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Secuencia

versión On-line ISSN 2395-8464versión impresa ISSN 0186-0348

Secuencia  no.123 México sep./dic. 2025  Epub 08-Sep-2025

https://doi.org/10.18234/secuencia.v0i123.2477 

Artículos

Violencias y cursos de vida. Efectos microsociales de la contrainsurgencia en Atoyac de Álvarez, Guerrero, a través de cuatro trayectorias políticas

Violence and Life Courses. Microsocial Effects of Counterinsurgency in Atoyac de Álvarez, Guerrero, through Four Political Trajectories

Libertad Argüello Cabrera1  *
http://orcid.org/0000-0002-3490-7079

1Universidad Autónoma Metropolitana-unidad Xochimilco, México larguello@colmex.mx


Resumen:

Este trabajo aplica el análisis de curso de vida en su vertiente cualitativa, para vincular procesos históricos con biografías y dilucidar impactos diferenciados de la(s) violencia(s) en grupos de edad distintos, comparando sus condiciones, capacidad de agencia y trayectorias políticas. Se compone de tres partes: 1) el enfoque teórico-metodológico de curso de vida, sus principales categorías de análisis en su vertiente cualitativa y el contexto histórico del que surgen las preguntas que orientan el trabajo; 2) la presentación de cuatro casos pertenecientes a dos grupos de edad implicados vitalmente en el proceso de contrainsurgencia ocurrido en Atoyac de Álvarez, Guerrero, entre 1967 y 1978, vinculando procesos macro, meso y microsociales para evidenciar efectos diferenciados de las violencias en las transiciones vitales y trayectorias políticas, y 3) la discusión sobre los resultados, dando cuenta que este enfoque permite analizar sistemáticamente cómo se enlazan biografías y procesos de violencia, así como superar visiones homogenizantes.

Palabras clave: análisis de curso de vida; desplazamiento forzado interno; desaparición forzada; contrainsurgencia; Guerrero, México

Abstract:

This paper applies qualitative life course analysis to link historical processes with biographies and tease apart the impact of violence on different age groups, comparing their conditions, agency, and political trajectories. It consists of three parts: 1) the theoretical and methodological approach of the life course, its main categories of qualitative data analysis and the historical context from which the questions guiding the study arise; 2) the presentation of four cases belonging to two age groups deeply involved in the counterinsurgency process that occurred in Atoyac de Álvarez (Guerrero) between 1967 and 1978, linking macro-meso and microsocial processes to demonstrate the differential effects of violence on life transitions and political trajectories, and 3) the discussion of results, noting that this approach allows for a systematic analysis of how biographies and processes of violence are linked, going beyond sweeping generalizations.

Keywords: life course analysis; forced internal displacement; enforced disappearance; counterinsurgency; Guerrero, Mexico

INTRODUCCIÓN

Este trabajo presenta una aplicación del análisis de curso de vida como un enfoque poderoso que permite vincular las biografías con procesos macro y mesohistóricos. La investigación de la que deriva este trabajo fue realizada entre 2012 y 2016 con financiamiento del Programa de Becas Nacionales de Posgrado del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (hoy SECIHTI), tiempo en que realicé múltiples entrevistas biográficas, observación etnográfica y un sostenido proceso de contextualización histórica y sociodemográfica, pues buscaba analizar efectos de la violencia contrainsurgente ocurrida en las décadas de 1960 y 1970 que perduraban aún entre pobladores de Atoyac de Álvarez, Guerrero. Dos preguntas clave dirigen la atención hacia las biografías: ¿cómo la violencia contrainsurgente afectó los cursos de vida, según edad y sexo?, y ¿cómo se articulan diversas expresiones de violencia en la configuración de las trayectorias políticas?

Para ello, este trabajo se organizó en tres grandes apartados en los cuales se presenta el enfoque teórico-metodológico de curso de vida, sus principales categorías de análisis en su vertiente cualitativa y el contexto histórico de la contrainsurgencia. En el segundo apartado se presentan cuatro casos pertenecientes a dos grupos de edad implicados vitalmente en el proceso de contrainsurgencia ocurrido en Atoyac de Álvarez entre 1967 y 1978, vinculando procesos macro, meso y microsociales para evidenciar efectos diferenciados de las violencias en las experiencias vitales y trayectorias políticas, y, finalmente, se discuten los resultados, dando cuenta de la potencialidad de este enfoque para analizar sistemáticamente cómo se enlazan biografías y procesos de violencia.

EL ANÁLISIS DE CURSO DE VIDA Y LA CONTRAINSURGENCIAEN ATOYAC DE ÁLVAREZ

El enfoque de curso de vida deriva de la sociodemografía en la década de 1970, buscando comprender cómo las biografías individuales se articulaban con procesos históricos macrosociales, cuestionando la dicotomía individuo-sociedad, con una impronta interdisciplinaria que combina la historia, la demografía, la psicología social y la sociología. Inicialmente partió desde el nivel estadístico que construyó bases de datos complementadas con las estadísticas censales, pues fue desarrollado por amplios equipos de investigación que dieron seguimiento biográfico a muestras amplias compuestas por individuos pertenecientes a diversas cohortes (Elder y Pellerin, 1998); es decir, a grupos de edad cuya relevancia está dada por el proceso histórico concreto que se analizaba (las transformaciones producidas durante la segunda posguerra mundial). Posteriormente ha ido hibridando a niveles de observación microsocial con el empleo de métodos cualitativos de investigación derivados de la antropología y la sociología (Blanco, 2011).

Este enfoque permite comprender transformaciones sociales trascendiendo el nivel estadístico con que tradicionalmente la sociología histórica las abordaba por la falta de herramientas teórico-metodológicas adecuadas para acceder a aspectos de la cotidianidad. Las transformaciones sociales son el producto de diversas articulaciones históricas y geográficas de procesos políticos, demográficos y culturales, expresadas en los individuos y sus grupos de edad; el género, la posición socioeconómica y la edad condicionan diferenciadamente la agencia individual o grupal (Bourdieu, 2008), al enfrentar expresiones de violencia que pueden ser consideradas como puntos de inflexión social (Elder y Pellerin, 1998; Elder y Shanahan, 2006). El concepto de punto de inflexión remite a sucesos o procesos disruptivos de diversa escala que detonan cambios duraderos en el curso de vida: guerras, crisis económicas, hasta accidentes familiares (Carr y Sheridan, 2001).

Por su parte, el concepto de trayectoria comprende cambios de posición en espacios sociales a lo largo de la existencia en diversos ámbitos: familiares, escolares, profesionales, políticos, etc. (Bourdieu, 1991; García Salord, 2010). Por su parte, las transiciones (Hareven, 1978) son procesos mediante los cuales los individuos cambian de estatus social (por ejemplo de soltería a matrimonio, o divorcio; ingreso/egreso de una carrera; ingreso a un puesto, cambio de puesto laboral) o de etapa vital (salida de familia de origen-formación de la familia; infancia, adultez, vejez). Además, los individuos cumplimos o rompemos con mandatos y expectativas sociales vinculados con nuestras etapas vitales, nuestro género y nuestra posición social (Goffman, 1989), todo lo cual también está cultural e históricamente mediado.

Este enfoque recurre al análisis comparativo de biografías situadas social e históricamente, para así ponderar los pesos relativos que factores como el género, los roles sociales, la etnia y las condiciones socioeconómicas de origen tienen en las posibilidades o restricciones que se detectan en los casos estudiados, considerando factores demográficos como el aumento de la escolaridad y la movilidad social vinculada con mayores niveles educativos, pero también con los grados de urbanización (Oliveira y Pepin, 2000) y dinámicas sociopolíticas. Las transformaciones sociales ocurren también a través de la convivencia de grupos de edad diferenciados, pero vinculados asimétricamente, en un sentido de sucesión y cambio de posición a lo largo de los ciclos vitales que no se reducen a mera biología, sino que entrañan transformaciones culturales que ocurren por diversos factores (Mannheim, 1993).

