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Trace (México, DF)

versión On-line ISSN 2007-2392versión impresa ISSN 0185-6286

Trace (Méx. DF)  no.88 Ciudad de México jul. 2025  Epub 09-Mar-2026

https://doi.org/10.22134/trace.88.2025.921 

Sección general

Ocupaciones prehispánicas en el sur de los Altos de Jalisco: Reflexiones a tres décadas de distancia*

Pre-hispanic occupations in the southern the Altos de Jalisco: Reflections three decades later

Blas Román Castellón Huerta** 
http://orcid.org/0009-0001-3364-1627

** Dirección de Estudios Arqueológicos, Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, castellon.blas@gmail.com.


Resumen:

A partir de reconocimientos arqueológicos efectuados en 1986-87, en la región sur de los Altos de Jalisco, se presenta una reevaluación sobre la ubicación temporal de treinta asentamientos registrados. Comparando con estudios más recientes, se consideran las relaciones de los materiales y arquitectura de estos sitios con las tradiciones cerámicas circundantes en Jalisco y el Bajío que apuntan a una ocupación durante el periodo Epiclásico para la mayoría de los sitios localizados. La arquitectura de los sitios exhibe patrones más fáciles de identificar como pertenecientes al periodo Epiclásico entre 600 a 900 d. C., y afines a la tradición Teuchitlán, mientras que su ubicación y características aportan pistas para determinar su función. Se propone que la presencia de estos sitios en el sur de la meseta de los Altos es parte de un corredor o sistema de control regional que resguardaba el paso desde distintas partes del Bajío, hacia el centro de Jalisco, el cual debió estar relacionado con el intercambio de recursos básicos como la obsidiana y la sal, entre otros, desde las regiones vecinas, durante este periodo. Finalmente, se plantean algunas observaciones sobre la temporalidad del peñol de Coyna, uno de los sitios más representativos de esta área, mencionado en fuentes coloniales.

Palabras clave: Altos de Jalisco; arquitectura; cerámica; Epiclásico; interacción regional

Abstract:

Based on archaeological surveys conducted in 1986-87 in the southern region of the Altos de Jalisco, a re-evaluation of the temporal location of 30 recorded settlements is presented. In comparison with more recent studies, the relationships of the materials and architecture of these sites with the surrounding ceramic traditions in Jalisco and the Bajío are considered, pointing to an occupation during the Epiclassic period for most of the sites identified. The architecture of the sites exhibits patterns more easily identified as belonging to the Epiclassic period between 600 and 900 A.D., and akin to the Teuchitlán tradition, while their location and characteristics provide clues to determine their function. It is proposed that the presence of these sites in the south of the plateau of Los Altos is part of a corridor or regional control system that guarded the passage from different parts of the Bajío, towards the center of Jalisco, which must have been related to the exchange of basic resources such as obsidian and salt, among others, from neighboring regions, during this period. Finally, some observations are made about the temporality of the Peñol de Coyna, one of the most representative sites in this area, mentioned in colonial sources.

Keywords: Altos de Jalisco; architecture; ceramics; Epiclassic; regional interaction

Résumé :

Sur la base de recherches archéologiques menées en 1986-87 dans la région méridionaledes Altos de Jalisco, une réévaluation de la localisation temporelle de 30 établissements répertoriés est présentée. La comparaison de leur matériel et de leur architecture avec des études plus récentes, portant notamment sur les traditions céramiques environnantes du Jalisco et du Bajío, indique que la majorité de ces sites auraient été occupés pendant la période épiclassique. L’architecture des sites présente des traits plus facilement identifiables comme appartenant à la période épiclassique entre 600 et 900 après J. C., et s’apparentant à la tradition de Teuchitlán, tandis que leur localisation et leurs caractéristiques fournissent des indices permettant de déterminer leur fonction. Il est proposé que ces sites dans le sud du haut plateau aient fait partie d’un corridor ou d’un système de contrôle régional qui protégeait le passage depuis différentes parties du Bajío vers le centre de Jalisco, lié à l’échange de ressources élémentaires telles que l’obsidienne et le sel, entre autres, provenant des régions voisines pendant cette période. Enfin, quelques observations sont faites sur la chronologie du Peñol de Coyna, l’un des sites les plus représentatifs de cette région, mentionné dans les sources coloniales.

Mots-clés : Altos de Jalisco; architecture; céramique; Épiclassique; interaction régionale

Durante septiembre de 1987 iniciamos recorridos arqueológicos en el área cercana a las poblaciones de Atotonilco, Arandas, Tepatitlán y Tototlán, Jalisco. En noviembre de 1988 efectuamos una excavación extensiva y varios pozos sobre los restos de una unidad habitacional ubicada a 7 km al noroeste de Tepatitlán. Estas actividades se hicieron en el marco del Proyecto Altos de Jalisco, implementado por quien escribe en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en las que participaron estudiantes como parte de sus prácticas escolares.1 A partir de estos trabajos se obtuvo una primera muestra de sitios que nos permitieron hacer algunas observaciones sobre su cultura material, arquitectura y ubicación temporal en el contexto de las sociedades prehispánicas de Occidente (Castellón Huerta 1993, 1997). La existencia de sitios con arquitectura formal en lomas y partes altas de elevaciones hacían suponer una ocupación desde el periodo Clásico hasta tiempos del contacto europeo, pero los artefactos, especialmente la cerámica, indicaban contactos externos y adaptaciones locales que debían estar relacionadas con procesos de expansión cultural desde regiones más distantes. Sin embargo, los orígenes y épocas de tales movimientos eran aún inciertas a partir de la información disponible en nuestra área de estudio en 1988.

Con poca información sobre secuencias culturales bien establecidas en áreas cercanas, fue muy difícil establecer, al menos, un rango seguro de ocupación en tiempo para los sitios y materiales registrados, de modo que recurrimos a las muchas veces mencionada expansión teotihuacana del periodo Clásico y de manera especulativa ubicamos las ocupaciones vagamente entre el 200 y el 600 d. C., relacionadas más con las culturas que en ese periodo florecieron en el centro de Jalisco, particularmente en el valle de Atemajac (Sáenz 1966; Long 1966; Bell 1974; Castro Leal y Ochoa 1976; Schöndube y Galván 1978). No obstante, sabíamos de la presencia de otras influencias desde regiones al norte, especialmente de la cultura Chalchihuites de Zacatecas, y muy poco acerca de las culturas del Bajío de las cuales sospechábamos la influencia de la cultura Chupícuaro desde periodos más tempranos (Braniff 1972; Bell 1974; Meighan y Foote 1968; Hers 1983). Los dos artículos publicados anteriormente sobre esta región (Castellón Huerta 1993, 1997) dan una idea de sitios y materiales presentes, pero ante la falta de precisión en su cronología no fue posible hacer alguna propuesta sobre la dinámica de relaciones interregionales o la situación de la organización política que representaban.

A poco más de treinta años de distancia y luego de una revisión de trabajos arqueológicos y propuestas más recientes, el objetivo principal de este trabajo es proponer una reevaluación y una comparación de los artefactos y la arquitectura de los sitios localizados en esta parte sur de los Altos para intentar colocarlos en un contexto espaciotemporal más adecuado. De este se desprenden los siguientes objetivos particulares: a) proponer una cronología más precisa a partir de las características arquitectónicas y algunos detalles de la cerámica, b) dar a conocer los resultados de los recorridos efectuados hace más de treinta años ante la afectación y desaparición de algunos sitios registrados y c) proponer algunos datos sobre su funcionalidad durante el Epiclásico, como parte de un sistema de control regional. Este ejercicio pude ser relevante, ya que en años más recientes fueron mejor conocidas regiones cercanas como Teuchitlán (Weigand 1990) o el Cañón de Bolaños (Cabrero 1991), y sitios como El Grillo (Beekman 1996a), al igual que se multiplicaron los trabajos arqueológicos en Zacatecas, Durango, Michoacán y Guanajuato, que impactan directamente a la región de los Altos de Jalisco. En este artículo, además de presentar los resultados generales del estudio realizado alrededor de la población de Atotonilco el Alto en 1987 -y algunos datos de trabajos complementarios realizados en Tepatitlán de Morelos en 1988, con especial énfasis en las características, ubicación y distribución de los asentamientos localizados-, particularmente me referiré aquí a los sitios cuya ocupación parece haber ocurrido entre 600 y 900 d. C., un lapso demasiado amplio aún para aproximarse a los procesos culturales en la arqueología regional.

Metodología de registro

La meseta de los Altos de Jalisco era prácticamente desconocida arqueológicamente hacia la década de 1980. Solo se tenía información de algunos pocos sitios intervenidos de manera aislada (Bell 1974; Williams 1974; Piña Chan y Taylor 1976; Sánchez y Baus de Czitrom 1980; Piña Chan y Barba de Piña Chan 1987; Barba de Piña Chan 1980) y algunos recorridos de supervisión sobre la línea del gasoducto Salamanca-Guadalajara, por parte del Centro Regional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en Jalisco, que pasa por la parte sur de nuestra área y a cuyos informes no tuvimos acceso. Esto contrastaba con estudios más amplios en la región sur de Chapala (Lister 1949; Meighan y Foote 1968) y múltiples investigaciones en el centro y sur de Jalisco (Kelly 1945, 1949; Schöndube 1980; Galván Villegas 1991).

