
Hattula Moholy-Nagy en el Entierro 77 en 1962 (izquierda). Equipo de invierno del Tikal Project en mayo de 1961 (derecha). Primera fila (de izquierda a derecha): John Rick, Anne Rick, Hattula Moholy-Nagy, Peter Probst, Anita Haviland. Fila posterior (de izquierda a derecha): William Haviland, Aubrey Trik, Edwin Shook, Alfred Kidder, William Coe. Fuente: William R. Coe, Penn Museum, fotos del Tikal Project No. 62-30-190 y X63-18-G5.
Ch’ay u sak nich ik’il (trad. terminó su blanca alma florida). Nuestra querida colega Hattula Moholy-Nagy falleció el 26 de noviembre a la edad de 91 años. El mundo de la arqueología ha perdido a otra gran erudita y pionera de los estudios mayas. La noticia llegó sin previo aviso, a través de un homenaje de la Moholy-Nagy University of Art and Design transmitido por Edy Barrios. Quienes tuvieron la suerte de conocerla, ya fuera en un contexto académico o personal, miden con gran tristeza la inmensa pérdida que acabamos de sufrir. Todos ellos recordarán a esta gran dama, tan graciosa como reservada.
Hattula Moholy-Nagy nació en Berlín el 11 de octubre de 1933, fue la hija mayor del famoso pintor, fotógrafo plástico y teórico de la fotografía László Moholy-Nagy (nacido Weisz) y de su esposa Sibyl Pietzsch. Emigró con su familia a Holanda en 1934; a Inglaterra, en 1935; y, finalmente, a Estados Unidos, en 1937, para escapar de la persecución antisemita. Obtuvo una licenciatura en Historia por la Universidad de Michigan en 1955, seguida de un máster en Antropología por la Universidad de Chicago en 1958 y, por último, un doctorado por la Universidad de Michigan en 1994. Dedicó su vida a dos grandes causas: la conservación del patrimonio cultural e intelectual de su padre, a través de la Fundación Moholy, y su carrera como arqueóloga mayista.
Según los recuerdos de Olga Stavrakis, Hattula dirigió el laboratorio de campo de Tikal en 1965, donde trabajaba el arquitecto suizo Hans Ruedi-Hug. Éste se enamoró de ella y empezó a cortejarla “a la manera muy europea de un caballero”. Un día, tras una caminata por la selva, le llevó de regalo la hoja más grande que pudo encontrar, y llegó arrastrándola tras de sí. Le entregó una hoja porque las flores son extremadamente raras en este bosque, era de una palmera de corozo, probablemente del pantano Corozal. Se la entregó con gran ceremonia y, como dijo Dennis Puleston, “ella se casó con él”. Tuvieron dos hijos, Andreas y Daniel Hug, antes de divorciarse en 1979. Luego estuvo casada con Roger Schneggenburger, desde 1987 hasta el fallecimiento de éste en 2023.
Por mi parte, conocí a Hattula, tardíamente, en 2015, y mi mayor pesar será no haberla conocido en persona. Sin embargo, nuestros intercambios por correo electrónico dieron lugar a largas y fascinantes conversaciones, en particular con Olga Stavrakis-Puleston, Marshall Becker y William Haviland, sobre Tikal y el proyecto de investigación del Museo de la Universidad de Pensilvania (1955-1969). Recuerdo, por ejemplo, el día en que uno de los ancianos del Tikal Project sugirió que una inhumación dentro de un chultún podría ser un enterramiento real que había pasado desapercibido. Inmediatamente respondí con entusiasmo, reconozco en retrospectiva, con una evidente falta de experiencia y perspectiva. Hattula, por el contrario, se tomó su tiempo para moderar nuestro ardor con su característica sensatez. Nunca respondía simplemente sí o no a ninguna pregunta, siempre se detenía a sopesar los argumentos a favor y en contra de una hipótesis determinada. Su opinión era siempre inestimable debido a que conocía, como la palma de su mano, las decenas de miles de artefactos y el millón de tiestos recuperados por el proyecto. Aquel día no salió a la luz ningún nuevo Kuhul Ajaw.
Su primera experiencia arqueológica sobre el terreno tuvo lugar en Casas Grandes, Chihuahua. Después se incorporó al Tikal Project, donde no se permitía que las mujeres participaran directamente en la excavación, pero fueron asignadas al laboratorio del campo. Ella dijo en una entrevista a la escuela Francis W. Parker como exalumna: “It was a wonderful job because I got to see everything”. Sus primeras notas de campo, en enero de 1960, ya estaban dedicadas a la limpieza y catalogación de los objetos encontrados en el escondite de un templo, un tema que le fascinó durante décadas. A lo largo de los años, publicó numerosos artículos en las revistas arqueológicas más prestigiosas sobre Mesoamérica. Los temas fueron muy diversos, por supuesto, todos relacionados con su estudio del material: conchas de agua dulce (1978), conchas marinas (1995), fauna vertebrada (1998), artefactos de obsidiana (1984, 1999, 2003, 2022) o basureros y depósitos problemáticos (1997, 2020, 2021). También abordó los hiatus en las inscripciones de Tikal (2016) y la historia del Tikal Project (2012).
