Introducción
El 28 de febrero de 2018 se anunció en diversos medios que la ciudad de México contaría por primera vez con una radio feminista comunitaria, luego de que el Instituto Federal de Telecomunicaciones hubiera aprobado la solicitud de concesión realizada por la Alianza para el Derecho Humano de las Mujeres a Comunicar. Esta concesión fue resultado de una lucha por parte de tres organizaciones feministas para lograr que las mujeres no sólo pudieran acceder a los medios, sino, sobre todo, dirigirlos y determinar su contenido. La iniciativa respondió a un diagnóstico contundente: “En promedio, ochenta por ciento de los puestos de dirección son ocupados por hombres” y “las mujeres ocupan apenas veinte minutos de cada hora de transmisión radiofónica”.1
Sin duda, la creación de dicha emisora representa una propuesta única en el país, en el sentido de que no existe otra radiodifusora con tales características. Sin embargo, los esfuerzos -quizá un poco más pequeños- que desde diversos grupos o proyectos feministas se han realizado para posicionar la agenda de los feminismos en la opinión pública, a través de los medios de comunicación y de la radio en particular, han sido numerosos, históricos y realizados desde diversas ciudades o entidades.2 Un ejemplo es el programa titulado Foro de la Mujer, creado por el Grupo Rosario Castellanos en Oaxaca de Juárez, en 1979, el cual empezó a transmitirse como parte de la programación de Radio Universidad de la Universidad Autónoma Benito Juárez (en adelante, UABJO), y estuvo seis años al aire, hasta 1984. Durante su transmisión, ningún otro programa se abocó con tanto compromiso a hablar de las principales problemáticas de las mujeres en Oaxaca. Y, aunque tuvo una vida relativamente corta, fue el punto de partida de otros proyectos radiofónicos que le siguieron.
La vigencia de su legado llama la atención en un contexto en el que los medios digitales han ganado terreno, disminuyendo o mermando la trascendencia e impacto de la radio, y nos invita a preguntarnos por la importancia que este medio ha tenido -y sigue teniendo- para las mujeres y los feminismos oaxaqueños. ¿Cómo es que las mujeres y las feministas oaxaqueñas se interesaron en el empleo de una tecnología y un medio de comunicación como la radio? ¿Qué importancia tuvo la comunicación a través de este medio para el movimiento? ¿Hasta qué punto y cómo la radio contribuyó al objetivo de “convertir lo personal en político”?
Estas son algunas de las preguntas que motivaron el presente trabajo, que tiene como objetivo analizar el cruce entre el empleo de una tecnología y un medio de comunicación como la radio, la organización de un grupo específico de mujeres y los objetivos feministas de “transformar y revolucionar las relaciones entre los sexos”,3 a través del estudio del programa pionero de radio titulado Foro de la Mujer, transmitido en Oaxaca entre 1979 y 1984. Esto con el propósito de comprender el papel que tuvo la radio como medio de difusión y comunicación, pero, sobre todo, de concientización del feminismo en las décadas de 1970 y 1980, en comparación con otros soportes -especialmente los escritos-, y examinar la relación entre el programa oaxaqueño y el homónimo4 transmitido casi en paralelo en la ciudad de México.
Se parte de la premisa de que si bien el programa oaxaqueño Foro de la Mujer no fue desde un inicio declaradamente feminista, sin duda fue un espacio importante, pionero y transgresor,5 que dio lugar a muchas de las reivindicaciones de este movimiento. Representó un medio esencial de comunicación y difusión del pensamiento y las acciones de un grupo de mujeres en la capital oaxaqueña, que contribuyó -junto con otras tantas iniciativas- al deseo de construir sociedades cada vez más justas y equitativas. Este espacio permitió cuestionar los patrones tradicionales de ser mujer, desmitificar ideas y prejuicios, y construir una “opinión pública esclarecida y de conocimiento”6 sobre temas y problemáticas que atañían tanto a las mujeres como a los hombres. Más importante aún, en el caso de Oaxaca, el programa -y la radio en general- tuvo un papel clave en el objetivo de concientizar a la población y llevar “lo personal” al espacio público. Es decir, se trató de una estrategia más práctica que intelectual, lo cual marca su principal diferencia con respecto al programa homónimo de la ciudad de México.7
La propuesta se inserta dentro del amplio campo de estudio de los movimientos sociales y de la utilización de recursos y estrategias de los medios de comunicación para “hacer visibles sus ideales, propuestas y motivaciones”.8 Diversos estudios han avanzado sobre este campo, porque, como ha señalado Guiomar Rovira, “la comunicación es una de las actividades definitorias de cualquier movimiento social”, 9y todos en algún momento han hecho uso de los medios a su alcance -desde la prensa y los volantes hasta los medios digitales con internet, pasando también por los “nanomedios de comunicación”-10 con diversos fines. El movimiento feminista no ha sido la excepción; se ha caracterizado desde sus orígenes por su uso constante, así como “por la creatividad al expresar sus demandas”.11 Durante la década de 1970, la necesidad de generar un cambio cultural llevó a muchos grupos a utilizar las manifestaciones, los mítines, el volanteo, las marchas, las canciones, el cine, el arte, las revistas, los periódicos y, por supuesto, la radio. Sin embargo, a diferencia de los demás medios, este último apenas ha recibido atención,12 sobre todo desde una perspectiva histórica.