Por ser los Altos una región delimitada culturalmente en tiempos modernos, por su cercanía con la capital del estado y por la existencia de vías de comunicación suficientes, iniciamos trabajos de reconocimiento arqueológico en 1986, comenzando con algunos sitios que resultaban muy evidentes frente a la población de Atotonilco el Alto, zona que delimita el extremo sur de la meseta de los Altos, justo donde se desciende hacia la planicie de la ciénega del lago de Chapala. Cabe mencionar que estos trabajos fueron parte de las prácticas de recorrido arqueológico para estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, y que fueron inevitables las limitaciones de tiempo, presupuesto y equipo para los trabajos de prospección.

El registro se hizo mediante una cédula informativa y un diario de campo por equipo de trabajo. Como apoyo solo tuvimos copias de la foto área en escala 1:20 000 y la carta topográfica Atotonilco el Alto F13D68, en escala 1:50 000, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (1973). La época del año para realizar prácticas no favoreció una buena visibilidad, ya que aún era temporada de lluvias con vegetación crecida. Para el registro, consideramos como sitio arqueológico a cualquier unidad donde se observó material prehispánico diagnóstico en cantidad superior a cien fragmentos de artefactos. Sin embargo, este criterio no pudo ser operativo por, como ya se mencionó, la poca visibilidad del terreno, así que, con base en la experiencia de 1986 y lo que podíamos hacer en el poco tiempo disponible (treinta días), consideramos como sitio a un grupo aislado de estructuras o de concentraciones de artefactos, separados de otros grupos semejantes por formaciones topográficas (arroyos, elevaciones, barrancos), o bien, por tramos de terreno sin restos de artefactos, bastante más grandes que la distancia entre las estructuras o concentraciones de material al interior de un sitio. Esta fue una manera más bien práctica para el registro donde se distinguieron básicamente sitios con arquitectura formal y otros que pudieran ser sitios de habitación o áreas de actividad extractiva. Evidentemente, esta situación impedía hacer estimaciones más detalladas sobre la posible continuidad o relación entre las unidades registradas, por lo cual agregamos algunas unidades aisladas de recolección de material antiguo en puntos del terreno donde había más de 50 fragmentos en un área de 30 m a la redonda, como medida para calcular las dimensiones de la discontinuidad entre los sitios anteriores.

En ambos casos se anotaron las coordenadas geográficas y el sistema de coordenadas universal transversal de Mercator (UTM por sus siglas en inglés), la ubicación en la carta topográfica, las poblaciones y caminos más cercanos. En caso de presencia de arquitectura con montículos o plazas se hizo un levantamiento con cinta y brújula, una descripción general, y en todos los casos se procuró tomar una muestra de artefactos en el área inmediata a los restos arqueológicos. Se colectaron 34 muestras procedentes de los sitios registrados, más otros 20 puntos de recolección, que no consideramos como sitios, para un total de 54 unidades de muestreo; anotando el estado de conservación y las actividades actuales que pudieran afectar a los sitios tales como cultivos, pastoreo de animales y extracción de tierra o piedras. Se tomaron fotografías de los sitios con restos de arquitectura visible y se incluyeron observaciones sobre el estado de saqueo y conservación. También se tomaron notas sobre algunos sitios con ocupación histórica y se revisaron algunas colecciones particulares de artefactos para fines comparativos. Este trabajo fue una primera aproximación a un conocimiento más detallado del área que, por razones de tiempo, no tuvo continuidad. En 1988, durante la práctica escolar del mismo grupo, tuvimos la oportunidad de hacer una excavación extensiva al norte de Tepatitlán, en la parte alta del sitio 30, ubicado sobre una loma donde practicamos varios pozos de 1 x 1 m en dos terrazas del mismo sitio, que describiremos más adelante (Castellón Huerta 1989a; Castellón Huerta y Ramos 1988).

Los sitios del área

La región de estudio es pedregosa, con tierra rojiza de origen volcánico, como en la mayoría de los Altos, y con escasez de agua, que se obtiene en manantiales que brotan de las elevaciones, formando áreas verdes muy localizadas. Esta área pertenece a la cuenca del río Lerma-Santiago entre el curso inferior del Río Verde al oeste, la sierra de Comanja al este, la planicie de los Altos al norte, hasta la sierra de Zacatecas, y al sur el río Lerma, llegando al lago de Chapala a la altura de la población de La Barca. Las actividades de esta región siguen siendo las mismas de hace treinta años: agricultura intensiva, ganadería y extracción de materiales -aceleradas por la construcción de nuevos caminos-, plantaciones de agaves, carreteras, áreas residenciales y bodegas.

Aún con la dificultad de caminar por la abundancia de cercas y corrales de los ranchos, las áreas elevadas y abruptas y la vegetación abundante, se organizaron los recorridos en dos partes. Primero, la sección sur del área con más desniveles y mesetas, donde se ubicaron la mayoría de los sitios y, segundo, la parte norte con mayor área de planicie para cultivo y pastoreo de ganado. Inicialmente, visitamos, por medio de informantes locales, tres sitios que presentaban arquitectura formal en elevaciones cercanas a Atotonilco el Alto y que sugerían un patrón de vigilancia sobre el cauce del río Zula con áreas de habitación sobre terrazas. Posteriormente, el reconocimiento se extendió hacia el norte, cerca de las poblaciones de Arandas y San Ignacio Cerro Gordo, y hacia La Barca en el sur. Los trabajos se efectuaron en dos visitas previas de pocos días en mayo de 1986 y, finalmente, en una práctica de campo de treinta días entre el 4 de septiembre y el 10 de octubre de 1987. Al término de los recorridos, ubicamos 29 asentamientos, más uno que excavamos en 1988 en Tepatitlán; la mayoría presentó evidencias de construcciones (24). Su ubicación fue en lugares de cima (11), en lomas y pie de monte (14) y, los menos, eran áreas de habitación sobre el valle o cercanos a zonas de cultivo actuales (5). Solo uno de ellos sale del rango temporal principal con restos de fauna extinta en el fondo de un arroyo. Todos los sitios se encuentran entre los 1600 y 2000 m s. n. m. (Castellón Huerta 1989a, 1989b, 1993; Castellón Huerta y Ramos 1990), como puede observarse en las figuras 1 y 2, y en la Tabla 1.

Como se puede observar en la tabla 1, muchos de estos lugares están ubicados en elevaciones y tienen visuales hacia la planicie más cercana (véase Fig. 1). En nuestro recorrido no encontramos arquitectura con montículos en zonas de planicie, solo alineamientos que representan posibles cuartos; esto nos lleva a pensar que los asentamientos principales están en lugares que son defendibles, pero a la vez cercanos a las áreas de cultivo y a las partes más altas donde se pueden obtener recursos de fauna, madera o piedra, entre otros (véase Fig. 2).

No obstante, una buena parte de la población debió estar asentada en zonas bajas, pues debían preparar el suelo, cuidar los cultivos y aprovechar los recursos riparios de las corrientes de agua y manantiales. Algunos sitios se encuentran en lomas bajas o en la planicie al norte. Fuera de nuestra área de estudio, en regiones circundantes, hay ejemplos de arquitectura similar en zonas de lomas, como ocurre en el sitio de Cerrito de los Agaves en el municipio de Jesús María (Esparza López et al. 2021, 3, Fig. 2, 9).

Adaptado de «Carta Topográfica 1:250 000 Guadalajara F13-12», INEGI, 2017.

Figura 1 Mapa de sitios localizados en los recorridos 1987-1988, Proyecto Atotonilco el Alto. 1. Cerro El Puerto; 2. cerro Grande; 3. cerro La Cruz; 4. cerro de Proaño; 5. Agua Caliente; 6. cerro Santa Cruz; 7. Las Villas; 8. Palo Dulce; 9. Peña de la Virgen; 10. San Lorenzo; 11. cerro La Culebra; 12. mesa La Campana; 13. barranca del Aguacate; 14. Picacho de Ayo; 15. San Onofre; 16. Ayo el Chico I; 17. Ayo el Chico II; 18. San Gaspar I; 19. San Gaspar II; 20. Labor Vieja I; 21. Labor Vieja II; 22. El Vallado; 23. El Centinela; 24. Taretan; 24. La Compañía; 26. cerro El Gusano; 27. Los Sauces; 28. Los Patiño; 29. cerro La Jarilla; 30. Cerrito de Moctezuma. Se presentan las poblaciones actuales (áreas amarillas). 

Tabla 1 Sitios localizados en la región de Atotonilco-Tototlán-Arandas en 1987-1988 

Sitio UTM Este UTM Norte Área sitio Ha Área arquitectura m² Núm. de estructuras Terrazas residenciales Posible función* Ubicación Periodo
1. Cerro El Puerto 757 775 2 272 405 5.0 5000 5 3 R,H,V cima 600-900 d. C.
2. Cerro Grande 766 022 2 269 601 1.5 260 8 5 H loma 600-900 d. C.
3. Cerro La Cruz 749 577 2 274 512 9.0 1500 5 3 R,H,V cima 600-900 d. C.
4. Cerro de Proaño 746 681 2 268 431 7.02 36 000 21 0 R,H,V cima

  • 600-900 d. C.

  • 1200-1500 d. C.

