido cíclica y corresponde todavía, y en esencia, a una lógica de obtención de beneficios. La intervención del Estado todavía está en posibilidad, en los países denominados ricos —dada su capacidad—, de poner en marcha políticas de fomento al empleo, mientras que los países pobres raramente han tenido esa posibilidad.

Finalmente en esta importante parte del texto, Ulrich Beck nos obsequia una visión de los aspectos relevantes para la sociedad mundial a futuro, en la que alcanza a percibir rasgos que podemos calificar como alentadores. Estos rasgos se pueden resumir en seis puntos básicos: la democracia cosmopolita, la sociedad mundial capitalista, la sociedad de riesgo mundial, la sociedad mundial política, la sociedad civil global y el Estado trasnacional. Cada uno de ellos tiene líneas bosquejadas con las opiniones de los autores revisados. Es, de hecho, un planteamiento propositivo, con interesantes y alentadoras temáticas, todas ellas debatibles y, por lo mismo, bastante fructíferas. Y aquí Beck se enfrasca en un impostergable ajuste de cuentas con el globalismo, en el que punto por punto señala lo que considera sus diez engaños (a los que intentará proponer alternativas, ya no tan precisas). Inicia con la metafísica del mercado mundial, en la que se critica de nuevo el reduccionismo y su carácter monocausal. Continúa con una crítica, bastante trillada y débil, al libre comercio mundial, al que atribuye males que hace ya tiempo fueron denunciados por corrientes dependentistas de países del tercer mundo. Se enfrasca de nuevo en la escenificación del riesgo que favorece a las empresas trasnacionales en lugar de alertar a los agraviados. Increpa a los actores trasnacionales su carencia de proyecto político revolucionario. Vuelve sobre el mito de la linealidad en la interpretación de fenómenos culturales. Hace un llamado a la búsqueda de oportunidades, en lugar de fortalecer el pensamiento catastrofista, y precisa las políticas económicas proteccionistas de diferentes alcances y contradicciones, ilustrándolas con tristes colores: negro para los conservadores, verde para los ecologistas y rojo para los socialistas.

Las alternativas de Ulrich Beck girarán y concurrirán de la mano con otras propuestas plasmadas en forma aislada por diversos autores. Es muy alentador leer su énfasis en la cooperación internacional, en la necesidad de discutir y aclarar lo que denomina soberanía incluyente cuando trata del Estado trasnacional, en la participación del tan criticado capital, y en puntos sucesivos, como la educación, los valores democráticos y la fijación de nuevos objetivos culturales, políticos y económicos. Resultan novedosas algunas de sus concepciones del trabajo público y autónomo, así como su percepción de una cultura abierta y permisiva. Es, en fin, un buen ejercicio para el optimismo.

Por último, y como reforzando su punto de vista europeo, Beck intenta sensibilizarnos ante los retos de identidad europeos y la construcción de lo que pudiera ser la Europa profunda y real, tal vez sin percatarse de sus semejanzas y sobrestimando sus diferencias culturales. Es una especie de ventana a los problemas europeos de cosmopolitización. El final se perfila aun más patético, con la alarmante visión de una Europa imaginada como una nación subdesarrollada (brasileñizada) y enfrentada a los problemas que viven miles de millones de seres humanos todos los días. El horror de verse en el espejo, desfigurados y padeciendo lo que en gran medida provocaron centenares de años de colonización, saqueo, etc., además de la incapacidad actual de las naciones pobres, la lleva a estar alerta. Y tristemente refuerza mi impresión inicial de que el prisma de Ulrich Beck para analizar un problema mundial tiene matices y filtros europeos.

En fin, ¿Qué es la globalización? nos ofrece una riqueza amplia de discusiones para debatir muchos de los aspectos centrales en torno a nuestro mundo, en particular cuando intentamos definir el concepto preciso de un término ya universal: la globalización.

 

Notas

1 Me refiero mínimamente a The Return of Depression Economics y al clá         [ Links ]sico Geography and Trade de Paul Krugman;         [ Links ] al trabajo The end of the Nation State de Kenichi Ohmae o al de "The Clash of Civilizations?",         [ Links ] artículo de Samuel Huntington y otros.

2 Ver Mazur Jay, "El nuevo internacionalismo del movimiento laboral" en Foreign Affairs, enero-febrero de 2000, traducido y publicado en Este País, México, marzo de 2000, No. 108, pp. 2-8.         [ Links ]

3 Ambos estudiosos contemporáneos de los procesos territoriales, Edward Soja, desde perspectivas de una geografía social con la propuesta de un tercer espacio (el imaginado) y R. Shields desde la perspectiva sociológica de la construcción de imágenes sociales del territorio que podemos o no conocer físicamente.

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