Por ello, el presente trabajo busca contribuir a llenar este vacío, mediante el análisis de una selección de los programas de radio producidos por Radio Universidad, que se encuentran en la fonoteca de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, así como también las entrevistas realizadas a su creadora, la doctora Margarita Dalton Palomo, y algunos documentos de su archivo personal.
El feminismo de la década de 1970 y su impacto en la radio
Como ha señalado Ana Lau Jaiven, los movimientos contraculturales de los años sesenta llevaron a una transformación profunda a nivel mundial que dio cabida a las mujeres, convirtiéndolas en actoras principales.13 Muchas empezaron a participar en movimientos sociales y estudiantiles, para posteriormente desprenderse de ellos y seguir un camino propio.14 De esta manera, tanto jóvenes estudiantes como feministas de la vieja guardia inauguraron lo que ha sido identificado como la segunda ola, la nueva ola o el neofeminismo mexicano, términos empleados para distinguir este impulso del que le antecedió por parte de las feministas sufragistas. En esta “nueva ola”, el objetivo ya no era conseguir el derecho al voto, sino “desplazar la desigualdad que sufren las mujeres en busca de una justa equidad entre los géneros, colocando al cuerpo femenino y sus manifestaciones como centro de las exigencias”.15
Su irrupción implicó, señala Eli Bartra, “el descubrimiento de la existencia de algo que se llamó ‘la condición de la mujer’”.16 Así, toda la década de 1970 estuvo marcada por la formación de una conciencia sobre su situación de inferioridad, a través de la aplicación de una metodología derivada del feminismo radical estadounidense, denominada “grupos de autoconciencia”,17 que consistía en la reunión de pequeños grupos para discutir las formas personales y cotidianas en las que habían experimentado distintas expresiones de subordinación y opresión, relacionadas con su condición de género. En otras palabras, se trataba de un “análisis colectivo” que trascendía lo personal e íntimo -sin dejar de considerarlo un espacio político prioritario-18para colocarse en el plano de las vivencias compartidas. Su propósito era transversalizar el ámbito privado y público, hacer una “reinterpretación política de la propia vida y poner las bases para su transformación”.19 La intención, señala Julia Antivilo, “era evidenciar que las relaciones de poder discriminatorias se extendían a todos los ámbitos, incluido el privado, que la intervención política del patriarcado afectaba a la práctica cotidiana generando diferencias hasta en lo más íntimo”.20 En contrapartida, se buscaba demostrar que lo individual era común a la mayoría, que los problemas tenían causas estructurales y que, en consecuencia, la solución debía ser política. De este modo emergió la consigna de “lo personal es político”, que tuvo efectos prácticos importantes en una buena parte del mundo y que proliferó acompañada de “la imperiosa necesidad de comunicar” lo vivido y reflexionado “a la mayor cantidad de gente posible”.21
En consecuencia, durante los primeros cinco años de la década de 1970 hubo un incremento de grupos pequeños de discusión, varios intentos de organización y expresiones públicas, como la manifestación del Monumento a la Madre en el año de 1971, que emergió en protesta por la manipulación que hacían los medios de comunicación del “mito de la madre”. En esa ocasión se repartieron volantes, se desplegaron pancartas y globos, y el evento, casi por azar, obtuvo cobertura televisiva. Poco después, le siguió la conferencia de Susan Sontag que, según señala Marta Acevedo, generó pequeños grupos de autoconciencia, desde los cuales empezaron a planear “trabajos concretos dentro de una línea política”.22 Algunos de estos trabajos fueron “conferencias en provincia, una casa de mujeres, grupos de estudio y trabajo y publicación de artículos”. Consecuentemente, empezaron a consolidarse los primeros colectivos identificados abiertamente como feministas, entre ellos Mujeres en Acción Solidaria (MAS, 1971), el Movimiento Nacional de Mujeres (MNM, 1973) y el Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM, 1974).
Aunque desde principios de la década de 1970 se observaba una creciente actividad y organización, el verdadero punto de inflexión llegó con el Año Internacional de la Mujer (1975) y los eventos que lo acompañaron -la Conferencia, la Tribuna y el Contra-Congreso celebrados en la ciudad de México-, que marcaron un antes y un después en la historia de los feminismos mexicanos por la gran cantidad de mujeres que agruparon y por el impacto generado. Antes del evento se realizaron múltiples actividades, como el Encuentro de Periodistas, en donde se discutieron los temas del Año Internacional de la Mujer.23 Durante la conferencia, la comunicación de lo acontecido durante tres semanas dio lugar a una serie de notas en los diarios comerciales que le dieron seguimiento a los eventos y acuerdos tomados. La conferencia generó asimismo sus propias publicaciones que se elaboraron específicamente para dar cuenta de lo que sucedía y, aunque tuvieron una corta duración, su impacto fue significativo.24 También impulsó una profunda reflexión sobre “el papel de la mujer”, que se manifestó, por ejemplo, en el ámbito artístico, a través de distintos eventos, publicaciones y exposiciones.25
Muchos grupos y colectivos formados en los años posteriores se congregaron a raíz de lo visto y lo discutido durante ese evento, o se manifestaron en abierta oposición a él, y muy pronto empezaron a formar sus agendas. Esos colectivos, sus discusiones, el seguimiento de lo acontecido, su oposición y las consecuencias que generaron quedaron plasmadas en algunas publicaciones feministas como La Revuelta o Cihuat,26 que circularon fuera de la ciudad de México y que llegaron a nutrir discusiones locales, como ocurrió en Oaxaca.
