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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

Print version ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  n.67 Ciudad de México Jan./Jun. 2024  Epub Apr 05, 2024

https://doi.org/10.22201/iih.24485004e.2024.67.77855 

Reseñas

Humberto Morales, coord., Delirios imperiales. Ecos de la Intervención Francesa en México (1862-1867)

Fernando G. Castrillo Dávila* 
http://orcid.org/0000-0003-3235-3524

* El Colegio de México (México), fgcastrillo@colmex.mx

Morales, Humberto. Delirios imperiales. Ecos de la Intervención Francesa en México (1862-1867). Puebla: Gobierno de Puebla, Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2022.


La literatura y el conocimiento general de la intervención francesa en México (1861-1867) se ha imbricado con una interpretación nacionalista sobre la consolidación del Estado y el espíritu de unidad fraternal. En principio, el historiador profesional estaría preparado para separar una cosa de la otra y presentar interpretaciones equilibradas que expliquen estos procesos. Sin embargo, la gravedad de la coyuntura, el costo de las apuestas partidistas, así como la tenacidad de los involucrados, dificultan el análisis de conceptos como soberanía, independencia o libertad. Aun para los historiadores iconoclastas, no deja de ser admirable el tesón con el que algunos personajes (de ambos bandos) mantuvieron la bandera de sus causas en los momentos más aciagos de la guerra. Paralelamente, se sabe en México que el pueblo francés tiene poca o ninguna memoria de la llamada “Expedition du Mexique”. Las derrotas y, más aún, las catástrofes militares y financieras son tan dolorosas que inhiben los recuerdos institucionalmente. Por estas razones, los estudios sobre el conflicto se han considerado algo que interesa mucho al investigador nacional, pero poco al europeo.

El libro Delirios imperiales. Ecos de la Intervención Francesa en México, coordinado por Humberto Morales, presenta nuevos aportes a la historia de la intervención. Plantea enfoques novedosos, estudios biográficos otrora poco explorados y miradas francesas sobre inquietudes que sólo se habían analizado a la luz de fuentes mexicanas. En el ámbito biográfico, Pedro Celis y Edwin Álvarez, precisan información sobre Ignacio Zaragoza que había pasado inadvertida por la historiografía especializada. Los autores hacen un recorrido por la historia institucional de las fuerzas armadas en México para explicar el origen y el ascenso del general hasta la cima del ejército regular. No obstante, no queda del todo claro en qué medida los datos explican algo más sobre la intervención, la guerra o la construcción de la figura de Zaragoza en la memoria histórica nacional.

Por su parte, Magdalena Martínez describe uno de los tantos azotes de la sociedad mexicana del siglo xix: el tifo. Desde una perspectiva médica, la autora explica cómo esta enfermedad fue asociada con las difíciles situaciones de las guerras decimonónicas: hacinamiento, falta de higiene, desnutrición. En un México en constante estado de guerra, el tifo cobró la vida de gran cantidad de militares, quienes muchas veces compartían, juntaban o intercambian ropas donde se anidaban los piojos responsables del contagio. La autora revisó testimonios de gente involucrada con el convaleciente Zaragoza, en septiembre de 1862, para precisar su cuadro clínico y reconstruir así, desde la perspectiva sanitaria, las condiciones de su deceso.

Otro estudio biográfico es el que Mayra Toxqui escribe sobre Joaquín Colombres. Para ella, la relevancia del militar estriba en su labor de acondicionar el territorio para el combate como parte de la fortificación de la ciudad de Puebla en las campañas de 1862 y 1863. Según Toxqui, el nombre del comandante de ingenieros se ha diluido en la “memoria colectiva de México, en particular la de los poblanos”. Si bien la autora puede tener razón al destacar el papel de Colombres en la memoria de una batalla crucial para el destino del conflicto, creemos que adolece de un problema de investigación genuino. Por su parte, Humberto Morales y Pedro Ángel Palou escriben sobre el papel de Miguel Negrete en el escenario político nacional a partir de la revolución de Ayutla. Los autores nos hablan de cómo, habiendo luchado contra los liberales durante la guerra de Reforma, el general terminó por sumarse a la defensa de la república combatiendo codo a codo con personajes contra los cuales, años después, terminaría insurreccionándose. Negrete resultó ser uno de tantos militares que, según el contexto, cambió de bando. El capítulo parece atribuir esta conducta a una especie de compromiso patriótico; sin embargo, sería más interesante explorar estos hechos a la luz de la volatilidad política a la que estaban sometidos distintos militares cuyas convicciones se determinaban por la probabilidad de éxito o fracaso de sus apuestas partidistas.