5. Agua Caliente 765 027 2 268 365 0.16 0 0 0 A, E valle 600-900 d. C.
6. Cerro Santa Cruz 745 350 2 270 000 0.5 2200 4 2 H loma 600-900 d. C.
7. Las Villas 772 350 2 272 100 0.3 0 0 0 H loma 600-900 d. C.
8. Palo Dulce 743 692 2 271 586 0.04 0 0 0 A, E valle 10 000 a. C.
9. Peña de la Virgen 755 650 2 260 000 0.28 644 3 0 A, E cima 600-900 d. C.
10. San Lorenzo 762 170 2 270 670 1.23 400 4 2 H loma 600-900 d. C.
11. Cerro La Culebra 755 500 2 265 583 2.25 800 8 3 R,H,V cima 600-900 d. C.
12. Mesa La Campana 765 010 2 271 860 0.0384 32 1 3 A, E cima 600-900 d. C.
13. Barranca del Aguacate 751 540 2 262 172 1.2 420 7 3 R, H loma 600-900 d. C.
14. Picacho de Ayo 775 900 2 270 780 5.0 4500 8 4 H, V cima 600-900 d. C.
15. San Onofre 773 660 2 270 800 0.15 100 2 2 H loma 600-900 d. C.
16. Ayo el Chico I 776 908 2 273 632 1.0 240 2 5 H loma 600-900 d. C.
17. Ayo el Chico II 774 030 2 274 600 0.216 525 3 3 H loma 600-900 d. C.
18. San Gaspar I 747 350 2 268 800 0.42 2400 5 2 H loma 600-900 d. C.
19. San Gaspar II 747 300 2 268 550 0.2 1750 2 0 H loma 600-900 d. C.
20. Labor Vieja I 747 130 2 260 250 0.5 600 1 4 H loma 600-900 d. C.
21. Labor Vieja II 746 070 2 269 150 0.4 400 1 4 H loma 600-900 d. C.
22. El Vallado 742 100 2 272 400 2.6 0 3 0 A, E valle 600-900 d. C.
23. El Centinela 745 760 2 272 600 4.0 100 2 0 A, E valle 600-900 d. C.
24. Taretan 758 724 2 277 017 1.8 30 1 0 V cima 600-900 d. C.
25. La Compañía 765 660 2 281 800 0.153 0 1 0 H loma 600-900 d. C.
26. Cerro El Gusano 767 900 2 286 750 6.0 15 000 9 5 R, H cima 600-900 d. C.
27. Los Sauces 744 400 2 289 750 1.0 400 1 0 A, E valle 600-900 d. C.
28. Los Patiño 751 800 2 296 170 2.0 0 1 0 H cima 600-900 d. C.
29. Cerro La Jarilla 743 141 2 297 234 25.0 7800 7 5 H cima 600-900 d. C.
30. Cerrito de Moctezuma 735 770 2 310 088 7.339 1633 2 3 H loma 600-900 d. C.

*R = Religioso, H = Habitacional: V = Vigilancia, A = Agricultura, E = Extracción.

Fotografía del autor.

Figura 2 Sitio 1, cerro El Puerto. Se observa la plataforma que formaba la plaza superior del asentamiento, con el corte para extracción de materiales del lado sur, en el año de 1986. Actualmente el sitio está destruido casi en su totalidad. 

Hasta aquí, el clima semiárido y tipo de suelo de origen volcánico que se encuentra en los Altos ofrecían posibilidades similares a otras regiones de Mesoamérica con escasez de agua, pues en esta región, aunque existe un río con caudal suficiente como el Zula, la mayor parte carece del líquido en abundancia, y la agricultura debió estar sujeta al régimen de lluvias, ya que no hallamos evidencia de canales, diques ni presas, como en otros sitios del centro o sur de Jalisco (Weigand 1994; Santoyo Alonso 2012), por lo que suponemos que el tamaño de la población que podía ser sostenida no debió ser mayor a unos pocos miles de habitantes en un área de más de 30 km². En resumen, los sitios registrados indican que la región alrededor de Atotonilco el Alto contaba con una baja densidad de población, dedicada a sus cultivos, distribuida cerca de las elevaciones naturales y en constante vigilancia de posibles incursiones de vecinos o personas que pudieran llegar súbitamente de zonas más lejanas, para lo cual, durante cierta época a fines del periodo Clásico, levantaron pequeños centros cívico-ceremoniales cuya posible función, además de habitacional, era contar con puntos de referencia e integración para la población local mediante prácticas rituales y, de manera importante, asegurar las rutas de comunicación con regiones vecinas y, a la vez, controlar y proteger esta franja de territorio de la incursión de extraños hostiles.

Esta situación debió ser igual en tiempos preclásicos pues, aunque no detectamos materiales de esa época, el estilo de algunas vasijas sugiere un sustrato relacionado con la cultura Chupícuaro. Las primeras aldeas debieron estar ubicadas en espacios similares al pie de las elevaciones y parece probable que los recursos de la región fueron suficientes para permitir que, en tiempos posteriores, hacia los inicios de la era actual, continuara la ocupación humana con actividades agrícolas y de extracción de recursos locales.

Otras observaciones son importantes. Los sitios que muestran estructuras en los que se combinan patios con plataformas y montículos son nueve, especialmente aquellos que están en elevaciones desde donde es posible divisar a distancias de más de 20 km. Son los sitios 1, 2, 3, 4, 11, 13, 14, 26 y 29. De estos, solo uno se encuentra sobre una loma alta y dos están en la parte norte del área. Todos los demás con visuales amplias están a lo largo del eje que une a las poblaciones actuales de Ayotlán al este y Tototlán al oeste (véase Fig. 8). Estos sitios con arquitectura más compleja están asociados a posibles terrazas de cultivo y habitación en su cercanía inmediata. Sus funciones pueden ser varias: religiosas y cívicas para reunión de mucha gente; habitacionales, especialmente para las élites locales, o bien de habitación y supervisión de cultivos y extracción de piedra y otros materiales en las cercanías. A la vez, debieron funcionar como puestos de vigía, una función evidente en el corredor que va desde la población de Ayotlán hasta cerca de Tototlán en dirección este-oeste, que más adelante se referirá. Por su parte, los demás sitios ubicados en lomas bajas o en el valle están asociados principalmente a usos habitacionales y actividades agrícolas, de recolección, extracción o fabricación de artefactos. Como el registro de los sitios estuvo orientado a la presencia de estructuras ante la escasa visibilidad, esto puede crear la falsa idea de que solo en localidades altas existen sitios de habitación, aunque en realidad casi toda el área estuvo ocupada con estructuras más modestas y dispersas. No obstante, los sitios con arquitectura son los que tienen indicadores más notables para la ubicación en espacio, tiempo y función de los antiguos asentamientos de esta región.

Cerámica y cronología

El problema del rango temporal de estos asentamientos es aún tema de investigación. Para ubicarlos de manera general en un periodo más específico, recurrimos, inicialmente, a la comparación con tipos cerámicos de áreas cercanas que tenían una secuencia, aunque los rangos de ocupación resultaban variables o demasiado amplios. Revisando el área de Chapala, existen grupos cafés similares que tienen una larga presencia desde el Clásico hasta el siglo XVI (Meighan y Foote 1968, láms. 9 y 19g, Figs. 14-15). En Cojumatlán, también en la margen sur del lago de Chapala, la cerámica es representativa de periodos más tardíos, como el Mazapa -1100-1300 d. C.- (Lister 1949) y en el sur de Jalisco encontramos tipos parecidos de las fases Tuxcacuexco y Coralillo -700-1000 d. C.- (Kelly 1949), al igual que en la zona de Tamazula-Tuxpan-Zapotlán, desde el 600 d. C. hasta el siglo XVI (Schöndube 1973-1974, 2, láms. 56 y 60). Otra región para comparar era hacia el norte, en Zacatecas, especialmente con Chalchihuites, donde existen tipos bicromos del Clásico, como rojo/bayo o blanco/rojo, pero sobre todo ejemplares rojo y negro con diseños al negativo (bandas, líneas, grecas) propios de las fases Canutillo (200-650 d. C.) y Altavista -750-900 d. C.- (Bell 1974, Figs. 6-7; Kelley 1971; Kelley y Kelley 1971). Estos tipos al negativo, generalmente pequeños cajetes sencillos o trípodes, también son frecuentes en la zona del Río Bolaños (Cabrero y López 1997) e igualmente se encuentran en la región sur de los Altos, además de estar presentes en la tradición Teuchitlán (Beekman y Weigand 2000) y en la transición Clásico a Epiclásico en los Altos (Ramos de la Vega y López Mestas 1999, 252-53).

Las posibles ubicaciones cronológicas para los complejos cerámicos procedentes de la región Teuchitlán y alrededores han sido comentadas en años recientes por Beekman y Weigand (2010). En general, las fechas para los materiales de los sitios Guachimontón, Tabachines, Presa La Vega, Navajas, Tepopotla, Huitzilapa, Laguna Magdalena y Llano Grande fluctúan entre 500 a. C. y 550 d. C. Las colecciones presentan variaciones y los materiales foráneos aparecen eventualmente.