Fue precisamente en este contexto, y como resultado del ímpetu producido por el Año Internacional de la Mujer, que se creó el Grupo de Estudios de la Mujer Rosario Castellanos (1977) y, dos años después, el programa de radio Foro de la Mujer (1979). Es importante aclarar que este no fue el primer programa de radio que existió en México enfocado a dar cuenta de las problemáticas vividas por las mujeres, y tampoco fue una idea completamente original del Grupo de Estudios -del que se hablará más adelante-, sino de la escritora y activista guatemalteca Alaíde Foppa. Como ha señalado Margarita Dalton, el Foro de la Mujer oaxaqueño emergió inspirado en el primer programa homónimo creado por Foppa en 1972 en la ciudad de México.27 Sin embargo, mientras este programa se configuró como una propuesta alternativa a lo que se escuchaba en la radio comercial sobre las mujeres a principios de la década de 1970, el programa oaxaqueño fue resultado directo del revuelo causado por la Conferencia de 1975 y de los vínculos establecidos entre el feminismo de la capital y los grupos en las provincias.
En todo caso, ambos proyectos irrumpieron en un escenario en el que, si bien las mujeres ya tenían una presencia en la radio -fundamentalmente en la esfera comercial, como locutoras, radionovelistas, cantantes, secretarias, etcétera-, su participación seguía siendo minoritaria en comparación con los varones, particularmente en el caso de Oaxaca. Frente a este escenario, la creación de ambos foros dentro de la radio cultural o educativa no es una casualidad, como tampoco lo es el que las radiodifusoras que los sostuvieron fueran universitarias, ni que sus impulsoras provinieran del ámbito académico.
A diferencia de la radio comercial, las estaciones universitarias -como Radio UNAM o Radio Universidad de la UABJO- se crearon con el propósito de “llevar el conocimiento y la cultura más allá de los muros que limitaban a la Universidad”28 y fungir como “puente entre las comunidades académicas y populares”.29 Así, como ha señalado Florence Toussaint, estas radios se alejaron del auditorio promedio30 como de la generación de contenidos tradicionales, lo que les permitió experimentar y dar cabida a nuevas voces de la realidad social y política, incluidas las de los movimientos sociales y estudiantiles.31 Esa apertura promovió una conciencia crítica que desembocó en la creación de programas como los impulsados por Alaíde Foppa en la ciudad de México y Margarita Dalton en Oaxaca.
Las mujeres, el grupo Rosario Castellanos y el programa Foro de la mujer
Ahora bien, entender la importancia que tuvo el programa de radio y el feminismo en la comunidad oaxaqueña requiere revisar, aunque sea brevemente, el contexto local y la situación de las mujeres en aquel momento. Oaxaca es un estado caracterizado por una gran diversidad étnica, natural y cultural. Su capital es el reflejo de las complejidades y entrecruzamientos de esa diversidad, así como su “enmarañada y abigarrada vida política”32 y los cambios experimentados a lo largo del tiempo.
Para la década de 1970, el estado seguía siendo esencialmente rural con una población de 2 015 424 habitantes, de los cuales 5.7% habitaba en la ciudad, y de estos, 54 949 eran varones y 61 439 mujeres.33 Aunque las mujeres citadinas se encontraban más integradas a la vida social gracias a una serie de cambios económicos y sociales experimentados desde inicios del siglo XX, aún estaban sujetas a valores tradicionales y conservadores, interiorizados a través de lo que se consideraba su “deber ser”.34 Su vida, por lo tanto, no era muy diferente a la de otras ciudades de provincia en las décadas de 1970 y 1980, y oscilaba entre la modernidad y la tradición.
Por un lado, su presencia en los espacios laborales y educativos era más que contundente, y muchas habían experimentado cambios radicales a partir de su ingreso a ellos; por el otro, la mayoría seguía cumpliendo roles tradicionales de madres y amas de casa. Los medios de comunicación masiva -radio, cine, televisión- desempeñaron un papel muy importante porque se encargaron de reforzar esos modelos de moral social a través de canciones, radionovelas o anuncios, entre otros recursos.35
Al mismo tiempo, Oaxaca -y particularmente su capital- experimentó una serie de eventos políticos y sociales, en clara correspondencia con lo que sucedía a nivel nacional, internacional y local, y a los cuales no fueron ajenas las mujeres. La política autoritaria local, las disputas por el poder, la solidaridad y las injusticias en un estado caracterizado por la desigualdad y la pobreza, dieron lugar a la constitución de múltiples organizaciones formadas por estudiantes, trabajadores y campesinos, como la Coalición Obrero Campesino-Estudiantil de Oaxaca (COCEO), el Grupo Comunista Internacional (GCI) o la Unión del Pueblo (UP), que protagonizaron marchas, plantones y mítines en Oaxaca de Juárez, reivindicando demandas sociales, políticas y económicas frente a la represión del entonces gobernador Zárate Aquino.
