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Estudios de historia moderna y contemporánea de México

Print version ISSN 0185-2620

Estud. hist. mod. contemp. Mex  n.66 Ciudad de México Jul./Dec. 2023  Epub Apr 05, 2024

https://doi.org/10.22201/iih.24485004e.2023.66.77851 

Reseñas

Luis Alberto Arrioja Díaz Viruell y Armando Alberola Romá, eds., Estudios sobre historia y clima: Argentina, Colombia, Chile, España, Guatemala, México y Venezuela

María Dolores Lorenzo Río* 
http://orcid.org/0000-0002-8972-7956

*Universidad Nacional Autónoma de México (México) Instituto de Investigaciones Históricas dlorenzo@unam.mx

Arrioja Díaz Viruell, Luis Alberto; Alberola Romá, Armando. Estudios sobre historia y clima: Argentina, Colombia, Chile, España, Guatemala, México y Venezuela. Zamora, Michoacán: El Colegio de Michoacán, Alicante: Universidad de Alicante, San Luis Potosí: El Colegio de San Luis, México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2021.


El libro editado por Luis Alberto Arrioja y Armando Alberola encaja con una expresión de la que solemos abusar, “es un trabajo muy interesante”, pero valga decir que es una de las mejores frases para describir el contenido de este volumen. El libro es de interés por el diálogo que estrecha con diversos campos disciplinarios como la geografía y la climatología, la demografía y los estudios agrarios, la economía y la antropología, como parte de los estudios sociales que ponen atención en la primigenia relación de la gente con la naturaleza. En este sentido, el libro puede despertar la curiosidad de muchos tipos de lectores.

Un volumen de esta elaborada confección nos habla de una sólida red académica y del prominente resultado del grupo interdisciplinario que, desde 2018, se propuso historiar el clima, las manifestaciones extremas de la naturaleza y la configuración del desastre durante la etapa final de la Pequeña Edad del Hielo (PEH), periodo que va del año 1300 a 1870 y que había sido poco estudiado en América y en España. De forma acotada, la mayor parte de los capítulos se ubica en los años que registran tres grandes oscilaciones climáticas: la primera variación se denomina el Mínimo de Maunder (1675-1715) y las otras dos, ocurridas en el siglo XVIII, se conocen como la variación de Maldá y, la tercera, la variación conocida como la oscilación Dalton.

De forma novedosa, Arrioja y Alberola editan un libro que nos revela cómo podemos releer cinco siglos de variaciones climáticas, cuyas altas temperaturas, sequías, heladas, excesos de lluvia, tsunamis, terremotos, erupciones volcánicas y otros efectos de la evolución climática, como las epidemias, las plagas, la epizootia o los picos de alta mortalidad son manifestaciones que se pueden estudiar de forma local en el actual estado de Colima o en el antiguo reino de Valencia. Cada capítulo nos muestra que estos sucesos, entreverados, nos conducen por el “braudeliano” camino de la larga duración, en una versión de lo que puede entenderse como historia global. Los editores no utilizaron en el título del libro el concepto de historia global, pero en mi opinión no hay nada más global que el clima y los comportamientos humanos.

Quiero hacer hincapié en que los autores van mucho más allá de la historia de las variaciones climáticas y sus manifestaciones extremas porque suponen que el clima no puede estudiarse fuera de la sociedad y de sus múltiples y diversas complejidades políticas, religiosas, demográficas, económicas o administrativas. Con todo, me parece que en el libro los efectos de las variaciones climáticas sobre las ciudades recibieron menos atención que estudios que trataron los autores en zonas rurales. Valga este miramiento para que otras pesquisas que busquen caminos y temas en el campo de la historia social y urbana del clima y los desastres consideren la ciudad como objeto de estudio y contribuyan a explicar su devenir durante la PEH.

De los muchos aciertos del libro, retomamos algunas reflexiones de Mariano Barriendos, quien destaca, en el capítulo que abre la primera parte del libro, la importancia de estudiar de forma articulada los procesos naturales y sociales; el autor subraya cómo la perspectiva histórica aporta fuentes muy diversas y metodologías complejas para conocer las problemáticas actuales. En su documentado recorrido por los temas y las perspectivas de análisis de la historia del clima, otra reflexión de Barriendos advierte que, en los nuevos escenarios de investigación, los esfuerzos individuales tienen poco futuro, sobre todo, por los límites de horas de trabajo que supone la recuperación de los documentos y la sistematización de los datos históricos. En cambio, ve potenciada la labor que hacen los grupos de trabajo para concretar investigaciones con amplios soportes informáticos, además de sumar resultados que le dan complejidad a los estudios de la climatología.

En este libro, la colaboración se palpa en cada capítulo, pues los autores no sólo trabajan juntos y comparten sus referencias y se citan, sino que intercambian definiciones, conceptos e hipótesis, y seguramente, también, bases de datos que, tras la publicación de sus trabajos, se convierten en fuentes para la historia de acceso abierto. Por lo anterior, el libro se sitúa entre las investigaciones de grupo que privilegian la generosidad de la información compartida y su capacidad para renovar las formas de hacer historia.

