Este libro escapa de los cánones tradicionales porque empieza con una provocación hacia el sistema hegemónico presente y al que representó su némesis en el pasado. Lejos de los análisis comunes, Legutko mira cómo el liberalismo actual y el comunismo soviético compartirían algunas características si se les observa detalladamente. A lo largo del texto, desarrolla diversas similitudes entre ambos sistemas, pero hay una que se repite constantemente: el deseo de prevalecer como un eterno statu quo.
El escritor piensa de manera indirecta en su natal Polonia, lamenta que los comunistas se hayan adaptado más fácilmente al sistema liberal-democrático, a diferencia de los anti-comunistas. Esta afirmación resulta por lo menos extraña, ya que dicha adaptación de los partidos comunistas implicó renunciar a muchas de sus ideas.
En este sentido, Legutko implícitamente se preguntará si en realidad el sistema liberal-democrático requería un exterior constitutivo; es decir, ¿necesitaba del comunismo para que los liberales se presentasen como los defensores de la libertad? Pues percibe que tras la Caída del Muro de Berlín, la democracia liberal restringió el área de lo permisible. Por ejemplo, en nombre de lo políticamente correcto se busca la no-transgresión, lo que limita la libertad de expresión. Subraya que ambos regímenes intentan cambiar la realidad para mejorarla. Sin embargo, cabría preguntarnos ¿qué régimen no pretende mejorar la realidad? Ésta sería una característica propia de la política, y no del comunismo, ni del liberalismo.
El libro consta de cinco capítulos. En el primero, expone cómo el comunismo y el liberalismo comparten la misma forma del rumbo de la historia, aunque no el contenido. La idea comunista sobre este tema es clara. Cada modo de producción supone un avance en las fases predeterminadas de la historia; ésta no tendría retrocesos, ni desvíos. En ese tenor, Marx explicaría que el feudalismo es mejor que el esclavismo, el capitalismo es mejor que el feudalismo, el comunismo mejor que el capitalismo. Incluso, los actores pueden utilizar cualquier medio para acelerar los procesos históricos. Acorde con el autor, toda la construcción socialista soviética invadía e impregnaba cada área de la vida, parecía que absolutamente todo estaba concebido para ese fin.
A pesar de que los liberales no contaran con un Karl Marx para explicar el rumbo de la historia, su visión también es que la historia es Una: la de la lucha por la libertad contra sus enemigos. Para los anglófilos, desde la Ilustración hasta Hayek, la historia del Reino Unido es la historia de la libertad de la civilización occidental. A diferencia del comunismo, el cual tendría una idea sobre qué pasaría una vez que llegamos al final de la historia: una sociedad sin clases plenamente igualitaria, el liberalismo no sabría qué sucede cuando arribamos al fin de la historia, ¿qué sucede cuando la libertad vence a cualquier tiranía? Para responder esta pregunta, el escritor propone volver a los clásicos. Adam Smith menciona que el fin de la historia sería la paz y el dominio de la era del comercio. A su vez, en la visión liberal, en su etapa final el trabajo debería producirse como un deseo espontáneo de auto-realización, no por necesidad material, sino por una auto-mejora corporal y mental que a la postre generaría una mejor sociedad compuesta de individuos más prácticos y racionales.
Legutko piensa que los liberales comparten con el comunismo la unidireccionalidad de la historia. Para los primeros, la era de la paz perpetua y el comercio perfecto son inevitables. Amén de que los dos creen en la inevitabilidad del rumbo de su historia, ambos tienen que estar haciendo llamados a la acción humana. El comunismo lo efectúa a través del partido y la clase social, mientras que en la actualidad en Occidente el llamado a la acción humana es realizado por los emprendedores y los “luchadores” por la libertad, así como la “élite de iluminados e intelectuales” que presumiblemente estarían preparando a las masas para una nueva realidad.