Los movimientos estudiantiles impulsaron, además, una rebeldía generalizada “en contra de la sociedad patriarcal, el cambio cultural y la búsqueda de cambio social”.36 De tal suerte que las décadas de 1970 y 1980 fueron tiempos de agitación, agrietamiento y liberación que abrieron nuevos espacios “de transformación de la cultura reinante y lo cotidiano”,37 y cuestionaron viejos valores, prácticas y costumbres que atañían a la sociedad en general y a las mujeres en particular.
Como ha señalado Ana Lau Jaiven y Mari Cruz Gómez, los feminismos “se construyen constantemente de acuerdo con el contexto en el que se desenvuelven”38 y es en este contexto de movilizaciones en el que emergieron el Grupo de Estudios de la Mujer Rosario Castellanos y el programa Foro de la Mujer, ambos indisociables de la llegada de Margarita Dalton -historiadora, escritora y activista- a Oaxaca en el año de 1968. Su trayectoria no sólo es el reflejo de la excepcionalidad de algunas mujeres, sino también del impacto que tuvieron los cambios experimentados a nivel internacional, nacional y local en el último tercio del siglo XX. A Margarita Dalton le tocó vivir la revolución cubana, los movimientos y revueltas estudiantiles. Pasó una temporada en Cuba como voluntaria en las campañas de alfabetización, y otra en París, donde vivió las protestas y los disturbios del mayo francés.39
El ambiente hippie y la rebelión contra las normas la llevaron a instalar una comuna en el poblado de El Vergel, en el distrito de Ejutla, desde la cual estableció contacto con muchas personas alrededor del mundo interesadas en tal estilo de vida.40 Sin embargo, un episodio de violencia la obligó a mudarse a la capital oaxaqueña en el año de 1976.
En la ciudad, buscó empleo y, gracias a René Cabrera Palomec,41 fue presentada con Regina Gibaja, en ese momento encargada del recientemente creado Centro para la Formación de Profesores e Investigadores en Ciencias Sociales.42 A través de Regina obtuvo una cátedra de Historia de América Latina en la UABJO, lo cual se convirtió en un suceso nodal de su trayectoria académica y feminista. Ahí conoció a sus alumnas Guadalupe Musalem y Rhuama Ortiz, con quienes estableció una relación de amistad e intercambio intelectual que las condujo a reunirse fuera de la universidad, leer y discutir textos, informarse y, a lo largo de los años, llevar a cabo diversos proyectos.
Para ese momento, los efectos del Año y la Conferencia Internacional de la Mujer ya se hacían sentir en diversos estados del país. A Oaxaca habían llegado lecturas como El segundo sexo de Simone de Beauvoir, los libros de Rosario Castellanos o las revistas La Revuelta y Cihuat, que inicialmente serían estudiadas por ellas, pero que, “después de un tiempo de conversaciones y discusiones”, fueron compartidas con otras mujeres luego de invitar a más integrantes -en su mayoría universitarias de clase media, urbanas y blancas- y hacer un pequeño grupo de estudio.43 Así fue como nació el “Grupo de Estudios de la Mujer Rosario Castellanos”, con cuyo nombre quisieron hacer un homenaje a la autora de El eterno femenino.44
La decisión de pasar del espacio privado -donde discutían textos y reflexionaban sobre lo que estaba sucediendo en ese momento en Oaxaca, a raíz de las luchas políticas que involucraron a la universidad y que, finalmente, terminaron con la caída del gobernador Manuel Zárate Aquino- al espacio público se hizo inminente, y hacia 1978 organizaron un primer “Encuentro de Mujeres”, al cual invitaron a varias feministas de la capital, como Paloma Villegas, Martha Acevedo y Elizabeth Maier. El propósito era celebrar el primer aniversario del grupo, darse a conocer públicamente y discutir en torno a cuatro temas que consideraron de especial relevancia: educación, legislación, salud y trabajo, que eran los temas que estaban en ese momento en la agenda nacional del feminismo mexicano.
Margarita Dalton señala que siempre tuvieron un vínculo “con gente de fuera”,45 por lo que el flujo de ideas, lecturas y actividades fue una constante. Esto quedó reflejado también en el programa de radio que lanzaron un año después. Tomando como referente el programa de Alaíde Foppa, las integrantes del Grupo de Estudios acudieron a la radio para gestionar un programa propio,46 pensando que era una gran oportunidad para “hacer llegar a otras mujeres algunas de las cosas que discutimos dentro de nuestro grupo y, de alguna manera, compartir la información y tratar de crear conciencia del problema en otras gentes”.47 Con ello, dejaron claro el objetivo de ir más allá de la tarea intelectual para incidir en la sociedad, a fin de generar un cambio de prácticas e ideas.