Ciertamente, las narraciones biográficas (Reséndiz, 2010) despliegan todo un ejercicio mnemotécnico vinculado con el presente del entrevistado (Montero, 1990) y los propios intereses del investigador (Bertaux, 2005), además de contener tramas narrativas que articulan el sentido (Ricoeur, 1997) que se da a la propia existencia y a los aspectos biográficos -temáticas- que quienes narran deciden narrar (Kohli, 1993). La investigación de la que deriva este trabajo (Argüello, 2016) integró un corpus de entrevistas biográficas realizadas a 36 individuos pertenecientes a cuatro grupos de edad, de las cuales sólo se presentan cuatro pertenecientes a dos grupos de edad, a modo de ejemplificación.

Ello posibilita ponderar diversos efectos microsociales que tuvo la contrainsurgencia desplegada en Atoyac de Álvarez, Guerrero, entre 1967 y 1978. La emergencia de dos movimientos armados en Guerrero, como la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) y el Partido de los Pobres (PDLP), en la segunda mitad de la década de 1960 (Bellingeri, 2003), se liga al movimiento cívico guerrerense, gestado en la década de 1950 frente al autoritarismo de los gobernantes en turno, surgido en una inestabilidad política y recurrente intervención federal en el estado (Rendón, 2003). También se derivó de efectos adversos de la política “desarrollista” que agudizaron el empobrecimiento de productores de materias primas, estimulados por las complicidades entre gobernantes en turno. (Gómez Jara, 1979; Radilla, 1998).

Ello generó las condiciones para el tejido de alianzas entre campesinos, estudiantes, comerciantes y profesionistas que en 1961 lograron el derrocamiento del gobernador Caballero Aburto (Estrada, 2001) a raíz de la masacre de Chilpancingo (diciembre de 1960). Los procesos político-electorales abrieron una perspectiva para un sector del movimiento que, bajo las siglas de la Asociación Cívica Guerrerense, presentó candidaturas y agrupó simpatías, enfrentando fraudes electorales, la falta de democracia sindical y la represión violenta (Román, 2007). Particularmente en Atoyac de Álvarez, los ejidatarios cafetaleros padecían el acaparamiento de su producción, fuertes endeudamientos por créditos agrícolas y confrontaciones con empresarios madereros (Radilla, 2012). El papel de líderes campesinos y magisteriales fue fundamental para emprender protestas pacíficas, como el de los profesores Lucio Cabañas, Serafín Núñez e Hilda Flores, vinculados con el Partido Comunista Mexicano y la Central Campesina Independiente (Bellingeri, 2003).

No obstante, las demandas fueron ignoradas, los líderes perseguidos y las protestas pacíficas volvieron a ser sofocadas violentamente. Diversos sucesos antecedieron a la emergencia de la ACNR y el PDLP: la masacre de Atoyac (18 de mayo de 1967) ejecutada por policías judiciales que asesinaron a seis manifestantes y desencadenó la clandestinidad del profesor Lucio Cabañas (Ávila, 2018), y la masacre de copreros en Acapulco (20 de agosto de 1967), con un saldo de 37 muertos y más de un centenar de heridos, además del encarcelamiento y posterior rescate del profesor Genaro Vázquez (López, 2002).

A partir de ese año comenzaron a gestarse células guerrilleras del PDLP en Guerrero (con una orientación de izquierda radical socialista) y la ACNR (cuya orientación era más nacionalista), tanto en la Sierra de Atoyac como en La Montaña; ambas organizaciones realizaron actos de impacto como secuestros de empresarios y políticos guerrerenses, y la primera realizó emboscadas y combates con militares, a medida que la presencia castrense se incrementaba en la Sierra (Ávila, 2018; Oikión, 2007); aunque ambas organizaciones eran independientes entre sí, tejieron redes con estudiantes guerrerenses y de la ciudad de México, además de tener apoyo en las comunidades. En Atoyac comenzaron las labores contrainsurgentes de espionaje entre 1968 y 1971, construyendo canchas de basquetbol en los poblados, colocando tiendas CONASUPO, indagando a los campesinos a través del Instituto Mexicano del Café (INMECAFE), para pasar, a partir de 1971, a una creciente militarización del municipio, con el despliegue de diversas operaciones militares contrainsurgentes (Sierra, 2003) que trastocaron la vida comunitaria en los ejidos cafetaleros (Blacker, 2009; Sánchez, 2012).

La Operación Amistad ocurrió en marzo de 1971 en La Montaña; le siguió la Operación Plan Telaraña, que se desplegó en la Sierra de Atoyac entre 1971 y 1974, afectando a Atoyac, Técpan de Galeana, Petatlán y Coyuca de Benítez, principalmente. La Operación Atoyac, desplegada entre junio y septiembre de 1974 para rescatar al senador y entonces candidato a la gubernatura (secuestrado por el PDLP) Rubén Figueroa Figueroa (FEMOSPP-E, 2006), fue especialmente cruenta para la población civil (Hipólito, 1982). Esto significó la presencia de más de 11 000 elementos castrenses en la zona, la tortura sexual de mujeres (Sánchez, 2012), el despoblamiento de comunidades enteras señaladas por apoyar a la guerrilla, la desaparición forzada -permanente y temporal- de 443 personas (COMVERDAD, 2014), la ejecución extrajudicial de pobladores y el desplazamiento forzado ante las hambrunas provocadas por el estricto control militar para evitar el cultivo de productos básicos y el paso de alimentos a la Sierra.

La persecución continuó hasta la década de 1980, pues el gobernador Figueroa Figueroa (1975-1981) colocó a Mario Arturo Acosta Chaparro1 al frente de la Policía Judicial y la Secretaría de Seguridad estatal (COMVERDAD, 2014). Ello fomentó que, hasta su salida, los campesinos retomaran procesos organizativos para mejorar su situación como productores de café en la región (Bartra, 2000).

La contrainsurgencia fue un punto de inflexión social: en su momento produjo todos los fenómenos arriba descritos, pero sus secuelas se expandieron en el tiempo y el espacio, y eso es precisamente algo que el análisis de curso de vida también permite evidenciar. Como diversos estudiosos han establecido, estos procesos generan fracturas en los vínculos comunitarios (Vázquez, 2003) que dificultan actuar colectivamente (Vaughn, 2011), no sólo a través de ahondar conflictos preexistentes entre familias, dentro de las familias, o entre comunidades (Broch-Due, 2004; Theidon, 2004), sino también a través del desarraigo provocado por los desplazamientos forzados internos o “reasentamientos” (Gerlach, 2010).

Responder las preguntas que guían este trabajo requiere caracterizar a los individuos de cada grupo de edad y analizar sus trayectorias políticas en relación con el proceso de contrainsurgencia y sus propios orígenes, entendiendo que esta expresión extrema de violencia se yuxtapone con otras, pues forma parte de un continuum (Schepper-Hugues y Bourgois, 2004) producido en las dinámicas de dominación-subordinación-insubordinación que las relaciones de poder articulan, sosteniendo desigualdades sociales. Este continuum implica que ciertos grupos sociales subsistan en condiciones de gran precariedad y marginación, las cuales no son homogéneas y se transforman a lo largo del tiempo.

DOS GRUPOS DE EDAD, CUATRO CURSOS DE VIDA Y TRAYECTORIAS POLÍTICAS

Los dos grandes grupos de edad a los que pertenecen los individuos cuyos cursos de vida y trayectorias políticas son analizados, pueden ser caracterizados en relación con diversos elementos socioculturales, económicos y demográficos, como la pertenencia a una sociedad preponderantemente agraria, donde la consolidación de los ejidos cafetaleros influyó de múltiples formas las biografías (véase cuadro 1).