De la importancia del tratamiento de las fuentes primarias y su sistematización, el texto de María del Rosario Prieto comparte un registro de caída de nieve en la vertiente oriental de la cordillera de los Andes. Para construir la serie utiliza periódicos, crónicas, partes de guerra y testimonios que van de 1790 a 1889. De estas fuentes se vale la autora para presentarnos un cuadro de más de cuarenta palabras que componen la semántica de la época sobre la acumulación nival y construye una categorización de lo que pudo significar: nieve escasa, abundante y muy abundante. Las referencias revelan el comportamiento de las nevadas, y también nos permiten un asomo a la vulnerabilidad diferenciada durante las crudas condiciones que vivieron los comerciantes, los soldados o las familias que quedaban atrapadas por los cierres del paso de la cordillera entre Chile y Argentina y que enfrentaban el desastre desde diferentes situaciones.

El libro también es un escaparate de metodologías. Virginia García Acosta, por ejemplo, elige el método de la comparación para mostrar que la PEH no tuvo un desarrollo lineal en Hispanoamérica. Con los datos cuantitativos y cualitativos, series y catálogos que la misma Virginia García Acosta y otros investigadores han ido construyendo, la autora consigue el bagaje documental para lanzarse con certidumbre a un cometido de gran envergadura, que es el reconocimiento de las coincidencias y las discrepancias sobre las manifestaciones extremas locales en Nueva España, pero teniendo como referente los sucesos climáticos españoles entre 1760 y 1800. El trabajo de Virginia García Acosta cruza las fronteras que nos pueden imponer las especializaciones temáticas y apuesta a la interdisciplina con resultados muy originales. Como promotora de la investigación, su capítulo siembra dudas y se pregunta si será el mismo “huracán” el que provoca destrucción extrema en el Caribe que el “chubasco fuerte” registrado en Cataluña. Nos interpela con ingeniosas propuestas que trazan conclusiones preliminares e invitan a la investigación sobre los fenómenos hidrometeorológicos y su percepción, no sólo considerando factores globales, sino justamente, a partir de la comparación de las formas de la naturaleza estudiadas en puntos específicos de la Tierra.

La historia crítica es parte de la afición de los autores de este libro, porque afirman que ante el desastre no hay neutralidad. Siguiendo el trabajo de Armando Alberola, el autor nos explica que, durante el Antiguo Régimen, en el Siglo de las Luces y el reformismo español que coincide con los últimos años de la PEH, pensadores de la talla de Juan Francisco Masdeu o el padre Feijoo procuraron contener la irregularidad de las lluvias en España, pues provocaban emergencias que dañaban la producción agrícola y, en consecuencia, ponían en riesgo la sobrevivencia de las comunidades. Arberola nos cuenta con detalle sobre la construcción de las obras de infraestructura que propusieron estos reformistas para mitigar, con eficacia, el dolor y la muerte que provocaba la pérdida de cosechas por el mal tiempo. A partir de estos relatos se evidencia que la referencia sobre la acción política de los Borbones como gestores de la contención del riesgo puede mirarse, hoy, como una historia ejemplar, por la respuesta informada que los reformistas españoles, desde arriba, procuraron organizar en beneficio de sus gobernados.

En la segunda parte del libro, vemos que las respuestas ideadas en el ámbito religioso no fueron menos elaboradas que aquellas soluciones que centraron su atención en obras públicas y aportaciones tecnológicas. Las sociedades inventaron ceremoniales de rogativas a la medida de las amenazas y, desentrañando la lógica del ruego, Gustavo Garza Merodio nos muestra cinco niveles de ceremonias, una más compleja que la otra, destinadas para celebrarse, según la circunstancia, en los inviernos helados y en las primaveras secas durante el transcurrir del siglo XVIII al XIX. El autor documenta estos ceremoniales con las actas de cabildo y catedrales de la ciudad de México, Puebla, Valladolid, Durango, Morelia y Oaxaca. En este capítulo, vemos que la fiesta en Nueva España no fue un derroche de recursos porque había dinero para ello y se podía invertir en la protección que proveían las rogativas, pero a partir del estudio de otros casos, en regiones más pobres, sabemos que no todos enfrentaban con los mismos recursos la calamidad.

Una sociedad estructuralmente vulnerable podía quedar a la deriva ante huracanes y lluvias torrenciales. Ese es el caso de Caracas y la Guaira y de la historia de estas ciudades de puentes quebrados y puertos inundados. Los autores de este capítulo sobre la actual Venezuela nos hacen notar que, incluso en las adversas condiciones que puede experimentar una comunidad que vive la emergencia de la anegación, se pueden organizar respuestas de sobrevivencia extremas, como liberar a los presos y a los enfermos recluidos para que se salvaran solos o bien ordenar que se abrieran boquetes en una muralla para desaguar la ciudad inundada. Éstas son acciones coyunturales, a veces eficaces, pero menos duraderas en el proceso de reconstrucción y contención del riesgo. Jerarquizar el desastre siempre es relativo. Y ésta es, en mi opinión, una de las aportaciones que nos brindan Rogelio Altez y Andrea Noria cuando estudian los daños de una comunidad de por sí vulnerable. La trascendencia del capítulo es que nos muestra la importancia de no uniformar las percepciones ante el desastre, pues como bien argumentan no tiene el mismo sentido reconstruir un territorio estratégico para el comercio como pudiera ser la isla de Cuba o la ciudad más notable de la Nueva España, que invertir en reconstruir regiones pobres y marginales que quedan en el olvido y la desprotección por su exigua importancia para el mercado.