Las transmisiones comenzaron en 1979 y se mantuvieron hasta el año de 1984. El programa se transmitía los martes a las diez de la noche, con repetición los sábados al medio día. Se trataba de un programa variado que incluía música grabada; entrevistas a invitadas especiales; fragmentos de importantes revistas feministas mexicanas e internacionales; lectura de libros; de biografías o datos de mujeres célebres -como Flora Tristán, Emma Goldman, Olimpia de Gouges, Concepción Arenal-; y comentarios, eventos y noticias sobre el surgimiento del movimiento feminista y su desarrollo en el mundo. Uno de los elementos más característicos y que más lo diferenció del programa transmitido en la ciudad de México fue la dramatización de situaciones vividas por personajes ficticios.
El Foro de la Mujer oaxaqueño tuvo un formato más largo que el programa de la ciudad de México, lo que implicó un gran esfuerzo y creatividad para sostenerlo. Desafortunadamente, a diferencia de los programas de la ciudad de México, no se conserva acceso completo a todas las grabaciones, sino únicamente a las que fueron transferidas a casete.48 De esta manera, desconocemos todos los temas que se abordaron; algunos de ellos fueron la educación de los hijos, la situación legal de la mujer en México, la psicología femenina, el trabajo doméstico y su papel en la sociedad, la mujer en Nicaragua y El Salvador, el Día de las Madres, la salud, las mujeres palestinas y las mujeres de Juchitán y su relación con la Coalición Obrera, Campesina, Estudiantil del Istmo (COCEI), en un contexto en el que este movimiento estaba generando un gran revuelo en el estado.49
Además, llegaron a incluir temas difíciles y polémicos que no eran abordados por otras radiodifusoras y que eran muy poco aceptados por la sociedad en general, tales como la educación sexual, los anticonceptivos, la violación o la prostitución.50 Asimismo, por lo complicado que era nombrar en ese momento al “feminismo”, fueron introduciendo poco a poco información relacionada con sus principales protagonistas.51 Dedicaron, por ejemplo, un programa a la vida y obra de Rosario Castellanos, tratando de rescatar no solamente sus aportaciones políticas e intelectuales, sino también su voz a través de la lectura de algunos poemas;52 y otros a la formación y caracterización de algunos grupos feministas de la ciudad de México y de otras partes del mundo,53 como el Colectivo de Boston, fundado en Estados Unidos.
Este último, en particular, fue abordado detenidamente gracias a la visita que realizó Vilunya Diskin,54 una de sus fundadoras, a la ciudad de Oaxaca. Al respecto, Margarita Dalton señala: “Cada vez que alguna feminista llegaba a Oaxaca, tratábamos de sacarle el mayor partido”,55 y fue por ese motivo que la invitaron al programa de radio, para que hablara del colectivo y de su libro titulado Nuestros cuerpos, nuestras vidas.56 Para este momento era indudable el interés del Grupo Rosario Castellanos por cuestiones como la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres y el tema del cuerpo y la justicia reproductiva. En la entrevista surgieron otros temas, como la concientización de las mujeres, la divulgación de información sobre ellas y la tarea de compartir el conocimiento con otros grupos.
Asimismo, a través de este programa dedicado al Colectivo de Boston se puede percibir el impacto que llegó a tener el proyecto radiofónico en quienes lo producían. Como resultado de esa conversación con Vilunya, se propusieron estudiar el libro citado con ánimos de realizar una adaptación al español, llevando a cabo diversas reuniones en las cuales discutieron algunos conceptos y posturas tanto individuales como colectivas en torno a la sexualidad y los cuerpos.57 En otras palabras, la visita de Vilunya a la estación detonó un proceso de reflexión, estudio, concientización, reorganización y reconfiguración interna del grupo.
En lo que respecta al público en general o a otras mujeres de la ciudad de Oaxaca, resulta difícil medir el impacto que tuvo el programa. Margarita Dalton recuerda que recibieron algunas cartas de escuchas asiduas que las felicitaron por llevar a cabo tal proyecto y que el director de la emisora les llegó a comunicar que “el programa tenía mucha aceptación y que era muy escuchado”.58 Su duración -cinco años al aire- es un indicador del interés que despertó. Sin embargo, no debe perderse de vista que se transmitía en una radio educativa, cuyo alcance estaba limitado a 1000 kW de potencia.59
Sensibilización, concientización y comunicación
En su investigación, Rita Abreu señala que, para el periodo comprendido entre 1920 y 1960, “es muy poco probable que las sufragistas, las mujeres quejosas de la educación sexual o aquellas que pugnaban por cambios sociales, usaran el micrófono para hacer proselitismo”.60 Desde su perspectiva, la lucha política de las mujeres en México no había llegado a la radio en ese periodo para difundir o hacer públicas sus reivindicaciones, como sí sucedió con la prensa. Y, en efecto, para las feministas de la segunda ola esto no cambió considerablemente. La prensa seguiría siendo el medio privilegiado de comunicación y difusión de su pensamiento y acciones.