Cuadro 1 Perfiles sociodemográficos, posición en la familia, relación con política ejidal y motivos de cambio de residencia de los cuatro entrevistadosª 

Nombre Pablo (1934) Julián (1936) Jorge (1952) Rafaela (1954)
Entorno de origen Ejido cafetalero Ejido cafetalero Ejido cafetalero Ejido cafetalero
Escolaridad máxima 3º de primaria 3º de primaria Licenciatura trunca Secundaria conclusa
Cantidad de hijos 8 11 2 0
Ocupación principal Agricultor y empleado Agricultor y empleado Trabajo a destajo; gestión social Servicios comunitarios y gestión social
Posición en su familia Primogénito Sexto hermano Segundo hermano (único varón) Hermana mayor: cuidadora
Tipo de trayectoria política Política ejidal normativa (cafetalera) Política ejidal no normativa (cafetalera) Defensa de derechos humanos Acción política “liberadora” y cafetalera
Motivos de cambio de residencia Cuestiones económicas Forzado por violencia (de corta duración) Por persecución: desarraigo (de larga duración) Por elección

Fuente: elaboración propia con datos de Argüello (2016).

ª Debido a la impronta metodológica de este trabajo, se ha decidido cambiar los nombres de los cuatro entrevistados, quienes en su momento revisaron transcripciones y aceptaron que sus testimonios fueran incluidos en la investigación, la cual ha cuidado la exclusión de datos controversiales. Únicamente en el caso de Julián se proporciona su localidad de nacimiento, por ser altamente relevante en términos de la documentación sobre acciones de contrainsurgencia que afectaron a ese ejido, como se verá más adelante.

Con el enfoque de curso de vida, las trayectorias individuales forman parte de procesos sociales más amplios: se presupone que estos cuatro individuos son parte de dos grupos de edad más amplios, lo que hace preciso considerar ciertas transformaciones sociodemográficas ocurridas en Atoyac de Álvarez en el periodo que abarca las vidas de los cuatro individuos y hasta que tuvo lugar el trabajo de campo, como evidencian datos estadísticos censales que corren desde 1930 hasta 2010.

Entre 1930 y 1950, la tasa de analfabetismo entre personas mayores de seis años en el municipio pasó de poco más de 80% a más de 40%, para mantenerse estable en las décadas de 1950 y 1960, y disminuir significativamente a partir de la década de 1970 (véase gráfica 1). Lo cual es consistente con los grados de escolaridad alcanzados por los cuatro individuos (véase cuadro 1): mientras que los del primer grupo alcanzaron sólo el tercer grado de primaria, los del segundo grupo alcanzaron la secundaria y licenciatura trunca.

Fuente: elaboración propia con datos de censos de población 1930-2010, en INEGI (2000, 2010 y 2011).

Gráfica 1 Porcentaje de analfabetismo entre población mayor de 6 años en Atoyac de Álvarez (1930-2010) 

A partir de la década de 1940 existen datos sobre la principal ocupación, y podemos observar que en las décadas de 1950 y 1960 más de 80% de la población se dedicaba a actividades agropecuarias, lo cual es consistente con la consolidación de los ejidos y el despegue de la producción cafetalera que se esparció en los 21 ejidos del municipio. Asimismo, el declive más fuerte inició en la década de 1980, debido a la caída de los precios internacionales del café que pudo remontar levemente hacia la década de 1990 (gracias a la organización y movilización de los campesinos cafetaleros en el municipio y la región), como se observa en la gráfica 2.

Fuente: elaboración propia con datos de censos de población 1930-2010, en INEGI (2000, 2010 y 2011).

Gráfica 2. Porcentaje de la PEA dedicada a labores agropecuarias en Atoyac de Álvarez (1940-2010) 

GRUPO 1: LOS HIJOS DE AGRARISTAS

Los dos individuos cuyas trayectorias políticas se analizan en este apartado nacieron en la década de 1930, mientras se estabilizaban las condiciones sociopolíticas de la posrevolución y los conflictos agrarios (Jacobs, 1990) y campesinos agraristas gestionaban la creación de los 21 ejidos, cristalizada mediante un decreto presidencial de 1940. Dichos ejidos se orientaron a la producción de café para exportación con las correlativas consecuencias socioeconómicas que ello tuvo a nivel local (Illades, 2000; Radilla, 1998). Tanto Pablo (†) como Julián (†) fueron hijos de fundadores de sus respectivos ejidos y crecieron en comunidades de la sierra que no superaban los 200 habitantes y carecían de servicios básicos, lo cual explica que cada uno alcanzara hasta el tercer grado de primaria.

En la década de 1950 el café se volvió una actividad altamente rentable, principalmente para acaparadores y grandes propietarios, mientras que la mayor parte de los ejidatarios -cuyos terrenos eran de temporal- estaban sujetos a “coyotaje” de créditos por parte de funcionarios de gobierno y paulatinamente quedaron fuertemente endeudados, sobre todo en la década de 1960 (Radilla, 1998).

En 2014 ambos ejidatarios rondaban los 80 años, desde una perspectiva de retiro de la vida productiva, en medio de una severa crisis agrícola del café arrastrada desde finales de la década de 1980 y agudizada por el cambio climático, habiendo sido ambos asiduos participantes de la pujanza campesina que siguió al término de la gubernatura de Rubén Figueroa Figueroa, a través de la Unión de Ejidos Cafetaleros Alfredo V. Bonfil -órgano de la Confederación Nacional Campesina (CNC)-, que posteriormente derivó en la independiente Coalición de Ejidos Cafetaleros de la Costa Grande de Guerrero en 1987, impulsora de la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la región (Bartra, 2000).

Pablo: una biografía marcada por el café y la política agraria normativa

Pablo nació en 1934 en un poblado ubicado alrededor de 24 km de distancia de la cabecera municipal, fue el mayor de los varones de un total de nueve hermanos, y tenía 6 años cuando ocurrió la dotación ejidal, edad en la que comenzó a estudiar hasta alcanzar el tercer grado de primaria.

Transiciones familiares

La vida de Pablo estuvo profundamente marcada por el café: desde los trece años comenzó a trabajar la huerta de café con su padre y a vender el producto. Así conoció a su esposa a los 18 años, cuando iba a vender productos agrícolas a la feria de Petatlán, en 1952. Su transición hacia la adultez y la formación de su propio núcleo familiar fue accidentada: la muerte de su padre supuso un primer punto de inflexión individual; siendo él el mayor de los hijos varones, se hizo cargo de su madre y sus hermanos pequeños, auxiliado por su hermana (la mayor de los nueve hermanos). La coincidencia de ello y su casamiento implicó vivir varios años al cuidado de su madre y de sus primeros tres hijos. Así, entre 1952 y 1963 su vida en la comunidad transcurrió entre la huerta, el cuidado de su familia y una creciente participación en actividades deportivas y de administración del ejido. El primero de los ocho hijos que procreó con su mujer nació en 1955, y uno de ellos falleció a los once meses de edad, situación que él atribuyó a no poder llevarlo a vacunar por falta de caminos. Ello da cuenta de la persistente violencia estructural presente en los ejidos.

En 1968 su esposa murió de diabetes, por lo cual él quedó a cargo de sus hijos más pequeños, quienes permanecieron en Petatlán al cuidado de su hija mayor, cuando él decidió migrar a Técpan de Galeana, como veremos más adelante. Hacia 1970 conoció a su segunda mujer, quien ya tenía tres hijos pequeños, a quienes crio como propios, y permaneció con ella hasta 2007, año en que ella también falleció a causa de diabetes. Con ella procreó una hija, quien nació en 1980 y falleció en 2012, víctima de un secuestro en la cabecera municipal en un contexto permeado por la violencia ligada a la “guerra contra el narcotráfico” desatada en 2007 durante el sexenio de Felipe Calderón.