La cartografía es otra temática imprescindible en los estudios militares. Dos trabajos abordan esa dimensión. Alberto Soberanis, a partir de planos resguardados en el Archivo General Municipal de Puebla, nos explica cómo las unidades tácticas de ambos bandos comenzaron a detallar los planos generales de la ciudad de Puebla en 1862 y 1863. Ahí se representaban las fortalezas y las debilidades de los ejércitos. En este rubro, los mexicanos participaban con ventaja, pues como nos muestra Jean-Yves Puyo, los invasores tenían un conocimiento precario del territorio. El autor nos ofrece la mirada francesa a partir de fuentes militares en las cuales se revelan las complicaciones que tuvieron que enfrentar a falta de instrumentos especializados para la cartografía. Sin ella, las tropas francesas estaban ciegas en su incursión por México.

Los informes militares incluyeron Les monographies regionales, una muestra del trabajo detallado de los ingenieros franceses. Se trataba de investigaciones pormenorizadas sobre las zonas en materia de recursos, actividades económicas, rutas, condiciones para acampamiento. También se incluía el perfil político e ideológico de la población, una información capital para la permanencia y el avituallamiento de las tropas. Este nivel de especialización explica en parte el éxito de Francia no sólo como ejército de ocupación sino como potencia militar imperialista dentro y fuera de Europa. Esta forma de entender el territorio a ocupar fue clave en la conquista de la plaza de Puebla tras la derrota sufrida en mayo de 1862.

Los capítulos de Arturo Aguilar y Nizza Santiago nos acercan a la intervención a partir de imágenes. El primero se centra en las fotografías que sobre el sitio de 1863 se publicaron en la prensa, una técnica aún incipiente en el campo de la comunicación, y que son resguardadas en acervos de Estados Unidos y México. Las fotografías del “sitio de Puebla”, tomadas después de la rendición de la plaza, dan un crudo testimonio de la destrucción de la ciudad y contribuyen a tener una idea más profunda del conflicto. Santiago, en su texto, nos habla sobre la iconografía que referente a la intervención francesa se resguarda en las colecciones públicas francesas. Diversos testimonios ilustrados hechos por los soldados galos, desplegados en el territorio mexicano, fueron retomados para la producción de imágenes que dieran cuenta de la experiencia imperialista francesa. En pinturas, dibujos y utensilios varios se plasmaron las vestimentas y la tipología de la sociedad mexicana.

Respecto de las miradas que sobre México se generaron a raíz de la intervención, el libro contiene sugerentes capítulos. El trabajo de Solen Garotin nos habla de los invasores que llegaron a México a combatir y terminaron por quedarse a vivir. A partir de los casos de tres soldados franceses, la autora nos presenta un proyecto de colonización como parte de la política migratoria del Segundo Imperio. Se trataba de un plan de blanqueo paulatino de la población que a la vez implicara la incorporación de mano de obra especializada en la producción agrícola, aspiraciones que jamás llegaron a ser más que los primeros pasos de un experimento social.