Entre las perspicacias de este libro llamó mi atención la importancia que le dieron los editores a presentar historias de lugares poco explorados como el caso de la actual Guatemala, donde a finales del siglo XVII se hizo presente “la madre de todos los males”, la sequía. Luis Alberto Arrioja nos muestra la crudeza de la vida cotidiana en el campo durante los años de tiempos recios (PEH) y ubica 52 episodios de sequías en esta región de América Central entre 1640 y 1819. Con base en este minucioso registro, puede localizar la sequía más cruenta de todas, que tuvo lugar entre 1768 y 1773. Nos dice el autor que la severidad de este mal trastocó la vida de los grupos sociales y de las instituciones que la padecieron. Es un capítulo tentador y sugerente por el ordenado recorrido de hechos y procesos que involucran periodos de emergencia y reconstrucción, pero también es alusivo para quien decida retomar los estudios sobre motines de subsistencia en Guatemala, una región poco explorada en la perspectiva de la historia de América.

Ya he destacado la capacidad de los autores de este libro para sistematizar la información, pero también es de notar la agudeza para interpretarla en la lógica de una historia global y de sus manifestaciones locales. El trabajo de Raymundo Padilla y Francisco Javier Delgado sobre Colima articula un complejo contexto de lluvias, sequías y epidemias, entre otros riesgos que coexistieron en la nada tranquila villa de Colima durante los últimos veinte años del siglo XVIII. Es sugerente la exposición del contexto de la PEH, ya que sin ésta los picos de defunciones registrados en la villa de Colima habrían quedado sin una explicación causal. Éste es un ejemplo muy peculiar que muestra cómo los historiadores reconstruimos el pasado con las fuentes que tenemos; es un capítulo que aplica sistemáticamente la forma de la explicación multicausal, la cual no elude la escala de observación microsocial, sino que la explora conectada con referentes tan amplios como la variación mundial del clima en esos años.

En la tercera parte del volumen, las fuentes y las aproximaciones históricas se diversifican para exponer cómo fueron convocados, entre negociaciones y fiestas rogativas, los quince santos auxiliadores de la ciudad de Popayán. De estas festividades, sabemos por Carolina Abadía, que cuanto más duraba el jolgorio, más efectiva se concebía la protección ante la amenaza de epidemia y plagas de langosta. La autora se centró en este tipo de capacidad de respuesta humana que confirma la manera como los grupos humanos echan mano de los recursos con que cuentan para contener el riesgo, pero nunca permanecen pasmados ante el desastre.

Cayetano Mas e Irene Andreu, en cambio, retoman el paradigma científico de la explicación y las ideas que había sobre los efectos socioculturales de la diversidad climática en España y que, según las discusiones de la época, definían o no el carácter del hombre y la calidad de la sangre. En una minuciosa revisión del sistema de pensamiento, destaca la singularidad de la teoría de los climas expuesta en el Discurso preliminar de Masdeu como base de la identidad nacional española.

El libro no está desprovisto de imágenes y, para sumar a esta diversificación de fuentes, los daguerrotipos que retratan el antes y el después del memorable terremoto de Arica en 1868 son la base documental para evidenciar que la memoria no es una garantía para la contención del riesgo. Según Alfredo Palacios Roa, son las acciones de prevención, estas que surgen de la experiencia del desastre, las que mitigaron las amenazas y mantuvieron a ciudades y al puerto de Arica en alerta hasta bien entrado el siglo XX. Facundo Rojas y Liliana Barbosa ubican su estudio en un largo siglo XX, caracterizado por ecocidios. A ellos les interesa la cuenca del río Atuel en la Pampa y el extenso recorrido de la destrucción que pasa por cinco fases diversificadas y justificadas por actores político-económicos. Los autores nos exponen las formas como se silencian los problemas socioambientales, lo cual nos perfila hacia un inevitable descalabro ambiental.

El libro Estudios sobre historia y clima: Argentina, Colombia, Chile, España, Guatemala, México y Venezuela tiene muchas posibilidades de lecturas, generales y especializadas, curiosas de la destrucción que suscita la concreción de una amenaza natural y alusiva a las capacidades de respuestas de las sociedades siempre en clave de la historia del clima y las múltiples intersecciones que establece con la historia social, la historia política y la económica, por mencionar algunos enfoques. Queda, pues, la invitación a leer este libro que, por reiterada que sea la frase, es MUY INTERESANTE.

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