Trayectoria ocupacional

Si bien su principal actividad era producir café y venderlo como materia prima, la baja de los precios del café lo orilló a migrar hacia 1965: “me fui a Petatlán, le dije a mi mamá: ‘Ahí cuidas la huerta’, y luego a mi hermano le digo: ‘Ahí siembras la huerta y la cortas, yo ya me voy para Petatlán’. Me desconsolé porque bajé con unos bultitos de café que iba a vender y los anduve paseando y paseando aquí en Atoyac y ninguno quería café.”2 Ello expresa la enorme dificultad para comercializar el café sin intermediarios.

Sin embargo, sus conocimientos del café le permitieron subsistir en Petatlán beneficiando los granos que acarreó desde su comunidad hasta su nueva residencia:

Me llevé un poquito de café que me sobró, allá lo tosté y me puse a vender café tostado en Petatlán, y le seguí y le seguí […]. Yo lo tostaba: mandé que me acondicionaran un tambo de esos de petróleo, […] con eso empecé […]. Los primeros se me quemaban, así es que, pues así nos la llevamos, sufriendo, y luego sembrando, ahí me rentaban tierra y sembraba maíz, sembraba ajonjolí, y me iba bien: me hice mi dinerito y compré la casita que me vendieron en ese tiempo.

En Petatlán combinó actividades agrícolas con el comercio de café tostado que compraba en Atoyac. Si bien su primera migración hacia Petatlán implicó transformarse en un comercializador eventual del grano beneficiado, sus labores continuaron siendo predominantemente agrícolas. La muerte de su primera esposa sí supuso un cambio en su ocupación, pues hacia 1969 comenzó a trabajar para un aserradero ubicado en Técpan de Galeana:

había una maderería ahí de San Luis para arriba, le decían La Sombra a esa ciudad, y una vez que vine yo aquí a comprar café [a Atoyac] me vi con un conocido: “¿Dónde estás chambeando?”, le pregunté yo, dice: “Estoy chambeando en el aserradero que está ahí de San Luis para arriba en La Sombra -dice-, y pagan bien, a mí me dan 75 pesos a la quincena”. Pos estaba bien, el dinero valía en ese tiempo. Yo ya andaba medio desesperado porque ella ya se había muerto, y yo ya no quería estar ahí [en Petatlán], y luego la obligación de los chamacos.

En el aserradero su conocimiento de matemáticas le permitió trabajar como jefe de patio y adquirir un terreno cerca de la cabecera de Atoyac, donde construyó su casa con maderas del propio aserradero. Ahí trabajó aproximadamente hasta 1972, año en que el gobierno federal creó la Compañía Forestal Vicente Guerrero -cuya concesión dio al senador Rubén Figueroa Figueroa-, retirando la concesión a los poderosos madereros que explotaban la Sierra de Atoyac. Esta situación, aunada a razones políticas, lo condujeron a regresar a su ejido, a sembrar café nuevamente.

Una trayectoria política ejidal normativa

Al ser nombrado sucesor en el ejido, entre 1954 y su cambio de residencia en 1965, ocurrieron eventos que lo involucraron en la política local, propios de la vida ejidal, donde la figura del profesor de primaria era determinante (Civera, 2008): su activismo inició promoviendo torneos de basquetbol entre los ejidos, posteriormente fue fundador del Club Deportivo ejidal y, con el impulso de un profesor de primaria, organizó un torneo municipal; el apoyo que le dio al profesor fue el detonante para descubrir su capacidad de liderazgo e involucrarse en buscar soluciones a diversas problemáticas en su ejido:

sí me di cuenta que la lucha era buena, porque ahí hablaron de los servicios que se hacían necesarios también en la comunidad: el camino, la luz, agua entubada, escuela y luego una técnica, una secundaria, para que los hijos de los campesinos salieran ahí cuando menos ya con algo de técnica para la producción. […] yo dejé el básquet y me dediqué al problema del ejido. Después me nombraron del consejo de vigilancia, salí del consejo de vigilancia, hubo cambio, después de eso hubo otro cambio y me nombran comisariado.

Sin embargo, en el contexto que le tocó vivir, es importante señalar que los comisariados ejidales de Atoyac habían impulsado fuertemente la candidatura de Manuel García Cabañas en 1967:

votó toda la Sierra por él y después nos traicionó, se hizo aliado de los ricos. En ese tiempo empezó Lucio Cabañas con los mitin [sic], empezaron los padres de familia a protestar por una directora que trataba mal a los niños allí en la escuela Juan Álvarez, así es que él como presidente nunca metía la mano: él pudo intervenir con el gobernador “Oiga, el problema es la maestra, vámosla cambiando”. Y con eso, yo creo. Era familia con Lucio, él hubiera dicho “voy a hablar con el maestro, para que ya se calmen”, pero no, no metió las manos para nada.

Su experiencia de trabajo ejidal fue importante para que en 1970 un profesor miembro de la CNC, Leobardo Zeferino Cortés (Bartra 2000), lo buscara para cambiar la dirección del Comité Regional Campesino y gestionar recursos para los ejidos, cosa que implicó reunirse con el entonces presidente a finales de ese año y obtener recursos para electrificar una secundaria técnica y construir once caminos, ya en el marco de estrategias contrainsurgentes: “invitamos a gente de la Sierra, de los ejidos: fuimos como dos autobuses llenos de gente a la Ciudad de México a hablar con el presidente […], ya Alfredo V. Bonfil nos había conseguido la audiencia, y él nos dio para el pasaje, así es que le llegamos a Luis Echeverría […], nomás se esperó para recibirnos. Estuvo ahí un ratito con nosotros, presentamos ahí todo y nos dijo que él era el presidente y que estaba dispuesto a apoyar lo que lleváramos”.

El trabajo del Comité Regional Campesino redituó en la candidatura y posterior elección del profesor Zeferino para la presidencia municipal en 1973. Sin embargo, las presiones políticas ejercidas por el gobernador implicaron su remoción y sustitución por Bertoldo Cabañas, tío de Lucio Cabañas de la rama priista-figueroista (Bartra 2000). Ello puso en suspenso las actividades políticas de Pablo, coincidentemente con la intensificación de las labores de contrainsurgencia en la Sierra. Hasta 1979 volvió a considerar involucrarse en actividades de política campesina-ejidal, pues las condiciones de militarización comenzaban a apaciguarse:

me llega un amigo que se llamaba Maximino, él sabía que yo tenía mucho conocimiento organizativo y político, me dice: “Te vengo a ver, ya va a salir el viejo de gobernador” [Figueroa]; dice: “ese cabrón ha matado a un chingo de gente y por eso yo no le moví nada antes, porque yo dije, a lo mejor nos manda matar”. […] Le digo: “Pues como tú dices, en cuanto salga ese viejo cabrón, le entramos, búscate amigos para que tengamos pendientes una reunión” […]. A finales del 78, 79, llegó otro amigo, Z., ya él se había entrevistado con A. y ya me platicó “Mira, para tal día va a haber una reunión, una plática, te invito, pero procura ir”, y ya me dio su nombre: ‘A.’. Le digo “Bueno, voy a hacer la lucha”. No fui a la primera llamada, yo tenía desconfianza pues, ¿de qué se tratará este amigo?

Este proceso organizativo fue complejo, dada la reticencia de las autoridades ejidales y el temor generalizado entre los pobladores. No obstante, la clave radicó en tomar control de la Unión de Ejidos Agropecuarios Alfredo V. Bonfil, un órgano perteneciente a la CNC que, por su relación con el PRI, parecía una iniciativa institucional y corporativista. Así, a sus 53 años, Pablo encabezó la Unión desde 1983 hasta 1987:

nos dimos cuenta que había uniones de ejidos en cada municipio y nosotros aquí teníamos una que no la echaban a andar, la tenían muerta, ahí estaba abandonada. […] Ya empezaba la gente a jalar, ya había gente comisaria, cuando llegó [omitido], nomás a renunciar ahí: “Yo vine a decirles que ya no soy nada de la Unión de Ejidos, y aquí yo propongo que sea [Pablo] el que le dé seguimiento al trabajo de la Unión de Ejidos”. Él me propuso ahí y todos estuvieron de acuerdo.