Es difícil cuantificar el increíble trabajo y meticulosidad que dedicó al estudio del material a lo largo de más de sesenta años: ¡una verdadera “Dama de Tres K’atunes”! Aunque muchos especialistas han consultado una y otra vez los magníficos dibujos del catálogo (Tikal Reports No. 27A y B), muchos desconocen, por completo, la ingente tarea que supone recoger, compilar y organizar diez años de hallazgos de excavaciones en una serie de informes precisos. Los archivos del Tikal Project, cuidadosamente conservados por Alessandro Pezzati en el Penn Museum de Filadelfia, incluyen decenas de miles de fichas de catálogo: 134 cajas de documentos diversos, 35 000 negativos fotográficos y miles de notas y correspondencia. Darle sentido a todo ello fue el trabajo de toda una vida. Basándose en el sistema de clasificación de Olga, establecido durante la época del proyecto, Hattula elaboró el excelente estudio de los artefactos de Tikal publicado en los Tikal Reports.
Pero los apéndices de estos dos volúmenes del catálogo de Tikal son, sin duda, el verdadero tesoro escondido. A primera vista, no parecen muy atractivos: miles de líneas de tablas, con variables en código (en el bloc de notas). Las incontables horas que se necesitaron para recopilar esta vasta y compleja masa de big data, sin el uso de computadoras modernas y hojas de cálculo, son asombrosas, y un testimonio de la aguda mente de Hattula, de su capacidad académica y de su compromiso con el trabajo. Así pues, evaluó y catalogó todas las facetas de la excavación: naturaleza, material, procedencia de los artefactos, números de lote, contexto del descubrimiento, cualquier depósito ritual asociado, nombre del grupo arquitectónico original, tipo de estructura, datación, ubicación, etcétera; además de las síntesis escritas sobre la reconstrucción de los escondites descubiertos por proyectos anteriores. Asimismo, realizó la explicación de la tipología de los excéntricos líticos, las obsidianas incisas y las figuritas de concha “Charlie Chaplin”; una obra titánica que contiene mucha información y detalles ausentes de los archivos.
Sin duda hay mucho más que decir sobre la vida y la obra de Hattula, pero no es mi intención elaborar una tediosa lista completa de logros académicos. A nivel personal, siempre recordaré su amabilidad y el fuerte apoyo que me brindó. Gracias a su increíble trabajo, el material de Tikal aún tiene numerosas cosas que revelar y cautivará a muchas generaciones de investigadores. Mi propio trabajo se beneficia a diario de la precisión de su inventario, pero, por desgracia, nunca más podré consultarla sobre ningún detalle del que nadie más que ella supiera. Extrañaré su exhaustivo conocimiento de este magnífico corpus y su increíble capacidad de síntesis, al igual que todos sus antiguos colegas y amigos del proyecto. ¿Quién será capaz de señalar una incoherencia en una tabla que parecía perfectamente lógica? ¿Con quién podré mantener un apasionado debate sobre la reclasificación de los depósitos problemáticos de Tikal? Con muchos colegas, sin duda, pero nunca con una comprensión, una perspicacia y una clarividencia tan intrínsecas.
Si tuviera que recordar una sola cosa de Hattula, aunque no la conocí realmente fuera del mundo académico, no serían las tablas, ni esas preguntas que sólo nos interesaban a nosotros, sino su profunda calidez humana. La noticia me cayó como un mazazo, mientras hablábamos de un próximo artículo el pasado mes de julio; ya que, a principios de año, todavía me pedía que le enviara todo lo que hubiera escrito sobre Tikal que aún no hubiera revisado. De hecho, llevábamos varios años intercambiando borradores de nuestros artículos, y siempre me complacía consultar sus futuras publicaciones antes que nadie. Por mi parte, sólo pude señalar algunas erratas: “in view of the dates, it seems to me that we’re talking about king Chak Tok Ich’aak II and not I, right?”. En cuanto a sus correcciones, mucho más fundamentales, siempre las tuve escrupulosamente en cuenta: “we know about cache traditions through actual remains. We can infer political events through archaeology. But we should not directly rely on epigraphy or iconography for political events because they can lie”.
La extrañaré, doctora Moholy-Nagy. Ahora usted ha entrado en el camino, junto a muchos otros grandes nombres del Tikal Project. Espero que Sina’n, el escriba que tanto le gustaba, cuide bien de usted.
Agradezco la valiosa ayuda de la doctora Olga Stavrakis, directora del laboratorio de campo para el Settlement Survey y el Tikal Sustaining Area Project, investigadora asociada del Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Pensilvania (1966-1968).










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