Parece cada vez más claro que los materiales de la fase siguiente, El Grillo (450/500 d. C.), ya no pertenecen a esta tradición Teuchitlán del periodo Clásico, contemporánea de Teotihuacan en el centro de México. Los autores consideran que ocurrió algo similar al centro de México con procesos de centralización a fines del Formativo y una estabilización y posterior decadencia durante el Clásico temprano (550 d. C.), pero no llegan a 900 d. C. como originalmente se creía (este es ya el periodo Epiclásico). La secuencia de la tradición Teuchitlán en el corredor de La Venta (donde están esos sitios) es presentada en cuatro fases de Tequila 1 a Tequila 4 (Beekman y Weigand 2010, 256-258, fig. 10).

La fase El Grillo indica además un cambio de concepción del espacio de arquitectura redonda a rectangular, que refiere al modelo de los cuatro rumbos. Según se indica, el agua puede ser captada en estos espacios para formar un «inframundo acuoso» donde los entierros son colocados (Beekman 2019, 127). Los edificios cuadrados no están tan claramente asociados a linajes como sí lo están los edificios circulares o guachimontones anteriores. Otros cambios se manifiestan en las tumbas de tiro, cámaras reutilizadas y con objetos usados, sustituidas ahora por las box tombs donde casi siempre hay pocas vasijas especiales para este contexto y uno o dos entierros; todo esto sugiere una relación distinta con los ancestros. Igualmente, el complejo cerámico muestra cambios obvios: cajetes con base anular, fondos estriados para moler chiles, ollas globulares con cuellos muy restringidos, bateas, copas con base anular, etcétera (Beekman y Weigand 2010; Beekman 2019, 130). Estos cambios también se perciben en nuestra región de estudio.

En general, las semejanzas con los grupos cerámicos rojos y cafés de las regiones anteriores son manifiestas en los Altos, indicando una posible continuidad desde tiempos preclásicos. Sin embargo, la gran mayoría de los tiestos recuperados en las 54 unidades de recolección cerámica (34 muestras de 30 sitios y 20 concentraciones de material disperso, posibles áreas de actividad) en la región de Atotonilco indica con mayor certeza que la cerámica debió corresponder a una ocupación más extendida hacia finales del periodo Clásico (500/600-900 d. C.). El tipo más abundante es el rojo paredes gruesas y sus variantes. Se trata de ollas con borde revertido (evertido), también llamado borde engargolado, ollas con efigie en el borde, cajetes con fondo plano y con bases anulares, y algunos con soportes cónicos curvos (véanse Figs. 3 y 4). No identificamos ejemplares de cerámica pseudocloisonné, ya que todo el material fue colectado en superficie y trabajamos en una época de poca visibilidad en el terreno, pero su presencia es muy posible. Se trata sin duda de formas asociadas a esta parte final del Clásico que representan vajillas de uso doméstico para almacenamiento de líquidos o granos y vasijas de servicio. De modo que, aunque varios de los sitios ubicados pudieron tener un substrato del Preclásico terminal hacia el Clásico, estos materiales representan más bien un momento terminal de este último periodo y su transición hacia la etapa siguiente.

Es importante aclarar que la primera aproximación a la cronología de Atotonilco-Tototlán resultó de la comparación con tipos de otras partes de Jalisco, pero sobre todo del valle de Atemajac, tal como se propuso en la zona entre Tepatitlán y el Río Verde (López Mestas, Ramos de la Vega y Santos Rodríguez 1994; Ramos de la Vega y López Mestas 1999). Aquí se trataba de dos periodos contiguos que abarcan el Preclásico terminal y el Clásico temprano (300 a. C.-350 d. C.) y el Clásico medio y tardío (350-700 d. C.), en los que estaban incluidos tipos como el negro pulido o blanco/rojo con diseños de bandas que presentan ollas y cajetes que sugieren afinidades con el Bajío de Guanajuato. No obstante, al revisar nuevamente las secuencias y comparaciones con datos de Zacatecas ( Jiménez 1988; Kelley y Kelley 1971) y Jalisco (Beekman 1996a) y recordar las semejanzas que ya se habían señalado en sitios como El Cuarenta (Piña Chan y Taylor 1976) y Cerro Encantado (Bell 1974), resulta más probable que la ubicación de los sitios registrados cerca de Atotonilco se sitúe más tardíamente, entre 600 hasta 900 d. C., por las siguientes consideraciones.

Dibujos del autor.

Figura 3 Cerámica de la región de Atotonilco, sitio 30, pozo 1, Cerrito de Moctezuma, Tepatitlán. Arriba: Cajetes café y rojo/bayo. Abajo: Cajete rojo y negro/bayo, al negativo. 

Dibujos del autor.

Figura 4 Cerámica de la región de Atotonilco. Primera fila (de arriba abajo): Olla rojo paredes gruesas, olla rojo/bayo con efigie en el borde y olla miniatura. Segunda fila: Plato café rojizo y fragmentos de negro/rojo con decoración negativa. Tercera fila: Ejemplos de soportes de platos y cajetes. Cuarta fila: Figurilla con pigmento y pulimento rojo del sitio 30, Cerrito de Moctezuma, y aplicaciones de brasero barro café. Colección particular. 

En primer lugar, la época que estimamos ahora como más probable está comprendida principalmente en lo que se conoce como el periodo Epiclásico, época de reacomodos, migraciones y estilos híbridos en todo Mesoamérica cuyo uso como concepto cultural aún no se generalizaba en 1987. En segundo lugar, los sitios con arquitectura que presentan una plaza y a veces patio hundido, registrados por vez primera durante este proyecto en esta área, son comunes en Zacatecas y otras partes del norte hacia esta época (Zepeda y Vackimes 1991; Sánchez y Marmolejo 1990, Fig. 4), sobre todo en muchos sitios del Bajío (Castañeda et al. 1988, fig. 17; Beekman 1996a, Fig. 15; Cárdenas García 1999b; Ramos de la Vega y Crespo 2005; Castañeda et al. 2007; Migeon y Pereira 2010). Este concepto está siendo revalorado en sus indicadores y posible incidencia en la interpretación de la arqueología regional de esta parte de los Altos (Esparza et al. 2021)

Las excavaciones en el Cerrito de Moctezuma

El único sitio excavado, Cerrito de Moctezuma, al norte de Tepatitlán, está ubicado en una pequeña loma no mayor de 25 m de altura que fue adaptada para formar dos o tres terrazas habitacionales, sin evidencia visible en superficie de basamentos, altares ni patios, pero con presencia de cerámica antigua y algunos fragmentos de piedras de molienda. Hoy en día el sitio está obliterado por la construcción, en ese mismo lugar, de una casa moderna que aprovechó el mismo espacio y se encuentra justo al lado de la autopista Guadalajara-Lagos de Moreno, vía que no existía en el momento de la excavación en 1988 (Castellón Huerta y Ramos 1988). Su parte superior debió tener entre dos y cuatro pequeñas plataformas con restos de cuartos, lo cual se deduce del área excavada y el espacio disponible de 2500 m². Nuestra excavación alcanzó una superficie de 16 m², donde, a escasos 40 cm de profundidad, encontramos cimentos de piedra y un fogón bien construido de 60 cm de diámetro, con piedras grandes clavadas en el piso de más de 40 cm de largo. Alrededor se halló lo que parece haber sido un área de preparación alimentos con restos cerámicos café o anaranjados simples o con decoración negativa perteneciente al Epiclásico (véanse Figs. 5 y 6). También se hallaron restos de ceniza, piedras quemadas, cerámica y huesos aparentemente de animales. El sitio fue identificado como de tipo habitacional sobre una loma, sin evidencias de arquitectura pública. Algunos alineamientos y una huella de poste sugieren que estaba orientada en un eje NO-SE, hacia donde la loma es más extendida.

En la parte este de la elevación natural hay dos niveles de terrazas que también parecen haber sido habitacionales. Aquí practicamos dos pozos de 2 x 2 m, en uno de los cuales nos extendimos hasta 6 x 4 m. Ahí recuperamos algunas piedras de molienda, cerámica y una figurilla, mostrada en la figura 4. El piso de esta terraza a 1 m de profundidad estuvo en parte cubierto por lajas en una superficie de 11 x 6 m, aunque no encontramos entierros debajo de este. Finalmente, practicamos otro pozo de 2 x 2 m al sur de la parte elevada donde no hallamos construcciones, pero sí cerámica decorada (véase fig. 7). El sitio 30 parece ser un buen ejemplo de área habitacional del Epiclásico en área de loma, frente a la planicie oriental del río Verde, con funciones agrícolas. Aunque esto fue parte de una práctica escolar con tiempo limitado, su excavación nos permitió conocer un poco más sobre la cerámica y la disposición de los asentamientos de esta época epiclásica en esta parte de la región de los Altos.

Mapa del autor.

Figura 5 Sitio 30, Cerrito de Moctezuma, Tepatitlán, Jalisco. Se muestra la ubicación de los pozos y otros elementos en noviembre de 1988. 

Plano del autor.

Figura 6 Excavación del pozo 1 y su ampliación en la parte superior del Cerrito de Moctezuma. Se muestra su orientación aproximada y elementos principales. 

Dibujos del autor.

Figura 7 Cerámica recuperada del pozo 3, nivel 80-100 cm, Cerrito de Moctezuma, Tepatitlán, Jalisco. Arriba: Negro y rojo sobre Bayo al negativo. En medio: Rojo sobre bayo. Abajo: Rojo sobre bayo y anaranjado y negro sobre bayo. 