Julián: separaciones, desplazamiento forzado y una trayectoria política no normativa

Al igual que Pablo, Julián perteneció a la generación de los hijos de agraristas. Él nació en San Juan de las Flores en 1936, pero a la edad de cuatro años su familia se fue a vivir a Corrales de Río Chiquito, un anexo de su ejido, cercano al municipio de Técpan de Galeana, exactamente el mismo año en que Pablo comenzó la primaria. Su traslado coincidió con el periodo final de las luchas agraristas en Atoyac, de las cuales su padre fue partícipe:

él nunca nos platicaba así directamente “yo participé en esto”, a lo mejor se reservaba, pero, como te decía yo que mi papá es el que hacía la panocha [piloncillo] allá […] muchos iban a visitarnos ahí, iba un señor que estaba fallo de un ojo, le dieron un balazo […]. Se llamaba Emeterio, le dice a mi papá: “Te debo a ti la vida Magango, ¿te acuerdas cuando me dieron el balazo? Me sacaste en medio de la balacera arrastrando; es que los soldados nos habían tirado, y si no nos matan a los dos”.3

Transiciones familiares

Julián era el sexto hermano de once hijos, y al igual que sus hermanos mayores aprendió labores del campo y procesamiento del jugo de caña de azúcar, colaborando así con la economía familiar desde pequeño. Cuando entró el azúcar a Atoyac, la venta del piloncillo dejó de ser redituable, por lo que convenció a su padre de dedicarse a sembrar café.

En 1959 conoció a su primera esposa, con quien procreó seis hijos, y ese mismo año se fue a vivir a la cabecera ejidal, en donde radicó hasta 1973, cuando fue a Acapulco con su mujer e hijos pequeños, pues tres de sus hijos ahí estudiaban. Julián se orgullecía de haber apoyado los estudios de sus hijos, gracias al trabajo en su huerta de café:

la vida se me hacía más fácil porque los productos valían más o menos; la cosa es que estaba tranquilo, tuve la capacidad de que mis hijos estudiaran cuando menos hasta prepa, ellos solitos de ahí siguieron adelante. Se fueron a México dos, allá terminaron su carrera de Contador Público en el Politécnico Nacional; otros aquí en Acapulco. Y así que, pues todos mis hijos, solamente uno fue el que no quiso estudiar vaya, porque yo le rogué y él no quiso, por ahí anda por la vida, vagando, sin un trabajo bueno.

Su partida coincidió con una etapa particularmente cruenta de la contrainsurgencia. Hacia 1974 se separó de su primera esposa, quien no quería regresar a la cabecera de su ejido, debido a la intensificación de las operaciones militares ligadas al secuestro de Rubén Figueroa y los múltiples bombardeos que el 17 de agosto de 1974 derivaron en el despoblamiento forzado de Corrales de Río Chiquito (Cardona, 2020; FEMOSPP, 2006). Esto implicó su separación.

Hacia 1978, contando con 42 años, se juntó con otra señora, vecina de la cabecera ejidal, con quien procreó cinco hijos más, con quien vivió hasta 2001, cuando finalmente se separaron; luego volvió a estar en pareja con otra señora, con quien vivió hasta 2006, y ya en 2013 se juntó a vivir con una señora que conoció en el mercado, dedicada a la venta de verduras.

Transiciones ocupacionales y la violencia contrainsurgente

Las primeras emboscadas del PDLP se registraron en 1972, y desataron el estricto control sobre la población, que no se limitaba a una perniciosa presencia de retenes militares, sino que incluyó el racionamiento de alimentos y el doblegamiento de cualquier posibilidad de protesta:

el gobierno sitiaba los pueblitos y registraba las casas y hacía lo que quería, y luego, si íbamos a salir teníamos que pedirle permiso: a dónde íbamos a ir y a qué hora íbamos a regresar. Nos daban un papelito, a tales horas deben de venir a dejar este papelito y teníamos que regresar: veníamos a Atoyac, que un kilo de azúcar, que un kilo de fríjol, así -poquito-, es lo que dejaban pasar; llevabas más, te lo tiraban.

No éramos libres de mirar de frente a un guacho. Lo traían a uno bien checadito […]. Llega uno del campo cansado, con ganas de descansar y tener que ir allá primero a reportar que ya llegaste… yo decía: “Sí, esta vida así va a ser, de esclavo” […] la gente que está por la vida buena se aguanta, era peor si protestaba: no había otra cosa que obedecer.

Cuando Julián vivió en Acapulco trabajó como peón de albañilería, pero no se adaptó a vivir allá, y a finales de 1973 regresó a San Juan a trabajar en la construcción de caminos, producto del Plan Guerrero -implementado por el gobierno federal de forma paralela a las operaciones militares, precisamente para facilitar la circulación de vehículos militares-, misma que se suspendió a raíz del secuestro de Figueroa por parte del PDLP, ocurrido en mayo de 1974: “Así me la pasé varios meses y en una de esas […] mi hermano me dice: ‘Va a haber trabajo acá, vente para acá, en el programa de caminos a mano de obra’, y pues me vengo a San Juan sin casa, sin nada.”

En 1974 la violencia contra la población civil se recrudeció a medida que el cerco militar sobre el PDLP se cerraba. En ese año hubo aproximadamente 264 desaparecidos, uno de ellos era hermano suyo, quien era comisario ejidal de San Juan. De hecho, dos de sus hermanos fueron detenidos, sólo que a uno lo liberaron: “estuvo tres meses, no tardó mucho… hasta que salió y me dijo que ahí lo había visto [a su otro hermano]. De casualidad yo estaba aquí en Atoyac, estaba durmiendo en la casa de un familiar y llegó él como a las 2 de la mañana, caminando […]. Yo estaba durmiendo, le abro, lo voy viendo bien sucio, barbón. Ya no dormimos todos ahí platicando qué pasaba, esa guerrilla de Lucio estaba pesada, el gobierno no respetaba.”

Una trayectoria política detonada por la violencia de Estado

Julián, a diferencia de Pablo, no era el mayor de los hermanos varones, por lo cual no era sucesor designado por su padre al frente de la dotación ejidal. La desaparición de su hermano supuso un punto de inflexión tanto familiar como político, pues marcó su ingreso en la política local ejidal al tener que sustituirlo como comisario ejidal en Corrales de Río Chiquito, cargo que su hermano ostentaba al ser detenido y desaparecido, pues los vecinos de la comunidad parcialmente abandonada desde finales de 1973 le solicitaron hacerlo, aunque él no viviera ahí. Ello supuso afrontar riesgos:

me tocó lidiar con unos madereros que se metían al ejido a cortar madera, y en una ocasión el general de la 27 Zona se metió, cuando la guerrilla de Lucio Cabañas, se metió a cortar madera allí. […] Suspendimos el trabajo y les dimos tres días para platicar con ellos […]; en ese tiempo a la gente de Corrales de Río Chiquito la había retirado el gobierno […] y ya nos pusimos de acuerdo quién iba a estar mirando la salida de la madera, y algunos que vinieron con nosotros a ver taparon la carretera con piedras, con palos, con todo. Nadie les dijo, ellos lo hicieron solitos para que ya no sacaran madera hasta que nos pusiéramos de acuerdo, pero el gobierno tomó a mal eso […]. Eran cuatro: los agarran, a uno le pusieron una venda que le entró como un torniquete, a otro le quemaron las plantas de los pies, a otros los testículos, bueno, así, horrible.

Esta experiencia de comisario y sus gestiones ejidales lo condujeron a acercarse posteriormente al equipo de campesinos y activistas con quienes trabajaba Pablo, buscando apoyo para gestiones locales en la Unión de Ejidos Alfredo V. Bonfil:

A [Pablo] lo conocí, pues somos paisanos de la Sierra de allá, de San Juan con El Camarón, están cerquita. […] él fue el primer organizador de la Coalición de Ejidos, y me acuerdo que él era presidente de la Unión de Ejidos Alfredo V. Bonfil […]. En una ocasión, en San Juan yo iba del comité deportivo y vine a que nos hicieran unos volantitos ahí para el torneo de básquetbol.

