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Relaciones. Estudios de historia y sociedad

versão On-line ISSN 2448-7554versão impressa ISSN 0185-3929

Relac. Estud. hist. soc. vol.36 no.142 Zamora Jun. 2015

 

Reseñas

Alicia Civera Cerecedo, Juan Alfonseca Giner de los Ríos, Carlos Escalante Fernández, coords., Campesinos y escolares, la construcción de la escuela en el campo latinoamericano, siglos XIX y XX

Valentina Torres Septién Torres1  * 

1Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Civera Cerecedo, Alicia; Alfonseca Giner de los Ríos, Juan; Escalante Fernández, Carlos. Campesinos y escolares, la construcción de la escuela en el campo latinoamericano, siglos XIX y XX. México: El Colegio Mexiquense, Miguel Ángel Porrúa, 2011. 536p.


Educar en el campo. Dos siglos frente a la desigualdad social

Hablar del campo, de campesinos o de lo rural es hablar del hombre y su medio, sus relaciones y actividades, con la salud, la vivienda, los servicios básicos indispensables y necesariamente con la educación. En América Latina, los estudios sobre lo rural y, más concretamente, sobre la historia de cómo los campesinos se han convertido en escolares en cada una de sus comunidades han sido temas poco trabajados. La anterior generalización no implica desconocer los esfuerzos y el compromiso académico de algunos centros de educación superior de esta región del continente con el estudio de la educación rural en Latinoamérica.

Si bien, la historia de la educación llegó tarde como objeto de interés para los historiadores, el estudio de la educación rural lo ha sido más aún, pues, no fue sino hasta finales de los años sesenta del siglo pasado cuando este tema se empezó a trabajar en Latinoamérica, debido, en parte, a una falta de fuentes confiables. Todavía en nuestros tiempos, como bien lo señala Alicia Civera en la introducción al texto titulado Campesinos y escolares, la construcción de la escuela en el campo latinoamericano, siglos XIX y XX, "todavía existe un déficit en este asunto para que la educación [...] la escuela deje de ser [...] un tema marginal dentro de la historiografía". Esta reflexión nos sitúa en un presente, en el que, a pesar de los esfuerzos incuestionables realizados en casi todos los países latinoamericanos, la tarea sigue aún inconclusa no sólo en los avances educativos en el medio rural, sino también en el conocimiento de su desarrollo, como lo señala Civera.

En general, los criterios que predominan en las discusiones de tipo académico en relación con el estudio del campo se inscriben en los temas de tipo demográfico, de la infraestructura material y social, de la predominancia de lo urbano sobre lo rural, de la industria sobre la producción agrícola; desde una perspectiva social destaca el campo como un espacio de vida donde se construye una forma de cultura, una historia propia y una forma de vida y de ser distintos de la urbana. Los conceptos de "lo rural" y "lo urbano" no existen en sí mismos como realidades objetivas, sino que son construcciones sociales e históricas configuradas a partir de características que se han denominado como urbanas o rurales, aunque nunca se encuentren en forma pura en un solo espacio social.1 No obstante, y a pesar de pertenecer a una misma realidad social, lo rural ha sido sinónimo de atraso, de tradicionalismo y autarquía como opuesto a lo moderno, lo racional, lo abierto. Por ello, al hablar del campo se está delimitando un contexto de vida diferenciada y excluyente: se está frente a una sociedad contrapuesta a la urbana. En las investigaciones que se han realizado a la fecha, los discursos y las prácticas se construyen alrededor de lo rural y el desarrollo rural, como una forma industrializada y urbanizada de organización social en el trasfondo, pese a los esfuerzos por incorporar valores más pluralistas y democráticos, a través de nuevas visiones y prácticas que incorporen a lo rural como valioso. Ante esta dicotomía, en la mayor parte de los países latinoamericanos, el objetivo del desarrollo rural se ha visto a través del espejo de la urbe, vista esta última como una entidad superior.

De ahí la importancia que tienen los estudios que intentan mayor comprensión del problema como el que ahora se reseña. Por ser éste un texto colectivo con catorce artículos con un abanico representativo de diez naciones, no es una tarea sencilla. El texto nos acerca a regiones rurales poco conocidas dentro de la historiografía contemporánea, en países como Bolivia, Costa Rica o las Antillas, con un aproximación novedosa hacia regiones de mayor difusión historiográfica como Chile, Colombia, Argentina o Brasil. La propia reflexión sobre México se enfoca en localidades donde el estudio de lo rural es reciente o con acercamientos metodológicos innovadores. Esto abre la dimensión de la investigación a múltiples temas de análisis que dan la posibilidad de una lectura con un sentido crítico.