Jean-David Avenel describe el cambio en la noción que los franceses tuvieron de México a partir de la intervención. El autor explora la forma en la que la opinión pública francesa reprodujo ideas sobre México, su cultura y tradiciones antes de 1862 a partir de estudios, crónicas, novelas y reportajes publicados en París. Así, se concluyó que México tenía riqueza mal explotada, anarquía política, debilidad ante Estados Unidos y un ejército sin preparación. Estas razones se traducían en una invitación para establecer un protectorado. Se consideraba que la población rechazaría mayoritariamente la república en la primera oportunidad y abrazaría el modelo imperial. Sin embargo, los soldados no tardaron en constatar que esas aseveraciones eran, cuando menos, exageradas. La resistencia de las poblaciones para aceptar tanto un cambio de modelo político como la tutela de un gobierno extranjero lo demostró. A su vez, Avenel explica cómo la subestimación al ejército mexicano desempeñó en contra del francés que sucumbió en la batalla de Puebla. Aunque estos puntos son interesantes, el autor no desarrolla el objetivo que se propone explicar: el cambio de una mirada del país en la opinión pública francesa.

El proyecto imperial de Napoleón III emuló al de Napoleón I en más de un sentido. Como en el caso de Egipto entre 1798 y 1801, se formó una comisión científica expedicionaria para México en 1864. Armelle Le Goff y Nadia Prévost nos relatan los objetivos de la comisión y las dificultades que enfrentó para realizar su labor en medio de la guerra. Pese a las dificultades, el proyecto rindió frutos que fueron exhibidos en la Exposición Universal de París de 1867; sobre esto escriben, en dos capítulos distintos, Alberto Soberanis y Christiane Demeulenare. El primero nos habla de las colecciones formadas por la Comisión Científica de México que fueron exhibidas en Francia al tiempo que el imperio mexicano naufragaba estrepitosamente. Así, mientras Maximiliano se mantenía parapetado con su diezmado ejército en Querétaro, del otro lado del Atlántico se exhibía una reproducción del templo de Xochicalco, la cual había llegado ahí por disposición del emperador y las gestiones de la Commission Scientifique du Mexique. Demeulenare escribe sobre la recepción que este monumento tuvo en el público parisino en el contexto de un interés creciente por la arqueología y las costumbres exóticas del nuevo mundo.

En la ruta de las interpretaciones que se construyeron sobre la intervención y México ubicamos dos textos. Silvestre Villegas trata las celebraciones que sobre el triunfo de la batalla de Puebla de 1862 se realizaban en Estados Unidos. En él expone los motivos por los que se ha convertido en la fiesta de la hispanidad en toda la Unión Americana, tema que sirve de antesala para abordar la presencia mexicana en Estados Unidos y la forma en la que se desarrolló su condición jurídica y social (segregación e inclusión) hasta mediados del siglo xx. En este difícil proceso, las figuras heroicas mexicanas cumplieron un papel de integración que tuvo cada vez mayor peso en la formación de la identidad de la comunidad mexicoamericana. Por su parte, en su capítulo, Eugenia Revueltas establece varios puentes entre la historia oficial, la ideología y la memoria nacional. La autora considera que el revisionismo de la historiografía reciente incursiona en una crítica de las dicotomías reproducidas por la historiografía nacionalista. La consecuencia de ello es el inevitable desencanto hacia personajes, modelos políticos y versiones predominantes, pero abre la ventana a interpretaciones más agudas sobre los mitos nacionales.

Un par de trabajos aborda el tema de las instituciones: Norma Zubirán, en su estudio sobre el Ejército de Oriente, expone al lector la condición heroica de los defensores de la república con un recorrido por la intervención. No estaría para nada de más señalar la tenacidad de los soldados mexicanos si se presentaran los claroscuros en la fidelidad u oposición que diversos actores mostraron al gobierno liberal durante el conflicto. Y es que, así como existieron quienes, habiendo luchado con el imperio, solicitaron su integración al Ejército de Oriente, hubo otros que abandonaron las filas republicanas para reconocer la autoridad del imperio. Como hemos sugerido antes, esto ocurre porque las guerras son procesos cruentos y complejos en los que los involucrados quedan sometidos a todo tipo de contrariedades, aberraciones, despojos y traumas, tanto a nivel físico como moral. No hay nada que asegure que alguien se mantenga del mismo lado de la barricada al finalizar el conflicto.