[…] como ejido le regalamos madera para hacer unos muebles para la Unión de Ejidos, anduve con ellos un tiempecito. Después se presionaba al INMECAFÉ para la remuneración, cuando hubo el cambio del Consejo de la Unión de Ejidos, entonces entregó Pablo y recibió un tal Francisco S. […] entonces se hizo la conquista de traicionar al Instituto Mexicano de Café para que viera el ajuste de precios, todas las autoridades fuimos y tomamos las oficinas, se fue una comisión: Francisco S. con otros de su gabinete allá hicieron su acuerdo, se compartieron el dinero y no dieron nada. […] Y entonces yo dejé de participar ahí. Después siguieron la organización con Don A., yo luego me integré más.

En esa etapa de gran agitación política generada por el neocardenismo y la contienda electoral de 1988, el surgimiento de la Coalición de Ejidos Cafetaleros de la Costa Grande de Guerrero supuso su participación en la política campesina de Atoyac desde una perspectiva independiente del corporativismo priista. La desaparición de su hermano lo condujo a incorporarse también a la lucha con otros familiares de desaparecidos.

GRUPO 2: LOS HIJOS DE EJIDATARIOS CAFETALEROS

Rafaela y Jorge bien podrían ser hijos de los anteriores entrevistados: nacidos en 1954 y 1952, respectivamente, pueden ser caracterizados como hijos del ejido cafetalero, pues nacieron en momentos en que el café tenía buenos precios de compra y se arraigaba como un cultivo central para la vida atoyaquense (Radilla, 1998). Consecuentemente, con la tendencia hacia mayores niveles de alfabetización, ambos pudieron concluir estudios de primaria en sus localidades, y posteriormente pudieron seguir estudiando, aunque en condiciones muy distintas, porque la marginación de sus comunidades continuó e implicó que no hubiese mayores niveles educativos disponibles ahí.

Ser mujer: dificultades superadas en la esfera familiar y una transición ocupacional liberadora

En 2014 Rafaela presidía una agrupación de mujeres, y su feminismo se configuró a finales de la década de 1980. La trama que articuló su narración biográfica y su papel en la política de Atoyac fue una de dificultades acumuladas y superadas al “tomar control” de su vida, algo ligado a rupturas con mandatos de género (Oliveira y Papin, 2000). Siendo la mayor de diez hermanos, ella narró su infancia y adolescencia en clave de cuidadora: la presencia de los espacios domésticos era mayor que la de otros espacios como la escuela, y dio cuenta de una tensa relación con la madre por el cuidado de sus hermanos. Su vida cambió en 1970, al fallecer su madre durante el parto, cuando ella tenía 16 años, lo cual constituyó un primer gran punto de inflexión familiar al desatar el alcoholismo paterno:

El 26 de octubre de 1970. En el mero parto. Era una niña, le quedó a una señora. A mí me quedó el otro más chico, tenía apenas once meses. No tenía ni un año. Ahí sí, mi mamá, muy chiquito lo dejó. Los otros ya estaban grandecitos. Al principio una tía me ayudaba. […] luego de lo de mi mamá, él ya agarró el vicio, empezó a tomar mucho, y las cosechas enteras de café las vendía […]. Yo también sentía feo, pero me hacía fuerte, por mis hermanos, porque yo no tenía de otra… […]. Y después mi hermano, el que me sigue, se le puso enojado, y le dijo que nos dejara que nosotros [sic] cortáramos el café y nosotros lo vendiéramos y nosotros hiciéramos todo. Porque él no era responsable.4

La contrainsurgencia también afectó a su familia, pues su padre fue detenido y torturado en 1972, y posteriormente fue liberado con grandes secuelas: “Como a los dos o tres años de que se murió mi mamá. Y ya después, a él lo agarraron y ya quedó mal. Enfermó, le pegaban ataques, [en el ] 72… Un 19 de agosto… No recuerdo muy bien si fue julio o agosto, pero sí fue un 19.”

Lo ocurrido a su padre fue otro punto de inflexión, pues ella se vio en la necesidad de tomar un curso de enfermería en 1974, lo cual le abrió la posibilidad de encargarse del Centro de Salud durante ocho años a partir de 1976. En este sentido, se desencadenó una orientación ocupacional (Casal et al., 2006): “yo sentía que era bien importante aprender, porque… una es que tenía a mis hermanos, otra es que tenía a mi papá que estaba mal, y otra es que… pues también necesitaba ganar dinero”. Gracias a su estancia al frente del Centro de Salud, luego de ocho años, ella se ocupó de una tienda de abarrotes de la CONASUPO en 1984, puesto en el que conoció a ejidatarios de la Unión de Ejidos Alfredo V. Bonfil.

Rafaela atravesó por muchas dificultades porque su escuela no tuvo los seis grados hasta 1970, cuando ella ya tenía 16 años, y su padre se oponía a que fuese al ejido vecino a estudiar: “El quinto año me tocó con un hermano mío, porque terminamos la primaria juntos. Como no había clases, me quedé sin clases y él me alcanzó. Pero porque yo no podía ir adelante, porque no había clases. Y mi papá decía: ‘No, pues tú eres mujer, a ti para llevarte a otro lado, pues no. Es que a las mujeres las van a mantener y a los hombres no, tú eres mujer, ¿para qué quieres saber más? Tú porque quieres escribirle al novio’.”

Fue hasta 2001-2003 cuando ella estudió la secundaria abierta y, posteriormente, tomó un curso de computación: ser la hermana mayor la hizo asumir una serie de responsabilidades que sus hermanos menores no tuvieron, lo cual se confirma por el hecho de que sus demás hermanos sí concluyeron la preparatoria y el menor incluso logró graduarse en ingeniería civil, gracias al apoyo de todos los hermanos.

Jorge: un origen familiar de lucha y persecución por el parentesco

En 2014, Jorge encabezaba un Comité vecinal, anteriormente participó en el movimiento estudiantil del CEU (1986-1987), y tenía conflictos por liderar el poblamiento de terrenos privados deshabitados en la cabecera municipal de Atoyac. Jorge nació en un ejido cafetalero ubicado aproximadamente a 31 km de la cabecera municipal; fue el único hijo varón de cuatro hermanos, el segundo en orden de nacimiento. Su narración biográfica se articuló alrededor de la lucha social y la persecución por ser pariente de Lucio Cabañas, como una circunstancia que le hizo perder el control de su vida.

Esta idea de persecución se encuentra desde la narración de su infancia: su padre era primo del profesor Lucio y debió irse de su comunidad cuando Jorge tenía cinco años por tener problemas con el cacique del ejido, quien era también primo de Lucio y sustituyó al profesor Zeferino en la presidencia municipal entre 1975 y 1977. Ello desencadenó una situación de pobreza y retraso en el ingreso a la primaria:

Entonces mi papá se empezó a manifestar en contra de ellos. Eso es lo que no les pareció y empezó a darse la contradicción […] quisieron siempre quitarlo del camino. Y al no poder, porque mi papá pasó por muchos momentos difíciles -lo trataban de asesinar, de ponerle emboscadas, trampas y todo eso-: mi papá se las ingenió. Él se convirtió en un personaje también, como un luchador social de aquellos tiempos, pues siempre defendió la cuestión agraria.5

Su narrativa sobre la infancia evocó espacios vinculados con la masculinidad hegemónica agraria: los espacios abiertos o los procesos de cultivo, pero también con la politización, tales como la relación de gran explotación entre ejidatarios y peones indígenas, pasando por los conflictos agrarios, hasta el interés de la gente por suscribirse a revistas de la URSS, y la persecución de su abuelo, encargado del correo, por haberse suscrito a esas revistas, o las visitas clandestinas de su tío Lucio cuando él tenía trece o catorce años (1967-1968), hasta el despoblamiento temporal de su comunidad por la militarización: “El pueblo les mantenía un respeto, no un temor ni miedo, sino respeto, porque respetaban a la comunidad. Pero ya de los años setenta para acá las cosas cambiaron. Ya el ejército empezó a llegar, empezó a agredir, a maltratar a la gente y empezaron a cambiar las cosas. Entonces mucha gente empezó a salir de la comunidad debido a lo mismo.”