Bajo la coordinación esmerada de Alicia Civera Cerecedo, Juan Alfonseca Giner de los Ríos y Carlos Escalante Fernández, probados investigadores del fenómeno de la educación rural, que participan en el texto con trabajos de reflexión tanto introductorios (Civera) como de conclusión y análisis (Alfonseca y Escalante), todos propositivos, críticos y de valoración general del trabajo, la lectura del texto adquiere una dimensión significativa para la historia de la educación. Afirma Escalante que

Como objeto de estudio histórico, la educación rural latinoamericana constituye el acceso a una ventana privilegiada desde la cual mirar de otras maneras, los sistemas educativos de nuestros países: en su gestación incierta y en su desarrollo contradictorio, caracterizado por logros, fracasos y retrocesos, también permite observar la presencia de algunos actores fundamentales de la conformación de cada país, por último, ayuda a repensar la viabilidad histórica de alternativas educativas para los sectores populares, diseñadas por los gobiernos o gestadas desde estos mismos sectores (p. 492)

Efectivamente, las ventanas se abren con la colaboración de los trabajos que se incluyen como una propuesta de miradas novedosas que ofrecen puntos de observación académica enriquecida dentro de los planteamientos observados por los coordinadores del texto.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando las luchas independientes habían concluido y los estados nacionales comenzaban a tener características diferenciadas, la educación rural, en la mayoría de ellos, fue parte de las preocupaciones y proyectos políticos. El texto parte de la premisa de la distinción histórica, que tiene en consideración la mirada de las afinidades compartidas en una tradición colonial. Los diferentes artículos analizan el desarrollo de las escuelas rurales en el ámbito geográfico de las naciones independientes, con todo lo que implica: similitudes y diferencias dadas en función de historias políticas, económicas y sociales diversas, aunque con puntos de confluencia interesantes que hacen posible la realización de un análisis comparativo. Tarea difícil si consideramos que la historia de lo rural es producto de una reproducción y construcción material, cultural y simbólica de la sociedad que se estructura a partir de las relaciones sociales que se establecen en cada localidad y con los grupos vinculados con cada medio; así, cada familia, cada ritual, cada costumbre, región o escuela, se debe reconocer como inserta en su propio entorno, con cosmovisiones propias, prácticas cotidianas, estilos de vida, significados y percepciones que mucha de la historiografía que observa la región, generaliza.

La perspectiva que ofrece este texto permite establecer la diversificación y la pluralización de lo que parece empíricamente semejante. La riqueza del texto está precisamente en que permite observar desde una perspectiva singular, un complejo tema generalizado en la extensa región latinoamericana con todas sus distinciones geográficas, históricas o culturales. Sin embargo, el esfuerzo de los coordinadores por ofrecer una visión comparativa nos permite ampliar el conocimiento sobre la realidad educativa rural latinoamericana desde la diversidad de enfoques metodológicos que cada uno de los artículos presenta. Así mismo, permite construir hipótesis más amplias que rompen la visión autorreferente de lo local de los historiadores participantes; frente a trabajos similares de otros países o regiones, ofrece un "efecto desprovincializante" que libera y abre perspectivas.2 Estas visiones regionales sobre temas similares, aunque vistas con perspectivas diferenciadas, permiten identificar nuevos problemas, plantear reflexiones posibles y generalizaciones plausibles. Así mismo, una aproximación como ésta a la historia de la educación en los campos latinoamericanos, abre la perspectiva para adoptar un enfoque interdisciplinario que permitirá ampliar y profundizar la mirada sobre el desarrollo escolar en las ruralidades desde diferentes enfoques.