El Epiclásico en los Altos

Lo más común hace treinta años era atribuir a la influencia teotihuacana la presencia de patios hundidos con altar central, el talud-tablero y los cajetes de base anular como una consecuencia de un efecto posterior, y así identificar a los sitios como pertenecientes al Clásico tardío. No obstante, este recurso es cada vez más cuestionado, no solo porque es difícil reconstruir los posibles procesos de difusión y adaptación desde regiones lejanas, sino porque existe hacia el norte y este de Jalisco una abundancia de casos comparativos en cerámica y arquitectura que se manifiestan con más intensidad en la época siguiente a la caída de Teotihuacan, que corresponde al 600-900 d. C. Las investigaciones efectuadas en el centro de Jalisco desde 1990 (Galván Villegas 1991; Weigand 1990; Beekman y Weigand 2000; Noyola 1994; Mata-Ratkovich 2011) y en regiones cercanas (Arnauld, Carot y Fauvet Berthelot 1993) dieron un poco más de claridad a las comparaciones con cerámicas de Jalisco. Un problema que aún subsiste es la escasez de secuencias cerámicas completas y debidamente fechadas. Las que existen parecen indicar que en algún momento hacia 550 d. C. se inició una transformación de las cerámicas y conjuntos artefactuales del periodo Clásico propios de la tradición de tumbas de tiro (Beekman 1996a, 1996b; Beekman y Weigand 2010). Beekman, siguiendo los reportes más completos en áreas circunvecinas de Jalisco, ha hecho referencia a un assemblage o grupo de rasgos culturales distintos, estrechamente asociados, que ha sido descrito como característico del Epiclásico en Occidente, y cuyas fechas inician entre 500 y 600 d. C., pero son más identificables en la fase de 700 a 1000 d. C. para el valle de Teuchitlán, periodo que corresponde a la fase El Grillo en el valle de Atemajac, y durante el cual parece haber muchos paralelos y una expansión de estos rasgos en El Bajío y en los Altos (Beekman 1996b, 139, Fig. 3, 144; 1996a).

Vale la pena comparar la presencia/ausencia de algunos de estos rasgos con los que tenemos en el área de Atotonilco-Tototlán-Arandas-Tepatitlán, pues a falta de dataciones absolutas y una secuencia regional, se puede tener una idea más cercana a la realidad social y política de los asentamientos que registramos aquí. En cuanto a la cerámica, cabe notar que existen platos y cajetes con base anular, especies de copas con base pedestal, así como ollas pequeñas con figurillas modeladas en el borde a manera de lengüeta. Igualmente, tenemos pequeños molcajetes de arcilla con punzonado en el fondo, algunos soportes huecos y alargados y la aparición de un borde característico, como el revertido o engargolado, típico de esta área. Las vasijas decoradas presentan diseños tales como grecas escalonadas, espirales aladas y repetición de motivos lineales y zoomorfos en platos rojos con negro y bayo (Castellón Huerta 1989a, 1993; Castellón Huerta y Ramos 1988). El borde revertido o engargolado en particular parece un rasgo diagnóstico importante de la región de los Altos, que es compartido con el valle de Atemajac y otras zonas cercanas de Guanajuato y Zacatecas (Araiza 2013; Pérez 2013). Estos tipos y formas se extienden hacia el este y el norte, donde se pueden reconocer en sitios como El Cóporo (Torreblanca, Álvarez y Colón 2013), mientras que, hacia el noroeste y norte, en la zona de los cañones y valles del sur de Zacatecas y Jalisco, los cajetes de base anular y decoración al negativo son muy comunes como rasgo diagnóstico en el Epiclásico, e incluso parece que comparten motivos (Jiménez 1991; Jiménez y Darling 2000; Solar y Padilla 2013). Posiblemente, las variaciones locales estén indicando grados de interacción regional entre regiones vecinas durante el Epiclásico.

Aunque no localizamos entierros, es notoria la ausencia de tumbas de tiro en esta región. Al menos no tuvimos noticia del hallazgo de alguna, pero sí tuvimos conocimiento por informantes de al menos dos hallazgos fortuitos de enterramientos hallados en una especie de caja de piedra donde había ollitas miniatura, que coincide con las box tombs del Epiclásico (Beekman 1996c). Pero es en la arquitectura donde se aprecian patrones más afines a los encontrados en este periodo en otras regiones. Al momento de iniciar los recorridos, estábamos al tanto de la semejanza entre los sitios del contiguo municipio de León y buena parte del Bajío con los que había en los Altos (Ramos de la Vega y Ramírez Garayzar 1993; Cárdenas García 1999a; López Mestas, Ramos de la Vega y Santos Rodríguez 1994), generalmente con una estructura piramidal frente a una pequeña plaza, altar al centro y dos estructuras más pequeñas a los lados, aunque a veces esto variaba con plataformas en distintos niveles y en algunos casos con un juego de pelota. Todo esto se complementaba con terrazas de habitación o para el cultivo. Estos sitios estaban siempre adaptados a los niveles de elevaciones desde donde había visuales suficientes para otear los alrededores. El mismo patrón observamos en el sur de los Altos: Las variantes incluyen la presencia de patio hundido, con altar en algunos casos, que parece estar formado por pequeñas plataformas tal vez de uso habitacional. Esto coincide con la arquitectura en forma de «U», de la región del Bajío, aunque cabe aclarar que la arquitectura con un patio o plaza al centro y tres estructuras circundantes existe en muchas partes de Mesoamérica desde el Preclásico (Szymanski 2014; Estrada-Belli 2006; Plunket y Uruñuela 1998, 2002). No obstante, este llamado «complejo pirámide-patio hundido-altar» parece ser típico del Epiclásico entre la zona occidental de Guanajuato y los Altos de Jalisco (Castañeda et al. 1989; Beekman 1996a). Junto a esto es notoria la ausencia de estructuras circulares en esta parte de los Altos, un rasgo común en el centro de Jalisco.

En años más recientes, la zona suroeste del Bajío ha sido objeto de múltiples estudios arqueológicos en sitios como Cerro Barajas, Zaragoza, Peralta, Plazuelas y la sierra de Comanja, entre otros, que cuentan con ejemplos cerámicos y arquitectura comunes (Ramos de la Vega y Crespo 2005; Cárdenas García 1999a, 2007, 2008; Castañeda y Quiroz 2004; Castañeda 2007; Fernández Villanueva 2004, 2013; Pereira y Migeon 2008). Esta zona, a escasos 40 a 90 km de nuestra área de interés, presenta asentamientos que florecieron durante el Epiclásico y que muy probablemente fueron contemporáneos de los sitios del área de Atotonilco. Aunque hay variabilidad entre estos sitios y otros más al norte en Guanajuato, es claro que existen tradiciones similares compartidas en la presencia de cerámicas al negativo y formas comunes como copas con pedestal. Pero las semejanzas en la decoración son compartidas con sitios de más al norte en Zacatecas (Pérez 2013), y con otros al sur, en el centro de Michoacán, por lo cual se han planteado movimientos migratorios en distintas épocas (Michelet, Pereira y Migeon 2005; Pereira, Michelet y Migeon 2013). En arquitectura, estos sitios, muchos de los cuales han sido excavados, muestran mayor complejidad en la presencia de columnas en espacios abiertos o cerrados y, sobre todo, conjuntos de cuartos en terrazas, a veces muy amplios y complejos, donde posiblemente habitaban las élites locales. La mayoría de esos lugares están ubicados en elevaciones de lomas y cerros a veces protegidos con muros, sugiriendo una situación de inestabilidad general entre el Bajío y otras regiones más al occidente durante esta época. Más recientemente, los espacios con patios hundidos, plazas, plataformas habitacionales y juegos de pelota -que forman conjuntos complejos en distintos niveles- se han documentado con mayor detalle en la región de Zacapu para este periodo (Pereira et al. 2023). En este caso, se propone que la ubicación en distintos niveles de arquitectura pública y habitacional podría indicar el aprovechamiento de los recursos de manera complementaria en un sistema estructurado similar al concepto de altepelt del Posclásico (Pereira et al. 2023, 730). Para establecer una hipótesis similar, sería necesario conocer con mayor detalle el entorno de los sitios aquí reportados y la funcionalidad de los espacios reconocidos. Aquí nos limitaremos a indicar algunas de las características más sobresalientes, relacionadas con la hipótesis inicial del control regional.

En Atotonilco -al menos en el sitio 1, cerro El Puerto, y en el sitio 2, cerro Grande- fue posible comprobar en los pozos de saqueo y en los cortes hechos para extracción de materiales hace treinta años que estos espacios fueron objeto de amplias nivelaciones con rellenos de piedras y niveles alternados de pisos de barro con el objeto de crear una superficie lo suficientemente amplia para desplantar sobre ella las plataformas y edificios piramidales (Castellón Huerta 1997, 361, Fig. 2). Sobre estas plataformas es posible que hayan existido habitaciones hechas con materiales más ligeros, de modo que estos conjuntos estaban compuestos de uno o dos pequeños templos y áreas de residencia de las élites locales (véase Fig. 8).