Sin embargo, hacia 1972 irrumpió el primer programa de radio en la ciudad de México, como una rara excepción entre muchos proyectos editoriales. La década de 1970 se caracterizó por la aparición y circulación de periódicos, revistas y volantes, con los cuales se pretendía tomar la palabra, difundir las ideas y “organizar la conciencia desde abajo”.61 Su impacto fue trascendente, al grado de que muchos de estos proyectos -pese a tener una producción limitada y artesanal, entregarse de mano en mano y circular entre redes de mujeres- llegaron a otras regiones del país; no obstante, la mayoría tuvo una vida efímera. Debido a que eran autofinanciables, fue muy difícil para los grupos mantenerlos durante mucho tiempo, como ocurrió con el periódico La Revuelta, que terminó desapareciendo a los dos años de haber sacado su primer número,62 o con el boletín Mujeres Mexicanas, de la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas.63 De hecho, esta fue la situación de gran parte de las publicaciones feministas,64 con excepción de Fem, que se mantuvo durante 25 años. Lo que interesa destacar aquí es que esta fragilidad de los proyectos editoriales del feminismo de la década de 1970 pudo haber coartado, hasta cierto punto, los objetivos de sensibilización y concientización de una población más amplia o que fuera más allá de los propios grupos feministas.
Además, la apelación a la cultura escrita suponía que las lectoras sabían leer y escribir. No era casual que así fuera: la gran mayoría de las feministas capitalinas eran mujeres urbanas, universitarias, letradas o intelectuales. Sin embargo, en aquellos lugares en los cuales el analfabetismo era lo común, se dejó fuera a una gran cantidad de mujeres, como en el caso de Oaxaca. Hay que considerar que hacia 1970 era una de las entidades con mayor índice de analfabetismo. Tan sólo las zonas urbanas presentaban un índice de 30.3%, del cual más de la mitad correspondía a las mujeres.65 En contrapartida, tenía y sigue teniendo el mayor número de hablantes de lenguas indígenas -en 1990, 39.1% de su población de 5 años y más hablaba alguna lengua nativa-.66En estos contextos, la transmisión oral -relatos, leyendas, cuentos, mitos, tradiciones y rituales- ha sido el principal vehículo de memoria, conocimientos y sabiduría, que no pasan por el lenguaje escrito. Por ende, es comprensible que se haya dado -y se siga dando- una valoración importante a la oralidad en Oaxaca, incluida la capital.
Esta valoración, en el caso del feminismo urbano oaxaqueño de finales de la década de 1970, quedó reflejada en la existencia de un programa de radio, antes que en cualquier otro tipo de publicación. A diferencia de otras ciudades que generaron esfuerzos en la comunicación escrita, Oaxaca no lo priorizó, por lo menos en esta década -en las décadas siguientes hubo una mayor aparición de programas de radio feministas en diversas partes de la república, en tanto que los grupos feministas oaxaqueños empezaron a darle mayor atención a la escritura y las publicaciones periódicas-.
Cabe recordar que la fundadora del Grupo de Estudios de la Mujer venía de un contexto de aprecio por la vida rural y de haber vivido durante varios años en una comuna en el campo ejuteco. Su interés por las comunidades indígenas la había llevado a Oaxaca, y ese interés se mantuvo a lo largo de los años. En 1977, por ejemplo, quedó impactada por el libro “Si me permiten hablar…”. Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia,67 el testimonio oral de Domitila Chúngara recogido por Moema Viezzer, donde se relataba la experiencia de una mujer indígena boliviana en el contexto de la lucha social y que había participado en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer en 1975 en representación del Comité de Amas de Casa del siglo XXI. Este libro, basado en la voz y vivencia directa, reforzó la valoración del testimonio oral y su potencia política -en este caso, de las mujeres quechuas-.
Así, como parte de esa valoración por lo rural, lo indígena y lo oral -tanto de las comunidades como de la radio- y, reconociendo la importancia que esto podría tener en la tarea de sensibilización y concientización, las integrantes del grupo Rosario Castellanos concibieron el programa como un medio privilegiado para llegar no sólo a un grupo específico de mujeres, sino a la población en general, pues, cabe resaltarlo, Foro de la mujer oaxaqueño apeló desde un principio a un público amplio y heterogéneo.
Para el grupo siempre estuvo presente el reto de sensibilizar y crear conciencia de la situación de opresión de las mujeres en un contexto en el que se encontraba naturalizada y donde la protesta pública femenina era reprimida. Al respecto, Margarita Dalton señala la fuerte impresión que le dejó una de las primeras protestas realizadas en las calles de la ciudad de Oaxaca por las integrantes del Grupo Liberación para exigir el derecho al aborto y la manera en la que éstas fueron agredidas por sus propios compañeros.68 Esta violencia llevó a muchas de ellas, por lo menos en un inicio, a no reconocerse como feministas ni a realizar actos públicos.69
¿Qué hacer entonces para sensibilizar, concientizar y llevar más allá del pequeño grupo lo que habían discutido, descubierto y reflexionado, a fin de que los sentimientos individuales y las problemáticas que vivían no sólo ellas, sino muchas otras mujeres, empezaran a ser traducidos en conciencia colectiva? ¿Qué hacer considerando, además, el contexto oaxaqueño? Lo que les pareció mejor -por lo menos en un primer momento- fue usar una tecnología y un potente medio de comunicación como lo era la radio.