Podría sonar descabellada la hipótesis, pero si nos detenemos a reflexionar un momento, constataríamos que la democracia liberal ha engendrado una especie de idolatría (incluso en aquellos que dejaron el comunismo y las tentaciones totalitarias). El rechazo ante la más mínima crítica, la inadvertencia de las desventajas que produce el sistema y su apoyo al monopolio de una sola ideología serían síntomas de un fanatismo hacia la democracia liberal. De este modo, la democracia liberal habría abandonado cualquier intento de transformación política como si hubiésemos llegado al final de la historia.
En el segundo capítulo, desarrolla la relación de los dos sistemas con la utopía y el tratamiento de la disidencia. Así, tanto el liberalismo como el comunismo ofrecerían el suyo como el único camino posible. Cualquier otra postura sólo empeoraría las cosas, sería un desastre, ni siquiera un deterioro gradual. Si el comunismo no florece, los comunistas argumentarán que los trabajadores seguirán siendo explotados y la sociedad estará condenada al capitalismo, imperialismo y fascismo. Un liberal argumentaría que sin democracia, sólo podría haber autoritarismo, fascismo y teocracia.
El autor cree que la mente del liberal se contamina con la socialista al mostrar la misma tendencia de combinar la moralidad con la política para luego confirmar que ningún otro discurso puede ser viable más que el suyo. Los liberales no discutirían ningún tema sin mencionar la libertad, la discriminación, el autoritarismo o los derechos humanos. Podemos compartir que las dos corrientes de pensamiento mezclan la moral con la política. Empero, eso no quiere decir que estén contaminados, sino que esta fusión sería una imbricación propia de la política. Es decir, cualquier ideología y/o régimen sería susceptible de tener esta articulación sin estar contaminada por el socialismo. Esto implicaría otorgarle a este último una fuerza mayor que no tiene en la actualidad.
Por otra parte, con respecto a la utopía, el autor considera que ambos proyectos son utópicos: idealistas en sus intenciones, pero completamente impracticables. Inclusive, la situación liberal resultaría peor porque argumentarían que nunca se ha practicado el liberalismo sin una integración con otras tradiciones políticas; en nuestros tiempos, sin la democracia. Por lo tanto, llegan al extremo de decir que el día que no exista la intervención estatal y los derechos humanos no sean regulados, ese día surgirá un sistema impoluto, perfecto, simple e ideal. En pocas palabras, alcanzaríamos una utopía.
A pesar de su crítica a los liberales, Legutko sostiene que realmente el componente democrático de la democracia liberal es predominante porque los agentes primarios ya no son los individuos; por el contrario, ahora son los grupos y las instituciones. En nuestra era, ya no habría individuos intentando enriquecer su capital con nuevas ideas y aspiraciones. Emergieron demandas llamadas derechos actuando para ciertos grupos. No obstante, que al Estado se le valora menos, cada vez hay una mayor expectativa para que el mismo Estado resuelva demandas. Aunque el autor pierde de vista que en nuestra era el desarrollo tecnológico (paradójicamente creado para estar más conectado con todos) ha propiciado el aislamiento de los individuos y la pérdida del sentido colectivo.
Por otra parte, aborda nuevamente la utopía, y pone de ejemplo a la Unión Europea, la cual se auto-percibe como la culminación de la sociedad, donde los valores y la esencia europea se ven expresadas como si fuera una etapa final de la historia. Además, cada pieza legislativa -por mínima que sea- es usufructuada como prueba de la victoria del proyecto europeo. Aún más, enuncia que la UE se presenta como la vanguardia del mundo, ellos dicen lo que es verdadero y lo que es falso. De este modo, reproducen la misma argumentación que el comunismo, asumen que existen dos grupos opuestos: uno que conoce el objetivo final y enarbola los valores europeos, y otro que no lo entiende.