Alrededor de estos espacios generalmente hay terrazas de distinta amplitud que pudieron tener la función de habitación, áreas de actividad y, en algunos casos, como el cerro La Jarilla (sitio 29), áreas de cultivo. Hay inclusive en el sitio 17 cerca de Ayotlán un posible conjunto de cuartos con patio interior abierto al centro (véase Fig. 9). La mitad de los sitios ubicados (15) están en espacios de loma que pueden ser lomas bajas aisladas sobre el valle o las primeras elevaciones a pie de monte, zonas evidentemente de mayor ventaja para obtener recursos. Otros diez sitios están en cimas de elevaciones entre 70 y hasta más de 250 m de altura sobre el valle, aunque en dos casos no es posible dominar todo el paisaje adyacente. Finalmente, se lograron ubicar cinco sitios que representan ocupaciones o áreas de actividad en el piso del valle (véase la Tabla 1).

Dibujos del autor.

Figura 8 Ejemplos de arquitectura en sitios de cima y loma: a) sitio 4, cerro de Proaño; b) sitio 14, Picacho de Ayo; c) sitio 13, barranca del Aguacate; d) sitio 26, cerro El Gusano;e) sitio 2, cerro Grande; f ) sitio 11, cerro La Culebra. Escala aproximada. 

Hacia 1994, al occidente de nuestra área de estudio, y al sur de Tototlán, se ubicaron doce asentamientos del periodo entre 600 y 900 d. C., como parte de un salvamento, cuyas características coinciden con las de los sitios aquí reportados, todos ellos con buenas visuales (Pulido, Araiza y Grave 1996, 49, mapa 7). Posteriormente, de 2014 hasta 2016, otro salvamento registró más sitios de este periodo en la parte sur de la ciénega de Chapala que también podrían tener relación con los sitios del sur de los Altos cercanos a Atotonilco (Muñiz García y Punzo Díaz 2022). Si, como parece, los sitios del sur de los Altos participan de este periodo Epiclásico y de los cambios en los conjuntos artefactuales y arquitectónicos, esto implica que estaban en contacto con las áreas circundantes, y en especial con el norte y el este que, de acuerdo con Beekman (1996a), deben ser el origen de los rasgos observados más que la siempre insinuada influencia teotihuacana (véase Fig. 10). Este último argumento y la probable existencia de un sistema-mundo parece seguir siendo una propuesta por considerar (Filini 2010). Aún con las limitaciones de nuestro trabajo, es posible conjeturar el papel que estos sitios pudieron haber jugado en el contexto regional de la zona sur de los Altos de Jalisco.

Dibujo del autor.

Figura 9 Sitio 17, Ayo El Chico II. Conjunto de cuartos alrededor de patios sobre una loma. 

Mapa del autor.

Figura 10 Mapa regional con la ubicación de los Altos de Jalisco. En su parte sur se indica el área de recorridos (en color verde) y algunas ciudades y sitos de referencia, especialmente del periodo Epiclásico. 

El corredor del sur de los Altos

Si, como sugiere la cerámica local, los asentamientos de esta región pertenecen al Epiclásico, y la arquitectura y los sitios son de esta misma época, existe, además, otro indicador muy importante que hace referencia a la estructura política y a las relaciones más allá de la región de los Altos, y que incluso podría ser la expresión de las preferencias en formas de vida en lo que debió ser una época turbulenta con cambios y movimientos constantes. Los sitios ubicados cerca de Atotonilco se encuentran a lo largo de una franja de terreno que indudablemente forma un paso de este a oeste (véase Fig. 11). Este paso resguarda las áreas de valle que forman, principalmente, la cuenca del río Zula o río de Los Sabinos, de un modo similar al que se ha descrito anteriormente para los sitios del paso entre los valles de Atemajac y Teuchitlán (Beekman 1996b, 139-44).

Adaptado de las cartas «Atotonilco el Alto F13D68» y «La Barca F13D78», INEGI, 2017.

Figura 11 Corredor del sur de los Altos a la altura de Atotonilco el Alto, con los probables sitios de control y los accesos desde varias direcciones. Se muestran las poblaciones actuales (en amarillo)

Hay que observar que la topografía de la zona indica que, hacia el extremo este, el más próximo al Bajío, y la zona cercana de Guanajuato, se encuentran mesetas amplias con barrancos y elevaciones que hacen el terreno a veces muy abrupto. Pero esta es la dirección desde donde es posible que provengan buena parte de los estilos cerámicos del Epiclásico, y con la cual la meseta de los Altos parece tener mayor contacto, mientras que hacia el sur de nuestra área hay planicies interrumpidas por elevaciones que se aproximan directamente hacia el este de la cuenca del lago de Chapala y donde, igualmente, hay sitios con elevaciones que corresponden a la parte suroeste del Bajío.

El paso más cómodo desde el Bajío hacia el área de Atotonilco se encuentra entre la región del valle de León con el límite de la sierra de Comanja al norte, para luego continuar en dirección suroeste hasta las cercanías de Arandas (véase Fig. 10). Desde ahí continúa por el curso descendente del río Zula que entra en una especie de callejón de elevaciones con dirección al oeste y llega hasta Tototlán y más adelante hasta Zapotlanejo y el valle de Atemajac. Pero el paso más directo al área de Atotonilco desde el Bajío también es posible desde el sureste en la zona de La Piedad, donde está la carretera actual, paso que conecta con el sitio de Zaragoza, que es el inicio de otro corredor que conecta más al este con sitios del sur de la Sierra de Pénjamo, tales como Plazuelas, Cerro Barajas, Abasolo y Peralta (Morales Monroy 2011, 2013; Flores y Pérez 2021). La arquitectura de estos últimos sitios es mucho más elaborada y formal que los sitios del área de mi interés, pero comparten el emplazamiento en mesetas bajas con buenas visuales. Las influencias que pudieron llegar desde el Bajío son más inmediatas por estas rutas que llegan directamente al paso angosto de Ayotlán y Atotonilco.

Los sitios con arquitectura de nuestra área parecen confirmar estas observaciones, pues la disposición de las estructuras que están en la cima de cerros reproduce el patrón de montículo principal, patio cuadrado o rectangular, en ocasiones hundido y con altar al centro, así como plataformas adyacentes, aunque la presencia de juego de pelota no pudo ser identificada con precisión. Estos lugares están adaptados a la topografía local, y los edificios, plataformas y terrazas fueron elaborados con bloques irregulares de piedra volcánica de la región, siguiendo, generalmente, un eje norte-sur.

Esta formalidad en los edificios de cima indica su importancia política y ritual, ya que cumplían la función de albergar a las élites que dominaban el territorio y tenían también fines de defensa y control del área, pues están dispuestos de manera que podían observar el valle y los alrededores a distancias de más de 20 km y a la vez podían visualizar al menos a uno o más sitios cercanos. El corredor natural que se forma de este a oeste a lo largo de las actuales poblaciones de Ayotlán, Atotonilco y Tototlán está resguardado por varios de estos sitios, con las fértiles áreas que el río Zula irriga en la parte baja, mientras que las elevaciones más aisladas al norte y sur de esta área se encuentran frente a planicies aluviales más extensas desde donde se puede tener mayor control.

Es importante ubicarnos en una perspectiva de paisaje para comprender mejor el área que está vigilada a lo largo de este eje. La Tabla 2 muestra las distancias promedio hasta donde es posible observar el terreno inmediato de los sitios que tienen visuales amplias sobre las zonas de valle, tanto en el corredor del río Zula como hacia las planicies que se extienden al sur y norte del área de reconocimiento. Además de la distancia y la dirección, se indica la zona hacia donde las visuales son posibles: el corredor principal este-oeste y las planicies sur o norte que se extienden a partir de este corredor. Finalmente, se indican las poblaciones actuales o serranías que es posible visualizar desde estos sitios.

Tabla 2 Visuales circundantes de los sitios del sur de los Altos de Jalisco 

Sitio Distancia km Dirección Zona visual Ubicación Poblaciones actuales/Serranías
1 30 NO Corredor E-O cima Tototlán, Jal.
2 44 S Planicie sur loma Pajacuarán/Ciénega de Chapala, Mich.
3

  • 70

  • 47

  • SE

  • SO

  • Planicie sur

  • Planicie sur

cima

  • Churintzio/Cerro de las Águilas, Mich.

  • Mezcala, lago de Chapala, Jal.

4

  • 24

  • 33

  • 28

  • 46

  • SO

  • NE

  • N

  • NO

  • Planicie sur

  • Planicie norte

  • Planicie norte

  • Corredor E-O

cima

  • Ocotlán, lago de Chapala, Jal.

  • Cerro de Ayo, Jal.

  • Cerro Gordo, Jal.

  • Zapotlanejo, Jal.

9

  • 33

  • 35

  • 26

  • SE

  • S

  • SO

  • Planicie sur

  • Planicie sur

  • Planicie sur

cima

  • Ixtlán de los Hervores, Mich.

  • Pajacuarán, Mich.

  • Jamay, Jal.

11 26 NE Planicie norte cima Ayotlán, Cerro de Ayo, Jal.
12

  • 18

  • 29

  • NO

  • SE

  • Corredor E-O

  • Planicie sur

cima

  • Cerro El Proaño, Jal.

  • Tanhuato, Río Lerma, Mich.

13

  • 11

  • 33

  • NE

  • N

  • Corredor E-O

  • Planicie norte

loma

  • Carretera Atotonilco-Tototlán, Jal.

  • Cerro Gordo, Jal.