La radio no sólo les permitió darse a conocer ampliamente y expresarse, hacerse oír y comunicarse de una forma más segura, sino abrir al espacio público para su identificación, conocimiento y discusión, vivencias íntimas y cotidianas relacionadas con el cuerpo, tales como la maternidad, la menopausia o la menstruación. También, les permitió hablar directamente y sin censuras de temas difíciles, e ir cambiando el vocabulario para reconocer, referir y nombrar a las cosas por su nombre (pene, vagina, vulva).
La idea era sensibilizar poco a poco a la audiencia y, en la medida de lo posible, cambiar los valores imperantes por otros, sin causar animadversión. Para ello recurrieron a diversas estrategias. La dramatización de situaciones con personajes populares ficticios -al estilo de las radionovelas- permitió que el público se identificara con las historias. A través de estos personajes -albañiles, amas de casa, obreras, vendedoras, costureras o lavanderas- se buscaba que los oyentes se vieran reflejados y comenzaran a cuestionar la desigualdad.70
Si bien el programa estaba pensado desde y para las mujeres, lo cierto es que incluyeron a varones y lo dejaron claro desde un inicio: “Nuestro análisis de los problemas de las mujeres no excluye al hombre; por el contrario, la emancipación de la mujer no necesita ser la esclavitud del hombre”,71 “nos oponemos a la actitud sectaria que considera la problemática feminista como exclusiva de las mujeres, ya que esta atañe a toda la sociedad”.72 De tal suerte que, a diferencia de muchas revistas e, incluso, del programa capitalino Foro de la Mujer -donde quedaron atrapadas en lo que Hiriart llamó “ghetto informativo”-,73 las del grupo Rosario Castellanos sí llegaron a incorporar las voces u opiniones de algunos invitados masculinos, como la del antropólogo norteamericano Michel Higgings, de la Universidad de Colorado, quien acudió en enero de 1982 al programa para hablar sobre el feminismo y su relación con los hombres.74 Por supuesto, esto formó parte de una estrategia para llegar a un público más amplio, tener mayor aceptación y reducir el rechazo y las agresiones de la población, sobre todo de la masculina; también significaba una clara convicción de que para acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres era necesario un cambio cultural que los involucrara a ambos.
Al escuchar los programas, resulta evidente el bagaje de lecturas y textos que las llevaron a conformarse como un grupo “de estudios”, pero también es claro cómo, a fin de generar empatía, interés y reflexión, tales lecturas fueron en varias ocasiones transformadas, puestas en un lenguaje sencillo para su mejor comprensión y ejemplificadas a través de situaciones personales, en tanto que en otras fueron reproducidas literalmente. Por lo demás, el programa trató de ir incluyendo historias de vida de mujeres destacadas, en las cuales se resaltaban sus aportaciones, pero también las situaciones y problemáticas que tuvieron que enfrentar por el hecho de ser mujeres. Todo lo cual demuestra la forma en la que el programa fue contribuyendo a la tarea de “convertir lo personal en político”.
Esto implicó no sólo mostrar y visibilizar a los escuchas que lo sucedido a una persona podía sucederles a otras o que lo experimentado no era particular de un sólo individuo -ya fuera mujer u hombre-, sino también empezar a generar una postura crítica frente a las situaciones y a las diferencias entre hombres y mujeres, así como frente a la jerarquización implícita en dichas diferencias, la dominación y la subordinación. Para ello, recurrieron al análisis de las relaciones de poder entre hombres y mujeres, al cuestionamiento de los discursos y prácticas culturales tradicionales y a la propuesta del cambio educativo. Diversos programas están dedicados al tema de la educación -como a la educación sexual y reproductiva de los niños y las niñas- con el propósito específico de dejar claro que la desigualdad entre hombres y mujeres no era un destino, sino algo que se podía y debía cambiar.
La radio, a diferencia de la prensa o los grupos de autoconciencia, contó con dos grandes ventajas. Por un lado, tenía la ventaja de no distraer a los y las escuchas de su trabajo cotidiano o doméstico, particularmente en el caso de las mujeres; esto resultaba relevante porque muchas de las que escuchaban la radio en la década de 1970 eran amas de casa y, aprovechando la gran cantidad de tiempo que pasaban en el hogar realizando tareas domésticas, se hacían acompañar de un aparato receptor.75 A diferencia de la lectura, no implicaba dedicarle tanta atención o un espacio específico, lo cual hizo de él uno de los medios más accesibles. Por el otro lado, la radio tenía la posibilidad de dialogar con los y las escuchas. Como señala Reyna Ruiz, la radio “conversa con el auditorio que imagina”, y “conversar presupone un intercambio entre iguales, se funda en cierta reciprocidad que posibilita el poder reconocerse en la palabra ajena, el gozo de entender al instante y de poder adelantarse a los pensamientos del otro, capturando con ello la atención”,76 brinda compañía o “ahuyenta soledades”, acompaña, genera reflexiones y permite estar al día de lo que sucede.