La referencia a la comunidad se interrumpe en 1970: su llegada al Distrito Federal a los 16 años evidenció la imposibilidad de hacer amigos, de cumplir expectativas, debido a la persecución y a su condición de campesino en un entorno urbano donde era indispensable obtener dinero circulante para subsistir:

Yo tenía muchas aspiraciones a llegar a ser cosas de ese tipo [boxeador, futbolista profesional]. […] Todo lo que estábamos viviendo era una persecución: no identificar quiénes éramos, no podíamos acercarnos a nadie, no podíamos decir quiénes éramos. Estábamos bajo la tutela de un tío, que era un poco rígido con nosotros; no podíamos salir. Y luego sin trabajo, teníamos que buscar trabajo y sostener una familia, aparte de nosotros, allá [en Atoyac].

En materia ocupacional, un buen trabajo resultó inaccesible, expresando una gran precariedad que aquejaba a campesinos sin medios de autosubsistencia y sin redes en la ciudad:

A uno de provincia se le dificultaba, buscaban la recomendación, la experiencia… Muchas veces no las teníamos […]. En los primeros años trabajaba en talleres donde no teníamos ni derecho ni de seguro ni de nada, talleres de pieles, donde pagaban lo que querían. Ya en los años ochenta yo llegué a trabajar hasta en un taller de autobuses donde iba a barrer, lavar camiones, hacía cosas así… Quería un mejor trabajo, pero te quitaban y ponían al recomendado de otros.

A nivel de escolaridad, su estancia en el Distrito Federal le facilitó a mediano plazo, aunque de forma tardía, estudiar la secundaria nocturna entre 1978 y 1981, posteriormente, estudiar en la Preparatoria Popular Fresno entre 1983 y 1987, e ingresar en 1988 a la UNAM, donde estudió la licenciatura sin titularse: “tenía que trabajar y estudiar, y tú sabes que, para ser un estudiante completo, debes ser un estudiante de tiempo completo. Los trabajos no me permitían a veces faltar, porque hay que dedicarle tiempo. Porque los maestros te exigen y tienes que cumplir con trabajos y órale, vete a investigar eso.”

Esto también se facilitó por su condición de único hijo varón, no ser el mayor, y el que sus padres hubieran permanecido juntos en su comunidad, pues los costos de manutención se asumieron entre todos los hermanos y a la distancia hasta la década de los noventa.

Las trayectorias políticas comparadas: el arraigo y el desarraigo

Las trayectorias políticas de Rafaela y Jorge evidencian la importancia del arraigo; esto se corrobora con la trayectoria de Rafaela, pues durante su estancia en el Centro de Salud y en la tienda de abarrotes de la CONASUPO (que en total sumó 16 años) tejió muchos vínculos con mujeres y hombres de su comunidad, lo cual le generó un prestigio (Bourdieu, 1991) y un “cariño” que le permitieron ser la primera mujer comisaria de su ejido, algo impensable en la época de auge del otro grupo de edad: “En el 88, cuando lo de Cuauhtémoc Cárdenas, que estaba nuevecito en ese tiempo; estaba en su apogeo. Ahí luego me afilié al PRD y empecé a hacer trabajo para el PRD, desde el principio […] y logré que un 95% de la comunidad votara por el PRD, porque me conocían y me tenían mucha confianza. Así que fue muy importante para mí; la verdad mi trabajo me ha gustado mucho.”

Por la edad a la que ocurrió esto, sus hermanos menores habían crecido, así que una transición del tipo “nido vacío” (Carr y Sheridan, 2001) facilitó su inserción en la política. Además, su trayectoria política es expresada como un “retomar el control” de su vida, y se liga discursivamente con su decisión de no seguir la transición familiar normativa de otras mujeres: “No me casé: después de mis hermanos y mi papá, me cansé de cuidar tanta gente. No me dieron ganas.”

En este sentido, Rafaela rompió con diversos mandatos de género que mantienen a las mujeres cautivas (Lagarde, 2005), por ejemplo, a través de la maternidad y los trabajos no remunerados del hogar: la labor del propio Colectivo de Mujeres impulsó proyectos productivos y financieros autosustentables para mujeres en diversas comunidades serranas, fomentando su autonomía económica; su ruptura con la Coalición de Ejidos de la Costa Grande de Guerrero en 1996 estuvo motivada de múltiples formas por prácticas machistas y violencia de género: “en su tiempo tuvimos problemas […]. Yo siento que nosotros lo único que pedíamos es que se nos respetara y se nos considerara como mujer[es], se nos diera nuestro lugar. Nos tuvimos que aguantar, y la fundación nos siguió apoyando por otros cuatro años […] el trabajo siempre habló por nosotros.”

En el caso de Jorge, su retorno a Atoyac fue motivado por la aparición del Ejército Popular Revolucionario (EPR) y la militarización de la Costa Grande tras la masacre de Aguas Blancas en 1995 (Foley, 2003; Gutiérrez, 1998). Su inserción en la política se facilitó por los vínculos que su madre tejió con la Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Víctimas de Graves Violaciones a los Derechos Humanos de México (AFADEM), al exigir la presentación de un hermano y otros primos (tíos de Jorge), todos desaparecidos entre 1970 y 1974. Pero los rumores que en torno suyo se generaron ligados a su salida de Atoyac y su larga estancia en el Distrito Federal tuvieron consecuencias, al ser una suerte de reproche por no haber vivido lo que vivieron quienes se quedaron: “en el ochenta y tantos, yo le mandé un refrigerador y una estufa. Después se anduvo diciendo que era del dinero que Lucio le había dado a mi papá del rescate de Figueroa, y mi mamá lloraba y les decía ‘Si supieran que estas cosas son de sacrificio de mi hijo’. Cómo la habíamos pasado, y todavía nos seguían agrediendo.”

El regreso a Atoyac fue otro punto de inflexión individual para Jorge, siendo una oportunidad de cumplir el mandato familiar (Bertaux-Wiaume, 1993) de “lucha” como defensor de derechos humanos:

Yo, a veces, al principio no quería decirlo “Soy luchador social” […]. Pero llegó el momento en que digo: “mi vida ha sido luchar y luchar”. No tengo una respuesta más que decir que soy luchador social, porque siempre he andado luchando no sólo pa’ mi sobrevivencia, sino pa’ lo que me condujo la sociedad, o el pueblo […]. No tengo por qué sentirme marcado por un papel indigno que yo haiga hecho [sic], porque yo creo que mis padres, como mis abuelos, o mis antepasados, nos lo dejaron ver así. Creo que, en mi caso, yo siento que no les he fallado.

La inserción política en ambos casos expresa efectos diferenciales del orden de género. Por una parte, Rafaela comenzó a participar en 1989 en la política una vez que su último hermano tuvo 20 años y sus “obligaciones familiares” cesaron para permitirle “tomar control de su vida”. Para Jorge, el activismo político fue el medio para reconstruir vínculos sociales en Atoyac, y lentamente arraigarse, para transitar así hacia la formación de su familia, pues su entonces esposa era hija de un habitante del municipio que había sido secuestrado por militares en 1974 y luego en 1997, contexto en que él lo acompañó en la defensa de sus derechos humanos. Así, a los 44 años Jorge se convirtió en padre de familia, a diferencia de su padre, quien tuvo esta transición a la edad de 26.