Las preguntas que se responden o cuando menos quedan apuntadas en el texto son múltiples: algunas de ellas tienen que ver con quiénes tienen interés en impulsar la educación en el campo; en qué sitios y porqué la impulsaron; a qué sectores sociales esta educación ha beneficiado con el tiempo; cómo ha impactado la educación rural en el desarrollo de las regiones; cómo ha ido penetrando en las comunidades a través de dos siglos la escuela rural; en qué se distingue la educación impartida en los siglos XIX y XX con la actual, frente al desarrollo de las nuevas tecnologías; qué métodos y pedagogías se han puesto en operación y cuáles de ellos pueden considerarse como exitosos; en qué se distingue la educación rural de la urbana en momentos y espacios diferenciados; cómo se ingenian los maestros rurales para realizar una práctica docente en estos ámbitos carentes de posibilidades y recursos económicos y de formación docente; cómo se abordó el problema de las lenguas indígenas, el bilingüismo de muchas comunidades latinoamericanas; quiénes quedaron excluidos de una educación que, ya de por sí, era para marginados sociales; qué importancia tuvo la enseñanza agrícola para estas comunidades en ámbitos de desarrollo capitalista; cuáles eran las capacidades del Estado y los intereses de la población a la que pretendían capacitar; cómo se ha integrado la formación de alumnos con las responsabilidades laborales en el campo; cómo se han adecuado los tiempos laborales agrícolas con la asistencia a la escuela; cómo ha frenado la educación rural las migraciones hacia las ciudades como parte de un proyecto demográfico en las diversas regiones nacionales. Éstas son sólo algunas de muchas cuestiones que los artículos investigan, sugieren y abren a la discusión latinoamericana.

Algunos de los planteamientos que dan los diferentes artículos y que pueden ser generalizables para toda la región son: la falta de recursos económicos; locales improvisados; escasez de profesores preparados; carencia de sistemas de supervisión; inconsistencia en los tiempos de permanencia en la escuela; inasistencias temporales por la actividad laboral infantil; carencia de medios y vías de comunicación; distinciones de género; problemas de índole magisterial o sindical; patrones educativos uniformes de enseñanza en la ciudad y el campo. Aunque tal vez lo más indicativo y novedoso está en las diferencias regionales, de las muchas que se plantean: como la enseñanza agrícola sólo en algunas de estas escuelas -Argentina, México-; la creación de normales a raíz de la educación rural -Brasil-; el desarrollo de métodos pedagógicos para el ámbito rural -Cuba, Puerto Rico, Haití, República Dominicana-; la importancia que esta educación tuvo para las elites -Chile, Bolivia-; la necesidad de arraigar a las comunidades rurales para evitar la emigración a las urbes -Brasil-.

Ante la dificultad de entrar en el análisis de cada uno de los artículos que serán, sin duda, referencia obligada en el estudio de la problemática escolar en los campos latinoamericanos, sólo haré referencia a un asunto que muestra la complejidad que tratan. Me parece interesante la reflexión de cómo algunas de las escuelas sobrevivieron en regiones donde la escritura sólo adquirió valor como herramienta para poner en contacto a la comunidad rural con el Estado centralizador, y abrió la posibilidad de modificar formas de dominación regional; entender esta complejidad de situaciones culturales muestra la dificultad de penetración escolar en ciertos lugares. Sin duda, en los siglos pasados la escuela tuvo un significado muy distinto para los campesinos, bastante lejano a los intereses de las elites en las ciudades. Sólo mediante el conocimiento del pasado y del desarrollo que estas ruralidades tuvieron en relación con el poder se puede comprender el "sentido simbólico" que la educación adquirió en cada comunidad, que sólo es posible explicar si "se ubica como un proceso construido desde abajo", tal y como lo señala Civera (p. 18).

Trabajos comparativos e interregionales como el presente se convierten en una necesidad académica apremiante para entender problemas de solución urgente. La amplitud de visión que nos presenta permite ponderar, desde una perspectiva mucho más profunda que la simple mirada local, la dimensión del dilema, en este caso, el de la escolaridad en las ruralidades de América Latina. Será indispensable repensar los problemas educativos, que todavía aquejan a los países de la región de manera apremiante, con estrategias que permitan una efectiva solución responsable, integradora y, a la vez, respetuosa ante las diversidades étnicas. Sólo después de que se hayan analizado las estrategias exitosas, así como los fracasos inevitables, será posible aventurar nuevas políticas que lleven a las comunidades marginadas en la región elementos de mayor justicia y bien común.

1A. Franco, "¿Espacios rurales, pobladores o prácticas rurales? Chacay Oesta y su área de influencia", citado por Nelly del Carmen Suárez Restrepo et al., "Lo rural. Un campo inacabado", Revista de la Facultad Nacional de Agronomía, Medellín, núm. 2, vol. 81, 2008, 337-360.

2Jurgen Kocka, "Comparison and beyond", History and Theory, núm. 42, febrero de 2003, 39-44, 41.

* Autor para correspondencia: valentinatorresseptien@gmail.com

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