El tercer capítulo se enfoca en cómo ambos sistemas conciben la política. Al inicio del mismo, asevera que los dos regímenes prometen una despolitización de la vida, pero paradójicamente acaban politizándola porque se involucran en cada ámbito de la misma, en aras de consolidar la democracia liberal o edificar el socialismo, porque existen llamados constantes a la acción para forzar el rumbo de la historia.
El liberalismo se habría desviado de sus clásicos como Constant, quien decía que una vez que haya elecciones, y la política y el Estado estén en las manos de un pequeño grupo, la gente no se meterá tanto en política. De acuerdo con Legutko, el problema del liberalismo es que quiere encarnar una totalidad que todos compartan. Aunque inicialmente sean unos principios mínimos, poco a poco buscarán inmiscuirse en todos los asuntos. En el fondo serían peores que los socialistas porque los liberales disfrazarían sus propósitos a través de la hipocresía del diálogo y el pluralismo, pero en realidad no están dispuestos a aceptar ninguna idea no-liberal, la consideran una amenaza a ellos y a la humanidad misma. Su principal dilema estribaría en que es una filosofía basada en cambiar el mundo radicalmente.
En esa línea argumentativa, el liberalismo no puede ser pluralista, sino dualista. El escritor aprovecha la división entre el pensamiento pluralista y el monista que propone Berlin para criticarla. Éste último identificaría al liberalismo con el pluralismo. Empero, al oponer el pluralismo con el monismo cae en el mismo dualismo que pretende advertir. Por tanto, mengua la supuesta pluralidad. Legutko añade que la situación se torna todavía peor porque Berlin piensa que cualquiera que apoye el pluralismo debe apoyar el liberalismo; es decir, que cualquiera que reconozca la heterogeneidad de ideas, regímenes y sistemas políticos debe aceptar sólo una tradición filosófica.
Otra tensión que mostraría el liberalismo con su promesa de despolitización es que la democracia no puede despolitizar porque su base de legitimidad está en la participación de la gente, y el liberalismo al estar articulado con la democracia tiene que realizar la misma operación de politización para alentar la participación. Este proceso ha llegado al extremo de politizar la vida privada. Así, la gente es juzgada a través de ciertos parámetros: quién es su familia, a dónde va de vacaciones, dónde vive, quiénes son sus amigos, inclusive la esfera del sexo. Éste último punto el autor lo atribuye a la revolución sexual de los sesentas y setentas, donde se da la liberación de lo reprimido. Además, fue el apogeo del consumismo en las sociedades occidentales. Por esta razón, se necesitaba incluir otra veta de consumo, y terminó por ser la más íntima.
En el cuarto capítulo, el escritor estudia el rol de la ideología en los regímenes comparados. Afirma que el comunismo no tiene interés en analizar las opiniones del rival, sino que intenta exhibir de qué manera las visiones opositoras representan únicamente sus propios intereses condicionados por su posición socioeconómica. De esta forma, considera que la función de la ideología es la simplificación del mundo que ubica a los actores a favor o en contra de la misma ideología. En el mejor momento del comunismo, se decía que todo tenía una dimensión ideológica; nada podía ser neutral entre comunismo y capitalismo. Aún más, la distinción era entre visiones correctas e incorrectas del mundo. Legutko define a la ideología como “una estructura mental que permite la combinación de elementos conflictivos: una extrema desconfianza de las ideas y un dogmatismo ciego”. Marca que ambas ideologías serían suspicaces de las ideas ajenas, pero entusiastas de las propias. La democracia liberal en estos tiempos ha mostrado una tendencia parecida al viejo comunismo: pretende construir una sociedad que coincida con su intensificación de la campaña contra sus enemigos. No importa la situación, siempre sitúan al enemigo como un actor agresivo, fuerte y dispuesto a destruir el régimen.
Inclusive, bajo el régimen liberal-democrático, el arte habría caído en el juego de la frontera entre amigo/enemigo gracias al auge de lo políticamente correcto. De esta manera, la transgresión es mal vista. La creación artística se convirtió en el mismo campo de batalla que proponía el comunismo para dividir entre correcto e incorrecto.