14

  • 18

  • 8

  • 11

  • 43

  • NE

  • NE

  • NO

  • SO

  • Planicie norte

  • Planicie Norte

  • Corredor E-O

  • Planicie sur

cima

  • Sierra de Pénjamo, límite Jal.-Gto.

  • Cerro de Ayo, Jal.

  • Cercanía de Atotonilco, Jal.

  • Jamay, lago de Chapala, Jal.

17

  • 5

  • SE

  • Corredor E-O

loma

  • Frente a Ayotlán, Jal.

20-21

  • 19

  • SO

  • Planicie sur

loma

  • Ocotlán, lago de Chapala, Jal.

24

  • 2

  • 21

  • 14

  • SE

  • NO

  • SO

  • Corredor E-O

  • Planicie norte

  • Corredor E-O

cima

  • Cercanía Atotonilco, Jal.

  • Cerro Gordo, Jal.

  • Cerro El Proaño, Jal.

26

  • 22

  • Todas direcciones

  • Planicie norte

cima

  • Arandas, cerro Gordo, cerro Ayo, lago de Chapala, Jal.

28

  • 40-45

  • E, O y S

  • Planicie norte y sur

cima

  • Sierra de Pénjamo, límite Jal.-Gto., cerro de Ayo, lago de Chapala, Jal.

29

  • 20

  • 18

  • 14

  • N

  • NO

  • NO

  • Planicie norte

  • Planicie norte

  • Planicie norte

cima

  • Pegueros, Jal.

  • Cercanías de río Verde, Jal.

  • Cerrito de Moctezuma, sitio 30

30

  • 12

  • 85

  • 65

  • 30

  • O

  • SO

  • SO

  • S

  • Planicie norte

  • Corredor E-O

  • Planicie sur

  • Corredor E-O

loma

  • Cerro La Campana, río Verde, Jal.

  • Tonalá, Jal.

  • Poncitlán, lago de Chapala, Jal.

  • Cercanías Tototlán, Jal.

Si seguimos la ruta del corredor este-oeste, primero se encuentra el sitio 14, Picacho de Ayo, una elevación con una plataforma de 4500 m² frente a la población de Ayotlán en su lado sur, que resguarda el acceso a este corredor a manera de atalaya. Desde aquí es posible dominar el acceso hacia la meseta de los Altos que aquí termina en una especie de escalonamiento abrupto. También se observan al sur las pequeñas serranías cercanas y la planicie que conduce a Chapala. Continuando hacia el oeste y el norte, se entra a un callejón que pasa frente a varios sitios de lomas hasta llegar al río Zula. Es posible que en la parte alta existan otros asentamientos que no pudimos registrar debido a restricciones de paso, especialmente en la Rinconada Cristo Rey, donde la foto satelital muestra una plataforma de 50 x 38 m. En el lado sur de esta franja, está la Mesa del Pino, con más de 7 km de extensión, que recorrimos con cuidado, pero sin poder identificar restos de ocupación permanente, aunque sí hay evidencias de actividades y cerámica antigua, por lo cual debió ser utilizada para extracción de leña, piedra y madera, además de ser una excelente área de vigilancia en su costado norte para observar el corredor del río Zula, y también la planicie hacia el sur. Más adelante se llega al área actualmente ocupada por la población de Atotonilco el Alto, donde hay un piso de valle angosto ideal para la agricultura. Ahí se encontraba el sitio 1, cerro El Puerto, en el extremo de la serranía baja que conecta con la Mesa del Pino, y desde donde se domina también la meseta de acceso a los Altos, la entrada a la planicie sur y el curso del río Zula hacia el oeste. Posiblemente, complementaba el dominio de este tramo el sitio 24, Taretan, iniciando la planicie del lado norte y 200 m más arriba del anterior. La arquitectura de cerro El Puerto es más bien simple, con montículo principal, plaza y plataformas en su parte superior, que era una plataforma acondicionada de al menos 30 x 40 m, pero contaba con terrazas en la ladera sur (Castellón Huerta 1989a, 18-19; 1997, 359-61, Fig. 2). Las visuales incluyen otras elevaciones al oeste y sur, pero la conexión más importante sin duda es con el sitio 4, cerro El Proaño, que parece ser un centro de primera importancia política y religiosa en toda el área sur de los Altos, como se verá más adelante, así como con el sitio 3, cerro La Cruz, en la parte norte. Tanto El Proaño como el sitio 14 que está frente a Ayotlán probablemente fueron los extremos más importantes de este pasaje que resguardó la parte sur de la meseta de los Altos. Este paso estratégico domina una extensa área de valle y elevaciones circundantes, pues a través de este es posible moverse rápidamente hacia todas direcciones. Cualquier grupo extraño que se internara a lo largo de esta línea estaría estrechamente vigilado durante su travesía.

De manera lógica, dieciséis sitios con visuales amplias se ubican principalmente en localidades de cima (11), pero algunos se encuentran en lomas altas aisladas o en áreas intermedias de elevaciones mayores (5), asociados aparentemente a los primeros. Cabe hacer notar que nueve de estos sitios (1, 2, 3, 4, 11, 13, 14, 26 y 29) son precisamente aquellos que presentan arquitectura combinando patios, plataformas y montículos. Otros cuatro (17, 20-21, 24 y 30) son posibles complejos de cuartos con patio sobre plataforma, cercanos a los anteriores, y solo tres (9, 12 y 28) parecen sitios de actividad sin evidencia de construcciones. Esto sugiere claramente que la actividad arquitectónica durante el Epiclásico está fuertemente asociada a su ubicación en áreas de control, supervisión, comunicación, habitación y extracción de recursos.

A su vez, el corredor de sitios cercanos a Atotonilco el Alto conecta al este con otros pasos hacia el Bajío y hacia el valle de Atemajac al oeste, y parece marcar la frontera entre el sur de la meseta de los Altos con el acceso hacia la cuenca del lago de Chapala. Su posición topográfica parece ideal para el intercambio de objetos e información entre el norte y el este de Jalisco. Durante el Epiclásico fue, sin duda, un paso que debió ser vigilado y resguardado ante posibles incursiones, pero que facilitó la difusión de estilos en cerámica y arquitectura entre regiones cercanas. La presencia de sitios con patios o plazas abiertas o cerradas sugiere que las gentes de los alrededores se reunían periódicamente en estos espacios, frente a un pequeño templo, para efectuar actos rituales que también confirmaban la pertenencia al territorio, afianzaban una identidad regional y les daban mayor solidez a las élites locales para enfrentar alguna posible invasión hostil a sus dominios. Esta situación debió ser compartida con otros asentamientos de la misma época a más de 30 km de distancia, como es el caso de la Ciénega de Chapala al sur, los sitios cercanos a la población actual de Tototlán hacia el poniente o el conglomerado de sitios de este periodo ubicados en las elevaciones cercanas a Tanhuato hacia el suroriente (Pulido, Araiza y Grave 1996, 47, mapa 7) (véase Fig. 10). En general, los sitios con arquitectura debieron funcionar, principalmente, como centros de reunión, habitación de las élites, congregación de comuneros y puestos de vigía. Su función como fortalezas no es muy clara por la ausencia de muros o fosos y solo aquellos que están cercanos a mesetas o serranías pudieron servir a este fin.

El Peñol de Coyna

Al continuar por este corredor del sur de los Altos hacia el oeste, se vislumbra en las amplias áreas de valle la elevación aislada del cerro de Proaño, sitio 4, que puede ser observado desde el sitio 1, cerro El Puerto, en Atotonilco, y también desde los sitios de cima 3, 9, 11 y 12. Su fácil identificación y su ubicación en la planicie por donde corre el río Zula en su falda norte, antes de descender hacia Chapala, hacen suponer fácilmente su importancia religiosa o estratégica. No obstante, este lugar es un ejemplo de los desencuentros entre la etnohistoria y la arqueología, o al menos de las dificultades para conciliar ambos tipos de información.

Se trata de un sitio de cima referido en crónicas como el «Peñol de Coyna», lugar donde se inició la conquista de Nueva Galicia en 1530, y sobre todo como el escenario de la batalla que inició la guerra del Mixtón en octubre 1541 (Castellón Huerta 1991). El cerro se levanta más de 200 m sobre la planicie y es visible desde las poblaciones de Atotonilco y Tototlán, con longitud de 2 km y ancho de 1 km, orientado SO-NE. Su superficie superior en forma de meseta angosta tiene 760 x 40 m, aunque esto varía. En este espacio, muy cerrado por la vegetación, se pueden apreciar a lo largo de más de 300 m al menos dos conjuntos de plaza cerrados por plataformas y un tercero con pequeñas plataformas dispuestas alrededor de un área abierta (véase Fig. 8a). Llegando a la cima por el extremo NE del cerro, y siguiendo hacia el oeste, se encuentra esta sucesión de plazas con montículos bajos no mayores de 4 m de altura. En el extremo oeste, hay un puesto de vigía con visuales a más de 30 km, desde donde es posible observar la orilla norte del lago de Chapala al sur, las cercanías de Zapotlanejo al oeste y el cerro Gordo en la planicie de los Altos al norte. El saqueo permanente a que están expuestos deja ver que estas estructuras tuvieron distintas etapas de construcción y que los aplanados con que fueron recubiertas eran de lodo pintado con colores blanco y rojo.