DISCUSIÓN: LA CONTRAINSURGENCIA COMO PUNTO DE INFLEXIÓN Y SU INFLUENCIA DIFERENCIADA EN LAS TRAYECTORIAS POLÍTICAS INDIVIDUALES

El análisis de curso de vida permite observar sistemáticamente las diversas intersecciones de lo micro, meso y macrosocial en varios sentidos. Por un lado, el análisis longitudinal de ciertas tendencias demográficas como una mayor alfabetización, un menor número de hijos, el acceso a mayores servicios como la educación -y la movilidad social a ella asociada-, permiten comprender condiciones diferenciadas con las que los individuos enfrentan situaciones semejantes, pero también las posibilidades de sus diversas trayectorias (Ariza y Oliveira, 2004).

Las nociones de transiciones, mandatos de género y etapa vital permiten comprender que un proceso mesosocial como la contrainsurgencia tuvo efectos muy distintos, según la etapa vital, el sexo y el parentesco con el principal dirigente rebelde. Mientras que los del primer grupo de edad ya habían hecho la transición de salir del hogar de origen y formar su propia familia, los del segundo grupo estaban en la edad de comenzar a hacerlo: resulta evidente que en este grupo tal transición normativa se truncó a raíz de la contrainsurgencia. Esto no quiere decir que el primer grupo de edad no haya enfrentado problemáticas: Julián terminó separándose de su primera esposa porque decidió volver a su ejido en Atoyac, donde formó otra familia, por ejemplo; Pablo fue detenido, pero afortunadamente no fue torturado y evitó que su hijo se enrolara en el PDLP.

Por otro lado, los cambios de residencia tuvieron duraciones e impactos diferenciados, según la propia etapa vital y el parentesco con líderes rebeldes: mientras que en el caso de Pablo fueron relativamente “voluntarios” -ligados a cuestiones económicas-, en el de Julián y Jorge fueron desplazamientos forzados directamente provocados por la contrainsurgencia, pero para Julián duró poco más de un año -y ocurrió en un municipio cercano-, lo cual le permitió volver a su ejido y paulatinamente normalizar sus actividades y ocupación, sin desarraigarse. Por el contrario, Jorge se desplazó al Distrito Federal, donde permaneció por más de dos décadas en condiciones de existencia muy distintas a las de origen.

De los cuatro entrevistados, Rafaela fue la única que no se vio forzada a cambiar de residencia, no sólo porque la persecución política y las desapariciones se dirigieron mayoritariamente contra hombres de quince años y más, sino porque las secuelas de las torturas que su padre sufrió la obligaron a asumir tempranamente un papel de cuidadora especializada sin poder hacer la transición normativa de salir de la familia de origen y formar una nueva familia. Claramente es el segundo grupo donde el punto de inflexión mesosocial tuvo un impacto más determinante que en el primero, por la edad en que estos individuos lo experimentaron: para Rafaela las secuelas de la violencia redundaron en una posibilidad de relativa profesionalización del cuidado de la salud a mediano plazo. Desde ahí tuvo una presencia importante en su ejido, sin lo cual habría sido impensable convertirse en la primera mujer comisaria ejidal en 1987. No deja de ser importante señalar que su capital político se fundara en ser reconocida por estar en espacios de cuidado profesionalizado, lo cual reprodujo en cierto grado estereotipos de género. Sin embargo, también se registraron transformaciones socioculturales traducidas en una mayor aceptación de la participación de las mujeres en la vida pública.

En el caso de Jorge, el cambio forzado de residencia fue más duradero, permitiéndole alcanzar estudios de licenciatura, siendo que gran parte de sus coetáneos alcanzó como máximo algún grado del nivel bachillerato. Sin embargo, el desarraigo producido por un exilio que duró más de dos décadas limitó sus actividades sociopolíticas en la cabecera municipal, a diferencia de los otros tres entrevistados, cuya trayectoria política estuvo fuertemente ligada a la lucha cafetalera de la Costa Grande de Guerrero en sus ejidos de origen.

En este sentido, sí resulta muy importante la edad que tenían los individuos al momento de ocurrir el punto de inflexión social, porque la edad se vincula con las transiciones que ya habían realizado en el primer grupo de edad mientras que los del segundo grupo aún no, por lo cual la vida de los segundos estaba menos definida. El sexo también es relevante en relación con cierta capacidad de agencia vinculada a mandatos de género, pero para fines de la trayectoria política en comunidades agrarias, una clave resulta ser el arraigo, pues es lo que define la pertenencia a una comunidad y legitima la activa participación en las decisiones colectivas.

REFLEXIONES FINALES

El análisis cualitativo del curso de vida dota de herramientas y considera diversas dimensiones que hacen comparables las trayectorias de individuos de un mismo grupo de edad, para establecer características comunes vinculadas con procesos demográficos de mayor alcance, y al mismo tiempo detectar especificidades individuales para comprender mejor las posibilidades/restricciones que representan en la configuración de las propias trayectorias. En un segundo momento, esta propuesta también permite comparar características y trayectorias de grupos de edad distintos, para ponderar los efectos que tienen ciertos procesos violentos concebidos como puntos de inflexión mesosocial. La comparación de una pluralidad de secuencias temporales revela rupturas y continuidades, vinculando lo micro, meso y macrosocial, además de permitir acceder a una mejor comprensión sobre los matices y las formas en que diversas expresiones de violencia se articulan y tienen efectos microsociales distintos. Con ello se superan lugares comunes que hacen tabula rasa sobre los efectos microsociales de expresiones de violencia como las que entrañan los procesos de contrainsurgencia.

No todos los entrevistados atribuyeron su trayectoria política a haber sido víctimas de la contrainsurgencia. Incluso, para los de mayor edad, lo que articuló su participación política más duradera es su identidad cafetalera, mientras que para los de menor edad es más claro que la contrainsurgencia fue un punto de inflexión detonador de su actividad política, porque incidió en orientaciones profesionales y ruptura de mandatos de género (Rafaela), o en el desarraigo producido por el desplazamiento forzado y una tardía conformación de la familia propia (Jorge). Ello sugiere que, si bien la contrainsurgencia tuvo consecuencias amplias, profundas y duraderas en Atoyac de Álvarez, no fueron homogéneas. A pesar del gran impacto comunitario de las violencias desatadas por la contrainsurgencia, no todos los activismos en el municipio se orientaron primordialmente a la búsqueda de verdad y justicia, aunque sí existen interpenetraciones y solidaridades, muy ligados al cruce entre los efectos biográficos individuales y familiares que tuvieron las violencias.

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1Un militar señalado por formar parte de la Brigada Especial, agrupación surgida en 1976 que cometió múltiples crímenes de lesa humanidad al perseguir y desaparecer a miembros de grupos armados rurales y urbanos.

2Entrevista a Pablo, realizada por Libertad Argüello, Atoyac de Álvarez, México, 13 de enero de 2014; proyecto de investigación del doctorado.

3Entrevista a Julián, realizada por Libertad Argüello, Atoyac de Álvarez, Guerrero, México, 17 de enero de 2014; proyecto de investigación del doctorado.

4Entrevista a Rafaela, realizada por Libertad Argüello, Atoyac de Álvarez, Guerrero, México, 4 de julio de 2013; proyecto de investigación del doctorado.

5Entrevista a Jorge, realizada por Libertad Argüello, Atoyac de Álvarez, Guerrero, México, 7 de julio de 2013; proyecto de investigación del doctorado.

Recibido: 13 de Diciembre de 2024; Aprobado: 22 de Abril de 2025

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Doctorado en Ciencia Social con especialidad en Sociología, por El Colegio de México. Líneas de investigación: desplazamiento forzado interno por violencias en Guerrero y México; desaparición de personas (mujeres, niñas y adolescentes); violencias, vida cotidiana y subjetivación política. Rol de participación en la investigación: conceptualización, investigación, redacción-borrador original, redacción-revisión y edición.

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