El autor sugiere que la democracia liberal no sólo limita la creación, sino que impide el despliegue de la individualidad. Esto se debería a que través del igualitarismo, consagra nuevas identidades militantes, dando a la gente un sentido de la vida, un propósito individual y colectivo, así como un sentimiento de pertenencia. En este tenor, cree que el problema del individuo solitario ya no existe. El feminismo transformaría a todas las mujeres en hermanas; todos los homosexuales en hermanos en lucha; todos los defensores del pluralismo y la tolerancia se sienten soldados en una cruzada antifascista. No concibe a estas identidades como antagónicas a la democracia liberal, sino que serían productos que refuerzan el mismo statu quo liberal-democrático.
Repara en que las opiniones de estos grupos manejan la misma forma: tendrían la misma predictibilidad basada en silogismos, serían igualmente dogmáticos sin perturbaciones por gente ajena a su grupo, mantendrían una unidad entre teoría y práctica para confirmar cómo sus acciones encajarían en su teoría, se acomodarían a través de dos o tres ideas para delinear los límites inquebrantables de su horizonte mental.
Por momentos, parece que la jerga calificativa usada por Legutko busca persuadirnos de que toda ideología es mala sin notar que él -al plantear esta hipótesis implícitamente- muestra su ideología, que también dividiría entre lo correcto y lo incorrecto, que también de algún modo aminoraría la pluralidad por la que él teóricamente está abogando.
En el siguiente capítulo, expone la relación que guardan los dos regímenes con la religión. Observa que desde el marxismo más tradicional hay un rechazo a todas las religiones, incluso luchan por su eliminación. La idea de que el cristianismo y la izquierda comparten el mismo impulso social por el bienestar de la gente no fue bien recibida por la izquierda secular.
Asimismo, los liberales desde su origen habían sido hostiles con la religión. Al igual que los socialistas, encontraban a la religión como algo políticamente problemático. La religión creaba divisiones profundas, incitaba guerras civiles y era poco tolerante con el otro. La base de la crítica democrática es que las divisiones en las sociedades deben darse por las ideas políticas, cómo organizar el Estado y sus instituciones, y no en creencias religiosas.
La cruzada anticristiana de nuestra época pretende establecer una vida secular, haciendo lo mismo que el comunismo. Sin embargo, Legutko afirma que una vez caído el comunismo, mucha de la resistencia y la posterior reconstrucción social de los países soviéticos vino por parte de grupos religiosos. Así, se pregunta ¿si éste mismo será el temor de los liberales? Responde que hoy en día vivimos en una época anticristiana signada por el triunfo de aquellos que buscan reorganizar e incluso falsificar el pasado en aras de fortalecer su proyecto político.
Asegura que el argumento religioso y en especial el cristiano es prejuzgado de inmediato como “religioso”, dando a entender que es “parroquial, irracional, anacrónico o irrepresentativo”. Empero, en algún sentido, su crítica sobre el argumento liberal-demócrata y el comunista es parecido al que recibe la religión.
Finalmente, concluye que tanto el comunismo como la democracia liberal crearon un hombre mediocre, indiferente a cualquier reto y caída moral. Señala que otro camino es posible cuando el ser humano pueda reconocer su naturaleza y reflexionar verdaderamente quién es. No obstante, su propuesta no se desarrolla más que en el corolario del libro. Más bien, plantea alertarnos no de una amenaza totalitaria al interior de la democracia liberal, sino que ya vivimos bajo un totalitarismo de formas más sagaces, sutiles y sofisticadas que limitan la libertad de expresión. El liberalismo actual busca imponer unas ideas como las correctas, con un ropaje hipócrita en nombre del pluralismo y la tolerancia, investido como un totalitarismo que es no-siendo o pretendiendo no serlo.









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