La cerámica recolectada es similar a los tipos rojos y cafés con borde revertido que se encuentran en toda el área, y no es posible distinguir hasta ahora algún material Posclásico, a pesar de que las crónicas indican la ocupación de este lugar como zona de refugio. Las albarradas mencionadas en las crónicas y que se ilustran en mapas del siglo XVI no son muy claras en la subida por el extremo noreste, y solo se observan algunos peñascos sin evidencia de trabajo constructivo. Comparando los datos históricos del siglo XVI con lo que observamos sobre el terreno, parece que este lugar es en realidad un antiguo sitio del periodo Clásico terminal al Epiclásico, reutilizado como centro ceremonial en tiempos posteriores, y eventualmente como área de defensa, aunque esto último es una manera evidente de aislarse y quedar expuesto a ataques constantes y al corte de cualquier abastecimiento de agua y alimentos. Mi conclusión es que las crónicas del siglo XVI sobre la conquista y la rebelión del Mixtón contienen datos suficientes para identificar a este lugar como el «peñol» donde tuvieron lugar estos hechos, pero hay muchas exageraciones en cuanto a las albarradas y casi ningún dato sobre lo que había en la cumbre, donde solo se menciona que «tenían un templo con ídolos a quien sacrificaban, aunque eran bautizados».2

Los vestigios arqueológicos indican una ocupación más antigua y prolongada, así como un mayor cuidado en la construcción de los edificios. Los montículos eran objeto de mantenimiento en sus fachadas y constantes reconstrucciones, aunque no aumentaron mucho su altura. Los muros de las plataformas, o posiblemente algunos cuartos que están a no más de 40 cm bajo la superficie, fueron hechos con piedras planas dispuestas cuidadosamente a escuadra, y amarradas con argamasa de lodo y tal vez cal de tepetate. Sobre estas plataformas debieron existir algunos cuartos o casas de materiales más ligeros. Todas las estructuras adaptadas a la forma del terreno angosto y largo están orientadas en el mismo sentido de la topografía, con posibles puestos de vigía en los extremos. Desde el extremo NE, por ejemplo, se observa sin dificultad la ubicación de al menos cuatro sitios en cimas cercanas y, más al sur, el lago de Chapala a una distancia de 27 km. Su aislamiento en la planicie aluvial es ideal para actividades de tipo ritual con algunos sitios de habitación que también detectamos en sus faldas, donde existen algunos ojos de agua y abundante vegetación y fauna. Es claro que existe necesidad de mayores estudios arqueológicos, pero la correspondencia entre fuentes históricas y vestigios arqueológicos, al menos en este caso, es ambigua (véase Fig. 12).

Imagen Google Earth, 2024.

Figura 12 Sitio 4, cerro de Proaño o Peñol de Coyna. Vista NE-SO con el río Zula en su parte norte. Al fondo se ven Ocotlán y el lago de Chapala. 

Comentarios finales

La ubicación y arquitectura de los sitios registrados al sur de la meseta de los Altos de Jalisco sugiere que los asentamientos de esta área funcionaron en buena medida como parte de un sistema de control y defensa durante el periodo Epiclásico, sobre todo en el curso del río Zula. Este corredor conectaba con el Bajío al este y con el valle de Atemajac al oeste, donde los asentamientos tuvieron funciones diversas y complementarias. Algunos eran sitios de vigilancia, mediante visuales amplias que podían cubrir hasta 20 km o más. Otros eran sitios de habitación en terrazas o zonas de pie de monte; algunos de estos fueron lugares de extracción de piedra, leña, frutos, animales, etcétera, y otros más estuvieron más cerca de campos de cultivo en las planicies. Los sitios con arquitectura convergieron en patrones similares que debieron ser parte de una identidad regional para congregar a las comunidades cercanas, como las plataformas con patios hundidos y pequeños templos que eran compartidos con regiones cercanas al norte y al este, principalmente. También existen seguramente petrograbados asociados a estas plazas. Solo hallamos un ejemplo, que estaba muy borrado, en el sitio de San Gaspar II (19), pero debe haber más. Durante el periodo Epiclásico, la región de los Altos parece ser la confluencia de tradiciones del Bajío, Teuchitlán, Atemajac-El Grillo y sur de Jalisco, y posiblemente Chalchihuites (Weigand y García de Weigand 1999; Beekman y Weigand 2010; Beekman 2019), conviviendo de manera muy estrecha a lo largo de esta planicie y a menudo con diferencias en cerámica y arquitectura en distancias no mayores de 50 km. Esto implica sin duda una situación compleja de interacción constante a lo largo y ancho de la planicie alteña, sugiriendo que a partir del Epiclásico fue un corredor cultural muy activo entre todas estas regiones con el consiguiente traslape de estilos. En el contexto geográfico, en el sur de la región alteña, los sitios reportados muestran indicios de cohesión política durante este periodo, tal vez en el nivel de pequeños señoríos relacionados entre sí, ya que no se localizó ningún asentamiento de dimensiones lo suficientemente extensas como para ser considerado un centro político regional que gobernara a los demás. La distribución amplia del tipo cerámico rojo paredes gruesas pudiera indicar algún tipo de homogeneización e integración social, pero aún son necesarios más datos en este sentido. Tampoco sabemos si este corredor resguardado estaba integrado a un sistema interregional más amplio para controlar el tráfico de bienes de prestigio, aunque a la luz de los artefactos y rasgos compartidos con otras regiones tal posibilidad parece más cercana.

Otra implicación muy importante es el cambio en la forma de concebir el espacio público y ritual manifiesta en los sitios de nuestro interés y, en general, en toda región de los Altos y zonas adyacentes. Ahora es más aceptado considerar que el Bajío desde tiempos preclásicos influyó fuertemente en la formación de los complejos culturales del oriente y centro de Jalisco, lo cual es más evidente a finales de periodo Clásico e inicios del Epiclásico cuando tradiciones como la Teuchitlán decayeron hacia 550 d. C. (Beekman 2019, 133; Esparza et al. 2021, 10). Creemos que este fue el caso de la región de los Altos, que participó de la misma dinámica desde el siglo VI en adelante, y fue parte importante de este flujo de ideas que crearon nuevas identidades regionales.

Acerca de los bienes que se movían por este corredor alteño, la ruta este-oeste debería proveer de obsidiana de fuentes relativamente cercanas, ya sea desde los yacimientos de La Primavera y otros alrededor de Tequila a más de 90 km, o del más cercano en la sierra de Pénjamo a escasos 50 km, o Zináparo, Michoacán, 60 km al sureste. Más lejos están las fuentes de las sierras de Abasolo, los Agustinos y Ucareo, a casi 200 km de distancia. Otro recurso accesible sin duda fue la sal de las fuentes de Sayula, 120 km al suroeste, o desde el lago de Cuitzeo, 170 km al este, a menos de que existieran otras fuentes de menor escala hacia el norte. Los recursos lacustres, tales como peces y aves acuáticas, estaban muy cerca, 30 km al suroeste, mientras que del norte y áreas más lejanas circulaban cerámicas decoradas, cinabrio, trabajos de lapidaria, conchas, caracoles marinos y tal vez trabajos de cordelería y cestería.

Más allá de nuestra área de estudios hay otros sitios recientemente explorados que están aportando información sobre el periodo Epiclásico. Hacia el norte en la planicie está el sitio de Teocaltitán, con figurillas y cerámica muy similar a la encontrada por nosotros (Mexicon 2014, 8-9 Fig. 2). En la parte suroriental de los Altos, el sitio Cerrito de los Agaves está proporcionando valiosos datos para comprender las dinámicas regionales entre el Bajío y nuestra área de interés (Esparza et al. 2021). El acceso a los recursos básicos de agua y tierras cultivables, así como a los bienes que se podían obtener en una época donde los movimientos de población e invasiones eran frecuentes, podrían haber configurado los patrones de asentamiento de esta área que, inclusive, parece haber funcionado como zona de resguardo o límite entre lo que ahora es Michoacán y las mesetas del norte durante el periodo de contracción de la frontera mesoamericana. Por lo pronto, la presencia de estos sitios plantea aún más preguntas que respuestas, pero su registro y revisión después de treinta años han permitido también formular algunos problemas de investigación que deberán abordarse en un futuro inmediato, a la luz de los trabajos arqueológicos de la última década. Uno de ellos, sin duda, es el posible funcionamiento de una extensa ruta que conectó al Bajío con las zonas de occidente de Jalisco, a través de la parte sur de los Altos, es decir, hacia la ribera norte del lago de Chapala y sus cercanías. Las evidencias arquitectónicas y cerámicas así lo sugieren.

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* Mi reconocimiento a todos los alumnos de arqueología de la generación 1986 de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, hoy arqueólogos profesionales, que me asistieron en el trabajo de campo, hace ya algunos años. Igualmente, mi gratitud a dos revisores anónimos de este trabajo que hicieron valiosas sugerencias para mejorarlo. Las ideas expresadas en el texto son, por supuesto, de mi única responsabilidad.

1Los resultados de estas temporadas pueden consultarse en el Archivo Nacional de Arqueología (ANA) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

2Antonio de Mendoza, Descargos del Virrey, descargo 35, 48-1-2/24, octubre 30 de 1546, Archivo General de la Nación, México.

Recibido: 24 de Enero de 2024; Aprobado: 16 de Mayo de 2025; Publicado: 12 de Agosto de 2025

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