Sobre el Cabildo Catedral de Puebla en este periodo escribe Sergio Rosas. El capítulo versa sobre cómo, a partir de 1861 y hasta 1864, el clero diocesano poblano reaccionó ante la turbulenta situación política del país. El cuerpo capitular determinaba la relación existente entre Iglesia y sociedad, un vínculo en profunda crisis a partir de 1856. Rosas aborda un aspecto significativo de la política doméstica poblana a partir de un órgano cuya importancia fue creciendo a causa de la ausencia del obispo poblano en un momento crítico para la sociedad y la Iglesia poblana.

Por último, mencionamos los trabajos que abordan el ámbito jurídico. María del Refugio González hace una lectura jurídica sobre el sitio de 1863. La autora explica la diferencia que en la tradición romanista había sobre la guerra pública (conflictos internacionales) y la privada (conflictos intestinos), quedando la que ocupa al libro en la primera categoría. Según la autora, durante las primeras semanas del sitio ambos ejércitos respetaron las nociones mínimas que el derecho de gentes imponía. Con el paso del tiempo, estos principios se relajaron igual que la convicción de los republicanos por mantener la plaza. El hambre de tropa y población orilló al general González Ortega a la declinación de las armas; pero en lugar de negociar prebendas por ello, pidió la rendición incondicional. Negarse a pactar significó un acto de dignidad en la derrota para los republicanos, pero también una muestra de disciplina militar.

Maximiliano de Habsburgo llegó a México con mucho más que la pretensión de establecer una tiranía que sirviera a las ambiciones de Napoleón III. El austriaco ideó un cuerpo legal que reemplazaría la Constitución y las prácticas jurídicas mexicanas. Óscar Cruz Barney relata este proceso desde el Estatuto Provisional del Imperio hasta las reglamentaciones mercantiles, civiles y penales que en su conjunto ratificaban el paso de México hacia el liberalismo racionalista. Sin duda, esto explica parcialmente la pérdida de apoyos políticos que condenarían al emperador a la derrota frente a los republicanos. En una línea cercana, Alberto Curiel, aporta un estudio enfocado en la influencia que tuvo el Segundo Imperio en la codificación civil y el derecho notarial entre la República Restaurada y los primeros años del Porfiriato. En este capítulo se muestra cómo las prácticas jurídicas en materia civil y notarial dejaron de funcionar bajo el imperio del antiguo derecho español y se ajustaron a la lógica de la codificación moderna.

Ciertamente, algunos de los textos no superan exitosamente esa juiciosa distancia que debiera guardar el investigador respecto de las acciones heroicas o trayectorias impolutas de los protagonistas del conflicto. Asimismo, algunos capítulos carecen de una problematización clara o de una idea concreta de lo que pretenden explicar. En ese sentido, la obra contiene unos textos más sólidos que otros, lo cual hace suponer al lector que varios de los asuntos ahí planteados representan una primera aproximación que podrá irse refinando con el debate historiográfico, pero que, desde ahora, alumbran partes inexploradas de la intervención francesa.

En suma, el libro ofrece un panorama historiográfico valioso, ya sea porque observa los objetos clásicos de investigación con enfoques novedosos o bien porque reconstruye miradas que sobre México y el conflicto internacional se tuvieron en la sociedad francesa o norteamericana de la época y sobre las cuales los historiadores mexicanos nos hemos mantenido un tanto al margen. Las fuentes y los testimonios europeos esgrimidos por historiadores nacionales o extranjeros para explicar temas que estamos acostumbrados a pensar desde la mirada mexicana, otorgan a la publicación una relevancia que no siempre se ve en otros dossiers sobre el periodo; muchos de los capítulos refrescan el debate sobre cómo entender las guerras de intervención y los procesos políticos internos que les subyacen.

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