La socialdemocracia ha estado en el imaginario colectivo como la posibilidad de construir un capitalismo más humano. No obstante, si se buscan textos sobre el tema, la producción literaria es escasa y son textos que datan algunos lustros atrás. Por ello, encontrar un libro que explica la socialdemocracia en esta época es un respiro revitalizante para la academia y el público en general. El mundo ha cambiado desde la época dorada de la socialdemocracia, pero todavía sigue vigente en muchos países y en un conjunto de políticas sociales que no se podrían explicar sin la referencia a esta.
Sergio Ortiz a través de su libro introduce al lector en la historia de la socialdemocracia de forma teórica, pero también con referentes empíricos que son básicos para comprender su evolución y retroceso.
Cuando se avanza en los capítulos se aprecia que una parte del autor quedó marcada por esta época, pero no es una nostalgia trasnochada, que algunas veces sesgan los análisis, lo que se encuentra en el recorrido es la forma en la que se pueden dar respuestas en el futuro a una sociedad cada vez está más marcada por la desigualdad y que la construcción de la biografía queda en manos de las personas, no como un trabajo colectivo como era antes, sino como tarea solitaria y disgregada que produce ansiedad social y se ve reflejado en movimientos populistas y autoritarios, pero que se piensa que surgen de la nada. Cuando se tiene conciencia de la historia y de estos procesos de largo alcance es más fácil pensar el presente, comprender cómo llegamos aquí y si es realmente la única realidad posible.
Para entender cómo se llega a la reproducción del populismo que, según el autor, es lo que caracteriza la primera mitad del siglo XXI, primero se hace un análisis del neoliberalismo, como un modelo que sustituyó a la socialdemocracia y a los Estados de Bienestar, que fueron atacados desde la izquierda y la derecha. La recuperación de este debate es importante, porque generalmente se piensa que la caída del Estado de Bienestar fue producto de una confabulación de un grupo de intelectuales de derecha. No obstante, los movimientos sociales también fueron muy críticos, lo que dio como resultado por un modelo de organización inclinado al mercado, en el que el el Estado se vuelve un participante activo en facilitar esta dinámica.
Sergio en la misma medida hace una observación sobre la idea del neoliberalismo como un fenómeno que va más allá de lo económico y que captura las relaciones sociales, como varios autores lo han realizado en los últimos años.
En esta parte, hubiera faltado ser un poco más crítico sobre las fallas del Estado en esa época (los años setenta), ya que, si bien expone ciertas causas de su debilitamiento, los gobiernos tuvieron innegable culpa en su retracción debido al manejo irresponsable de la economía. Esto fue aprovechado, para introducir el modelo neoliberal, con cierto apoyo popular, ya que prometía un mejor manejo de la economía y que los países no estuvieran sujetos a procesos inflacionarios y constantes crisis económicas, así como deshacerse se las ineficientes empresas para estatales, con el fin de ofrecer mejores servicios y precios.
Por el otro lado, si bien el neoliberalismo se ve como un fenómeno que va más allá de lo económico, y el análisis puede ser acertado, de la misma manera, puede llegar a justificar cualquier tipo de política en contra del fantasma del neoliberalismo, ya que según el discurso populista se puede encontrar en todos lados. No es una defensa del neoliberalismo, pero sería interesante ponerlo en su justa dimensión, para evitar que este discurso pueda ser utilizado como justificación para la erosión de las democracias.
El autor hace un gran favor al lector al definir al populismo de una manera didáctica sin entrar en sus miles de acepciones y sin señalar que es un fenómeno que no se puede conceptualizar. Tomar una postura clara en este sentido entendiéndolo como una estrategia y empatándolo con la demagogia, más allá de tratarlo de justificar como una ideología o forma de gobierno, permite comprender mejor a estos líderes que dicen representar al pueblo (que no a la ciudadanía), pero que en realidad es un discurso para mantener el poder de forma demagógica, que desde Aristóteles era la forma de gobierno que degradaba la democracia.
Como parte del populismo y la demagogia, Sergio alerta sobre los peligros del uso de las emociones como una herramienta de gobierno, ya que la historia ha demostrado sus efectos en la formación de regímenes totalitarios y autoritarios. La incertidumbre es parte básica del ejercicio cotidiano de gobierno, nunca se sabe lo que hará el líder, siempre se tiene que estar a la expectativa de su temperamento, que es el del pueblo también, ya que todo lo que hace es una simple traducción de la voluntad popular.
El populismo, por tanto, tampoco puede ser pluralista, ni sitúa de forma fija de un lado u otro del espectro político, aclarar estos puntos, dejan de lado las ilusiones de el populismo de izquierda, ni de una ideología política como una lucha anticapitalista. Desde la visión populista al pueblo se le piensa bueno por antonomasia, pero al ser este un concepto difuso representado por el líder carismático, la interpretación (tal como el temperamento del pueblo) queda a su criterio, bajo el supuesto estar de lado de los desprotegidos, con lo que el andamiaje institucional, los contrapesos y los procesos de gobierno, no tienen cabida.
Supuestamente bajo esta estrategia política supuestamente se radicaliza la democracia, pero realmente se opone a los principios liberales y del control político, asimismo se erosionan y desinstutucionalizan los mecanismos de participación ciudadana
¿Es deseable radicalizar la democracia? Según el autor sí, pero no desgastando el principio liberal ni en control constitucional del Estado. Por lo que se propone una radicalización, pero de los instrumentos de la democracia liberal y de otros afines a esta, como mecanismos de participación ciudadana, propios de la democracia semidirecta. Ante ello, introduce la idea de un modelo de matriz liberal y socialdemócrata que rescate la cuestión social. La sociedad civil se vuelve central en este proceso, los gobiernos populistas están en contra de su desarrollo, porque son figuras intermedias que limitan el poder y exigen una rendición de cuentas activa. Incluso los movimientos sociales, de los que muchos líderes populistas provienen, dejan de ser admirados por ellos cuando reaccionan a las arbitrariedades del poder.
El populismo promueve el ejercicio arbitrario del poder y la polarización social. La política, por su parte, es el arte de la negociación y el diálogo, implica el respeto al adversario, así como respetar las reglas no escritas de la política, que básicamente son principios de cortesía.
Después de todo este recorrido, de lo que se trata, según el autor, es resignificar al Estado, “profundizar la dimensión social de la democracia, sin demeritar, en ningún momento, su dimensión civil y política” e introducir el Ingreso Ciudadano Universal o la Renta Básica, como posibles salidas.
Por último, las islas de izquierda en América Latina (Petro, Boric y Lula), que señala Sergio Ortiz, tal vez en el momento de escribir el texto se visualizaban como tal, sin embargo, a la distancia esas islas parecen que no son lo que se creían. Esperemos que en el corto plazo surjan algunas islas de esperanza más sólidas, y no como con el cambio climático, que hace crecer los océanos, en pocos años sigan despareciendo.









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