Aunque no fue necesariamente su prioridad, el programa permitió a las integrantes del grupo romper el silencio y posicionar la voz de las mujeres en el espacio público, así como legitimar el feminismo. Si bien se podría decir que esto ya sucedía con las publicaciones periódicas feministas, escuchar directamente a las integrantes y sus invitadas llegó a hacer una diferencia en el sentido de que fueron colocando los tonos femeninos en el espacio radial oaxaqueño, no para hablar de sus roles tradicionales, sino para cuestionarlos. Además, en sus últimos años, que son los que más se apegan al programa de la capital del país -el cual tenía como eje la realización de entrevistas a un amplio abanico de mujeres-, la atención se centró en difundir las luchas de mujeres en otras regiones, como las salvadoreñas, la Asociación de Mujeres Nicaragüenses o las integrantes de la COCEI.
Finalmente, otorgar la voz como una forma de comunicar lo que las mujeres padecían y de generar conciencia sobre el silencio, o bien como medio para difundir lo que otras estaban haciendo en distintas latitudes -a través de la lectura de noticias, artículos u opiniones que aparecían en revistas u otro tipo de publicaciones- formó parte de un deseo más amplio de comunicar y expandir el pensamiento y las acciones femeninas.
A manera de conclusión
Foro de la mujer y el uso de la radio se constituyeron como una de las primeras acciones que llevó a cabo el Grupo de Estudios de la Mujer Rosario Castellanos en Oaxaca de Juárez para incentivar un cambio en la sociedad y mejorar las relaciones entre hombres y mujeres, pero no fue la única. El programa tuvo una importancia fundamental para sacar al espacio público problemáticas consideradas partes del espacio privado y para empezar a desafiar concepciones, patrones y roles tradicionales. Sin embargo, la tarea no se diluyó ahí; una vez concluido el ciclo radiofónico, el grupo trasladó su experiencia al Teatro Juan Rulfo.
La necesidad de estar cara a cara y en estrecho contacto con quienes las escuchaban, así como conectar con su audiencia de una forma más íntima y profunda, las llevó a inaugurar una nueva etapa del Foro de la Mujer, en la que combinaron la metodología de los grupos de autoconciencia con su experiencia en la radio, realizando reuniones abiertas al público una vez por semana. Así fue como se acercaron mujeres que solicitaban ayuda porque habían sido golpeadas, violadas o estaban viviendo diferentes tipos de abuso y amenazas, incluso, algunas buscaban asesoría para divorciarse y obtener la manutención de sus hijos. Esas situaciones condujeron posteriormente a abrir la Casa para la Mujer, cuyo propósito era dar asesoría psicológica, legal y de salud.77
Así, las tareas de sensibilización y comunicación se ampliaron para brindar atención y soluciones inmediatas a problemáticas urgentes; no obstante, continuaron reuniéndose para comentar textos, organizar conferencias, realizar audiovisuales, mesas redondas, proyecciones de cine, pláticas, talleres, etcétera.78
Su firme propósito de cambiar las mentalidades y las acciones de la población las condujo de un espacio a otro. Esto, por supuesto, no fue una característica particular del Grupo de Estudios de la Mujer Rosario Castellanos, sino de la mayoría de los grupos feministas de la segunda ola que, además del trabajo interno, se involucraron en un sinfín de tareas y proyectos dirigidos al espacio público.
En el caso del Grupo de Estudios, la radio se convirtió en la puerta de entrada, el puente entre lo privado y lo público, que les permitió experimentar, crecer, consolidarse, formar redes, hacerse visibles y proyectarse. Más allá de que Foro de la Mujer se transformó en un programa pionero que sirvió de ejemplo en la ciudad de Oaxaca a otros tantos programas feministas que le siguieron, el mismo Grupo de Estudios produjo unos años después Luces de mujeres, veinte programas de veinte minutos que se difundieron en varios estados de la república e, incluso, en otros países latinoamericanos.79
Posteriormente emergió el programa La voz de la mujer, que Patricia Norma Esperanza Jiménez creó y sostuvo durante catorce años en Radio Universidad. Asimismo, a diez años de que hubiera concluido Foro de la mujer, apareció Mujeres, otro modo de ser, lanzado por Rosa Esperanza Domínguez, en la Asociación Radiofónica de Oaxaca. A éste le siguieron Caracolas radio y Las mujeres también son noticia (en el 1120 de AM)- transmitidos por la XEKZ del Istmo de Tehuantepec-; Mujeres en voz alta, de Radio Universidad; Con todas sus letras. Dialoguemos para la igualdad, transmitido por la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión; y Feministas al aire, de Radio Universidad.80
En conjunto, estos programas confirman la relevancia de la radio como espacio de comunicación y concientización para las feministas oaxaqueñas y, en general, para los movimientos sociales que han encontrado en la oralidad una forma de resistencia, transmisión y transformación cultural.81 Está pendiente aún la tarea de revisar cómo se fueron insertando las feministas comunitarias o indígenas, las lesbianas, las negras y otros tantos grupos para los cuales la oralidad cumple también un papel relevante, y examinar cuáles han sido sus principales diferencias.










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